Chapter 34
TREINTA Y CUATRO
¿Qué es lo que había dicho Louisa en el tren? ¿Que a veces no quieres oír el final de una historia porque cuando descubres quién sobrevive sabes que el resto de los personajes a lo mejor mueren?
Ted ha temido a los hombres toda su vida.
Cuando era pequeño, su hermano mayor, que tenía seis años más, solía pegarle por diversión.
Incluso el hecho de que Ted se hiciera un ovillo en lugar de devolverle los golpes era una provocación.
«Pelea, cobarde. ¡PELEA!», bramaba su hermano.
Cuando Ted no hacía nada, le golpeaba más fuerte.
En una ocasión, lo tiró por las escaleras que conducían al sótano y él se golpeó la cabeza y se quedó inconsciente.
En el hospital, la madre tuvo que mentir y decir que se había resbalado, pero el doctor pareció sospechar de los moratones del hermano pequeño.
Sin embargo, Ted mintió tan bien que hasta empezó a creer que decía la verdad.
Desde ese día, siempre se quitaba los calcetines para subir y bajar las escaleras del sótano, no fuera a resbalar otra vez.
Hay niños afortunados al nacer. Los niños que preguntan cosas como: «¿Cuál es el animal más peligroso del mundo?
». En cambio, Ted nunca hizo esas preguntas, él siempre supo la respuesta.
Una vez, a los ocho o nueve años, su madre estaba en el hospital con el padre, así que el hermano mayor había robado la cerveza de este y estaba sentado en la cocina bebiendo con algunos compañeros del instituto.
Una vez borrachos, llamaron a Ted y lo obligaron a entrar en la cocina.
Al principio, se limitaron a señalar objetos y pedirle que dijera cómo se llamaban para reírse y meterse con su acento.
El hermano mayor, que tenía el mismo acento, no los animaba, pero tampoco los detuvo.
Ted intentó escaparse a su habitación, pero el más borracho de todos, apodado «Buey» por razones evidentes, impidió que saliera.
—¿Te gustan las chicas?—le preguntó sonriendo. Ted fue lo bastante espabilado como para asentir. Buey borró su sonrisa y añadió berreando—: ¿De verdad? ¿Te gustan los chochos? ¿O eres un mariconcete?
—¡Calla! ¡Mi hermano no es un puto maricón!
—bramó su hermano mayor sentado al otro lado de la mesa.
Sonaba amable, a que estaba defendiendo a Ted, aunque en realidad solo se defendiera a sí mismo.
Ser eso de lo que acusaba a Ted era un crimen tan grave en el lugar donde se habían criado que amenazaba el honor de toda la familia.
—A lo mejor tú también eres maricón. Los hermanos maricas—añadió riendo Buey mientras se ponía de pie y estiraba los brazos de un modo que le daba a su cuerpo un aspecto que hacía pensar que, si lo atropellaba un camión, sería el vehículo el que saldría peor parado.
Pero el hermano mayor de Ted respondió con firmeza:
—Parece que hablas mucho de maricas. ¿También piensas en ellos cuando te la cascas?
Se sucedió una explosión de violencia. Buey voló por encima de la mesa en un segundo para agarrar la cara del hermano mayor, pero no le dio tiempo porque a Ted se le encendió algo antes en la mente. Agarró una lata llena de cerveza de la mesa y se la tiró con todas sus fuerzas.
—¡NO TOQUES A MI HERMANO!
La lata le dio a Buey en la ceja y el mastodonte de quince años lanzó tal alarido que debió de oírse en todo el edificio.
Ted ya estaba temblando a causa de los sollozos reprimidos antes de que lo sacudiera el golpe.
Podría haber corrido, pero habría sido en vano, el puño de Buey le cayó como un mazo en el pecho.
Ted se quedó tumbado en el suelo, incapaz de respirar, mientras Buey derramaba sobre su espalda una lluvia de puñetazos, como si el chico fuera un saco de carne.
Las personas que nunca han recibido una paliza no comprenden cuánta temeridad requiere de la persona que da los golpes, la pieza que debe de faltarle, ni tampoco lo que ocurre en el interior de quien los encaja.
Los niños afortunados suelen preguntar cuál es el animal más peligroso del mundo, pero el resto ya sabe la respuesta.
No es el león ni el hipopótamo ni la serpiente ni la araña ni el tiburón.
La criatura más peligrosa del planeta es, y siempre ha sido, un hombre joven.
¿Y qué es lo peor de un hombre joven? Que poco antes era un niño.
Los demás no reciben un aviso cuando deja de serlo.
Ted ni siquiera recuerda cómo logró escapar de Buey ni cómo llegó arrastrándose a su habitación.
Se quedó tumbado, temblando bajo los moratones, como si tuviera fiebre.
Más tarde, esa misma noche, antes de que sus padres regresaran a casa, se abrió la puerta de su cuarto y entró su hermano con sándwiches de queso fundido.
Ted comió en silencio y el hermano le preguntó, nervioso: «No vas a decir nada, ¿verdad?
De que he cogido la cerveza». No le preocupaba en absoluto que Ted contara el resto de lo sucedido.
Poco después de aquello, Ted oyó a su madre hablar por teléfono con una amiga.
Había entrado en la habitación de su hijo mayor sin llamar a la puerta y lo había pillado viendo porno.
Suspiró al auricular y dijo: «En fin, supongo que es lo natural.
Es lo que se supone que hacen los chicos de su edad, ¿no?
Pelearse y mirar porno, es lo que hacen los hombres.
Si no fuera así supongo que me preocuparía que fuera... Ya sabes...».
Ted ha estado asustado toda su vida.
Oye las patadas que se está llevando su cuerpo sobre el asfalto, al lado del coche junto a la estación de tren, pero ya no las siente.
Tal vez su cerebro le esté protegiendo mediante el bloqueo de la señal del dolor, como cuando Buey le dio aquella paliza en la cocina o cuando lo apuñalaron en un aula, muchos años después.
La suficiente adrenalina se vuelve un aislante, el mundo se detiene, como cuando dejas de luchar con el agua y te permites ahogarte.
Pero entonces oye un grito, mucho más allá del pitido en el oído.
Al principio cree que sale de él, pero suena diferente.
Su cuerpo se desploma cuando cesan las patadas y cae de espaldas.
Parpadea bajo la única farola que hay, a unos pocos metros.
Vuelve a oír el grito, es uno de los hombres, suena a un animal que ha caído en una trampa.
Ted se da cuenta de pronto de que se equivoca, ni siquiera es un grito de dolor.
Es un grito de sorpresa, como el de un animal que se encuentra con otro animal más peligroso.
Puede que Louisa esté sola cuando emerge corriendo de la oscuridad, pero es como Joar, pelea como si fuera una pandilla en una sola persona. Lleva una tubería de metal en la mano, más tarde no recordará de dónde la había sacado, solo que la había agarrado por puro instinto.
Con el tiempo se odiará por eso y por lo natural que es para ella este tipo de violencia.
¿Qué pieza faltará en su interior? La mayoría de las personas nunca descubren de qué son verdaderamente capaces, pero ella no lo olvidará jamás.
Blande la tubería y oye cómo le rompe el brazo al hombre, entonces golpea al segundo hombre con todas sus fuerzas en las pantorrillas y lo deja chillando en el suelo.
Después de eso, Ted solo oye el estruendo metálico de la tubería al golpear el suelo y a Louisa gritar:
—¡CORRE!
De modo que echan a correr. Ted renqueante y Louisa tirando de él. Suben los escalones, pasan por el torno, salen al andén. Llegan justo a tiempo de ver las luces de cola del tren deslizándose estrepitosamente por las vías y desapareciendo en la noche.