Chapter 41
CUARENTA Y UNO
Tras encontrar y enterrar a un pájaro y salvar la vida de otro, los cuatro amigos se separaron en el cruce de caminos con sus respectivos «hasta mañana».
Ted se giró para mirar por encima del hombro y retuvo el cuerpo de Joar en la retina tanto como le fue posible.
No lo sabían entonces, pero solo volverían a nadar juntos en el mar una vez.
Al cabo de un rato, Joar estaba sentado con su madre en el suelo de su cuarto.
—¿Le vomitamos encima?—preguntó nervioso.
Joar estaba absolutamente convencido de que su madre sabría exactamente qué hacer con un pájaro herido, pero la mujer estaba de pie asu lado y ponía cara de no tener la más mínima idea.
—¿Cómo?
—¿No es eso lo que hacen las mamás pájaro con sus crías? ¿No comen y luego van volando al nido y le vomitan la comida en la boca?
—Ni idea—contestó sonriendo la madre, con cara de estar la mar de contenta, como cada vez que su hijo sabía algún dato que ella ignoraba.
—Ted ha dicho que a lo mejor ni siquiera es pequeño, pero ¿cómo narices se sabe eso?—dijo Joar mirando al animal con la suspicacia de un portero de discoteca que intenta averiguar si el pájaro le ha enseñado un carnet falso.
—Ay, amor mío, ¿me preguntas a mí, con lo idiota que soy?—dijo su madre echándose a reír.
—Tú eres quien mantiene todo con vida—contestó él muy serio.
Y era verdad: las plantas, a Joar y a sí misma, contra todo pronóstico, en un hogar donde lo más normal sería que todo pereciera.
—Qué afortunada soy—susurró abrazando con todas sus fuerzas a su hijo.
—Mamá...—se quejó él poniendo los ojos en blanco.
Pero la madre tenía razón, por supuesto, porque la mayoría de los adolescentes no les devuelven el abrazo a sus madres, así que ella tenía mucha suerte de ser la de este chico en particular.
—¿No tendrá hambre? ¡Hay tarta! En el trabajo han celebrado un cumpleaños y ha sobrado un poco...—sugirió la madre.
Joar se echó a reír.
—¿A lo mejor deberíamos probar primero con agua?
La madre resopló y se dio una palmadita en una mano y luego en la otra, a modo de regañina.
Sí, sí, claro, qué tonta soy. Me pongo tan nerviosa, amor, que digo unas tonterías...
Ella siempre estaba nerviosa y siempre se sentía estúpida. Desde la cocina, le preguntó a Joar si quería tarta, dado que el pájaro no se la iba a comer.
—¿Cagan los osos en el bosque?—fue la respuesta del chico.
Ella se echó a reír a carcajadas y añadió:
—¿Está mojada el agua? ¿Nadan en círculo los patos de una pata?
Llevaban con la misma ocurrencia tonta desde que Joar era pequeño. De algún modo, era como el «hasta mañana» del hijo y sus amigos. Un cariñoso recordatorio de que se tenían los unos a los otros a pesar de todo.
—Tú no eres tonta, mamá, solo tienes mal criterio—dijo dulcemente Joar cuando ella volvió con la tarta y el agua.
—No sé qué significa eso—reconoció ella sonriendo avergonzada, pero enseguida añadió orgullosa—: Pero tonta del todo no seré porque no habría tenido un hijo tan listo. Y yo no te he vomitado encima ni una sola vez, al contrario que alguna mamá pájaro que hay por ahí...
—Yo tampoco sé lo que significa. Se lo oí decir un día a Ted refiriéndose a su hermano mayor...
Ríen, y sus risas eran un sonido tan milagroso en esta casa que las paredes debieron de quedarse pasmadas cada vez que las oyeron.
A fin de dar de beber al pájaro gota a gota, la madre tapó con un dedo uno de los extremos de una pajita, un recurso tan inteligente en opinión de Joar que el joven deseó en ese momento que todas las personas que consideraban tonta a su madre pudieran verla.
Porque de la madre de Joar podrían decirse muchas cosas y, por desgracia, la mayoría de la gente las decía a todas horas.
Nunca a la cara, faltaría más. Era sin duda un hecho notable que una mujer tan diminuta tuviera tanta envergadura de espalda como para que medio pueblo dijera lo que decía por detrás.
Sin embargo, Joar, como solía decirle Ali, tenía «unas orejas descomunales para una cabeza tan pequeña», por lo que, lamentablemente, él ya lo había oído todo desde pequeño.
Los vecinos del barrio, las madres del fútbol y los profesores del instituto soltaban con una risilla maliciosa exactamente los mismos comentarios que escupía la abuela paterna del chico antes de morir: que la madre llevaba tacones demasiado altos y blusas demasiado cortas, que hablaba demasiado y tenía muy poca vergúenza.
Ya no tenía edad para esa ropa ni para reír de esa manera ni para ir tan pintarrajeada, menos aún siendo la mamá de alguien.
«Pobre criatura», oía Joar que susurraban las señoras en el supermercado, porque ese es el peor cotilleo que existe: el que se disfraza de compasión.
La abuela no tenía rival en eso y, a menudo, Joar se ponía triste pensando en su muerte, porque falleció muy vieja y a él le preocupaba que su padre fuera igual de longevo.
No se equivocaban las señoras del supermercado, Joar era una pobre criatura, pero no por su madre, que era lo mejor del mundo entero. Y además no tenía un pelo de tonta; ni uno.
Eso sí, en cuanto al mal criterio... ¿Cagan los osos en el bosque?
Cuando Joar era pequeño, su madre no tenía asiento para niños en la bicicleta, así que lo colocaba en la cesta delantera, como si fuese un perrito.
Nunca le ordenaba que se fuera a la cama, no era raro que sugiriera comer helado para desayunar y, cuando Joar la obligaba a comer sano, ella lo llamaba aburrido.
A veces, su hijo se metía con ella por una ocasión en que le había prendido fuego sin querer cuando él tenía siete años; una exageración de lo más burda, puesto que le había quemado un trocito del pantalón solamente.
Intentaba remendarle un desgarrón; no se apañaba demasiado con la cocina, pero cosiendo era un hacha.
Por desgracia, se daba la circunstancia de que les habían cortado la luz esa semana y tenía que hacerlo a oscuras y, sin querer, tiró una vela.
En retrospectiva, es evidente que habría sido mejor pedirle a Joar que se quitara los pantalones antes, pero no se puede estar en todo.
Cuando era pequeño, su madre lo llevaba al cine y lo colaba en secreto en películas para mayores.
Bueno, quizá «en secreto» no sea del todo preciso; puede que el tipo de la taquilla estuviera colado por ella y fingiera no verlo.
Todos los hombres se enamoraban un poquito de su madre.
Ni siquiera Joar podía culparlos. Algunos días veían varias películas seguidas y otros, una malísima diez veces seguidas, todo valía con tal de quedarse allí a oscuras donde el mundo olía a palomitas y siempre tenía final feliz.
Ni que decir tiene que la mayoría de los niños se cansan de ser el mejor amigo de sus madres, así que ella lo hacía todo con su hijo como si fuera la última vez.
Pero nunca lo era, ¡qué afortunada! Las noches de invierno que el padre no estaba en casa, se iban los dos a la pista de patinaje, saltaban la verja y se deslizaban sobre el hielo a la luz de las farolas.
Su madre había sido patinadora artística de joven y Joar se quedaba boquiabierto cada vez que ella se deslizaba de espaldas.
Él sabía que la pista de hielo era el único lugar en el que ella no tenía miedo.
Joar acabó siendo un buen patinador también, tan bueno que tuvo que fingir ser malísimo en una competición de hockey sobre hielo organizada por su colegio cuando él tenía nueve años.
No quería que nadie fuera a decirle a su madre que lo apuntara a un equipo porque no podían permitirse pagarlo.
Los niños del pueblo que jugaban al hockey no tenían que preocuparse por que les cortaran la luz ni usar periódicos para limpiarse el culo a fin de mes.
En cualquier caso, daba lo mismo, porque Joar no quería estar en ningún equipo de hockey.
Los dirigían un puñado de padres cabreados que gritaban a sus hijos y él no tenía ninguna necesidad de relacionarse con un imbécil iracundo, ya tenía uno de esos en casa.
Algunas noches se tumbaba bocarriba con su madre sobre el hielo y ella le señalaba las constelaciones. Se las sabía todas porque no tenía un pelo de tonta. A Joar podría haberle tocado una madre idiota, pero la tuvo a ella. ¡Qué afortunado!
Nada más cumplir doce años, la madre le enseñó a conducir. Dejando de lado el detalle de que el chico apenas llegaba a los pedales, la lección fue la mar de bien, al menos al principio, hasta que Joar preguntó el significado de una señal en particular.
—Ni idea, amor mío—respondió la madre.
—¿No tuviste que aprender eso cuando te sacaste el carnet?
—Yo no tengo carnet, amor mío—anunció ella como si tal cosa—. Gira a la izquierda.
—¿¡Que no tienes CARNET!?—exclamó Joar.
—No, pero qué bonito por tu parte pensar que sí lo tengo—añadió, visiblemente conmovida por la opinión que su hijo guardaba de ella.
—Pero... Joder, mamá. ¿Cómo aprendiste a conducir entonces?
—Me enseñó mi madre.
Joar se quedó mirándola y, para su sorpresa, se oyó a sí mismo preguntar:
—¿Qué haces si te para la policía?
Su madre lo miró llena de orgullo, puesto que era el comentario más respetuoso con la ley que ella le había oído decir nunca.
—Solo me han parado una vez y yo señalé el asiento de atrás, donde estabas tú, y les dije que tenías apendicitis y que íbamos camino del hospital.
—¡Me ACUERDO! ¡Creía que estabas de brOMA!—exclamó Joar.
—Oh, qué dulce eres, amor mío—respondió la madre.
Esa noche dieron vueltas por el pueblo a oscuras y, si ella se lo hubiera permitido, Joar habría seguido conduciendo hasta llevarlos tan lejos como fuera posible. Pero ella no se atrevía a dejar a su marido y él no podía dejar a su madre. Su cárcel era invisible.
Ahora Joar estaba a punto de cumplir quince y su madre y él estaban salvándole la vida a un pájaro. Ella le daba de beber con suma paciencia, gota a gota, mientras que Joar reunía ramitas y hojas de la calle para construir una mullida cama dentro de la caja. ¡Qué afortunado el pájaro!
—¿Sabías que los pájaros no tienen nido? Es decir, no para sí mismos. Solo los construyen para sus crías—explicó el chico.
—¿Te lo ha dicho Ted?—preguntó sonriendo la madre.
—Tiene un cerebro que es como la caca. ¡Todo se le queda enganchado!
A su madre se le escapaban los pedos cuando reía a carcajadas. Joar era el único que lo sabía, porque ninguna otra persona la hacía reír así.
—¡Abre la ventana! ¡Corre! ¡Vas a matar al pájaro!—suplicaba él tosiendo y con lágrimas en los ojos mientras ella reía sin parar.
Dejó de reír de golpe y porrazo cuando se dio la vuelta.
No habían oído la llave en la cerradura.
El viejo de Joar estaba de pie en la puerta del cuarto, mirándolos: al principio desconcertado, pero después con odio.
Llevaba seis o siete cervezas encima, respiraba a trompicones por la nariz y era incapaz de fijar la vista en nada.
Pero vio el pájaro, vio lo contenta que estaba la madre, y Joar supo de inmediato que aquello no iba a tener un final feliz.