Mis amigos Chapter 33
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Chapter 33

TREINTA Y TRES

—¿Estás bien?

Ted despierta pero no puede ver, parpadea en dirección a las luces del techo del tren.

Tiene las mejillas frías. Lo más terrorífico de la muerte de su padre ese verano en que él tenía catorce años no fue el dolor, sino la ira.

Siendo adulto ha pensado muchas veces que es mentira que a la gente le asuste estar sola, lo que tememos es el abandono.

Puedes escoger estar solo, pero nadie escoge que lo dejen.

A veces imagina que la humanidad inventó a Dios solamente para tener con quien enfadarse, porque no puedes cabrearte con un padre muerto, ni siquiera un poco.

Ted estaba enfadado sobre todo con Dios porque no le había dado muchos recuerdos.

Lo único que recordaba de la voz de su padre era su «buenas noches, fantasmas».

A un hombre caminando sigilosamente por la casa de noche, cuando Ted era aún muy pequeño, apagando luces y susurrando sonriente cuando se asomaba a cada habitación: «Buenas noches, buenas noches, buenas noches».

Eso acabó cuando se puso enfermo. Ted no conserva ninguna imagen posterior de su padre como persona, de cuando el hombre estaba vivo.

Solo recuerda a alguien yaciendo en una cama, muriéndose.

El cáncer se prolongó durante toda la infancia de Ted.

Con todo, lo más extraordinario de perder a un progenitor es que no hace falta echarlo de menos para sentir su ausencia.

La función elemental de un progenitor es existir.

Tienes que estar presente, como el lastre de un barco, de lo contrario, el hijo vuelca.

—¿Estás bien?—repite amablemente la voz.

Es el revisor, que se inclina sobre el asiento. Avergonzado, Ted se restriega los ojos y la cara con las palmas, ocultándose tras ellas un buen rato, como si estuviera jugando a esconderse de un bebé.

—SÍ... Sí... Perdón...

El revisor sonríe nervioso.

—Soy yo quien debería disculparse. Le prometí que te dejaría dormir, pero... parecía que estabas llorando.

—Son las alergias—miente Ted sin apartar las manos de la cara.

—Vaya. ¿Quieres que pregunte por si alguien tiene algún medicamento?

—NO, no, por favor. Está todo bien, de verdad.

El revisor sonríe de nuevo y roza durante un brevísimo instante el hombro de Ted, a quien no le disgusta nada el contacto, y eso es mucho.

—Avísame si puedo hacer algo por ti. Volvemos a tener problemas técnicos y vamos a estar aquí un rato.

Ted asiente en silencio y piensa que el revisor tiene unas manos preciosas debajo de los tatuajes antiguos y las primeras arrugas de la mediana edad, los pequeños mapas de una vida.

El bebé estornuda al otro lado del pasillo y, acto seguido, se echa a reír, asombrado ante sus propias funciones corporales.

El revisor se gira y ríe también. Es entonces cuando Ted mira a ambos lados y repara en la ausencia de Louisa.

Hay un dibujo en su asiento; es del artista, pero de cuando era joven y no estaba enfermo aún.

Es extraordinario que haya sido capaz de imaginárselo así.

En la esquina inferior ha dibujado algunas calaveras junto al mensaje: «Para Ted.

Espero que los pájaros canten para ti». El papel cruje cuando le empiezan a temblar las manos, se pone de pie, pero el compartimento del equipaje está vacío.

La caja con el cuadro, el recipiente de las cenizas y la maleta de Ted siguen en el suelo, pero la mochila de Louisa ya no está.

—¿Dónde...? ¿Dónde...?—atina a decir, aún confuso y adormilado. De pronto, le pregunta al revisor—: ¡Espera! ¿Qué has querido decir con que le prometiste que me dejarías dormir?

El revisor gira la cabeza y lo mira animado.

—¿Tu amiga? Se bajaba en esta estación. Le he preguntado si se iba a despedir de ti, pero ha dicho que era mejor que durmieras un poco.

—¿De qué hablas? ¿Cómo que se bajaba? ¿Del tren? ¿Por qué iba a bajarse del tren?—balbucea Ted, abrumado por un súbito ataque de pánico que le golpea el pecho, como latas de cerveza sobre un piano.

El revisor lo mira un poco como si Ted le hubiera preguntado cómo funciona la gravedad.

—A ver... Hay que bajarse del tren para... bajarse del tren. ¿A qué te refieres?

—¿Por qué se iba a bajar AQUÍ?

El revisor pone todo su empeño en entender la pregunta.

—No lo sé. Le pregunté, porque no es una zona muy segura a estas horas de la noche, pero me dijo que tenía que ponerse en marcha. Lo siento, ¿hay algún problema?

Ted mira por la ventanilla. El andén está silencioso y oscuro, tiene todos sus secretos escondidos.

—¿Cuánto hace que se ha ido?

—Unos diez minutos, quizá.

—¿Diez MINUTOS?

—Sí. Deberíamos haber continuado, pero, como decía, estamos teniendo problemas técnicos otra vez—dice como disculpándose, como si se tratara principalmente de una cuestión de horarios—. ¡Espera! ¿Dónde vas? ¡No tardaremos en salir!

Pero Ted ya se ha bajado del tren y recorre el andén adentrándose en la oscuridad. Solo ha cogido el dibujo que ella le ha hecho. La llama por su nombre: primero con tono exhortador; la segunda vez, como si negociara; y la tercera, con tono suplicante. Como le gritaría un padre al mar.

No obtiene respuesta, la oscuridad es un muro. Lo único que oye dentro de su cabeza son las carcajadas del artista: «Es un milagro que consigas cerrar la puerta del lavabo cuando haces pis, Ted. ¡Qué mal se te da estar solo! Eres introvertido, pero se te da fatal».

El último año que pasaron en el gran apartamento, al artista le parecía muy gracioso que Ted se sentara en una esquina a leer sin decir nada, pero, si entonces él se iba a otra habitación, al rato se daba la vuelta y se encontraba a su amigo leyendo allí.

Ted no quería necesariamente estar con su gente, tan solo tenerlos cerca.

Cada día a la misma hora exactamente miraba su precioso reloj de oro, cerraba el libro y decía: «Es la hora de tus pastillas».

El artista, que siempre estaba ocupado con algo más interesante, como construir un castillo de naipes o comer queso, solía rezongar: «Debería haberte regalado otra cosa en tu cumpleaños en lugar de ese maldito reloj... ».

Con todo, ese reloj fue lo único que no le dejó vender a Ted cuando estaban reuniendo el dinero para comprar el cuadro. Había grabado sus iniciales por detrás: las de Joar, Ali, Ted y las suyas. Así siempre estarían con él.

—¡LOUISA!—Ted grita mientras corre por el andén vacío y atraviesa el torno. No hay respuesta. Baja volando los escalones que conducen a la carretera a oscuras y casi se choca con un desconocido.

—Eeeh, ¿todo bien?—dice el hombre amablemente.

Es joven y habla en un dialecto rítmico que le recuerda a Ted lo lejos que está de casa.

—Perdone... Estoy buscando a mi amiga. Es una mujer joven, de dieciocho años, muy alta... Habla sin parar. ¿La ha visto?—explica, recogiendo con cuidado el dibujo, que se le ha caído al suelo.

El joven niega con la cabeza.

—Lo siento.

—Gracias de todas maneras—agradece Ted asintiendo rápidamente con la cabeza y mirando el reloj, como si tratara de dilucidar lo lejos que puede haber llegado Louisa.

—¿Quiere que le ayude a buscarla?—dice el hombre, ahora a su espalda.

—Vaya... Es mucho pedir, yo...—balbucea Ted, dándose cuenta de pronto de que no sabe ni por dónde empezar.

—¡No es molestia! Venga conmigo, mi amigo tiene el coche aparcado aquí al lado.

Coge a Ted suavemente por el codo y lo conduce hacia un coche. Hay un hombre fumando de pie junto al automóvil. Ted no podrá explicar por qué, pero de manera instintiva dobla el dibujo de Louisa y se lo guarda en el bolsillo.

—Está buscando a una chica, podemos ayudarle, ¿a que sí?—exclama el joven.

—Claro, faltaría más—dice asintiendo el hombre junto al coche antes de chafar el cigarrillo de un pisotón.

Ted intenta aminorar el paso, pero la mano del joven está ahora sobre su zona lumbar, guiándolo hacia la puerta abierta del vehículo.

—Está bien, de verdad, no necesito ayuda. Seguro que ha vuelto al tren...

El otro hombre ya tiene a Ted agarrado de los brazos. Cuando este se resiste, recibe el primer puñetazo y deja ir un alarido iracundo. El segundo sale como una negociación. El tercero es una súplica.

No logran meterlo en el coche, pero sí le quitan el reloj.

Rebuscan en los bolsillos para quitarle la cartera, pero sigue dentro de la maleta, en el tren.

Es posible que haya gritado otra vez. Es posible que sea por eso por lo que se enfadan tanto y le dan una patada en la cabeza, o eso cree él, Incluso entonces, su cerebro trata de dilucidar por qué es culpa suya lo que le está sucediendo, pero todo se vuelve oscuro.

Lo último que oye es un pitido en el oído, como el tono de los teléfonos, y Ted se da cuenta de que mañana será por él por quien sonarán.