Chapter 37
TREINTA Y SIETE
Desde luego que le dan miedo los perros. Lo aterrorizan. Pero no ha sido siempre así, solo desde el funeral de su padre.
Hace veinticinco años estaba sentado en la iglesia con sus amigos. Oyeron pasos por detrás y Joar se giró como siempre, con los puños listos para la guerra. El párroco que venía por el pasillo brincó sobresaltado.
—Lo siento, no me lo esperaba—dijo sonriendo.
—¡No te acerques por la espalda a la gente dentro de una iglesia, psicópata!—le espetó Joar.
—Yo... trabajo aquí—se defendió el hombre.
—Como si me importara, psicópata.
El cura puso cara de no saber muy bien qué hacer con esa información, así que optó por volverse con gesto compasivo hacia Ted.
—Lamento mucho la pérdida de tu padre.
—¿Por qué? ¿Lo has matado tú?—soltó Joar tan de inmediato que hasta a Ali la pilló desprevenida. Se volvió hacia ella malhumorado primero y sorprendido después, y añadió—: Bueno, ¿fue él o no?
Ted se echó a reír a carcajadas y enseguida el resto se sumó. ¡Cómo necesitaba eso el chico, por Dios!
El párroco se lo tomó con una tranquilidad admirable, eso los adolescentes tuvieron que reconocerlo, salvo por un ligero temblor en la comisura de los labios y un efímero brillo en el rabillo del ojo.
Asintió con la cabeza mirando a Ted y prosiguió su camino sin precipitarse, recogiendo los libros de himnos y los paraguas olvidados en los bancos.
En cambio, Joar, que tenía fuerzas de sobra para controlar cualquier cosa excepto su lengua, no pudo refrenarse.
—Entonces, ¿lo ha matado Dios?
—¿Cómo?—respondió el cura.
Joar levantó las manos como si lo atracaran.
—No se enfade, ¿vale? Pero cuando alguien se pone enfermo y se recupera siempre decís que ha sido Dios, así que es muy cobarde escabullirse de la responsabilidad cuando alguien muere.
No sería acertado decir que al cura pareció divertirle la cuestión, pero lo cierto es que aparentaba no estarlo pasando mal.
—Yo creo que el plan de Dios a veces incluye un significado que no vemos—dijo dubitativo.
—O sea que Dios lo asesinó a propósito, ¿no? Como parte de su plan—persistió el joven.
Puede que en ese momento el cura sí pusiera un poco cara de desear haberse ido a casa a comer, pero respondió con toda la paciencia que su formación le permitía reunir.
—Me temo que no tengo todas las respuestas. Por eso se llama «fe».
Joar, que no había asistido a ninguna clase de Ciencias en todo el trimestre, replicó con una seguridad bastante impresionante dadas las circunstancias.
—Vale. Si quiere respuestas, tenemos una cosa llamada ciencia.
Si el pastor se sintió insultado, lo ocultó bastante bien.
—Tal vez una cosa no invalide la otra—sugirió.
—¿Te has reunido con Dios?
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
Joar encogió los escuálidos hombros.
—Quiero decir, que Dios habla contigo, ¿no? ¿Es como ver la tele o más como hablar por teléfono?
Las comisuras de los labios del cura bailaron un poco con el comentario, aunque a regañadientes.
—Es probable que sea yo el que más hable de los dos, he de reconocer.
Joar no habría puesto mayor cara de decepción si le hubieran dicho que Papá Noel es en realidad dentista.
—O sea que no dices más que mentiras, ¿no?
—¿Perdona?
Joar levantó los brazos en cruz a tal velocidad que casi les da a sus amigos.
—¿Qué? Todo esto, con una iglesia grande y elegante y pidiéndole a la gente un montón de dinero, ¿y resulta que ni siquiera has hablado con Dios? Yo pensaba que podías pedir favores y eso. ¿Qué mierda de religión es esta?
El párroco respiró profundamente y sonrió brevemente antes de responder:
—A lo mejor deberías pedir a Dios tú mismo.
Joar lo miró verdaderamente sorprendido, como si esperara que el cura sacara una lata con un hilo atado y Dios en el otro extremo.
—¿Y cómo narices voy a hacer eso?
El pastor le señaló amablemente el techo.
—Dios te pertenece a ti tanto como a mí. Puedes preguntar lo que quieras.
Joar se quedó un buen rato pensativo, frunciendo los labios. Luego levantó la mirada hasta el techo, carraspeó a conciencia y dijo:
—Myy bien. ¿Puedes dejar de repartirle cáncer a la gente, cabrón?
Cómo rio Ted con la ocurrencia, en un día así, precisamente.
Es posible que le salvara la vida. Y la cara de Joar cuando oyó la risa, puede que nunca se sintiera más orgulloso.
Si el cura lo oyó, hizo como si nada, y si el Cielo existía, es probable que Dios también estuviera dispuesto a dejarlo pasar.
—Venga, vamos a comprar pasteles—le susurró Ali a Ted, y se pusieron de pie.
Solo en ese momento dio la sensación de que el padre de Ted estaba muerto de verdad.
Esa es la razón por la que él siempre se ve a sí mismo como un adulto cuando rememora ese verano, porque, después de ese día, no volvió a ser niño.
Al salir de la iglesia, al artista se le cayó una página del cuaderno. La hoja voló por el pasillo y aterrizó delante de los pies del cura. El hombre se agachó a recogerlo. Lo agarró con firmeza y se quedó sin aliento.
—¿Es esto...?—murmuró asombrado mientras miraba los altos muros de la iglesia.
—¡Lo siento!—dijo instintivamente el artista, como si hubiera cometido un delito.
—No... No, no, no te disculpes—tartamudeó el hombre—. No he visto nunca nada igual. ¿Lo acabas de dibujar? ¿Mientras estabas aquí? ¡Es increíble!
Era un dibujo de las ventanas de la iglesia, de Jesús en la cruz y su cuerpo desnudo y sangrante. El párroco lo volvió a mirar por última vez, como si quisiera memorizarlo de verdad, y se lo ofreció con amabilidad.
—Algún día tu obra se venderá por millones—dijo sonriendo.
—Te lo puedes quedar, si quieres—respondió él mirando al suelo y encogiéndose de lo incómodo que se sentía.
Era la primera vez que alguien aparte de sus amigos le decía que su arte tenía valor.
La primera vez que un adulto aparte de un bedel que se llamaba Christian le decía que sus dibujos no eran bochornosos y una vergiienza.
El cura se quedó sosteniendo agradecido el dibujo mientras el muchacho salía de la iglesia y desaparecía bajo la lluvia con sus amigos.
—¿Qué te ha dicho el cura?—preguntó fuera Joar. El artista le contó la verdad.
Un minuto después, la puerta de la iglesia se abría de nuevo y Joar entraba a toda velocidad y le arrebataba el dibujo al pastor. El chico lo miró con cara de lamentarlo, pero de su boca salió un «¡si vale millones, ni hablar!».
Y se fue por donde había venido. El párroco se rio a mandíbula batiente. Quizá Dios también.
Los cuatro adolescentes cruzaron el jardín de la iglesia y saltaron por encima de un murete que había en un lateral.
Pasaron junto al salón parroquial, donde una familia feliz acababa de celebrar una fiesta.
Esa mañana, antes del funeral del papá de Ted, el pastor había oficiado un bautizo.
Muchos años más tarde, Louisa dirá en un tren que lo mejor de los bebés es que nos recuerdan que la vida sigue, pero ese día Ted no pudo pensar demasiado, estaba ocupado con la escandalera que formaba Joar.
Pasaron por delante de la puerta de la cocina, donde el personal de limpieza había dejado algunas bolsas de basura negras.
Joar les dio patadas a todas, ya que él era uno de esos críos, todos conocemos a uno: un pateador.
La primera sonó a estar llena de papel; la segunda, a estar llena de plástico; pero la tercera sonó...
diferente. Joar y sus amigos frenaron en seco y se quedaron mirándola.
—¿Ha sido eso...?—susurró Ali.
—Ha sonado a...—coincidió Joar.
Con cautela, le dio otra patada a la bolsa. El sonido era tan fácil de identificar para un niño como el de la furgoneta de los helados doblando la esquina: la bolsa estaba llena de latas de refresco y botellas de plástico.
—¡A cobrar el depósito!—siseó Ali.
Al segundo, Joar se había echado la bolsa por encima del hombro y los cuatro amigos salían corriendo tanto como les daban las piernas con los cuerpos rebosantes de risas. Oyeron el grito iracundo de alguno de los limpiadores, pero nadie se molestó en perseguirlos.
—¿Cuántas pinturas y lienzos y mierdas de esas crees tú que podemos comprar con esto?—preguntó sonriente Joar al artista.
Fue un buen día. Un día extraordinario. O al menos lo fue hasta que pasaron por delante de una casa con un jardín descomunal y Ted vio otra bolsa de basura negra exactamente igual que la que llevaba Joar a la espalda. Eso solo podía significar una cosa: más dinero del depósito.
—¡Ted! ¡Espera!—gritó Ali, pero era tarde.
No es que el chico estuviera particularmente desesperado por el dinero; solo quería triunfar en algo.
Hacer algo, aunque solo fuera una vez, que valiera la pena.
Quería ser el héroe, y que no siempre lo fuera Joar.
Así que trepó por la valla y salió corriendo en dirección a la casa para coger la bolsa de basura.
En su defensa, salió bastante bien, ni una sola persona de dentro de la casa lo vio.
El único problema fue que la gran bolsa negra no era tal cosa, sino un gran perro negro.
Fue entonces cuando los cuatro amigos descubrieron que Ted necesitaba desesperadamente unas gafas.
Nunca en su vida, ni antes ni después, ha corrido tanto como en ese momento.
Corrió como un hurón en llamas al que le pisa los talones un animal salvaje que ladra y aúlla.
Después de ese día, no era a los perros a los que les tenía miedo, sino a la muerte.
Por el rabillo del ojo veía la lengua colgando entre colmillos afilados como cuchillas y se imaginaba el sonido que producirían si se hundieran en su carne y le trituraran los huesos.
Soñaría con ello mil veces. Si Joar no hubiera correteado junto a la valla para distraer al perro un momento, Ted no habría logrado escapar.
Por desgracia, lo único que se le ocurrió a su amigo fue lanzar al jardín la bolsa entera de latas y botellas.
El ruido confundió a la gran bestia negra y, cuando Ted saltó la valla, Ali se encaramó a ella de un salto y gritó con todas sus fuerzas.
—¡AAAAAAAAAARRRRGGGGGHHHHHH!
El perro vaciló un momento y siguió ladrando como un lunático, aunque retrocedió dos pasos. Ted siempre lo recordaría como el momento en que Ali asustó a la muerte y la hizo batirse en retirada. Ni siquiera la muerte tenía energías suficientes para discutir con ella.
Con el chico ya en el lado bueno de la valla, doblado y jadeante, y con sus tres amigos mirando anhelantes el tesoro que había quedado desparramado por el césped alrededor del furioso perro, Joar musitó:
—Joder, casi todas las botellas son de agua burbujeante de esa. ¿¡Qué clase de imbécil paga por agua!?
—Se llama agua mineral—le corrigió Ali.
—Tú sí que eres un cagarro mineral—informó Joar.
Y se pelearon. Entonces, un adulto que había oído al perro ladrar gritó algo desde el interior de la casa y los jóvenes echaron a correr otra vez.
—Lo siento, lo siento—repetía sin parar Ted, pero sus amigos se partían de la risa.
—Ya conseguiremos el dinero para pinturas de otra forma—prometió Ali.
—Menos mal que el perro te perseguía a ti, Ted, porque tienes un culo diminuto. Si hubiera perseguido a Ali, la habría mordido enseguida—afirmó Joar exultante.
Ali miró a Joar e hizo lo más amable que los chicos le habían visto hacer nunca: no decir nada y dejarle ganar. Solo esa vez. Es imposible amar más a nadie cuando tienes catorce años.
Veinticinco años después, Ted está en un aparcamiento junto a una estación de tren y mira un taxi.
Tiene la americana arrugada, los zapatos llenos de tierra, la cara magullada y la muñeca desnuda cuando la levanta para mirar la hora.
En algún rincón, en mitad de la noche, un perro ladra, pero no son los perros los que asustan a Ted. Nunca lo han sido.