Chapter 27
VEINTISIETE
El chico de catorce años y el bedel de veinte se pasaron tres días pintando el muro de detrás del gimnasio.
Dibujaron mariposas y dragones, ángeles que se acercaban a tocar a Joar y a Ted cuando estos venían a mirar a última hora de la tarde, pájaros que alzaban el vuelo para que la corriente agitara los cabellos de Ali.
Pero, sobre todo, pintaron calaveras, por todos lados, preciosas y llenas de vida.
De adulto, el artista consideraba el muro la mejor obra de toda su carrera. Le alegraba que sus amigos pudieran verla, ya que fueron prácticamente los únicos.
—Me recuerda a Basquiat—dijo el bedel el tercer día mientras señalaba el muro cubierto con la imaginación del chico.
Estaban solos cuando lo dijo, el chico y él, encaramados a sendas escaleras plegables en un mundo sin relojes. De vez en cuando, al bedel se le agitaba la mirada, las manos le temblaban y, en un par de ocasiones, le empezó a sangrar la nariz. Él decía que era por sus alergias.
—No sé quién es Basquiat—confesó el chico.
—No importa—dijo sonriendo el bedel, entornando los ojos por el sol como si la luz le hiciera daño. A continuación, contó todo lo que sabía del artista, que era un montón.
—¿Te enseñó tu mamá todo eso?
—Sí. Mi madre es profesora, no se calla ni dormida, si le taparas la boca con cinta encontraría una forma de hablar de arte por las orejas—dijo el bedel poniendo los ojos en blanco.
—Genial—susurró el chico con tono sincero.
El bedel puso cara de avergonzarse un poco, a veces no apreciamos nuestras bendiciones hasta que vemos que otros las envidian.
—A ver... Sí que es genial mi madre. Lo que pasa es que yo daba mucha tarea de niño.
Odiaba cuando señalaba los cuadros y preguntaba: «¿Qué te dice?
». Parecía un examen. Pero ahora me doy cuenta de que es casi lo más bonito que se le puede decir a una persona.
Un día le pregunté por qué le obsesionaba tanto lo que yo pensara y ella se enfadó y me gritó: «¡Porque quiero saber qué sucede en tu interior!
¡Porque tú me has sucedido a mí! ¡Tú me estás sucediendo cada segundo de mi vida! ».
El chico de catorce años, que venía de un hogar en el que nadie le sucedía a otra persona, sujetaba un pincel sobre un cuerpo desnudo que había pintado en una esquina del muro. Como si se arrepintiera y estuviera a punto de pintarlo todo de blanco.
—A mis padres no les gusta que dibuje. Se avergilenzan. Dicen que debería intentar ser normal.
—Se equivocan—respondió el bedel como si dijera la cosa más evidente del mundo—. Tú eres artista.
A veces no hace falta nada más.
—No soy artista, soy...
El bedel le interrumpió con tanta vehemencia que su escalera dio una sacudida.
—Eres artista si creas algo. Eres artista si no ves el mundo como es, si odias las paredes blancas.
Nadie más decide lo que es el arte, nadie puede evitar que ames lo que tú quieras; los cínicos y los críticos pueden controlar el resto de mierdas del planeta...
pero no pueden decidir lo fuerte que late tu corazón.
Conviértete en lo que quieras, pero no en uno de ellos.
El arte es una luz bastante frágil de por sí.
Un solo suspiro puede apagarla. El arte necesita amigos, con los cuerpos con el viento de cara y las manos protegiendo la llama, hasta que sea lo bastante fuerte como para brillar con toda su potencia. Hasta que sea una hoguera. Imparable.
El chico dudó un buen rato antes de hablar.
—No puedo pintar como quiere el profesor de arte. No puedo pintar cosas. Algo no va bien en mi cabeza.
—Eso es porque tú no pintas la apariencia de las cosas, tú pintas cómo sienten las cosas.
El bedel citó entonces a Frida Kahlo, quien pintaba flores, decía ella, para evitar que murieran.
Y a Leonardo da Vinci, que decía que una obra de arte nunca se acaba, simplemente se abandona.
Tanto cambió dentro del muchacho que el sonido de los cerrojos de sus puertas interiores abriéndose deberían haberse oído en todo el mundo y el suelo debería haber temblado.
Siguieron pintando el muro hasta que el sol los abandonó.
Muchos años después, una mujer escribió un día en un periódico que lo más bonito de los cuadros del artista era que parecen inevitables.
«Cuando has contemplado su arte ya no puedes imaginar el mundo sin él», escribió.
En cambio, al artista nunca se le antojó inevitable, sino solamente improbable.
Su primer cuadro tuvo amigos antes de existir. ¿Quién tiene tanta suerte?
—¿Podemos pintar otra vez mañana?—preguntó mientras caía la noche.
—¡Podemos pintar cada día!—prometió el bedel. Porque eso hacemos; esas promesas no son mentiras, sino actos de rebeldía contra la muerte. Luego citó el poema favorito de su madre, de Mary Oliver: «Cuéntame, ¿qué planes tienes para tu preciada y salvaje vida?».
El chico no respondió, pero pintó una ventana en el muro y, dentro de ella, a un niño con un pincel en la mano; parecía que estaba pintando desde el otro lado del muro.
Como si el bedel y el chico estuvieran dentro del mural del niño, como si ellos fueran la obra de arte.
Entonces el bedel lo miró a los ojos y el chico nunca olvidó cómo puede hacer sentir una mirada.
—Toma—dijo el bedel ofreciéndole un trozo de papel donde había escrito «Christian» con calaveras sobre las íes seguido de un número de teléfono.
El bedel levantó la mirada hasta una farola que se acababa de encender. Le sangraba otra vez la nariz.
—¿Estás bien?—preguntó con tono angustiado el chico.
—SÍ, sí, me sangra la nariz, nada más. Es el teléfono de mi madre, yo no tengo ahora mismo. Pero si alguna vez necesitas ayuda, llámala. Es la mejor. Le voy a hablar de ti.
El chico apretó el trozo de papel contra su pecho.
—¿Nos vemos mañana?—preguntó al despedirse.
—¡Síl Nos vemos mañana para seguir pintando—contestó con una sonrisa el bedel y, justo antes de desaparecer en la oscuridad se dio media vuelta y añadió—: ¡No te hagas daño a ti mismo!
La primera vez que el artista vio a la madre del bedel ella estaba de pie a la entrada de la iglesia. El artista le deseó entonces todo el arte del mundo, porque nunca había visto a una persona tan desolada.
—Asegúrate de no perder ese empleo, Christian, por favor. El director solo te lo ha dado porque somos amigos desde hace mucho—le había dicho su madre cuando le consiguió el puesto de bedel.
Luego había suspirado y musitado algo sobre a quién quería engañar, su chico nunca podría pintar una pared de blanco.
Christian no le había dado las gracias ni dicho que la quería porque él era demasiado listo para eso, claro. «Tú me sucediste a mí, mamá. Tú eres mi arte», fue lo que dijo, esbozando una sonrisa.
¿Cómo iba a enfadarse con él? Estaba embarazada de Christian cuando huyó de una guerra, él ya había sido improbable desde el principio.
Cuando era pequeño, los otros niños se metían con él en el colegio, lo llamaban «refugiado», pero cuando no supo cuál era su lugar en el mundo, ella le dijo la verdad: el arte era su patria.
También la de ella. Así es cómo sobrevivían a la realidad.
Cada vez que discutían, su madre pensaba en Frances Harper, quien dijo que «todas las madres deberían ser verdaderas artistas».
Cuando Christian se plantaba delante de un cuadro, ella siempre quería saber qué estaba pensando y, ante el enfado de su hijo, citaba a Marcel Duchamp: «El espectador completa la obra de arte».
Cuando él sentía vergiienza ajena por su verborrea y su risa escandalosa, ella le lanzaba una cita de Émile Zola: «¡Prefiero morir de pasión que de aburrimiento! ».
En fin, pensaba su madre a menudo, quizá fuera culpa suya que luego Christian buscara pasión en todas partes.
El arte no significa nada para las personas con coraza, hace falta una piel fina, pero alguien así no es solo sensible ante la belleza, sino ante todo.
Buscar la euforia implica una vida desequilibrada.
Así que su chico creció, a pesar de que ella se lo prohibiera, y perdió el control sobre él.
Cuando Christian nació, la madre tomó en brazos su cuerpecito de recién nacido y sintió un único latido, primero el de él y luego el de ella, que eran el mismo corazón.
Desde entonces, se multiplicó por dos el miedo que ella sentía de la oscuridad.
Cuando era adolescente y desaparecía por las noches, ella siempre dormía con la luz encendida y la mano en el teléfono.
Cuando sonaba, siempre contestaba al primer tono.
Christian empezó a tomar drogas. Ella tenía la esperanza de que las dejara al entrar en la escuela de arte, pero la cosa empeoró.
Y ¿cómo podía ella protegerlo del mundo, cuando ni siquiera podía conservar sus propias gafas?
Cuando era pequeño, Christian solía llevar encima unas gafas extras para cuando ella estuviera buscando las primeras.
Una vez, en una galería llena de esculturas, la madre se las dejó sobre un taburete.
Cuando volvieron a por ellas, un grupo de turistas les estaban haciendo fotos porque pensaban que eran una obra de arte.
Las carcajadas de su hijo rebotaron en el techo y ese sonido nunca abandonaría los sueños de la madre.
—Es mentira que la gente no pueda volar, Christian, que no se te olvide—le dijo ella volviendo a casa ese día.
—Ya, ya, mamá. Lo sé.
El chico la cogió de la mano entonces y la piel de la madre aún trata de recordar la sensación, todo el tiempo.
No puedes curarle la adicción a alguien a base de amor, los océanos son las lágrimas de quienes lo han intentado.
No podemos morir por nuestros hijos, el universo no nos lo permite, porque, si lo hiciera, no quedarían madres.