Chapter 38
TREINTA Y OCHO
Los seres humanos son capaces de la estupidez más supina.
Decimos que el nacimiento de un bebé es un milagro, cuando lo verdaderamente milagroso es todo lo que viene después.
El artista solía sentarse en un ventanal de su apartamento a mirar a la gente de la calle y murmurar: «Los dinosaurios se extinguieron, pero ¿tú y yo y todos estos idiotas logramos sobrevivir?
No hacemos más que buscar maneras de destruir todo lo que nos mantiene vivos, y ¿seguimos aquí? ».
Entonces Ted solía acercarse al equipo de música del comedor y poner Ópera para recordarles que los humanos también son capaces de... eso.
—¿Cómo puede haber espacio dentro de una persona para algo tan bonito?—susurró una vez el artista mientras escuchaban a Maria Callas.
Entonces Ted pensó en el mito de Zeuxis y Parrasio y en la cortina que no era una cortina, y en que la voz de Maria Callas sonaba como la sensación que suscitaban los cuadros del artista: como si fueran más reales que la realidad.
—Pero no hay espacio suficiente. El arte es lo que no cabe dentro de una persona. Lo que rebosa—dijo Ted.
—A veces eres muy inteligente.
Por desgracia, no era cierto. Todo lo que ha hecho Ted en su vida desde entonces sugiere lo contrario.
—¿¡TED!?—repite Louisa, sobresaltando a su amigo.
—¿Por qué gritas?—pregunta mirando aterrorizado todos los rincones del aparcamiento.
—No estás prestando atención.
—La estoy prestando... ahora.
Louisa señala el taxi.
—He dicho que, si te preocupa que te roben en el taxi, no hay necesidad. No te queda nada que te puedan quitar.
—¿De verdad? ¿Eso crees?—responde ofendido Ted enseñándole el brazo en el que solía llevar el reloj.
Louisa mira a la taxista y pone los ojos en blanco.
—La generación de Ted es muy irónica, ¿sabes?
—Ah—responde la taxista con actitud comprensiva.
Ted inhala por la nariz muy irritado, un gesto mucho más complicado ahora que tiene tanta sangre en las fosas. En el fondo, le gustaría matizar que, en este caso, está siendo más sarcástico que irónico, pero se limita a resoplar un «bien».
—¿Bien?—Louisa parece suspicaz.
—Bien.
—O sea... ¿bien? ¿O muy bien? ¿O muy muy bien?
El hombre frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—¿Tú qué quieres decir?
Ted gruñe.
—He dicho que bien. Vamos al taxi y a intentar alcanzar el tren. A lo mejor morimos, pero qué más da, este día no puede empeorar...
—¡Voy delante!—exclama rápidamente Louisa y, sin pensárselo dos veces, se quita la mochila y se abalanza hacia el coche.
—Entonces tú tendrás que sentarte con Albert—le dice la taxista a Ted.
—¿Perdona?—pregunta, pero ya es tarde.
Albert está sentado en el asiento trasero. Es una planta. Una planta muy muy muy grande. La taxista les explica que su casa es muy oscura en esta época del año y que Albert necesita mucha luz, así que se la lleva al trabajo. Ted mira por la ventanilla: está oscuro como una noche sin luna.
—Buena idea—dice mientras trata de evitar que una de las hojas de Albert se le meta en un ojo cuando el coche da la vuelta en el aparcamiento.
—¿Irónico?—susurra la taxista a Louisa pisando el acelerador como si este tratara de robarle el desayuno.
—Ni idea, Ted es muy complicado—responde la joven antes de acurrucarse encantada mientras el taxi circula a toda velocidad en paralelo a las vías del tren.
—Vamos muy rápido—señala Ted aterrorizado en el asiento trasero.
—¡GRACIAS!—responde la conductora.
—Es probable que no lo diga como un cumplido—aclara Louisa.
—Tienes razón, muy complicado. Los jóvenes de hoy—rezonga la taxista como si dijera una palabrota.
—¿Lo has oído? Te ha llamado joven—dice la muchacha sonriendo en dirección al asiento trasero, pero el destinatario está muy ocupado arrepintiéndose de todas y cada una de sus elecciones vitales.
Louisa mira con curiosidad el vehículo y aprieta todos los botones. A la conductora no le molesta lo más mínimo, simplemente sonríe.
—Como mis hijos. Tocar todo, ¿eh?
La expresión de la joven pasa de la vergijenza al entusiasmo.
—Nunca había estado en un taxi. O sea, he estado en coches patrulla unas cuantas veces, y son un poco como los taxis, ¿no? Solo que ahí las puertas tienen echado el cerrojo.
Sigue apretando botones y, sin querer, enciende la radio. Asustada, intenta apagarla, pero la taxista sacude la cabeza tranquilamente y sube el volumen. Tararea la música que suena.
—¿Qué es eso?—pregunta la joven.
—¡Ópera! ¡En italiano!—grita la conductora.
—¿Sobre qué cantan?
—¡Amor!
—Debe de ser bonito hablar italiano—dice Louisa con tono ensoñador.
—¿Italiano? ¡No hablo palabra!
—¿Cómo sabes que hablan de amor entonces?
La taxista se echa a reír y sube el volumen hasta que los altavoces vibran.
—Amiga, ¡todas las óperas siempre de amor!
En el asiento trasero, Albert duerme apoyado en el hombro de Ted, que a su vez aprieta los ojos cerrados e intenta pensar en cosas felices sin mucho éxito.
La gente dice que la ansiedad es sentir miedo sin motivo, pero su cerebro es muy útil a la hora de sugerirle razones.
Una vez leyó un libro que decía que las personas con trastornos neuropsiquiátricos necesitaban «hacerse amigos de su cerebro», pero Ted y el suyo no lo son, su relación es de compañeros de clase obligados a hacer un trabajo grupal llamado «convivir». Y no les está saliendo demasiado bien.
Tú no deberías estar aquí, le dice su cerebro.
No deberías ser el único que queda. ¿Qué clase de Dios egoísta priva a la humanidad de un artista de fama mundial y deja a un profesor de instituto neurótico?
Ted no puede cuidar a Louisa, ni siquiera puede dormirse sin perderse.
No puede hacerse responsable, ni del arte ni de las personas; ni siquiera puede bajarse de un tren sin que le peguen una paliza.
Cualquier persona es capaz de llegar a hacer muchas estupideces, pero arreglárselas para perder la misma noche el reloj de su mejor amigo, el cuadro de su mejor amigo y las cenizas de su mejor amigo debe de contar sin duda como un récord de algo.
Maria Callas canta en la radio. Albert es bueno guardando secretos, nadie se enterará de que Ted está llorando encima suyo.
—¿Es su marido?—pregunta Louisa en el asiento de delante mientras señala una fotografía que hay en el salpicadero.
—Sí, mi hombre, sí, sí—asiente sonriendo la taxista enseñándole un dedo arrugado y un anillo desgastado.
—¿Cuánto tiempo lleváis casados?
—Cuarenta años.
—Guau—se asombra ella. Es una cantidad de tiempo incomprensible para cualquier joven de dieciocho años. ¿Cómo se puede llevar con otra persona más del doble de años de los que ha estado ella consigo misma?
—¿Secreto? Tú sabes todos preguntan: ¿cuál es secreto? ¿Tú sabes? Dar mano—explica asintiendo la conductora.
—¿Darse la mano?
—Todos dicen: ¡No vayas a cama enfadada! Pero ¿tú sabes? Si das mano, muy difícil estar enfadado mucho tiempo, ¿eh? Así que tú das mano, cuando vayas a dar paseo, cuando veas televisión. Tú das mano, y así sabes: tú y yo. Siempre.
—Suena sencillo—dice sonriendo Louisa.
—¡Otra cosa importante! En restaurante, él pide comida que me gusta, siempre. A mitad de comida, cambiamos platos. ¿Comprendes? Vivís uno con otro, no solo al lado del otro.
Louisa asiente. Nunca ha estado en un restaurante, pero cuando Pez y ella robaban helado, también solían intercambiárselos cuando iban por la mitad.
—¿Son tus hijos?—pregunta señalando otra foto enganchada al salpicadero.
—SÍ, sí. Siete hijos.
—¿SIETE? ¿Habéis intentado tu marido y tú ir al cine y nada más alguna noche?—exclama Louisa. Ted se asoma por entre los asientos delanteros y la regaña:
—¡Louisa! ¡Eso no se dice!
—¿Qué pasa? Solo pregunto. Es decir, me gustan los bebés y eso, pero... ¿siete?
La taxista se limita a sonreír.
—Siete hijos. Todos mayores. Dos, muertos. Pero ahora ¡nietos! ¡Y Albert! Las personas necesitan mantener algo vivo, ¿comprendes? Si no, no personas.
Louisa asiente muy seria.
—Ted odia a los niños. Le dan miedo los bebés.
—¡No me dan miedo los bebés!—protesta el aludido, tan enfadado que golpea a Albert sin querer.
—No, no, eres muy valiente—dice riendo Louisa. La taxista ríe también y Ted las mira a las dos.
—Bueno, pues el revisor del tren se ha creído que estuve en la cárcel.
Se dicen muchas estupideces cuando nos sentimos estúpidos.
—Seguro. Pero por algún delito financiero o algo así. O por ir en bici por la acera.
—Pues podría haber estado en la cárcel, que lo sepas. Y no me dan miedo los bebés—refunfuña, e incluso a él le cuesta dilucidar cuál de las dos mentiras es más gorda.
Albert zozobra cuando giran en una curva y acaba en el regazo de Ted.
—¡Ni perro! ¿Tampoco da miedo perro?—asiente la taxista para darle ánimos.
—Simplemente no soy muy fan...—refunfuña él, colocando de nuevo con cuidado a Albert en su sitio y ajustándole el cinturón de seguridad.
La taxista pisa a fondo y agarra fuerte el volante. Todas las piezas de metal del automóvil chirrían.
—;¡MIRA! ¡AHÍ!
Se oye el tren a lo lejos. La taxista derrapa hasta detenerse junto a los escalones de la estación y Louisa, que ya se había quitado el cinturón, salta del coche aún en movimiento arañando los zapatos de manera que trocitos de goma revolotean como nieve alrededor de sus pies.
—¡Esto seguro que no es una buena idea!—le dice Ted a Albert, que es el único que le escucha últimamente, antes de saltar también del coche y correr todo lo que puede. O cojear, en cualquier caso.
Ve muy por delante de él a Louisa, que sube de un salto un tramo de escalera y se precipita al andén moviendo los brazos y gritando como una posesa. El tren entra con gran estruendo en la estación y pasa por delante de ella.
—¡ESPERA!—brama la joven, pero el tren ni se inmuta. Ya se ha abalanzado sobre la oscuridad y la noche lo ha engullido.
Así de rápido acaba todo.
Ted se detiene con las manos en las rodillas, tan jadeante que hasta le duele pensar. Oye a Louisa gritarles furiosa a Dios y al universo y a todo, pero ¿qué más da?
Cuando finalmente bajan de nuevo los escalones, Albert y la taxista aún esperan. Parecen apesadumbrados, al menos la taxista. Albert parece simplemente Albert.
—¡Venga! ¡Siguiente estación! ¡Vámonos!—exclama optimista la conductora.
—No llegaremos a tiempo—suspira Ted.
La taxista ríe.
—No, no, claro, no llegamos. ¿Qué crees que soy? ¿Cohete?
—¿Para qué intentarlo entonces?
La taxista se encoge de hombros.
—Próxima estación: objetos perdidos. ¿Puede alguien ha dejado lo que perdiste ahí?
—Lo dudo, es muy valioso—dice Ted desconsolado.
La mujer se vuelve a encoger de hombros.
—A lo mejor gente te sorprende. ¿Qué hacemos sin esperanza, eh? Venga, os llevo.
Vuelven a meterse en el taxi, que ahora circula a una velocidad más civilizada, siguiendo las vías hasta una pequeña ciudad cuya calle mayor es un empedrado que hace saltar a Ted y Albert en el asiento de atrás como si fueran bolitas del pinball.
La mayoría de las tiendas parecen cerradas con paneles de madera, aunque hay una pequeña peluquería y un café y, al fondo, una pequeña tienda de deportes con bañadores en el escaparate.
Un tanto optimista para esta época del año, piensa Ted.
—¡Ahora Pascua nada más! Pero en verano, ¡vienen todos turistas!—les informa la taxista.
Louisa echa un vistazo fuera, a la oscuridad, con la esperanza de entender qué es lo que atrae al turismo, pero no ve nada más que edificios. Podrían estar en cualquier sitio.
—¡Guau! ¿Qué ha pasado ahí?—pregunta cuando pasan junto a un coche aparcado con la luna cubierta de manchurrones blancos.
—Mierda de pájaro. Pájaros muy grandes aquí. Lo peor de vivir al lado de mar.
Louisa farfulla como si se acabara de atragantar con el aire.
—¿Estamos... cerca del mar?—acierta a decir, boquiabierta.
—¿Cerca de mar? Si giro derecha aquí, estamos dentro de mar—contesta sonriendo la conductora.
En cambio, gira a la izquierda, hacia la siguiente estación de tren.
—Pájaros son como turistas. Graznan y ensucian, pero no les puedes disparar...
Cuando el vehículo se detiene, Louisa abre la puerta y toma unas bocanadas generosas y asombradas de oscuridad exterior. Saben a sal.
—El mar.
Ted no la oye, está ocupado rebuscando en sus bolsillos con pánico creciente.
—¡Ay, Dios mío! No tengo la cartera. Está en mi maleta, en el tren—aúlla desesperado.
—Tengo dinero—dice tranquilamente Louisa mientras se saca del bolsillo algunos billetes arrugados—. Los he sacado de tu maleta del tren.
La taxista toma el dinero, pasa a Albert al asiento delantero y se vuelve hacia ellos.
—Vosotros dos, cuidaos, ¿eh? No olvidar: ¡hay que dar mano!
No parece ni por asomo que Ted y Louisa tengan planes de hacer eso, aunque ella sí se abraza a sí misma y se despide muy contenta.
—¡Gracias por rescatarnos! ¡Y por traernos! ¡Y gracias por la historia de amor entre tu marido y tú!
Ted es más comedido:
—Gracias por... todo—dice intentando con todas sus fuerzas parecer alguien a quien no le dan miedo los perros.
La taxista lo mira una vez más de arriba abajo.
—¿Cómo se dice? ¿Primer día de resto de tu vida? Pues eso: ¡vívela!
Ted ya tiene bastante faena con intentar sobrevivir a esta noche, pero la taxista se lo queda mirando fijamente hasta que él no se atreve a hacer otra cosa que no sea asentir.
Entonces, Albert y la anciana giran en su coche y se adentran por una larga carretera hacia el amanecer.
Ted los observa mientras se alejan y, exhausto, piensa que da igual si la vida es larga o corta, el problema no es el tiempo, sino la velocidad.
Pasan muchísimas cosas cuando estás vivo, todo va rematadamente rápido, ¿cómo se supone que tiene uno tiempo de ser humano?
Louisa, detrás de él, carraspea un par de veces.
—¿No me vas a dar las gracias? ¿Por pagar el taxi?
Ted levanta las cejas.
—¿Con mi dinero?
—Puedes dar las gracias igualmente, ¿no?—señala la joven ofendida, y empieza a caminar hacia el letrero de «Objetos perdidos» de la estación.
Ted la sigue, lanzando un suspiro que podría derribar árboles. Es la primera noche del resto de su vida y comienza con un «chof».
—¡Cuidado con la caca de perro!—exclama Louisa, un segundo demasiado tarde.