Chapter 32
TREINTA Y DOS
Ted está teniendo un sueño muy agradable sobre un día sin nombre, porque unas vacaciones de verano buenas de verdad deberían tener dos días solamente: el primero y el último.
Los intermedios no deberían tener nombre, no tendría que importar si son martes o domingo.
En un verano bueno, todo son bicicletas, cómics y agua salada, tiempo malgastado con el sol dándote en la cara. Uno o dos pedetes y una o dos risillas.
—¿No vas a colorearlo?—preguntó Joar una mañana temprano en el embarcadero cuando vio los primeros bocetos de lo que acabaría siendo el cuadro.
—No tengo pintura—confesó bastante descontento el artista.
En el sueño, todos los demás tienen catorce años, pero Ted es adulto, quizá porque él ya se sintiera así entonces.
—¿Cuánto cuesta la pintura?—preguntó él.
—Demasiado—contestó el artista.
—Joder, ¿cuánto puede costar un poco de pintura?—rezongó Joar y, acto seguido, empezó a palparse los bolsillos de las bermudas con un optimismo verdaderamente admirable, ya que había canguros que llevaban dinero en su bolsa más frecuentemente que él,
El artista respiró profundamente y les dijo cuánto costaba. Había una tienda que vendía material de arte en el pueblo y él había memorizado todos los precios del escaparate. Sus tres amigos pusieron cara de haber sufrido seis infartos simultáneos.
—¿Por unos frascos de pintura?—exclamó Ali.
—¿Qué pasa, joder? ¿Que todos los putos artistas son millonarios o qué?—se preguntó Joar maravillado.
—Olvidadlo, de verdad—susurró muy descontento el artista. Así de cerca estuvo el cuadro de no suceder.
—Y necesitarás también una tela de esas, ¿no? ¿Eso donde se pinta? ¿Cuánto vale eso?—preguntó Joar.
—¿Hablas del lienzo?—se burló Ali.
—¿Hiblis dil linciiiii?—la imitó con un cierto resquemor.
—¿Para qué preguntas cuánto cuesta? Si no sabes contar—replicó sonriendo ella.
Joar le hizo una peineta y le dijo que contara los dedos que le estaba enseñando. Ali contestó que había visto cerillas más grandes que ese dedito tan chiquitito. Ni el propio Joar sabía por qué ese comentario le mosqueaba tanto.
—Olvidadlo—repitió el artista en voz baja, aunque nadie lo oyó porque Ali le tiró una piedra pequeña a Joar.
Ni siquiera se la lanzó fuerte, pero le dio en una oreja y Joar las tenía sensibles, así que la persiguió hasta el agua. Cuando, diez minutos después, los dos estaban de nuevo tumbados en el embarcadero uno junto al otro, agotados y chorreando, Ali sugirió:
—A lo mejor podríamos intentar conseguir un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo? ¿Robando pozos de los deseos?—sugirió Joar.
Por asombroso que parezca, fue Ted quien tuvo una idea en ese momento. Y, por asombroso que parezca, no era en absoluto una mala idea.
En el sueño están de pronto allí, en el aparcamiento grande que hay fuera del supermercado.
Pero, en la vida real, debieron de ir caminando hasta allí.
¿O fueron en bicicleta? En ese caso, ¿fue Joar quien robó las bicis?
La memoria de Ted falla, pero eso a los sueños les da igual.
En la vida real estaban llenos de temores y pesares, y pronto habría otro funeral, pero ese verano siguen siendo felices.
—¡Mira! ¡Pregúntale a esa anciana!—dijo Joar empujando a Ali.
—¡Vale, vale!—exclama ella antes de pedirles a Ted y al artista que se escondan y a Joar que se quede exactamente ahí.
Este obedeció, lo cual es un pequeño milagro hasta para un sueño.
El supermercado tenía todos los carros encadenados como un ciempiés de hierro, y para liberar uno había que introducir una moneda, que es de donde Ted había sacado su idea.
Ali se acercó a la señora, le dedicó su sonrisa más infantil y dijo:
—Disculpe, solo llevo billetes encima, ¿podría dejarme una moneda para el carro?
La mujer la miró con cara de escepticismo, así que Ali rápidamente señaló con la cabeza a Joar y añadió:
—Mi madre nos envía a mi hermano pequeño y a mí a comprar. Pero ha olvidado darnos una moneda. Le cuesta recordar las cosas desde que tuvo el accidente...
Hay que reconocerle el mérito a quien lo tiene, Ali era muy buena actriz, tanto en el sueño como en la vida real, le salían lágrimas de verdad y todo. La mujer le dio una moneda y, cuando volvió con ella, Joar se quedó mirando el efectivo fijamente como si fuera un excremento de unicornio.
—¿Qué leches es esto? ¿Dinero gratis? ¿Por qué no se te ha ocurrido esto antes, Ted?
Le da unas palmaditas amables en la espalda a su amigo, que se queda oscilando desconcertado entre el cumplido y la acusación.
—¡Mira! ¡Pídele a ella!
Dicho y hecho, Joar se dirigió a la siguiente mujer y la cosa salió a pedir de boca.
De hecho, un poco demasiado bien. La mujer creyó que Joar era tan mono que le pellizcó la mejilla y se ofreció a acompañarlo a la tienda a hacerle la compra, pero Joar tuvo la clara impresión de que lo que deseaba en realidad era llevárselo a casa y encerrarlo en el sótano.
Luego vino un señor mayor, de manera que fue Ali quien se le acercó y, si la esposa del hombre no hubiera aparecido, es probable que la joven hubiera conseguido la billetera entera.
Lo que sucedió, en cambio, fue que el señor se llevó un buen rapapolvo.
Ted no triunfaba ni entre hombres ni entre mujeres.
El artista solo le preguntó a un hombre, que estaba solo en su coche, y este había sonreído y rebuscado en la guantera.
Entonces le dijo que tenía efectivo en casa y le preguntó si quería acompañarlo a por él.
Sacó la mano por la ventanilla del coche y le acarició la mejilla, y el artista se quedó petrificado como una estatua.
Ali estaba a veinte metros, pero reconocía a ese tipo de hombres a un kilómetro de distancia, así que gritó: «¡CUIDADO! ».
No importa dónde estés, son palabras mágicas que detienen el tiempo un momento. Todas las personas del aparcamiento frenaron y miraron en todas direcciones, y el hombre apartó la mano horrorizado, oportunidad que el artista aprovechó para salir pitando.
Después de eso, los jóvenes se tomaron un descanso.
Un vigilante salió al aparcamiento con aire suspicaz, así que decidieron que lo menos sospechoso que podían hacer era entrar en el supermercado.
Fue Ted quien señaló que lo más prudente sería coger un carro, teniendo en cuenta que todas las ancianas a quienes habían pedido monedas estarían allí.
—A veces eres listo que te cagas—dijo Ali sonriendo.
De puro milagro no se dio Ted con la cabeza en el marco de la puerta de lo crecido que iba después de oír eso.
Joar se sentó en el carro, el artista lo empujaba, Ali señalaba las cosas de los estantes y Ted iba a por ellas.
Se gastaron algunas monedas para que el vigilante no pensara que había gato encerrado, pusieron un paquete pequeño de pastelitos daneses y algunas latas de refresco en el carro, aunque más se guardaron en las mochilas.
Giraron por un pasillo y el artista preguntó vacilante si podían comprar algunos dulces; era la primera vez en meses que le oían decir que tenía hambre.
A Ted le encantarían los pasteles daneses el resto de su vida.
Joar se detuvo en uno de los estantes a oler todos los desodorantes que le gustaban y luego pasaron a una estantería totalmente diferente.
—Oye, Ali, ¿cómo funcionan?—preguntó de pronto.
Ali se quedó mirando los pequeños paquetes de tampones que señalaba su amigo.
—¿Estás de broma? ¿Que cómo funcionan?
Joar se puso colorado, pero su curiosidad se impuso a la vergijenza.
—¡Sí! ¿Tan tonta es la pregunta o qué? O sea... ¿Te los metes dentro...? Es decir, ¿hasta arriba del todo?
Por un instante, es posible que Ali sintiera una especie de simpatía ante la estupidez casi admirable del muchacho, así que le dijo, sin ser condescendiente del todo:
—¿Cómo si no iban a funcionar? ¿Tragándotelos y esperando a que lleguen abajo?
—Pero... ¿no se salen? Es decir, ¿al andar? Estaba pensando que a lo mejor tenían unos ganchitos o algo—murmuró.
Ali parpadeó con tal lentitud que parecía que las pestañas le iban a rascar los calcetines.
—¿Qué clase de... ganchitos? ¿Eres tonto de remate o qué? ¿Y a qué narices se iban a enganchar los ganchitos? ¿Por qué se va a caer el tampón?
En ese momento Ted y el artista habían alcanzado a Ali. Pese a que era evidente que ellos no habían oído la conversación, Joar no consideró que semejante falta de contexto fuera un impedimento a la hora de expresar una opinión firme sobre el tema, así que preguntó:
—¡Ted! ¿Tú cómo crees que se mantienen los tampones en su sitio?
Ted parecía tan incómodo que por poco no se derrite y se cuela por un desagie.
—¿A lo mejor... apretando?—murmura.
Ali parecía tan decepcionada que Ted se agachó instintivamente.
—¿Tú te crees que las chicas van por ahí apretando TODO EL TIEMPO cuando tienen la regla? ¿Acabáis de caeros de un árbol o qué? ¡Seguro que tenéis los huevos más grandes que el cerebro!
Los tres se sintieron muy confusos tras este último comentario, con la típica cara de no saber a ciencia cierta si te han insultado.
Ali musitó que esperaba que ninguno tuviera hijos, porque serían los críos más tontainas de la historia del mundo.
Joar la miraba como si tratara de dilucidar si bromeaba o no.
—(¿Eres tonta o qué? Los chicos no pueden tener hijos—dijo al fin adoptando el tono de un profesor muy paciente.
Ted asintió solícitamente.
Sí, solo las chicas pueden tener niños. Yo creo que por eso tenéis la regla—apuntó.
Ali resopló con tanta fuerza que las estanterías se tambalearon.
—I-diiiii-ooooo-taaaaaaas.
Y le tiró con bastante fuerza un paquete de tampones a la cabeza a Joar. Él se enfadó y le lanzó un desodorante a ella. Y se pelearon.
—Es típico de una niña ser tan sensible—dijo Joar cuando se dirigieron finalmente a la caja.
Ted tenía cara de estar a punto de decir «Ya te digo», pero el artista lo agarró del brazo disuasoriamente y negó con la cabeza. Ted no dijo nada y Ali lo dejó vivir.