Chapter 43
CUARENTA Y TRES
Ted le dice a Louisa que los niños apenas saben nada sobre sus padres, pese a vivir con ellos toda la vida.
Se debe a que los conocemos únicamente en su faceta de madre y padre e ignoramos por completo quiénes eran antes.
No los vimos de jóvenes, cuando todavía fantaseaban con lo que depararía el futuro y no se arrepentían de lo que no fue.
Le dice que, el día que sus amigos y él encontraron los pájaros, llegó a casa y todas las luces estaban apagadas.
Empezaba a anochecer y en su calle había un coche herrumbroso cuyos faros lo cegaban y le impedían ver quién había dentro.
Pasó de puntillas junto al vehículo, lanzando miradas furtivas con el cuerpo tan tenso que, cuando el conductor pisó de pronto el acelerador y el motor emitió un rugido, el corazón le dio tal vuelco que pegó un brinco.
Entonces oyó una risa burlona. Al pasar por delante de los faros entornó los ojos y vio en el asiento del conductor a un hombre de espalda ancha y unos veintitantos años que tenía dos puños como dos palas. Era Buey.
—¿Te he asustado, mariconcete?—gritó por la ventanilla bajada. Detrás de él se formó una nube de humo denso.
La puerta del copiloto se abrió y cerró con el portazo pesado al que te acabas acostumbrando si vives en una calle donde todo el mundo tiene coches de veinte años.
El hermano mayor de Ted se apeó y cruzó haciendo eses el haz de luz de los faros en dirección a su casa, demasiado ebrio para caminar recto.
Ted lo siguió a toda prisa y encorvado, pero volvió a dar un brinco, asustado, cuando de pronto sonó el claxon del coche.
La risa burlona de Buey se perdió en la oscuridad, ahogada por el runrún del motor.
—Cabrón—susurró Ted con los puños apretados, furioso consigo mismo por sobresaltarse con tanta facilidad.
El hermano mayor se las vio y se las deseó para abrir la puerta de la casa, entró dando tumbos en el vestíbulo y la cocina, y consiguió, eso sí, por pura memoria muscular, sacarse los zapatos por el camino sacudiendo los pies.
Entrar con calzado a la cocina de la madre era prácticamente un intento de suicidio, eso lo sabían desde pequeños.
Abrió el frigorífico, pero, al no encontrar cerveza fría, optó por coger dos latas calientes de la despensa.
Tropezó con Ted cuando volvía al comedor, y el hermano pequeño se encogió instintivamente como si estuviera a punto de recibir un golpe. Pura memoria muscular eso también.
El hermano mayor tenía el cuerpo durísimo, entraba dando zancadas en las habitaciones con tanta seguridad en sí mismo que era como un cuchillo afilado cortando el aire. Ted, en cambio, se movía siempre como si llevara el viento de cara bajo una lluvia torrencial.
—Buey a veces es un subnormal de mierda—balbuceó el hermano mayor; un comentario tan repentino que Ted tardó un buen rato en percatarse de que había oído bien. Fue lo más parecido a una disculpa que recibió nunca de su hermano. Entonces respondió algo que le sorprendió a sí mismo:
—¿Y por qué eres su amigo entonces?
Esperaba recibir un golpe, pero no pasó nada, su hermano mayor parecía asombrado, nada más.
—Nos conocemos desde que éramos pequeños.
Vaya una respuesta, pensó resignado Ted, aunque, en ese pueblo, lo era.
Los amigos son algo que los hombres como su hermano adquirían un día en el patio del colegio, así, sin más, sin entender muy bien cómo había sucedido; y luego se aferraban a ellos porque, en este pueblo, los chicos no sobrevivían mucho tiempo si se quedaban solos.
Sobre todo si eras un inmigrante de la edad de su hermano cuando llegaron.
A los chicos los definía su entorno, quién eras al entrar en el instituto era, por lo general, quien serías a partir de entonces: el que reparte los golpes o el que se encoge atemorizado.
Casi nadie podía permitirse mudarse a otro lugar, y nadie que tuviera dos dedos de frente se trasladaba aquí por voluntad propia, o sea que, por estos lares, los hombres jóvenes no tenían la sensación de haber escogido una vida; les tocaba, sencillamente.
Vivir era un periodo de tiempo asignado, como una condena a prisión.
Tras acabar el instituto, Buey consiguió un trabajo en el puerto y logró colocar también al hermano de Ted, a quien recomendó dando fe de su valía y con la promesa de que era «un tío como Dios manda».
Eso quería decir que era un tipo firme, que no se amilanaba ante nada y que sabía mantener la boca cerrada si se presentaba la policía.
Ted observaba los nudillos rojos e inflamados de su hermano en la cocina y se daba cuenta de que había pasado otra larga noche siendo un tío como Dios manda. Por lo general, no se atrevía a abrir la boca en presencia del hermano mayor, pero, en esta ocasión, se oyó a sí mismo hablándole:
—Tú no eres mala persona.
El hermano lo miró con suspicacia entornando los ojos.
—¿Qué cojones acabas de decir?
Ted se encorvó y agachó la mirada sin saber muy bien cómo responder.
—Digo que no eres mala persona. Escoges malos amigos, nada más. Escoges a personas que son peores que tú porque crees que te lo mereces. Deberías elegir a personas que sean mejores que tú.
El hermano se balanceó sorprendido.
—No todo el mundo tiene tu suerte con los amigos.
A Ted la respuesta lo pilló tan desprevenido que, inconscientemente, miró a su hermano a los ojos, un gesto que siempre había sido recompensado con agresividad. Esta vez, en cambio, no pasó nada.
—No... No era consciente de que supieras que tengo amigos—dijo en voz baja.
Su hermano sonrió.
—¿Te crees que no me doy cuenta de que las tres hienas y tú subís un día sí y otro no a por la comida de mamá y dejáis el frigo pelado?
Ted volvió a bajar la mirada.
—Tienes razón. Tengo suerte.
Su hermano negó con la cabeza y balbuceó:
—No. Son tus amigos los que tienen suerte.
Acto seguido, dio media vuelta y se dirigió al comedor, se sentó al piano y empezó a beber cerveza.
Ted permaneció un momento inmóvil, abrumado.
Entonces se apoyó en el frigorífico y tiró sin querer una nota que estaba enganchada en la puerta y que, de otro modo, tal vez no hubiera visto.
Era un breve mensaje escrito a mano por su madre.
Decía que había salido a ver a una amiga y que tenían comida en el congelador.
De a qué hora iba a volver, si es que volvía, no decía nada.
La madre no había hablado una palabra con Ted después del funeral, la casa entera había sido un ataúd.
El chico se quedó pensativo un momento, luego abrió el congelador y sacó todos los cubitos de hielo que encontró.
Llenó dos cuencos: uno para cerveza y otro para la mano de su hermano.
Fue al comedor y los colocó sobre el piano.
El hermano mayor levantó la vista y lo miró, como si no lo reconociera al principio, como si fueran dos niños que habían estado fingiendo ser adultos y lo hubieran logrado de pronto con desmesurada perfección.
Ted se giró con intención de bajar al sótano, como hacía siempre, así que se quedó de piedra cuando oyó tras de sí al hermano que le hablaba débilmente:
—¿Quieres una cerveza?
Lo cierto era que no, pero asintió de todos modos. Al cogerla, su hermano mantuvo la mano un segundo más de lo necesario. Ese momento en que los dos tuvieron agarrada la cerveza a la vez quizá fuera lo más parecido a abrazarse que habían hecho nunca.
Ted se sentó cerca de su hermano, junto al piano, aunque no demasiado.
—¿Te gusta tu trabajo?—preguntó con cierta incomodidad, pues deseaba con todas sus fuerzas saber algo de su hermano, pero no sabía por dónde empezar.
—A nadie le gusta una mierda trabajar en el puerto—contestó sonriendo, pero, al ver que su hermano lo miraba apenado, añadió—: Es un trabajo, Ted. Todos los que hay para la gente como nosotros son una mierda. Pero con mi sueldo y el de mamá quizá podamos conservar la casa...
Así de claro tenía que ese también era su deber, no solo de su madre. Ted permaneció sentado inmóvil mirando el piano unos minutos hasta que reunió el coraje para volver a hablar:
—¿Podrías... tocar algo?
Su hermano tocó las teclas.
—Mamá duerme. No hay que despertarla.
—No está, ha dejado una nota en el frigorífico.
El hermano intentó ocultar su sorpresa, o quizá su decepción, no tanto porque lo dejara tan fácilmente a él, sino porque dejara a Ted. Tal es la inmisericorde inmensidad de la responsabilidad del progenitor: se da por sentada. Como la comida en el congelador. Como el lastre de un barco.
—¿Qué... Qué quieres escuchar?
—Algo de lo que tocara papá.
Ted trató de ocultar su envidia cuando el hermano mayor empezó a tocar. A él también le hubiera gustado aprender, pero ¿quién iba a enseñarle? Cuando tuvo edad suficiente para sentarse ante el instrumento, su padre ya estaba enfermo.
—Esta se la tocaba a mamá cuando se enfadaba con él—farfulló el hermano, con los labios resbaladizos por el alcohol y los dedos sorprendentemente firmes.
Era una canción triste que cantó con voz ronca: «Cada día es una pequeña eternidad. Si hubiera sabido cuántas cosas ofrecía el mundo, no habría pedido tanto».
—Mamá siempre lo perdonaba cuando la tocaba—dijo con ternura al terminar—. Venía y se sentaba en su regazo. Nunca se decían «te quiero». Solo decían «pero, pero, pero».
—¿Qué?—preguntó Ted esbozando una sonrisa, aunque precavido, como si temiera perturbar la incomprensible magia de que su hermano le estuviera contando estas cosas.
—No sé si lo has notado, pero a mamá no se le da muy bien expresar sus sentimientos—dijo sonriendo.
—No, qué va—respondió con sarcasmo Ted.
El comentario hizo reír al hermano, lo cual a Ted le pareció maravilloso.