Chapter 28
VEINTIOCHO
El bebé agarra con fuerza el dedo de Louisa. Es la primera vez que la abrazan desde que Pez se fue.
—¿Crees en Dios?—pregunta en voz baja.
—A veces—responde Ted.
—Yo también a veces—dice con la nariz apoyada en la nuca del bebé.
La madre vuelve del lavabo agradecida como solo puede estarlo un progenitor que ha podido ir al baño sin que lo molesten. Recoge al bebé dormido con cuidado de los brazos de Louisa, que parece congelarse cuando su cuerpo se queda solo otra vez.
—¿En qué consistía el concurso? El que Joar encontró en el periódico.
—Era para jóvenes artistas, podías pintar lo que quisieras y el primer premio era exponer el cuadro en un museo.
—¿Nada más?
Ted sonríe al recipiente con las cenizas.
—Eso es exactamente lo que dijo Ali. No paraba de repetir que era una birria.
Pensaba que se debería ganar dinero, un coche o algo, como en los concursos de la tele.
Pero en general se quejaba porque era divertido enfadar a Joar.
En el fondo ella sabía que no importaba.
No estábamos intentando que ganara, sino que pintara.
Louisa frunce el ceño.
—Aun así es un premio bastante cutre.
Ted niega lentamente con la cabeza.
—No, era un premio fantástico. Porque pensamos que si él veía su cuadro expuesto en una gran pared blanca al lado de los de otros artistas, solo una vez... se daría cuenta de que ese era su lugar.
Louisa se queda callada tanto tiempo que su compañero de viaje casi se preocupa.
—Bueno, vale. No es del todo cutre—concede con aire taciturno.
Ted mira a través de la ventana y ve una vida entera. Los recuerdos hacen cosas extrañas en nosotros, editan los sentimientos.
—Me pasé todo el verano intentando hacerle reír—rememora.
—(¿Le contaste el de los pingijinos?—se queja Louisa.
—No—niega, dejando escapar una sonrisa.
Está recordando que así lograron devolver a rastras al artista a la vida después del funeral de Christian: de carcajada en carcajada.
Ted le cuenta a Louisa que un día, a principios de las vacaciones de verano, el artista masculló que intentaría pintar el mar, aunque solo fuera para contentar a Joar.
Aunque no empezó hasta finales de junio.
Eso fue después de que Ali se tumbara a su lado en el embarcadero y le dijera: «Sé qué deberías pintar.
¡A nosotros!». Joar señaló al instante que Ali era tan egocéntrica que en realidad había querido decir «píntame a mí».
La joven se limitó a encogerse de hombros con indiferencia y decir: «Puedes salir tú también, eres tan bajo que casi ni se te verá de todas formas».
Joar la persiguió hasta el agua y Ali reía tan fuerte que la oías hasta cuando tenía la cabeza metida.
Así decidió pintarlos el artista, no en función de su apariencia, sino de cómo lo hacían sentirse.
Decidió titular el cuadro El del mar solo para molestar a Ali, que pensaba que debía llamarse El de Ali.
El último día de junio, el artista fue a la tumba de Christian, se sentó solo unas cuantas horas y dibujó el primer boceto a lápiz del que un día llegaría a ser una obra de arte famosa.
Luego fue al embarcadero con sus amigos, sacó de la mochila todas las pastillas que había robado del armario del baño del padre de Ted y las tiró una por una al mar.
En ese momento, todos sus amigos sintieron durante un breve instante que quizá todo estuviera bien.
—Creía en Dios cuando lo veía pintar—dice Ted en el tren.
Se da cuenta de que tiene muchos recuerdos del artista, aunque su cerebro casi siempre escoge aquellos en los que está sonriendo como un niño que acaba de encontrar una moneda.
Esa última temporada que pasaron en el apartamento grande, el artista se tumbaba a menudo en el sofá junto a Ted y le enseñaba fotos de todos los lugares que había visitado entre la escuela de arte y la fama.
En ellas aparecía en barcos y playas, junto a muros cubiertos de imaginación, con la ropa siempre manchada de pintura, espráis en la mano y eternidad en la mirada.
Se había abierto camino danzando y pintando por todo el mundo y, tumbado en el sofá, sonreía y aseguraba que no le importaba lo que dijeran de él cuando hubiera muerto, siempre y cuando no fuera que había muerto joven. Porque él había vivido mil años.
—Nunca le he rezado a Dios—dice Louisa de pronto.
—¿Cómo?
Louisa está dibujando en el cuaderno con los ojos escondidos otra vez detrás de la melena.
—Digo que nunca le he rezado a Dios. Pero sí a los demonios, como tú. Pero se llevaron a Pez igualmente.
El lápiz danza entre las explosiones causadas por dos lágrimas que aterrizan en el papel.
—Lo siento—dice Ted.
—Joder, a veces no puedo soportar que ya no esté—susurra.
Ted asiente en dirección a la caja que contiene el cuadro.
—Él siguió pintando esas calaveras porque así sentía que Christian seguía vivo en la yema de sus dedos. Tal vez sea así para ti también. El arte es lo que dejamos de nosotros mismos en otras personas.
Louisa dibuja copos diminutos cayendo.
—¿Nevaba mucho en invierno en tu pueblo?—pregunta.
—SÍ,
—Casi nunca helaba lo suficiente donde estábamos nosotras.
Pero hubo un invierno que pareció que la naturaleza sufría un cortocircuito.
Así que una noche hubo una cantidad descomunal de nieve.
Pez y yo salimos sin hacer ruido esa noche y nos enzarzamos en una pelea de bolas.
En ese momento no me gustaba nada tener el cuerpo tan grande porque era un blanco fácil, aunque daba igual, claro, porque a Pez se le daba de pena lanzar.
En serio, era incapaz de darle a una caja aunque estuviera encerrada dentro, una serpiente tendría más puntería lanzando bolas de nieve.
Luego hizo un muñeco y era tan feo que te daba migraña solo de mirarlo.
Le pregunté y todo si había visto alguna vez un muñeco de nieve de verdad.
¿Había visto aunque fuera un muñeco? Y ella me dijo que era moderno y que yo no entendía el arte.
Me reí tanto que me quedé afónica. Luego hicimos ángeles de nieve en todos lados, por toda la ciudad.
Cada vez que pienso en esa noche me da la sensación de que duró un invierno entero.
Fue como si hubiéramos juntado cien días de recuerdos todos a la vez.
Si los coloco todos delante de mí, yo creo que tengo suficientes para hacer una infancia feliz...
El tren desaparece dentro de un túnel y el mundo se detiene. Ted se limpia las gafas durante un buen rato y coloca un poco de cinta nueva en la montura.
—Quizá baste—dice cuando el túnel los escupe por el otro lado—. A veces creo que toda mi infancia duró dos años, entre los trece y los quince.
—¿Cambiarías esos dos años por una infancia entera? Quiero decir, una infancia feliz, ¿solo que con amigos diferentes?
—NO hubiera cambiado a esos idiotas ni por mil infancias.
Louisa asiente y dibuja un millón de copos de nieve.
—Pez decía que había leído en un libro que en el Cielo puedes escoger un momento de tu vida en el que te sintieras superbién y experimentar eso mismo durante toda la eternidad.
Decía que no importaba si llegabas a cumplir ochenta, porque eso no es más que mil millones de ahoras diferentes, y que un solo ahora bueno de verdad es suficiente.
—¿Y esa noche en la nieve es tu ahora?
Louisa asiente.
—¿Cuál es el tuyo?
—Cualquier día en el embarcadero.
—¿Han muerto muchas personas que amabas?—pregunta Louisa de pronto.
—SÍ.
—En realidad yo he tenido suerte.
—¿Qué quieres decir?
—No he amado a muchas personas.
Ted mira a la madre y al bebé, en el otro lado del pasillo. Piensa en lo que ha dicho antes, lo de que los días pasan despacio y los años deprisa.
—Lo que más odio no es que la gente muera. Lo que más odio es que estén muertos. Que yo esté vivo sin ellos.
—A lo mejor deberías empezar a fumar—sugiere Louisa con ánimo de ayudar.
—Les habrías caído bien—dice Ted riendo.
—¿A quién?
—A toda mi gente.
En el asiento contiguo, un bebé duerme en los brazos de su madre, que se está quedando traspuesta con la respiración de la criatura. Quizá fuera un tipo diferente de persona en otra época, pero ahora es una de las que siempre contestará al teléfono al primer tono.
Louisa también los mira.
—Has dicho que la madre del bedel era profesora, ¿no?
—Sí. Enseñaba Historia del Arte en la universidad. Pero yo creo que le gustaba más la ficción que la historia, a decir verdad. Hablaba mucho más de mitos que de hechos.
Louisa levanta las cejas.
—¿Qué quieres decir con mitos? ¿Como cuentos de hadas?
—SÍ,
—¿Por qué no dices cuentos de hadas entonces?
—Porque no son exactamente lo mismo.
Louisa frunce el ceño.
—Cuéntame un mito, entonces.
Ted suspira.
—Bueno... Vale. A ver este: había dos artistas en la Antigua Grecia: Zeuxis y Parrasio, que se desafiaron el uno al otro para ver quién era el mejor.
Zeuxis pintó un cuadro de unas uvas, y eran tan realistas que los pájaros bajaban del cielo e intentaban comérselas.
Así que se volvió hacia Parrasio, convencido de ser el vencedor, y le dijo: «¿Admites ahora que soy el más grande?
». Pero Parrasio se limitó a sonreír y decir: «Aparta esa cortina.
Detrás está mi cuadro». Así que Zeuxis se acercó y agarró la cortina, pero no pudo porque la cortina era el cuadro.
Tuvo que reconocer que había perdido porque él solo había engañado a los pájaros, mientras que Parrasio había engañado a Zeuxis.
Ted se queda en silencio. Louisa parece desconcertada.
—¿Ese es todo el mito?
—SÍ,
—O sea que un mito es una historia un poco caca, ¿no?
—Bueno, no...—empieza a decir Ted, que quiere explicarle la moraleja de la historia, pero no le da tiempo.
—La gente hace eso ahora con tartas. Hay programas en la tele. Te crees que es un zapato, pero resulta que es una tarta. Te piensas que es un coche, pero es una tarta. Te piensas que...
—Vale, vale. Lo he pillado—resopla Ted.
Solo lo digo porque parece que a ti te ha impresionado mucho cuando solo eran uvas—aclara con un ligero desdén.
—Tenerte de alumna tuvo que ser la bomba.
—¿Les contabas ese mito a tus alumnos cuando eras profe? ¿Has pensado alguna vez que a lo mejor te apuñalaron por eso?—le pregunta, sin ánimo de herir.
—Cuando me apuñalaron les acababa de explicar la muerte de Julio César—responde inmediatamente Ted.
Louisa se ríe y él se siente un poco orgulloso de ella por pillar que era un chiste.
—¿Crees de verdad que no volverás a ser profe?
Ted piensa entonces en el techo del instituto y en él tumbado en el suelo de la clase, mirándolo mientras todos gritaban.
El chico que lo había apuñalado había salido corriendo y dejado a Ted allí tumbado; oía las sirenas a lo lejos pero no se daba cuenta de que venían a por él.
Cuando llegó la ambulancia, trató de ponerse de pie porque no quería causar ninguna molestia.
Al llegar al hospital, lo tumbaron de lado para que los doctores pudieran palparle y apretarle todo el cuerpo, y fue entonces cuando se dio cuenta de que había tanta sangre por todos lados que ni siquiera sabían cuántas veces lo habían apuñalado.
Cuando se despertó después de la operación, lloró, por el shock, principalmente, pero luego por la culpa.
Las mejores personas de este planeta mueren todo el rato, mueren por lo más mínimo; en cambio, él no muere ni cuando lo apuñalan.
—No—susurra—. No volveré a enseñar.
—¿Qué vas a hacer entonces? ¿Te vas a hacer cómico?
—Me voy a hacer político y a aprobar una ley que prohíba a los adolescentes molestos viajar en tren.
—¿¡HOLA!?
—¿Lo ves? Sí que soy gracioso—dice Ted bostezando.
Louisa pone los ojos en blanco tan exageradamente que casi se cae del asiento.
—¿Cómo sabes todo eso de la madre del bedel? ¿Que era profesora y le gustaban los mitos y eso?
Ted bosteza de nuevo a un volumen equivalente al de sus estornudos.
—La conocí. Todos la conocimos al final de ese verano. En realidad me hice profesor gracias a ella. Pero es una larga historia...
—¡Ah, entonces no! Que estoy ocupadísima.
Señala con un ademán el vagón silencioso.
Ted mira la hora.
—Deberíamos intentar dormir un poco. Tenemos que hacer trasbordo después.
Cierra los ojos. Louisa se lo permite durante unos diez segundos.
—Vale. Pero no mientas.
—¿Sobre qué?—pregunta Ted, medio dormido.
—No te hiciste profesor por la madre del bedel. Fue por Lechuza. Porque eres una de esas personas que quiere hacer que el mundo sea mejor—aclara, casi enfadada porque él no se haya dado cuenta de eso.
—Gracias—responde en voz baja.
—¿Es a ella a quien vamos a ver? ¿A la mamá de Christian? Dijiste cuando nos conocimos que había alguien en el pueblo donde te criaste que nos puede ayudar a vender el cuadro. ¿Es ella?
—SÍ. Si está en casa.
—¿No la has llamado para decirle que vamos?
—No.
Nunca le haría eso. Cada vez que suena el teléfono, ella piensa que ha muerto alguien.
—¿Y qué vas a hacer si no está en casa? ¿O si no puede vender el cuadro?
—No lo sé. Pero seguro que se te ocurre algo.
—¿A mí?—dice Louisa espantada.
—Sí. Yo creo en ti—responde bostezando Ted.
Y establece un nuevo récord de comentarios amables salidos de su boca.
El tren avanza traqueteando a través de la noche; el mundo permanece silencioso, aunque, justo en el momento en que los sueños se están apoderando de él, Ted susurra para sus adentros: «Buenas noches, fantasmas».
Louisa quiere preguntarle qué quiere decir, pero él ya se ha dormido, agotado y echo un ovillo en su asiento, así que se queda sentada a su lado durante un buen rato, dibujando en silencio, esperando hasta que la respiración de Ted es más lenta y apacible.
—Lo siento—susurra entonces.
Ted duerme profunda y reparadoramente por primera vez desde que el artista se fue.
Sueña sus mejores recuerdos, de cuando tenía catorce años y estaba tumbado al sol en un embarcadero junto al mar, con sonrisas y yemas de dedos buscando a los otros.
Ni siquiera se da cuenta de que el tren se detiene.
Cuando despierta, hay un dibujo en el asiento de al lado y Louisa no está.