Mis amigos Chapter 42
72%

Chapter 42

CUARENTA Y DOS

Sentados sobre las rocas y envueltos cada uno en una toalla, Louisa y Ted tiritan al amanecer.

—¿Siempre hace este frío en el mar?—pregunta Louisa.

—No, a veces hace mucho más—responde Ted sonriendo.

—Nunca había sentido nada igual, la piel parece diferente...

—No hay nada comparable al mar. Ahora tu piel lo sabe y siempre lo echará de menos.

Louisa oscila de lado a lado, entre la euforia y la melancolía.

—Me habría gustado contárselo a Pez. A veces estoy tan... enfadada. No llegó a ver el mar.

Ted dedica un buen rato a limpiarse las gafas.

—Lo vio cada noche contigo, en la postal. Y lo está viendo ahora.

—Gracias.

—Soy yo quien debería estarte agradecido.

—No, quiero decir: gracias por enseñarme a nadar.

—No, de verdad. Llevaba veinticinco años sin nadar en el mar. Soy yo quien debería darte las gracias. Además, ha sido mucho más fácil enseñarte a ti que a Ali...

Louisa sonríe; también Ted.

—Siento que hayamos perdido las cenizas—se disculpa apenada ella.

—Soy yo quien las ha perdido—puntualiza Ted.

—Vale. Siento que las hayas perdido—añade por lo bajo.

—Bueno, bueno. Un poquito culpa tuya ha sido también—rezonga él.

A Louisa le da tiempo de ofenderse muchísimo antes de darse cuenta de que le está gastando una broma.

—¡Qué gracioso!—musita con sarcasmo.

—Eso creo yo—dice él sonriendo.

Louisa se queda mirando la caja con el cuadro, que han colocado en medio de los dos, sobre las rocas.

—¿Tú crees que se habría enfadado? ¿Por haberlo perdido?

—No, yo creo que se habría reído. Le gustaba el escondite.

A Louisa se le ilumina la cara.

—A lo mejor no es mala idea que tiren tus cenizas en un tren. Así siempre estarás viajando a algún lugar.

Ted pone cara de absoluto terror.

—¡Uf! No digas eso. ¿Es que ni estando muertos podemos dejar de viajar?

Louisa ríe.

—¿Dónde te gustaría a ti que tiren tus cenizas?

Ted lo piensa un instante antes de elegir.

—En una biblioteca. Ahí no hay que enfrentarse a la realidad.

Es como si miles de desconocidos se hubieran desprendido de sus amigos imaginarios, que aguardan sentados en las estanterías y te llaman cuando pasas por delante.

Hay una autora que se llama Donna Tartt que explica por qué las personas se enamoran del arte: «Es un susurro secreto en un pasillo.

Chissst. Eh, tú, joven. Sí, sí, tú». Eso me provocan a mí las bibliotecas.

Al oírlo, Louisa tiene que fingir que se le ha metido agua de mar en el ojo.

—Joder, ¿cuántos libros has leído tú?

—No los suficientes.

Louisa disimula un sollozo con una tos.

—A Pez también le gustaban las bibliotecas.

Saca los cigarrillos de su amiga de la mochila, porque Pez siempre decía que había oído que el de después de nadar es el mejor de todos. Louisa huele el tabaco sin encender ninguno y, para su sorpresa, Ted alarga con delicadeza la mano hacia los cigarrillos.

—¿Puedo coger uno?

Louisa se sorprende tanto que arruga toda la cara.

—¿En serio?

—No me lo voy a fumar, solo quiero... olerlo. Mi madre fumaba esa marca.

Louisa le da un pitillo y ambos permanecen junto al cuadro frente al mar, olisqueando el tabaco con la suave brisa removiendo sus cabellos y la primera luz de la mañana en las mejillas.

—¿Te pareces a ella? ¿A tu madre?—pregunta Louisa con cautela.

—SÍ, creo que sí.

—¿Era una madre superamable?

La risa de Ted retumba entre las rocas. Niega con la cabeza.

—No... No... No creo que «amable» sea la palabra que usara la gente para referirse a ella. Cuando yo era pequeño, era una mujer dura, muy dura. Joar dijo en una ocasión que mi madre podría darle un cabezazo a un diamante y romperlo.

—¿Dura en qué sentido?

Ted contempla apenado su cigarrillo.

—Mamá tenía unas ideas muy firmes sobre... cualquier cosa. Ella quería que mi hermano y yo no mostrásemos nuestros sentimientos ni nos quejásemos, que nunca llorásemos. Para ella era importante que siempre nos comportáramos como... hombres.

—O sea, que no os parecéis en nada—exclama mosqueada Louisa.

Ted hace girar el cigarrillo hacia delante y hacia atrás entre los dedos mientras inhala profundamente el olor del tabaco, la sal y el verano en ciernes.

—Ser madre es una tarea muy difícil, Louisa. Ser persona lo es. Yo creo que mi madre se parecía mucho a mí al principio, de joven era una romántica. No hay persona más dura en el mundo que una romántica con el corazón roto.

—¿Te pegaba?

—No.

—Y en general, ¿te pegaron?

—Virgen Santísima, ya lo creo. Mi hermano mayor me pegaba todos los días cuando éramos pequeños. Un día me tiró por las escaleras y perdí la consciencia. Tardé mucho tiempo en acordarme, creía que me había resbalado...

—¿Te daba miedo tu hermano?

—SÍ, Ser niño es difícil.

—Es difícil ser cualquier cosa.

—Cierto. Es difícil ser cualquier cosa.

Tiritando, Louisa se ciñe la toalla alrededor de los hombros.

—¿Cuál es el mejor recuerdo que tienes de tu madre?

Ted huele el cigarrillo. Los recuerdos son resbaladizos, a su cerebro le cuesta atraparlos.

—¿De mi madre? Cuando... jugábamos a las cartas.

—¿A las cartas?

—Sí. Trabajaba de noche para cuidar a mi padre de día.

Yo iba mal en el colegio. Tenía problemas con el idioma, con la lectura y la escritura.

Un maestro le dijo a mi madre que otros niños se estaban metiendo conmigo.

Ojalá no le hubiera dicho nada, porque yo notaba que ella se culpaba por ello.

Esa noche la oí hablar por teléfono con una amiga.

Decía que no soportaba estar en casa con la muerte como única compañía.

La mañana siguiente me despertó poniéndome la mano en la frente y susurrando: «A lo mejor tienes fiebre».

No recuerdo que me hubiera tocado antes.

Fue como... el sol. Como si la hubiera poseído un demonio supersimpático.

Nos pasamos todo ese día jugando a las cartas en la mesa de la cocina.

Suena estúpido, pero es mi recuerdo más preciado, porque ahí sentí que era mi madre.

Ese primer día que fingió que yo estaba enfermo.

Al día siguiente fui yo quien aparentó estarlo.

Seguí haciéndolo varios meses. Nos escondimos de la realidad, los dos juntos; fue...

maravilloso. Pero, pasado un tiempo, mi padre empeoró y tuvo que permanecer más tiempo en el hospital.

Mi madre iba y venía continuamente y tenerme en casa le daba demasiada faena.

Al final llamaron del colegio y dijeron que tendría que repetir curso si no volvía, así que, un día, al despertar, vi que mi madre ya me tenía preparada la mochila.

Volver al colegio fue como si a un animal que ha crecido en un zoo lo sueltan de pronto en la naturaleza.

Se metían conmigo más que antes, me pegaban sin parar y volvía a casa lleno de golpes y moratones...

Recuerdo lo decepcionada que parecía mi madre entonces.

Me avergonzaba causar problemas todo el rato, así que decía que me había caído.

Ella sabía que estaba mintiendo, pero se limitaba a preguntarme si tenía hambre.

Esa noche la oí hablar por teléfono, lloraba al decirle a su amiga que quizá mi debilidad fuera culpa suya.

Que no me parecía en nada a mi hermano, él sí sabía pelear y defenderse.

Mamá decía que seguramente me había mimado, me había hecho blando.

Decía que estaba... preocupada. Que nunca sería un... hombre de verdad.

Se queda en silencio. Louisa aparta la mirada para poder secarse las lágrimas en paz.

—¿Cuándo se le rompió a tu madre el corazón?, ¿cuando enfermó tu padre?

Ted reflexiona un buen rato.

—Sí. Aunque a lo mejor no se le rompió. A lo mejor se le desgastó.

No teníamos mucho dinero cuando papá enfermó, lo suficiente para mantener la casa, nada más.

Quizá ella sintiera que no estaba a la altura.

Trabajaba en una fábrica y siempre andaba cansada.

El sonido que más recuerdo de mi infancia es que me chistaran para no hacer ruido porque mamá, o papá, o los dos estaban durmiendo.

Por eso me pusieron el cuarto en el sótano, para que no estorbara.

—¿Estás seguro?

Ted levanta las cejas, a caballo entre la sorpresa y la ofensa.

—¿Qué quieres decir?

Louisa se encoge de hombros.

—Me refiero a que... ¿a lo mejor te dieron la habitación del sótano para que no vieras lo enfermo que estaba tu padre todo el rato? ¿Y lo triste que estaba tu madre? ¿Y que a lo mejor tu madre estaba intentando protegerte de tu hermano mayor?

Ted se queda mirando el mar, encandilado por el sol, mientras un sentimiento de vergiienza se apodera poco a poco de él. Tantos años transcurridos y nunca se le había pasado por la cabeza. Es difícil ser niño, adulto y cualquier cosa intermedia. Se vuelve hacia Louisa.

—No todo fue malo. Al principio, el matrimonio de mis padres fue una historia de amor...

A Louisa se le abren los ojos de par en par por la expectación. Le encantan las historias de amor, así que Ted procede a contársela usando las mismas palabras con las que se la relataron a él en su día.