Chapter 29
VEINTINUEVE
Pez decía siempre que las personas amables eran las peores, porque al menos con las crueles sabías a qué te atenías. El peligro al que te expones con alguien que parece amable no conoce límites.
Louisa se escabulle del tren hasta llegar al andén.
Es fácil ser invisible cuando sabes que no importas, y su silueta se diluye en la oscuridad como el azúcar en agua caliente.
Se gira y mira la cara dormida de Ted al otro lado de la ventanilla del tren por última vez.
Levanta la mano y saluda, lo cual puede parecer tonto, pero ella siente que tiene que aprovechar al máximo la oportunidad.
No sabe cuándo volverá a tener a alguien a quien saludar.
Ha dejado el cuadro en el tren con él, en ningún momento se le ha pasado por la cabeza quedárselo, pero sabía que él no iba a aceptarlo voluntariamente.
Ahora, en cambio, no tiene más opción. No es un plan perfecto, Louisa no tiene un cerebro perfecto; de hecho, estuvo pensando si abandonarlo unas cuantas estaciones antes.
Sinceramente, solo se ha quedado porque quería oír el resto de la historia de Ted y sus amigos.
En realidad, le habría gustado quedarse algunas estaciones más, pero no se atreve porque, ahora mismo, Joar sigue vivo y ella sabe cómo acaban las historias sobre las personas como él.
«No corras. Cuando quieras desaparecer, camina, como si estuvieras yendo al lavabo», susurra Pez en su cabeza.
Pez era la mejor desapareciendo; después de colarse en algunos sitios la perseguían vigilantes y policías, pero ella siempre se escapaba.
«El truco es relajarse y dejar la musculatura blanda, eso te hace resbaladiza.
¡Finge que eres una pastilla de jabón!», le había explicado Pez, y cuando Louisa apostilló que una pastilla de jabón no es precisamente blanda, su amiga le espetó: «¡Pues jabón líquido! ¡Deja de estropearme la historia!».
Le gustaban las historias, habría disfrutado en el tren con ellos, por eso Louisa sabe que el momento de huir es ahora. Era demasiado agradable estar sentada al lado de Ted. Nada así de agradable le sucede a una persona como ella a menos que sea una trampa.
Se aleja de las vías sin saber siquiera en qué estación está; no importa, no tiene nada a lo que regresar. Si va a desaparecer, tan bueno es este sitio como cualquier otro.
¡Sé jabón! Le ordena riendo Pez en su cabeza.
Louisa quiere gritarle que no es el momento más oportuno para hacer chistecitos.
En lugar de eso, le susurra «te echo de menos, imbécil» a la noche.
Cruza el torno vacío y gira una esquina muy despreocupadamente, baja por unos escalones sin percatarse del eco ni ver a los dos hombres hasta que es demasiado tarde.