Chapter 36
TREINTA Y SEIS
Ted ha leído muchísimos libros que explican qué le hace el miedo al cuerpo humano, pero siempre se enfada ante la suposición más elemental: describen el miedo como algo anormal. Como si no debiéramos tenerlo todo el rato.
Cuando alguien te persigue, el cerebro canaliza de inmediato la potencia para enviarla donde más importa, como un generador auxiliar durante un apagón, de manera que las partes que rigen el pensamiento lógico y la planificación estratégica se apagan.
Un millón de pensamientos se reducen a uno solo: sobrevivir.
Cuando Ted se pone nervioso, deja de sentir la nariz, por eso se pone y quita las gafas tan a menudo, por eso finge que las limpia, porque el miedo cambia la presión sanguínea y el corazón suministra primero a los músculos más grandes.
Cuando alguien te persigue, las manos se quedan frías y el sistema digestivo se detiene para ahorrar energía.
Quizá suene asombroso, que el cuerpo esté tan preparado desde el punto de vista biológico para algo tan poco habitual como que alguien te persiga, pero en realidad es lo contrario, por supuesto.
Eso es exactamente para lo que estamos diseñados.
A lo largo de toda nuestra existencia hemos estado huyendo: primero, de animales salvajes; después, los unos de los otros.
—¡CORRE!—le grita Louisa a Ted, que cruza cojeando las vías.
Ella salta por encima de una pequeña valla que hay al otro lado como si no costara.
Ted, por el contrario, tiene que hacer grandes esfuerzos para pasar por encima y se hace un agujero en los pantalones con el alambre de espino.
Aterriza dándose un batacazo a su lado justo cuando aparece otro tren.
Durante un maravilloso momento forma un muro entre ellos y los hombres del andén, pero cuando pasa estrepitosamente a unos pocos metros y la tierra se sacude, Ted se hace un ovillo como si estuvieran a punto de patearlo de nuevo.
Al final llega un momento en que un cuerpo no puede soportar más miedo, ni más huida, y cierra los ojos y solo quiere dormir. Louisa no se lo permite.
—¡VENGA!—le ordena, tirando de la americana manchada—. Vana ira por el coche y nos seguirán por el otro lado. Hay que esconderse.
Se deslizan por una ladera herbosa hasta llegar a una pequeña plaza y un aparcamiento desierto.
Louisa busca desesperadamente algún sitio en el que ocultarse.
Se va derecha hacia un denso bosquecillo de arbustos tirando de Ted.
Un minuto después, aparecen los faros de un coche que se acerca lentamente. A lo lejos, un perro ladra.
Ted no recuerda ningún momento de su vida en el que no pensara en la muerte.
El cerebro es una cosa muy extraña. Agachado entre los arbustos, con el olor a tierra en las fosas nasales y los ladridos caninos en el oído, se acuerda del funeral de su padre, hace veinticinco años.
El párroco de la iglesia ofició una ceremonia breve, hay quien diría incluso que desprovista de sentimentalismos, pero puede que fuera todo lo contrario.
Hubiera bastado una brevísima nota de órgano, un único sollozo, una ligerísima mutación en el ambiente para que toda la concurrencia aposentada en los bancos se hiciera añicos ese día.
La parquedad del sermón del párroco fue un acto de misericordia, su audiencia no habría soportado sentir más de lo que ya sentía de por sí.
El dolor es un lujo reservado a las personas cuyas vidas son más sencillas.
El funeral tuvo lugar a principios de julio.
La noche anterior una tormenta había pasado por la ciudad y la lluvia seguía cayendo como un telón helado.
Tras el funeral, los adultos se apresuraron encorvados hasta sus coches.
La única persona que permaneció en la iglesia fue Ted.
Nadie se percató de su ausencia porque nadie reparaba en su presencia.
Era como una pelusa en la ropa, solía decirle, en broma, Joar: podías llevarla todo el día encima y, de pronto, verla y pensar: «Anda, ¿hace cuánto llevo esto aquí? ».
La mamá de Ted no había dicho nada al llegar a casa del hospital la noche que falleció su padre.
Su hermano mayor se sentó cada mañana delante de las latas de cerveza vacías sobre el piano, sin tocar una nota.
Solo le dijo a Ted una cosa antes del funeral: «No debemos llorar.
Hay que ser fuertes. Por mamá». Ted se lo prometió.
Ambos hermanos se sentaron en el primer banco y fueron lo que creían que debía ser un hombre: fuerte y silencioso.
Después, cuando Ted se quedó solo y el elevado techo de la iglesia lo envolvió en un eco sin contenido, lo único que el chico podía oír era silencio sobre silencio.
Recuerda que pensó que, si se quedaba allí, su padre no habría muerto realmente; no mientras no saliera a la lluvia y la realidad.
Trató de recordar su voz, o su risa, pero en su interior no halló más que vacío allí donde deberían estar esos sonidos.
Cayó entonces en la razón por la que su hermano mayor y su madre estaban siempre enfadados y lo odiaban tanto.
Él tenía catorce años nada más y solo recordaba al padre enfermo.
No había perdido al padre feliz, al que existía antes, al que tocaba el piano. Eso debe de ser mucho peor, pensó.
—Buenas noches, fantasmas—le susurró al vacío.
Fue entonces cuando lloró por primera vez.
No oyó abrirse la puerta de la iglesia. No sabía en qué momento habían entrado ni cuánto tiempo llevaban allí hasta que se percató de su presencia, pero, de pronto, lo estaban rodeando Joar, Ali y el artista.
Como una pelusa en la ropa. No sabían qué decir, así que lo dejaron llorar, pero a su lado.
—¡Sssssh!—chista Louisa entre los arbustos.
Ted se da cuenta, avergonzado, de que estaba sollozando en voz alta.
Su cerebro es tan estúpido que no distingue entre amenaza y realidad, siente un miedo constante por todo.
El coche se acerca lentamente por la carretera, los jóvenes observan la valla junto a las vías en la que Ted se ha rasgado los pantalones.
Uno de ellos se asoma por fuera de la ventanilla y mira en dirección a los arbustos donde están escondidos, pero no tiene suerte, ya que, en ese momento, viene un taxi en dirección contraria y se detiene justo delante de Ted y Louisa.
Los faros del vehículo ciegan a los hombres, que maldicen de viva voz.
El taxista, un anciano con un cuerpo que parece un edredón extragrande apretujado dentro de una funda demasiado pequeña, se apea como un alce saliendo de una zanja. Se queda de pie junto a los arbustos, con las piernas separadas, justo delante de Louisa y Ted, y empieza a desabrocharse el cinturón.
—No... No, no, no. Dime que no va a mear...
Vaya que no. Louisa retrocede reptando, adentrándose en el macizo de arbustos y arrastrando a Ted con ella. Pero justo cuando el taxista se ha desabrochado los pantalones, uno de los jóvenes del coche grita.
—¡Eh, viejo! ¿Has visto a un señor mayor y una chica joven?
El taxista se gira sorprendido.
—¿Aquí? ¡No hay nadie, no! ¿Por qué piensas que meo aquí?
Los hombres parecen considerar sus palabras un momento. Desde luego no dan la impresión de ser los lápices más afilados del estuche, pero finalmente se oye a uno de ellos soltar improperios de nuevo. El motor se revoluciona y el vehículo derrapa y desaparece.
El taxista trajina un buen rato con el cinturón hasta que, por fin, mira por encima del hombro y murmura:
—Ya sois a salvo. Seguro salir, creo.
Cuando ve que Ted y Louisa no se mueven, el hombre se inclina hacia los arbustos.
—Amigos míos, tengo muchos muchos hijos. Soy hacha jugando a escondite.
Louisa se rinde y asoma la cabeza con cautela, pero con un palo en la mano.
—;¡Atrás!—ordena.
El taxista obedece con las manos levantadas.
—Vale, vale, atrás. Pero, si te escondes, digo yo, mejor busca un amigo más ágil que colega aquí presente, ¿eh? Veía cojear desde las vías, a dos kilómetros. Tu amigo ágil como frigorífico.
Louisa sale arrastrándose de los arbustos con el palo en la mano. Solo entonces se da cuenta de que el taxista no es en realidad un viejo, sino una vieja.
—O sea que... ¿no ibas a mear? ¿Estabas fingiendo?—deduce.
—¿Mear? ¿En arbusto? ¿Qué soy? ¿Animal, eh?
Louisa se incorpora, mira de arriba abajo a la taxista y, finalmente, deja caer el palo. Ted sale arrastrándose a gatas.
—¿Estás bien?
—Genial. Estupendo. Mejor que nunca—gruñe mientras se pone de pie con la gracia de un poni con tacones.
La taxista hace un gesto compasivo al ver su rostro magullado.
—¡Oooooi! Habéis tenido suerte, ¿eh? No es área segura de noche, no.
—Gracias, nos hemos dado cuenta—apunta Louisa.
—Bajado en estación equivocada, ¿eh?—pregunta la taxista señalando las vías del tren.
—Podría decirse que sí—reconoce Louisa. Señala a Ted con un gesto—: Se ha dejado algo en el tren. Algo... importante. ¿Tú nos podrías ayudar a alcanzarlo?
La taxista exhibe una sonrisa en la que apenas hay un diente de cada cuatro en el lugar que le corresponde.
—¿Alcanzar tren?
Louisa suspira al darse cuenta de lo estúpida que es la sugerencia. Pero no es tan fácil de saber, no ha estado en un coche muchas más veces de las que ha estado en un tren. Ted vuelve a sacar el rollo de cinta del bolsillo y, muy nervioso, se dedica a reparar las gafas.
—Tenemos que...—empieza a decir sin la menor idea de cómo terminar la frase, pero la taxista la interrumpe.
—¡Alcanzar el TREN!
—¿Perdone?
Los ojos de la taxista adquieren el brillo salvaje de un tejón que se acaba de tomar un espresso doble.
—¡Sí! ¡Alcanzar el tren! ¡Vamos!
Louisa se ilumina como si alguien le hubiera dado helado y petardos.
—¿En serio? ¡Bien! ¡Vamos a alcanzar el tren! ¡VENGA, TED, VAMOS!
Ted se pone las gafas.
—No sé si es muy buena idea...—susurra.
Louisa malinterpreta inmediatamente y se muerde los mofletes.
—Usted perdone. No quiere venir. Lo comprendo. Es...
—No, o sea, sí. Claro que quiero. ¿De qué estás hablando?
A Louisa le tiemblan las manos. Piensa que ojalá fuera igual de buena abandonando que siendo abandonada, pero ahora ya es tarde.
—Entiendo que estés enfadado, pero solo quiero ayudarte a encontrar el cuadro y las cenizas, no quiero que por mi culpa...
—Ya lo sé, por Dios, lo sé, no me refería a eso...
—¿A qué te referías entonces, si se puede saber?—responde, con su talento sin igual para pasar de abogado defensor a fiscal en un segundo.
—Me refiero a que a lo mejor no es tan buena idea meternos en el coche de una desconocida—susurra Ted intentando que la susodicha no lo oiga.
—¿Quieres recuperar el cuadro o no? ¿Te preocupa que nos robe una anciana o algo así?—susurra Louisa con tanta pericia que la taxista solo consigue oírlo absolutamente todo. La mujer se ríe mirando a Ted.
—¿Miedo? ¿Miedo de mí? Soy vieja, mucho. Peligrosa como croqueta, ¿eh?
—A Ted le da miedo todo—la informa Louisa muy solícita.
—¡No es cierto!—protesta ofendido, aunque, en ese momento tiene la mala suerte de que ladre otra vez un perro a lo lejos y él salta como si le hubieran puesto chinchetas en los calzoncillos.
—¿Miedo a perro?—pregunta la taxista.
—Muuuuuucho miedo a perro—asiente Louisa.
Ted se vuelve hacia ellas con las piernas muy separadas y se lleva las manos a la cadera en la pose de un Superman muy cabreado y bajito.
—¡En absoluto me dan miedo los perros!