Mis amigos Chapter 35
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Chapter 35

TREINTA Y CINCO

No eres consciente de lo fuerte que suena un corazón hasta que has recorrido a todo trapo un andén y te has quedado en medio de la nube de silencio que el tren te escupe al abandonarte.

—¡ESPERA!—le berrea Ted desesperadamente a las luces, pero es igual de eficaz que tirarle golosinas a una ballena para desviarla.

Nadie a bordo lo oye, al tren le da lo mismo, así es como todo se va a la mierda. Ahí va un cuadro de fama mundial con las cenizas del hombre que lo pintó.

Ted hace una pirueta, muerto de rabia.

—¿Por qué te has bajado del tren?—explota, con el labio partido y sangre goteando de la nariz.

—¿Por qué te has bajado TÚ del tren?—replica inmediatamente Louisa. Cuando agarra con fuerza las correas de la mochila, Ted ve lo amoratados que tiene los nudillos.

—Estaba preocupado por ti—confiesa.

—Claro, guau. Porque es por MÍ por quien había que preocuparse—le espeta a la cara gesticulando como una fiera.

El pecho de Ted retumba de pura extenuación; requiere una energía enorme gritarle a otra persona cuando estás enfadado contigo mismo.

—¿Por... Por qué te has bajado del tren?—repite.

Louisa empieza a dar saltos de rabia al oír la pregunta.

—Porque yo... ¡Yo no puedo hacerme responsable de un cuadro tan valioso! ¿Por qué no lo entiendes? ¿Por qué no te lo has quedado y ya está?

Ted resopla y eso hace que le salga más sangre de la nariz, como si fuera un aspersor. Todo el cuerpo le duele al hablar.

—¡Porque él te lo ha dado a ti!

—¿Por qué coño eres tan CABEZOTA?—exige saber.

—¿Que yo soy cabezota? Tú has sido la que...—grita, pero se queda en silencio cuando ve que a Louisa se le descompone la cara.

—Estas cosas... no le pasan a gente como yo, ¿lo entiendes o qué?—dice sollozando iracunda—. Es demasiado bueno para ser verdad y eso siempre es peligroso. Yo solo... Solo intento sobrevivir en esta mierda de mundo...

Entonces es Ted el que empieza a dar brincos de la rabia, cosa que le hace un daño tremendo, a pesar de que no salta muy alto que se diga.

—¡Yo también estoy intentando sobrevivir!—grita. Y añade en voz baja—: Ay...

Louisa tiene las mejillas húmedas.

—No lo entiendes.

Las de él también lo están.

—¿Qué es lo que no entiendo?

—¡QUE NO SE PUEDE CONFIAR EN LOS HOMbrES!—grita.

—¿TE CREES QUE NO LO SÉ?—grita también.

Se quedan mirándose con una desesperación furibunda. Es Louisa quien mira las vías y parpadea, muy arrepentida.

—No era mi intención que perdieras el cuadro—susurra.

—Lo sé—susurra también.

Así pues, ambos se quedan, como dos muñecos rotos, de pie en el andén, con el rostro surcado de lágrimas.

Y, sí, es evidente que la idea quizá no fuera del todo genial, eso Louisa lo reconoce.

Pero en realidad todo estaba saliendo muy bien hasta que se dio cuenta de que el tren no dejaba la estación.

Ella se había apeado, cruzado el torno y bajado las escaleras, pasado a hurtadillas junto a los hombres y proseguido por la carretera en la oscuridad.

Pero allí se había detenido, unos minutos nada más, a oír el tren desaparecer.

Una estupidez, pero ser estúpido es humano y, ese día, ella era el doble de humana.

Así que se había parado a escuchar porque necesitaba perder la esperanza.

Necesitaba oír el tren abandonar la estación para saber que era demasiado tarde para cambiar de idea y volver corriendo.

Porque ella nunca había abandonado a nadie, así que no sabía si era capaz.

¿Ser abandonada? Eso se le da de maravilla.

Pero no oyó el tren, sino a Ted gritar su nombre primero y pedir ayuda después, y ahora están de pie al final del andén y la distancia entre ellos y el cuadro aumenta a más de ciento sesenta kilómetros por hora. Así que, no, el plan no era para nada perfecto.

—Si hubiera sabido que no se te puede dejar solo cinco minutos sin que te den una paliza de muerte, te habría encerrado en el lavabo antes de irme—musita Louisa.

—Diez—responde malhumorado Ted.

—¿Cómo?

—Estuviste diez minutos fuera.

Ella se echa a reír con el comentario, a regañadientes, tan silenciosa como una puerta que chirría. Entonces, le ofrece algo.

—Toma.

Son las gafas de Ted. En medio de la locura y el violento alboroto de la carretera había visto un destello en el suelo y había soltado la tubería y recogido las gafas.

—Gracias.

—No hay de qué, es probable que estén rayadas y rotas, yo...—Se detiene al ver que Ted sacude la cabeza.

—No, quiero decir que... Gracias por volver. Yo... creía que iba a morir.

Louisa mira el andén y esconde un sentimiento tras un insulto, como de costumbre:

—Bueno, las gafas te sientan bien. Se te ve menos la cara cuando las llevas puestas.

Él empieza a recolocar la cinta que mantiene las gafas unidas.

—Te sienta bien; la risa, digo. Me alegro de que no lograran arrebatártela.

—¿Quién?

—Todos los que lo han intentado.

Louisa lo mira a los ojos durante un brevísimo instante, puede que esté pensando algo inteligente que decir, o quizá algo sincero.

Sin embargo, oyen voces procedentes del otro extremo del andén y, de pronto, aparecen los rostros de los dos hombres jóvenes en el último escalón.

El brazo de uno de ellos cuelga inútil a un costado, roto, pero el otro lleva agarrada la tubería de hierro.

Sus ojos ya no son los de un ser humano, él y su amigo ya no son atracadores, son cazadores.

—¡Corre!—exclama Louisa.

—¿Adónde?

—¡ALLÍ!—grita y salta a las vías.

Antes de que Ted tenga tiempo de pensárselo, la sigue, cojeando.