Mis amigos Chapter 31
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Chapter 31

TREINTA Y UNO

Louisa frena en seco en los escalones. Ve a los dos hombres junto al coche al final de la calle, huele sus cigarrillos; no oye lo que dicen, pero por la aspereza de sus risas sabe que no es nada bueno.

Una mala casa de acogida le enseña muchas cosas a un niño, sobre todo a identificar el peligro.

Nota el sabor a sangre en la boca antes de darse cuenta de la fuerza con la que se muerde el labio.

Se gira y mira los escalones, pero se da cuenta de que no tiene sentido intentar volver corriendo, en cualquier momento el tren abandonará como un trueno el andén y no logrará alcanzarlo.

Aquí fuera no hay nadie a la vista, las casas más próximas están a mucha distancia, el mundo encoge hasta consistir en nada más que ella y los hombres. No hay nada más peligroso.

—¡Espera un momento! ¡Silencio!—exclama de pronto uno de los hombres al final de la calle.

—¿Qué?—gruñe el otro. Louisa le nota en la voz que el hombre está borracho.

—Creo que he oído algo. Bueno, a lo mejor no es nada.

El cerebro hace muchas tonterías cuando está estresado.

No coopera para nada. De pronto empieza a recordarle a Louisa el truco del lavabo de la biblioteca, lo de arrastrarse por el suelo y pasar por el hueco entre este y la pared lateral para colarse en el siguiente retrete, y en el asco que habría sentido Ted de haberse enterado.

Tiene que taparse ella misma la boca con la mano para evitar reírse a carcajadas.

¡Vaya un cerebro más tonto! Por pura chiripa las sombras de las escaleras son amables y la envuelven con sus largos brazos.

Ella baja cautelosamente los escalones de dos en dos, pegada a la pared, hasta llegar a la calle y se aleja a toda prisa del coche.

No sabe si la han visto, pero en cuanto sale del cobijo de las farolas, la noche se cierra como un agujero negro.

Ya no puede ver el tren detrás de ella, no lo oye dejar el andén, pero alberga la esperanza de que Ted no la odie por abandonarlos a él y al cuadro.

Lo peor de Ted no es que parezca amable pero quizá sea mezquino, sino que podría ser amable de verdad.

Ojalá no le hubiera dicho eso de que cree en ella.

Es demasiada responsabilidad. Solo podría decepcionarlo.

Aún quedan muchas horas para el amanecer; más allá de las luces de la estación, la carretera es negra como el tizón y completamente silenciosa, así que Louisa se agarra con fuerza a las correas de la mochila. Tiene dieciocho años y está sola; no desaparecida, se ha ido, nada más.

En ese momento oye a un hombre gritar, luego a otro, y echa a correr.