Chapter 30
TREINTA
«Que los hombres noten tu presencia es lo más peligroso», le dijo Pez, a pesar de que ella era malísima en eso porque todo el mundo reparaba en la suya, claro.
A veces, cuando iba un poco borracha o colocada, se tumbaba en la cama con el destornillador en la mano y le balbuceaba a Louisa: «No puedes confiar en ellos, ¿has visto alguna vez el suelo del lavabo de un hombre?
¿Y a esas criaturas las dejan tomar decisiones políticas?
¿Y conducir coches? ¿De verdad queremos poner a personas que ni siquiera son capaces de mear recto a cargo de todos los caballos de potencia del mundo?
¡Si no deberíamos ni dejarlos a cargo de un solo caballo!
». Pero cuando estaba adormilada y triste, susurraba en la oscuridad: «No te puedes fiar de los hombres, Louisa, son demasiado fáciles de amar».
Pez siempre estaba colada por alguien, sus enamoramientos eran como las drogas que tomaba, felicidad a crédito.
Su corazón pagaba la deuda con intereses.
El mundo era demasiado espinoso para ella y no paraba de llevarse arañazos.
Intentaba hacerse la cínica y le repetía insistentemente a Louisa que no se fiara de nadie, pero en el fondo el gran problema de Pez era que creía en los finales felices.
Por eso era tan fácil herirla. Se pillaba por hombres geniales, pero también por otros muchos que no lo eran, y los amables eran los peores.
Iban a recogerla en coche y a veces le hacían regalos.
Louisa pensaba que ojalá se limitaran a las joyas o los relojes, pero a menudo le hacían regalos mucho más crueles: promesas.
Le decían que iban a dejar a sus esposas o a sus novias, que tendrían una vida juntos, pero, claro, nunca sucedía.
De noche, mientras Pez dormía a su lado, Louisa no podía comprender de ninguna de las maneras que todas las esposas del mundo no fueran abandonadas por esta persona.
Que nadie se diera cuenta de que ella era la mejor.
O, casi, en cualquier caso. Bueno, a lo mejor no por la mañana.
Lo único malo de Pez era que por las mañanas era terrible, porque siempre se despertaba feliz y eso es malinterpretar la mañana por completo.
Louisa, que era una persona normal, se despertaba y se encontraba a Pez saltando en la cama como si fuera a ser el mejor día de la historia.
Luego se iba poniendo más y más triste a medida que pasaban las horas, hasta que llegaba la noche y estaba como una flor mustia, tenías que hacer maravillas con la luz para verla florecer.
Cuando cumplió los dieciocho, a principios de esa primavera, el sol brilló todo el día y Pez se subió al sillín trasero de una zozobrante bicicleta vieja y rio como una loca mientras Louisa la paseaba por toda la ciudad, persiguiendo la luz como si las sombras tuvieran colmillos.
Al ver a su amiga marchitarse cuando el sol empezaba a caer, Louisa hizo la cosa más mágica que se le ocurrió: se coló en una biblioteca, porque allí estaban todos los cuentos de hadas.
Como es natural, Louisa no era tan buena colándose en los sitios como su amiga, así que, en términos puramente técnicos, podría decirse que lo suyo no fue colarse, sino dejarlas a las dos encerradas dentro a propósito, cosa que, en términos puramente técnicos, quizá sí fuera colarse.
En cualquier caso, no fue la acción ejecutada sino el plan lo que hizo que Pez se diera cuenta del tiempo que Louisa le había dedicado a planear los pormenores.
«No sabía que yo ocupaba tanto espacio en tu cerebro», le dijo.
«Estás por todo mi cerebro todo el rato», respondió Louisa.
«¡Ah! ¿Es ahí donde me dejé los guantes?
Los he buscado por todos sitios», bromeó Pez.
«¡Ssssssh!», chistó su amiga, pues acababan de oír a los vigilantes.
El plan era simple a la par que estúpido: cuando llegó la hora de cierre de la biblioteca, se escondieron en uno de los baños, en el retrete del fondo.
Ni que decir tiene que los vigilantes pasaron y se dieron cuenta de que uno de los retretes tenía echado el cerrojo, y las chicas se apretujaron encima del váter, aguantando la respiración.
Al principio, el vigilante gritó y dio porrazos en la puerta del retrete cerrado con tanta fuerza que Louisa quiso escaparse de su propio cuerpo.
Al no obtener respuesta, el hombre fue a buscar algunas herramientas.
Se pasó unos minutos sacando tornillos y, cuando el pasador del cerrojo se abrió, Louisa se sobresaltó tanto que estuvo a punto de chillar.
El vigilante abrió la puerta con aire triunfal y los puños apretados; Pez le tapó la boca a su amiga con la mano, les latía el corazón tan fuerte que es incomprensible que los vigilantes no lo oyeran.
—;¡Te lo he dicho! ¡El cerrojo debe de haberse echado solo!—se quejó el otro vigilante.
Su compañero se quedó mirando atónito el retrete vacío.
—Juraría que he oído...—musitó.
—Venga, va. Que quiero irme a casa. Va a empezar el partido—interrumpió su colega.
Y se fueron. No es por presumir, pero el plan era tan estúpido que era genial.
Louisa había pensado que si todas las puertas tenían el cerrojo sin echar, los vigilantes revisarían todos los retretes; en cambio, si solamente una de las puertas estaba cerrada con pestillo, no se molestarían en abrir las demás.
Porque ¿qué clase de idiota intenta esconderse detrás de una puerta abierta?
—Eres la mejor, Gigante. ¿Te lo he dicho alguna vez?
—dijo Pez sonriendo un par de minutos después, cuando salieron del lavabo y empezaron a deambular por la biblioteca oscura y vacía.
Se encendió un cigarrillo y Louisa parecía más orgullosa que un gato que acaba de dejar un ratón en el tazón de los cereales de su dueño.
—Quería darte algo que ningún hombre te ha dado—dijo sonriendo. Pez le cogió la mano.
Vagabundearon por el mar de estantes entre olas de libros.
Louisa nunca había estado en un lugar más silencioso.
En realidad era una locura que a Pez le encantaran los sitios tranquilos y aun así fuera amiga de Louisa, que siempre necesitaba ruido.
Que siempre era ruido, a decir verdad. Si no estaba hablando, estaba canturreando, puesto que le daba miedo la muerte y la muerte es silenciosa.
Sin embargo, durante un breve instante, hasta ella abrazó la quietud.
Luego jugaron a algunos juegos. Fingieron que estaban en una película de zombis en que la humanidad ha sido destruida y luego pasaron al escondite, lo cual fue una idea de lo más ridícula porque Pez era tan buena que Louisa empezó a sentir pánico.
«¡Me rindo! ¡Sal ya!», le siseó desesperada a la oscuridad.
En respuesta recibió un «¿¡QUÉ HAS DICHO!
?» y Pez salió de un salto, dándole un susto de muerte.
Ella soltó un alarido aterrorizado y su amiga le chistó: «¡SSSSSH!
». Luego se tumbaron en el suelo y Pez le leyó en voz alta porque lo que más le gustaba de la biblioteca eran los cuentos de hadas, pero lo que más le gustaba a Louisa era la voz de su amiga.
—No te preocupes, es la protagonista, así que no se va a morir. La protagonista nunca muere en los cuentos de hadas—explicaba Pez cuando leía alguno que le gustaba especialmente.
Se equivocaba. Porque en su cuento de hadas fue Pez la que murió.
Cuando les entró hambre, esa noche de la biblioteca, bebieron Coca- Cola y comieron magdalenas en la cafetería desierta.
Pez señaló que, en términos puramente técnicos, no era robar: «Estamos en una biblioteca, ¿no?
Es un préstamo». Podrían haberse quedado allí toda la noche si a Pez no le hubiera picado la curiosidad y hubiera abierto una puerta que decía «Salida de emergencia».
La alarma saltó. Louisa estaba en el lavabo y salió corriendo con los pantalones por los tobillos para indicarle que no había sido un movimiento muy agudo.
Su amiga musitó: «Sólo quería saber adónde daba».
Cuando Louisa señaló efusivamente el letrero de «Salida de emergencia», añadió: «Vale, sí, pero salida ¿adónde? ».
Teniendo en cuenta que ambas eran unas genias, había veces que no lo eran, así que fue una suerte que se les diera bien correr, al menos una vez que Louisa se subió los pantalones.
Volviendo a casa caminaron con las manos entrelazadas, y cuando las primeras luces del alba la encandilaron, Pez dijo: «Si vivo hasta los ochenta me es indiferente, porque este es mi ahora para siempre».
Eso es lo que más echa de menos Louisa, porque cada día quizá no sea el mejor día, pero con Pez al menos sabías que ese día tenía una oportunidad.
—No debes temerle a la muerte, Gigante—dijo Pez cuando estaban a punto de llegar a la casa de acogida. Luego señaló el cielo y añadió—: Mira el sol, ¿entiendes lo loco que es que salga cada mañana? ¿Lo comprendes, Gigante? ¿Lo loco que es estar aquí?
Luego empezó a gruñir y a aullar y a hacerle muecas a Louisa para demostrarle lo demencial que era que un ser humano pudiera hacer todo eso, lo imposible que es un cuerpo.
—¿No te parece que existir es la cosa más increíble del mundo? Pues entonces no será una tragedia cuando ya no existamos. Es una pasada, una pasada total, que hayamos ocurrido.
Casi todas las noches desde que ella murió, Louisa se despierta gritando a la oscuridad: «¡Me rindo! ¡Sal ya!».
Para cualquiera que haya amado a alguien que muriera a causa de una sobredosis, la maldición es la misma: creemos que, si hubiéramos estado con nuestro humano cada instante del día, no habría sucedido. Nunca deja de ser culpa nuestra.
Louisa y Pez tenían una vida juntas, pero al final también tuvieron dos vidas separadas.
Louisa intentó ser como las chicas del instituto, se maquillaba y vestía como ellas, pero, cómo no, se rieron de ella.
La ropa que llevaban ni siquiera existía en su talla.
Sobre todo, ella envidiaba la seguridad de las otras en sí mismas.
Sabían quiénes eran porque tenían familia, habían heredado la creencia de que cualquier habitación en la que entrasen era su sitio.
En cambio, ella se sentía como una rata nacida en un laboratorio.
Las chicas volvían de las vacaciones hablando de viajes y restaurantes y de ir al mar.
Todas sabían nadar y podían patinar y comer con palillos.
Una de ellas le preguntó si le gustaba el sashimi y ella pensó que sería alguna banda nueva y brutal, así que respondió: «¡Pues claro!
Los escucho a todas horas». Las carcajadas de las chicas sonaban a escopetas de pellets.
Un día la invitaron, por error, claro, a una fiesta de cumpleaños; la mamá de alguna había incluido a todas las chicas de la clase sin comprobar si eran iguales.
En cualquier caso, fue genial durante unas horas.
Bebieron Coca-Cola, vieron películas y cotillearon sobre chicos; Louisa no abrió la boca, pero, aun así, se sintió casi normal.
Luego desapareció la cartera de alguien y todo el mundo la miró a ella.
La billetera apareció, se había caído por detrás de una cama, pero Louisa había visto lo que era ella a ojos de las demás, desde luego no una igual.
Dejó de intentar serlo después de ese día. La soledad es mejor que la decepción.
Pez intentó encontrar su sitio en otros lugares.
Dejó de ir al instituto, desapareció en callejones oscuros y se cayó en agujeros negros, donde se encontraba con viejos amigos en una neblina de botellas y pastillas.
A veces Louisa se sentía dolida porque no la dejaba acompañarla, pero Pez bromeaba diciendo: «¿Quién va a cuidar de mí mañana si las dos tenemos resaca?
». Cuando volvía a la casa de acogida por la noche, se desvestía solo si la luz de la habitación estaba apagada.
Dormía con camisetas de manga larga. En una ocasión, dijo: «No quiero que veas mi peor cara, Gigante.
En tu cerebro, quiero ser solo mi mejor versión».
Pez odiaba la realidad demasiado como para soportarla, tratar de salvarla era como atrapar humo con una red.
Las chicas compartían cama, pero, aun así, se alejaron la una de la otra.
Poco después del decimoctavo cumpleaños de Pez, los adultos de la casa encontraron todas las joyas de oro y los relojes en su mochila.
Ni que decir tiene que Pez se negó a decir de dónde los había sacado, así que llamaron a la policía.
Uno de los collares era de uno de los hombres amables, pero en realidad le pertenecía a la esposa del hombre y, tras dárselo a Pez, el tipo había puesto una denuncia por robo para cobrar el seguro.
La policía había abierto una investigación.
Pez no podía quedarse en la casa de acogida, los adultos no querían hacerse responsables de ella.
Así que la engulló la ciudad y la noche.
Louisa quería escapar con ella, pero su amiga se lo prohibió, porque tenía solamente diecisiete años y la policía la buscaría.
¡Cómo se odia Louisa por haber sido obediente!
Lo último que hizo Pez fue darle un beso en la mejilla y decirle: «No te preocupes.
Todo saldrá bien. Nuestro cuento de hadas acaba de comenzar».
Unas cuantas noches después, una limpiadora llegó a la biblioteca justo a la salida del sol.
Encontró a Pez hecha un ovillo en el suelo entre los cuentos de hadas.
El policía que llamó a la casa de acogida informó de que el doctor había dicho que una sobredosis le había causado la muerte, pero que la joven había fallecido pacíficamente mientras dormía.
Tenía el cuerpo lleno de felicidad a crédito.