Chapter 27 #2
Ella lo ayudó a entrar en un programa de rehabilitación, él le hizo toda clase de promesas y las rompió una a una.
Iba detrás de una fiesta como el humo busca el cielo; le encantaba la música, su vida era bailar.
A veces volvía a casa en bici, otras en coche patrulla y algunas en ambulancia.
Ella sabía que estaba viviendo demasiado deprisa, que se quedaba sin tiempo, pero era como tratar de detener los rayos del sol.
Otro centro de rehabilitación, nuevas promesas, pero nunca funcionaba.
En cambio, al final, consiguió apañarle un empleo como bedel en un instituto, donde el chico fracasó a la hora de pintar de blanco una pared, aunque logró algo mucho más importante: iniciar una historia.
Cuando el teléfono sonó una noche a las tantas, la madre respondió tras el primer tono, siempre a punto para oír a la policía diciendo que algo terrible había sucedido.
—¿Es por mi hijo?—le gritó al auricular, medio dormida aún.
Christian, borracho, se echó a reír al otro lado.
—¿Sí? Perdona... ¿Qué hora es? ¿Estabas durmiendo?
¿Durmiendo? No ha dormido desde que nació él, mocoso mimado, quiso decirle.
—No, no, ¿ha pasado algo?—susurró en cambio.
Christian respiraba dulce y suavemente en su oído.
—He encontrado uno, mamá.
—¿Un qué?
—Uno de los nuestros.
Y le explicó que había encontrado a un chico que veía cosas en un muro blanco que Christian no habría podido imaginar jamás.
Le había pedido prestado el teléfono a un desconocido en una fiesta para poder llamar a su madre y contárselo, balbuceaba.
A su madre le latía el corazón con tanta fuerza que era un milagro que no le salieran disparados los botones del pijama.
—¡No he visto nunca a nadie pintar así, mamá! Ya lo verás, ¡te va a encantar!—gritaba Christian loco de felicidad al auricular.
Entonces citó a Ragnar Sandberg, cuyas palabras le había repetido su madre durante su niñez: «Pinta como cantan los pájaros».
Su madre asentía con las mejillas húmedas, no cabe duda de que notaba que su hijo iba puesto de algo, así que solo le dijo: «Te quiero».
Su hijo se echó a reír, su único hijo, preciado y salvaje. Justo antes de colgar, él le dijo: «Te quiero, mamá. Eres la mejor».
Cuando el teléfono sonó la noche siguiente, la madre dormía tan profundamente que no contestó hasta pasado el segundo tono. Esta vez era la policía.
El artista de catorce años esperó sentado apoyado en el muro de detrás del gimnasio todo el día siguiente.
Cuando oscureció sus amigos vinieron a buscarlo y él se pasó toda la noche sentado en silencio en el suelo del sótano de Ted, dibujando.
Sus amigos se sentaron a su alrededor como si protegieran una llama del viento con sus cuerpos.
A la mañana siguiente se enteraron de lo sucedido.
—Le ha dado un infarto—explicó Joar, destrozado.
Estaban sentados en una ventana del pasillo del instituto, cerca de las escaleras que habían llenado de jabón en lo que parecía el milenio pasado.
—¿Qué quieres decir?—susurró el artista.
—He oído a dos profesores que hablaban del tema. Decían que era... yonqui. Estaba en una fiesta, bailando, y se le ha parado el corazón...—Joar trató de decirlo con tanta suavidad como le fue posible.
—¿¡QUÉ QUIERES DECIR!?—gritó el artista.
No quería que le explicaran cómo había muerto Christian. Quería que le explicaran cómo era posible que estuviera muerto. Porque era imposible. Nadie puede estar tan vivo y luego no estarlo.
—Espera...—rogó Ali, pero ya era tarde.
El artista había echado a correr escaleras abajo, había cruzado el patio y doblado la esquina de detrás del gimnasio.
Como si pudiera ser mentira y Christian fuera a estar allí.
El artista se detuvo en seco, en estado de shock, porque a quienes encontró fue a dos señores mayores con mono de trabajo, escaleras y botes de pintura que cubrían el muro de color blanco.
Cuando el artista empezó a mirar hacia todas partes, desesperado, se topó con la mirada de Lechuza.
El hombre estaba de pie junto a la ventana de su aula, el único lugar de toda la escuela desde donde se veía bien el muro.
Lechuza lo había denunciado a la policía tildándolo de «grafiti» y de «vandalismo»; él personalmente había llamado a los hombres del mono, porque las reglas eran las reglas, y todo el mundo debía obedecerlas.
Es posible que en otros tiempos fuera otra clase de hombre, pero ahora no era nada más que cenizas.
Todas las cosas que habían llenado el muro en el transcurso de unos pocos días fantásticos—los ángeles, los dragones, los pájaros y las calaveras—desaparecían poco a poco. Antes de que acabara el día, todo sería blanco.
La madre de Christian recordaba haberle gritado al teléfono cuando la policía llamó, pero no recordaba el sonido, era como si una sordera le hubiera tapado los oídos.
Apenas recordaba el funeral, solo se acordaba del ataúd porque lo único en lo que pensaba era en cómo podía Christian caber en él, con lo grande que era, su mundo entero.
Ella no los vio al salir de la iglesia, pero cuatro jóvenes de catorce años estaban de pie detrás de unos árboles.
Cuando la madre llegó a casa, sonó el teléfono, solo una vez.
Ella contestó inmediatamente, pero al otro lado no se oían nada más que sollozos, hasta que colgaron.
A la mañana siguiente había un dibujo encima de la tumba; en él estaba Christian subido a una escalera, con una sonrisa tan enorme que era un milagro que cupiera en el papel.
Ella no había visto nunca nada igual. Debajo, escrito tan débilmente con lápiz que apenas podía leerse, decía: «Como cantan los pájaros».
Ella durmió con el dibujo en la mesita de noche, al lado del teléfono, intentando con todas sus fuerzas que sonara una vez más. No lo hizo, hasta unos meses después.
Joar, Ali y Ted fueron al embarcadero con el artista cada día.
Intentaban que volviera a dibujar, lo que fuera, pero ya no podía.
Al acabar el trimestre de primavera le suspendieron la asignatura de Arte.
Nadie repara en ello cuando empiezan las vacaciones de verano, pero hay alas rasgadas tiradas por los patios de todas las escuelas en ese momento.
El artista no hablaba, apenas comía y sus amigos pensaban lo mismo: que no sobreviviría a aquello.
Pero tuvieron suerte, se equivocaban. El primer día de las vacaciones, Joar encontró un puñetero anuncio de un puñetero concurso de arte en un puñetero periódico. Así volvió a empezar todo.