Mis amigos Chapter 32 #2
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Chapter 32 #2

Cuando llegaron a la caja, el vigilante estaba de pie junto a la salida, mirando suspicazmente en dirección a sus mochilas. La cajera, en cambio, le echó una ojeada alegre al carro.

—¡Ay! Ya me gustaría a mí poder comer pastelitos daneses para desayunar. ¿Cómo conseguís estar tan delgados?—dijo con voz cantarina.

Mientras tanto, el vigilante hablaba con una de las mujeres que les había dado una moneda y que ahora los señalaba furiosa. Los adolescentes no esperaron a que el vigilante los llamara.

—¿Que cómo conseguimos estar delgados? ¡Corremos un montón!—dijo Joar tranquilamente.

Y echaron a correr, carro incluido, en dirección al aparcamiento.

Para confundir al vigilante, Joar salió pitando en una dirección y Ali en otra.

Cuando el hombre estaba a punto de pillarla, ella gritó: «¡CUIDADOOO!

», y eso le dio un segundo extra para girar y salir disparada en otra dirección y, al tratar de agarrarla, el vigilante perdió su punto de apoyo y cayó al suelo.

Cuando por fin logró incorporarse, ella ya había alcanzado alos otros chicos al final del aparcamiento; el artista empujaba el carro y Joar iba colgado de la parte delantera como un capitán pirata.

Le lanzó un pastelito danés al vigilante como si fuera un frisbee y gritó: «¡Se te ve muy pálido! ¡Deberías comer algo!».

Corrieron directos a una carretera con mucho tráfico y casi los atropella un camión.

No repararon en la cuesta hasta que se vieron bajando por ella.

Ali y Ted trataron de frenar el carrito metiéndose de un salto en él, una solución que no habría ocupado una posición muy alta en el ranking de posibilidades inteligentes, y enseguida el carro bajaba a tal velocidad que lo único que el artista podía hacer era soltarlo o ir con ellos.

Así fue cómo cuatro idiotas acabaron precipitándose en un carrito de la compra por la cuesta más empinada de la ciudad.

Ted sueña con el terror extremo y el traqueteo metálico en los costados, los coches tocando el claxon, el viento ululando en una oreja y Ali gritando de felicidad en la otra.

Al llegar al final de la cuesta, el carro volcó y el asfalto les arañó los codos y las mejillas, pero daba igual, se quedaron en el suelo, formando una alegre pila, riendo, hasta que Joar bramó:

—¡Me cago en la leche! ¡Se me ha ensuciado el pastel!

Al llegar el otoño, el supermercado reemplazó los carros por otros que no aceptaban monedas, sino una ficha que había que pedir en la caja. Unos años más tarde, los adultos rara vez llevarían efectivo encima. Una evidencia más de que la sociedad odia a los adolescentes.

Se llevaron el carro al embarcadero empujándolo entre todos, y luego se encaramaron a él mientras se precipitaba a toda velocidad hacia el final y derecho al agua.

Ted sueña que tal vez ese sea su momento, su «ahora» del que hablaba Louisa.

El instante en que estaban en el aire. Es probable que nunca se haya sentido mejor en su vida.

El carro golpeó el agua con tal fuerza y se hundió tan rápidamente que todo se volvió negro para los cuatro.

Hay un momento determinado cuando estás abajo, sumido en la oscuridad, en que el pánico se asienta, el agua deja de ser transparente y de pronto sientes todo su peso.

Intentas dar la vuelta y subir, pero te arrastra hacia abajo, el pulso late en los oídos, los ojos duelen como a punto de explotar.

Cuando por fin recuperas el control y parece que estás subiendo, crees que no vas a llegar nunca a la luz.

Cuando alcanzas la superficie, la primera respiración es puro dolor.

Pasaron unos cuantos segundos hasta que Ali pudo gritar un ahogado: «¡Aquí! ».

—¡Aquí!—respondió jadeando Ted.

—¡Aquí!—gritó el artista.

Luego: nada. Solo silencio.

—¡AQUÍ!—volvió a gritar Ali.

—¡Aquí! ¡Aquí!—respondieron Ted y el artista.

Silencio.

—¡Aquí!

—¡Aquí!

—¡Aquí!

—¡AYUDA!

Los otros tres ya habían comenzado a subir al embarcadero cuando vieron a Joar en el agua.

—¡AYUDA!—volvió a gritar.

Apenas le sobresalía la nariz, daba dos brazadas hacia fuera y retrocedía otra, como si algo tirara de él hacia abajo.

La primera vez que desapareció bajo la superficie, sus amigos se echaron a reír como si les estuviera gastando una broma, pero, cuando volvió a hundirse una segunda, saltaron inmediatamente para rescatarlo.

Ted no llegó nunca a entender cómo lograron coger a su amigo, pero no se dieron cuenta de qué había sucedido hasta que empezaron a tirar de él en el agua.

Se le había enganchado el pie en la cadena del carro, donde se inserta la moneda, que se le había enredado en el tobillo y, dentro del agua, el carro pesaba como un elefante.

Cuanto mayores eran el pánico y los esfuerzos de Joar por soltarse, más atrapado quedaba.

Solo lograron arrastrarlo a medias hasta los escalones que subían al embarcadero mientras el carro acechaba bajo la superficie como un mortífero monstruo marino.

—¡QUÍTAMELO DE ENCIMA!—gritaba Joar desesperadamente.

Ali chapoteaba al lado, miraba detenidamente la cadena y luego a Joar.

—¿Cómo has conseguido engancharte ahí el pie? ¿Tan pequeño lo tienes?

Ted estaba sentado en los escalones sosteniendo a Joar.

—¿Has metido el pie pero no lo puedes sacar? ¡Eres como un tampón!—exclamó jadeante.

Joar lo agarró de la camiseta e intentó estrangularlo.

—¡QUÍTAMELO DE ENCIMA!

Ali flotaba a su lado y lo miraba con toda la empatía que era capaz de reunir.

—Claro, ¿tienes una moneda?—dijo finalmente, muy seria.

¿Las risas que siguieron? Un tsunami.

Finalmente lograron liberar a su amigo. Joar estaba tan aliviado que ni siquiera se enfadó.

Fue un día perfecto. Nadie necesita más momentos que esos.

Se tumbaron en el embarcadero a secarse al sol y, de regreso a sus casas, por la noche, con migajas de pastel alrededor de la boca y el estómago lleno de risas, todo seguía siendo posible. Todos seguían vivos.

—¡Hasta mañana!—se despidieron al tomar caminos separados en la intersección.

Lo que mejor recuerda Ted es el sonido al llegar a casa y abrir la puerta.

Un pequeño chirrido, un sollozo reprimido.

Al principio no entendió qué era, entonces volvió la mirada al aire plomizo del comedor y vio la silueta de su hermano mayor, sentado en el taburete junto al viejo piano.

Ted no recordaba haber visto a nadie de la familia sentado ahí desde hacía años.

Su hermano no estaba tocando nada, se limitaba a observar las teclas con la mirada gacha.

Sobre el piano había latas de cerveza vacías.

No dijo nada, pero no hizo falta. Ted entendió inmediatamente que su padre había muerto.