Mis amigos Chapter 39
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Chapter 39

TREINTA Y NUEVE

Tiene gracia lo que recuerda el cuerpo mucho después de que el cerebro haya olvidado. El olor del mar, un «chof».

—¡CUIDADO!—grita Ali un segundo después de que Joar pise una caca de perro.

—¡Aaaaaajjjjjjj!

—Hay una caca de perro ahí—informa diligente Ali.

Joar respondió saltando a la pata coja e intentando limpiarse en ella, y luego en Ted y el artista mientras ellos chillaban muertos de miedo y de risa.

Era mediados de julio, esa época de cada año en la que te preguntas de repente adónde han ido a parar todas las demás, como si te hubieran atracado.

El ecuador de las vacaciones de verano es un tipo de tristeza muy específica.

—¿Qué es eso?—preguntó de pronto el artista, y todos dejaron de reír.

Ese fue el día que se encontraron el pájaro muerto. Fue el principio del fin del verano.

Había estado lloviendo varios días, aunque ese en concreto les estaba dando una tregua.

Habían ido corriendo al embarcadero por la mañana, compitiendo a ver quién se podía quitar más rápido la ropa interior y lanzarse al cielo.

Luego se habían secado al sol mientras se comían las galletas que Ted había traído de su casa y se bebían la Coca-Cola que Joar había robado.

—Qué bien huele siempre después de una noche de lluvia—observó Ali.

—Petricor—respondió Ted.

—¿Qué?—respondieron al unísono tres bocas sorprendidas.

Él evitaba sus miradas porque siempre le cohibía tener que explicar algo y le preocupaba parecer condescendiente.

—Petricor. Se llama así. El olor de la lluvia. La gente suele decir que es la tierra lo que huele, pero de hecho se nota más cerca del asfalto y la piedra.

—¿Y en un embarcadero, a lo mejor?—dijo Ali pateando su superficie como si fuera un buen amigo viviente.

—¿Cómo narices sabes estas cosas?—preguntó Joar.

—Lo leí en un cómic. Decía que la gente puede oler la lluvia con más intensidad que los tiburones el olor de la sangre.

—Deberías hacerte profesor—sugirió su amiga.

—Sí, deberías—coincidió el artista.

Tal vez eso bastó para que sucediera.

—¿Por qué iban a necesitar los tiburones oler la lluvia?—masculló Joar.

Y todos se echaron a reír. Primero de él, pero después con él.

—¿Viste la tele anoche? ¿El programa sobre la millonaria que perdió todo su dinero?—preguntó Ali.

—Sí, le está bien empleado—refunfuñó Joar.

—No digas eso, me sentí mal por ella.

—¿Por qué? ¿Por qué te vas a sentir mal por ella? ¡Casi todo el mundo es pobre, joder!

—Sí, pero hemos sido pobres toda la vida. Ella acaba de empezar.

Como es habitual, estuvieron discutiendo el tema un buen rato. Así sabías lo inabarcable que eran las imaginaciones de Joar y Ali, porque, de no ser así, dos personas que se querían tanto no encontrarían tantos temas por los que pelearse.

—Entonces, ¿cómo vamos a conseguir dinero suficiente para pinturas, pinceles y lienzos y todo lo del cuadro?—preguntó Ted.

—No hace falta...—murmuró rápidamente el artista—. Podemos olvidarnos del concurso.

Pero de eso ni hablar, faltaría más.

—¿A lo mejor podemos ofrecer a Ali como cantante? La gente la podría contratar para enviársela a alguien que odie—sugirió Joar.

—A lo mejor podemos vender una de tus dos neuronas—replicó a voz en cuello Ali, que se puso de pie para recoger algunas piedras que lanzar al agua, uno de sus pasatiempos favoritos aparte de tirárselas a Joar.

—A lo mejor le podríamos vender tu cara a alguien que quiera disfrazarse de pánfila.

Ali suspiró decepcionada.

—¿De qué hablas? ¿Ese es tu mejor insulto?

Joar se puso colorado.

—A lo mejor te cuesta un poquito entender un insulto porque eres una pánfila.

Llevaban así todo el día. Los puede haber peores cuando tienes catorce años, mucho peores. El artista se había tumbado bocarriba con el mar en las fosas nasales y las voces de sus amigos en el oído, un sentimiento con el que pintaría el cielo con el tiempo. El paraíso es el verano.

Luego, camino de casa, oyeron un «chof». Ahí fue cuando Joar pisó una caca de perro. Cuando intentó limpiarse en Ted, Ali bromeó:

—A Ted no le da miedo porque sea caca, sino porque es de perro.

—No es verdad—protestó él.

Había pasado poco más de una semana desde el funeral de su padre, cuando había descubierto que necesitaba gafas tras ser perseguido por una bolsa de basura.

Todas las noches al volver a casa se encontraba con un hogar oscuro y caminaba sin hacer ruido por habitaciones con eco, recogiendo latas de cerveza vacías.

Cada mañana sus amigos se metían con él sin parar para evitar que se ahogara en el silencio porque no sabían qué otra cosa hacer.

Ali fingió ponerse muy seria.

—A lo mejor es caca humana, Ted. ¿Te sientes mejor si es así?

—¡No!

—Uuuuuj, ¿y si es caca humana?—exclamó Joar.

Se quitó el zapato y lo restregó contra el borde de la acera.

Un poco de caca fue a parar a su dedo, así que puso cara de querer restregar toda la mano.

Ali se echó a reír, pero por desgracia llevaba la boca llena de galletas, así que las migas salieron disparadas como perdigones y le dieron en la cara a Ted, que puso tal expresión de asco que hasta el artista se echó a reír.

—¡Oh, no! Migas en la cara, Ted preferiría seguramente tener caca de perro en los pantalones.

Se rieron tanto que Ali empujó sin querer a Joar contra un arbusto. El chico desapareció, pero volvió a salir de un salto como una estríper de una tarta de cumpleaños. Fue en ese momento cuando el artista vio algo.

—¿Qué es eso?—preguntó.

Más adentro, en el arbusto, había un pájaro enredado en una red.

—¿Respira? Ponlo de lado. ¿Hay que hacerle el boca a boca?—Las preguntas salieron de Ali como un torrente confuso, una detrás de otra, porque se le daban bien un montón de cosas, pero casi ninguna cuando se estresaba.

—No deberías hacerle el boca a boca con tu aliento...—replicó Joar alejando su cabeza de la de ella.

—Son las galletas...—masculló Ali tapándose la boca con la mano.

Ted se inclinó para coger el pájaro, pero Joar le apartó rápidamente la mano de un manotazo.

—¡No hay que tocar a los pájaros! Su madre no lo aceptará otra vez si lo haces.

Ted se acercó al pájaro.

—Este pájaro parece lo bastante mayor para estar jubilado. Seguramente no necesita una madre—dijo vacilante.

El artista también se inclinó hacia delante.

—Además, está muerto—añadió en voz baja.

Joar metió la cabeza en medio del arbusto.

—Vale. Sí que parece un poquito gris alrededor de las plumas—concedió.

—Y muerto—señaló Ali.

Joar lo liberó con cuidado de la red. El artista cavó un pequeño agujero en el suelo y lo enterraron allí.

Como Ted era el responsable de las palabras, todos lo miraron a él cuando Joar consideró que debían decir algo, así que su amigo repitió lo mejor que pudo las palabras que el párroco había dicho en el funeral de su padre.

—Hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo para nacer y otro para morir. Un tiempo para plantar y otro para arrancar de raíz. Un tiempo para llorar y otro para reír. Un tiempo para extrañar a los fallecidos. Un tiempo para bailar.

Cuando se quedó en silencio, Joar se secó los ojos y Ali hizo unos pocos pasos de baile tristes. El artista cubrió la tumba con tierra. Fue entonces cuando oyeron un piar que venía del arbusto y encontraron un segundo pájaro que seguía vivo.

Estaba atrapado en la red, raquítico y abandonado. Los amigos dudaron un momento.

—Hazlo tú...—le susurró Ali al artista al ver que él era el único que podía levantar al pájaro y sacarlo de la red sin que se resistiera.

Hay personas que tienen esa clase de manos, como si todos los seres vivientes supieran de forma instintiva que les está tocando una persona que nunca les haría daño. Con cuidado, lo sostuvo en el aire, pero el pájaro no salió volando, como si no se diera cuenta de que era libre.

—A lo mejor está herido por dentro—dijo con tristeza Ted.

—Puede que solo esté asustado—apuntó Joar.

—Es lo mismo—añadió suavemente Ted.

—¿Tenemos algo donde lo podamos meter?—preguntó Ali.

—Yo sí—dijo el artista y, con su mano libre, sacó cuidadosamente una caja de su mochila.

Los otros tres se quedaron mirando el recipiente, un poco preocupados, incluso el pájaro, pero Ali fue la única que se atrevió a preguntar.

—¿Es ahí donde guardabas todas las pastillas?

—Ajá—asintió el artista.

—¿Qué más da? Si queda alguna, es un analgésico. Somos mejores que el veterinario—declaró Joar, y ayudó al artista a tumbar al pájaro en la caja como un veterinario nunca haría.

Joar cargó con el animalito todo el camino. Cuando empezó a llover, protegió con su cuerpo la cajita y, al aparecer a lo lejos sus casas, dijo con determinación:

—Yo me lo llevo a mi casa, mi madre sabrá cómo salvarlo.

Ninguno de sus amigos se atrevió a llevarle la contraria, pero, incluso Ali, que era la reina de las malas ideas, sabía que esta lo era.

Detrás de ellos, la lluvia y el viento agarraron sus infancias y desaparecieron.