Mis amigos Chapter 40
70%

Chapter 40

CUARENTA

Ted es idiota. La oficina de objetos perdidos está cerrada. Cómo no iba a estarlo de madrugada, ¿en qué estaba pensando? Lo único positivo que tiene la oscuridad es que nadie puede verlo sonrojarse ante su propia estupidez.

—Me puedo colar—asegura con entusiasmo Louisa.

—Ni hablar, no nos vamos a colar.

Vuelve a probar a abrir la puerta cerrada con llave, como si pudiera cambiar de idea de pronto, y suelta una palabrota muy muy gorda dentro de su cabeza.

Está tan cansado de viajar, y de sí mismo.

Piensa en lo raro que era el artista: cada vez que hablaba de los viajes que había hecho a los veinte, su voz sonaba chispeante de alegría. Una locura, piensa Ted.

—No tardaré nada. Ni siquiera es una cerradura complicada—insiste Louisa.

—No vamos a colarnos.

—¿Y qué vamos a hacer entonces?

—Pues no lo sé, porque no dejas de hablar y no puedo pensar.

—Vale. ¿Has acabado de pensar?—dice tras unos nueve segundos.

—No.

Trascurren quince segundos.

—¿Y ahora?

—¡No!

—A ver, ¿hola? ¿No puedo colarme mientras tú piensas?

Ya ha sacado los destornilladores de la mochila y está preparada.

—¿Podrías intentar no... no ser tú misma durante dos minutos?—suplica.

—¿No sería más fácil que tú no fueras tú?—sugiere ella de camino a la puerta.

—¡No! ¡Espera!

Solo voy a...

—¡Para he dicho!

—¡Pero si será un segundo! Solo voy a...—insiste, pero él pierde los estribos.

—¿Se puede saber qué te pasa? Si está cerrada, ¿cómo puede nadie haber dejado algo desde que nos bajamos del tren?—espeta mucho más enfadado de lo que pretendía.

—Oh—dice Louisa mientras baja a regañadientes los destornilladores.

—Estate quieta. ¡Esto es CULPA TUYA desde el principio!—brama de un modo tan inesperado que Louisa se sobresalta, como si le hubiera lanzado un objeto.

Ted nunca se ha arrepentido de nada tan rápidamente en toda su vida. Louisa retrocede tan rápido que tropieza consigo misma.

—(¿Crees que no lo sé?—dice en voz baja, mordiéndose el labio inferior para que él no vea que le tiembla.

—Lo siento, no ha sido mi intención...—dice Ted, pero ya es tarde.

Ella levanta los brazos y parpadea frenéticamente.

—No, no, tienes razón. ¡Es culpa mía! Por eso desde el principio no quería el cuadro. Sabía que te decepcionaría tarde o temprano, por eso era mejor si yo...

Trata de dar con las palabras intentando no llorar.

Su lengua busca un lugar donde esconderse mientras le castañetean los dientes.

Ted se siente más culpable que nunca, porque en ese momento se está viendo a sí mismo cada vez que su madre levantaba la voz.

Cuando un adulto le grita a un niño es un acto de violencia, eso lo saben en el fondo todos los adultos porque fueron niños en su día.

Y, sin embargo, todos lo hacemos. Una y otra vez, fracasamos como seres humanos.

Así que, cuando Louisa es incapaz de dar con las palabras que explican cómo se siente, Ted las dice por ella tan afectado que su voz vibra en cada consonante.

—¿Quizá sería mejor que... me dejes ahora mismo? ¿Es eso lo que ibas a decir? ¿Que es demasiado terrorífico tratar de gustarle a alguien? ¿Que es más fácil rendirse?

—Sí—susurra ella.

Ted respira tan profundamente que las costillas le repiquetean debajo de la americana.

—Pensé en abandonarte mucho antes de que lo hicieras tú. Pensé en bajarme del tren cuando fui al lavabo—confiesa dando pie a un nuevo récord de silencio entre ellos.

—Somos malísimos abandonando a la gente—musita ella finalmente.

—Deberíamos practicar—dice Ted sonriendo.

Ella también sonríe. Probablemente tengan más cosas que decirse, pero no les da tiempo porque les interrumpe una voz detrás de ellos, en la oscuridad.

—¡Ah, estáis aquí los dos!

Lamentablemente, la voz no sabe la clase de noche que han tenido ni el efecto que una voz en la oscuridad, en el andén desierto de una estación, puede tener en ellos ahora mismo.

Ted se gira aterrorizado, con la cara roja como solo puede tenerla un hombre de mediana edad que no puede llorar y resultar atractivo.

Louisa se vuelve con un destornillador en cada mano y los ojos desorbitados por la furia, preparada para la guerra.

La mujer ante ellos casi se cae a la vía.

—Yo... yo—tartamudea.

Es la madre del tren. Un poco más allá hay un hombre de pie con un carrito de bebé y cara adormilada y aterrorizada, dos emociones nada fáciles de combinar.

Louisa carraspea como corresponde a quien ha estado a punto de atacar por error a la madre de alguien con destornilladores, que esconde rápidamente detrás de la espalda.

Ted se seca la cara con la manga de la americana.

—Eh... hola—logra decir Louisa.

—¿Qué... qué haces aquí? ¿A estas horas de la noche?—pregunta Ted.

—¡Os estaba esperando!—dice la madre sonriendo con entusiasmo cuando recupera el equilibrio. Entonces ve la cara de Ted y exclama—: ¡Ay, madre! ¿Qué te ha pasado?

Al principio Ted no entiende a qué se refiere, hasta que se mira a sí mismo como si le hubiera tomado el cuerpo prestado a otra persona.

Tiene los pantalones rotos tras saltar una valla, la americana está como si se la hubiera encontrado en el bosque, las gafas llenas de cinta a duras penas se mantienen sobre la nariz y su rostro no solo tiene marcas de lágrimas, sino también de chichones y moratones.

—Es una historia muy larga...—empieza a explicar con resignación.

—¿Estás bien? ¿Llamo a un médico?—pregunta la madre, típico en ellas.

—No te preocupes.

—¿Tienes hambre? Llevo galletas en el carrito. Tienes que comer—dice y, sin esperar la respuesta, exclama—: ¡Cariño! ¿Me traes las galletas?

El hombre con el carrito se acerca con muchísima desconfianza, como si acabara de leer un letrero que dice: «Prohibido dar de comer a los animales».

—No, gracias, no tengo ham...—intenta decir.

—¡COME!—ordena la mujer con ternura, aunque con mayúsculas.

El hombre le dirige a Ted una mirada que indica de manera clara y concisa que le recomienda encarecidamente que coma. Así que Ted obedece y Louisa también.

—Vas a ser una buena mamá...

—¿Qué has dicho?—la mujer dice sonriendo con severidad, con un gesto de que desaprueba claramente que Louisa le hable con la boca llena.

—Nada...—masculla antes de engullir otra galleta.

El hombre le dirige un discreto carraspeo a su mujer.

—Amor, ¿quizá podrías...?

Al principio, la mujer mira horrorizada, luego dice con voz aguda y cantarina:

—¡Ay, sí! ¡Perdón! El revisor os vio a los dos bajar sin vuestras cosas. Y mi marido venía a recogerme a esta estación de todas formas, así que me las iba a llevar y dejarlas en la oficina de objetos perdidos. Pero está cerrada, claro. Soy tan olvidadiza. Supongo que es un despiste de mamá.

Sonríe como si ellos tuvieran que saber a qué se refiere, de manera que Louisa y Ted se limitan a asentir educadamente y seguir comiendo galletas.

Están agotados, no puede decirse que les funcione el cerebro con una agudeza brillante ahora mismo, así que tardan unos segundos en entender lo que les está diciendo.

Es entonces cuando se percatan de lo que tiene consigo: la maleta de Ted y la caja con el cuadro.

—¡SÍ! ¡sí! ¡SÍ! ¡SÍI—exclama Louisa, desperdigando migajas por todo el carrito. Su voz retumba por toda la estación.

Siente tal alivio que se marea, luego empieza a reír como una histérica y hasta habría abrazado a la mujer si hacerlo no requiriera contacto físico.

—Perdone—se disculpa Ted en voz tan baja que nadie lo oye.

—¡Espero que no se haya roto nada!—exclama encantada la mujer—. La caja parece que lleva algo frágil.

—;¡Es genial! Es perfecto, de verdad—asegura Louisa mirando la caja.

—Perdone...—repite en vano Ted.

—¡Y aquí está tu maleta, Ted!—dice Louisa mirando en el bolsillo como si estuviera pensando en señalar que alguien le ha robado el dinero antes de darse cuenta de que ha sido ella.

Ted se recoloca las gafas y se apoya sobre el pie contrario.

—Perdone...—logra decir al final—, había un recipiente pequeño también. Estaba al lado de mi maleta, de este tama...

La mujer se vuelve hacia él, despreocupada.

—SÍ, pero estaba vacío, ¿verdad?

Ted zozobra como si el mundo se estuviera moviendo.

—¿Cómo... dice?

La mujer inclina la cabeza hacia un lado.

—Ah, ¿no estaba vacío? Era tan ligero. Pensaba que era... basura.

Ted abre la boca, pero su grito es sordo. Louisa mira a Ted, luego a la mujer y después el cuadro, entonces se derrumba como un castillo inflable pinchado.

—¿Qué... qué ha pasado con él?—pregunta sin atreverse a oír la respuesta.

La mujer se rasca la cabeza nerviosa.

—Creo que el revisor lo tiró. ¿Era importante? Ay, no, ahora me siento estúpida... Vaya, es este despiste de mamá...

Ted se recompone, pero la voz se le quiebra cuando trata de susurrar:

—NO, no, por favor. No piense eso. Ha hecho más que suficiente, de verdad. Esta caja grande es la más importante. Lo otro era... Ay, no se preocupe. Gracias, de verdad. Ojalá pudiera recompensarla de alguna forma, pero...

La mujer sacude la cabeza.

—¡De ninguna de las maneras! Me alegro de haber sido de ayuda.

Vosotros me ayudasteis a ir tranquila al lavabo en el tren, una madre nunca olvida una cosa así—le dice con una sonrisa a Louisa, que a su vez coge en brazos la caja que contiene el cuadro, paralizada en silencio ante la comprensión de que las cenizas del artista han desaparecido.

—Gracias. Muchas gracias—repite Ted con voz marcada.

Pone la mano con delicadeza sobre la caja, tocando casi la de Louisa en un intento de consolarla.

La mujer sonríe feliz y escribe su dirección y su teléfono en un trozo de papel que le ofrece a Ted.

—Si alguna vez volvéis a pasar por aquí, llamad, por favor. Tenemos una habitación de invitados y seréis bienvenidos.

Ted no sabe muy bien qué responder, así que escribe su nombre y su número de teléfono en un fragmento de papel y se lo da a la mujer. ¿Para qué iba a quererlo nadie? Piensa él, avergonzado.

La mujer y el hombre se despiden con la mano, dan media vuelta y desaparecen en la noche con el carrito. Ted se queda de pie con el trozo de papel en la mano. Louisa mira aquello como si fuera un tesoro increíble. Una habitación de invitados, ¿dónde vive esta gente?, ¿en un palacio?

—Vamos—murmulla, agarrando con más fuerza la caja del cuadro y emprendiendo el camino.

—¿Adónde vas?

—Tenemos que encontrar un taxi y seguir al tren. Tenemos que recuperar las cenizas.

Pero Ted no la sigue. Se queda donde está y juraría que oye el aleteo de una bandada de aves que alza el vuelo a cierta distancia.

—No, no, espera...

Louisa se vuelve y lo malinterpreta de nuevo. No es por presumir, pero no se le da mal malinterpretar.

—¿No quieres que vaya contigo? Sé que todo es culpa mía. Déjame solo ayudarte a...

Ted mueve lentamente las manos como si intentara dar indicaciones de aterrizaje a un avión, lo cual debe de ser más o menos igual de complicado que conseguir que Louisa deje de hablar.

Muy nervioso, se quita las gafas y se las vuelve a poner, varias veces.

Cuando todo esto acabe va a necesitar cantidades ingentes de cinta.

—No, Louisa, no es culpa tuya. No debería haber dicho eso antes.

Siento que esto no haya salido como imaginabas.

Toda tu vida has soñado con el cuadro y los niños del cuadro y al único al que has podido conocer es...

a mí. Y yo solo he sido... yo, todo el rato.

Ojalá hubieras conocido a los otros. Te habrían gustado.

—Tú me gustas—susurra, como si estuviera a punto de ser abandonada.

Ted se rasca las pronunciadas entradas.

—Lo último que me pidió mi mejor amigo que hiciera antes de morir fue que cuidara del cuadro y de ti.

He fracasado en ambas cosas. Siento que esto no haya resultado ser un cuento de hadas.

¿Qué es lo que dijiste que sentías al ver la postal del cuadro cuando eras pequeña?

¿Que soñabas con poder dormirte y despertar en el embarcadero? ¿Y que... aprenderías a nadar?

Louisa se seca las lágrimas en la caja que lleva en brazos.

—Siento que hayas tenido que hacerte responsable de mí, Ted. Siento ser... yo, ¿vale? Lo siento por todo. Pero vámonos, va. Tenemos que encontrar un taxi y seguir al tren y...

Pero Ted no se mueve. Simplemente se mete las manos en los bolsillos y mira al cielo nocturno, respirando profundamente y percibiendo los olores a mar y caca de perro. Piensa en todo lo que ha muerto, pero aún más en todas las cosas que siguen vivas.

—¿De verdad puedes abrir puertas cerradas con llave?—pregunta después de un buen rato.

—Pues claro que sí—resuella, como si cualquier persona normal pudiera hacerlo.

—Entonces vamos. Tengo una idea mejor—dice Ted, que empieza a caminar en dirección contraria.

—No, tenemos que seguir al tren. Tenemos que encontrar las cenizas.

Ted responde y su voz suena chispeante.

—No pasa nada. Él no paraba de repetir lo mucho que le gustaba viajar.

Así que no siguen al tren. Se dirigen a la callecita de las tiendas y buscan la de deportes. Louisa se cuela, dejan el dinero en el mostrador y Ted escribe una nota de disculpa. Cogen toallas y bañadores del escaparate.

Pronto amanecerá. Se dirigen caminando al mar. Y él la enseña a nadar.