Chapter 26
VEINTISÉIS
Un estornudo interrumpe a Ted. Esta vez no es suyo, sino de un bebé. El tren se ha detenido en una pequeña estación y una joven madre ha abordado el tren con el mocoso.
—¡Salud!—exclama Louisa.
—Gracias—contesta sonriendo la madre con la clase de agotamiento que solo puede verse en una madre primeriza o en una persona que ha sobrevivido en la jungla tres meses tras un horrible accidente de avión.
—¡Qué bebé más lindo!—dice la joven cuando los recién llegados toman asiento al otro lado del pasillo. Se vuelve hacia Ted—: ¿A que sí?
—Muyy lindo—contesta Ted con el mismo tono con el que uno hablaría de un tiburón.
Louisa se queda mirándolo.
—¿No te gustan los bebés? ¡Venga ya! Le gustan a todo el mundo, Ted.
Él está tentado de decirle que esa es la mayor tontería que ha oído desde que una colega del instituto donde trabajaba le dijo que le encantaba ir al gimnasio.
—No tengo nada en contra de los bebés—dice en cambio.
Virgen Santa, a duras penas le gustan las personas, y los bebés son la versión de persona con el peor funcionamiento. ¿Qué quiere Louisa de él exactamente?
—¡A todo el mundo le gustan los bebés, Ted!—repite ella, como si eso fuera a hacerlo más cierto.
Ted se cruza de brazos ante el temor de que, si no lo hace, ella le haga tocar al bebé. Louisa, por otro lado, se inclina hacia el otro lado del pasillo y le hace carantoñas para que se ría.
Es evidente que, de haber estado aquí, el artista hubiera hecho lo mismo porque al muy lunático también le gustaban los niños.
En una ocasión le dijo a Ted que incluso los animales salvajes eran cuidadosos con los recién nacidos, que es un instinto biológico, porque los bebés son los que nos recuerdan que la vida sigue.
«Los bebés nos enseñan a no tenerle miedo a la muerte.
Así nos damos cuenta de que no podemos desear vivir eternamente.
Porque si nadie muriera, tendríamos que prohibir nacer a personas nuevas.
Y cuando los columpios estén vacíos y las últimas botas de agua se hayan quedado pequeñas, cuando se haya chapoteado en el último charco...
¿Para qué querremos entonces la eternidad, Ted? ».
Había bebido una cantidad de vino considerable la noche que dijo eso, rememora Ted, pero tiene que reconocer que, aun así, al artista probablemente no le faltaba razón.
—¿No cree?—dice de pronto la madre en dirección a Ted, como si él estuviera participando en la conversación.
Levanta la vista y se da cuenta horrorizado de que todo el mundo lo está mirando: la madre, el bebé, Louisa, el revisor, que ha aparecido para revisar los billetes y siente una manifiesta simpatía por los humanos de todos los tamaños.
—¿Perdón?—farfulla Ted.
Los ojos de la madre brillan de tal modo que apenas se le ven las ojeras. Hace un gesto con la cabeza en dirección al revisor, luego a Ted.
—Me ha preguntado si viajar con un bebé es difícil, y le he contestado que mi madre me decía que todos los padres sienten lo mismo: los días pasan lentamente, pero los años vuelan. ¿No cree?
Ted la mira embobado como si no comprendiera qué está insinuando.
—¿Me pregunta a mí?
La madre lo mira sorprendido. Luego mira a Louisa.
—Ay, perdone, he pensado que... usted era... ¿No sois padre e hija?
Si había alguien dormido en el tren en ese momento, aunque estuviera a siete vagones, se despertó sin duda con las carcajadas de la joven. Le salen de un modo tan abrupto que el bebé se echa a reír también al oírlas.
—No, no, somos amigos, nada más—aclara Louisa.
—Ah—dice la mujer, más incómoda ahora, con cara de quien intenta descifrar la diferencia de edad.
—A ver, no amigos amigos—aclara al instante Louisa—. Solo amigos normales y corrientes. A Ted ni siquiera le gustan las chicas, le gustan los revisores.
—Louisa—chista Ted tratando de hacerla callar; en vano, claro, ya que la distancia de frenada de su lengua es más larga que la del tren.
—E incluso si parece sospechoso, debería saber que no me ha secuestrado. ¿O sí?—prosigue guiñando el ojo alegremente al revisor y la joven madre.
—¡LOUISA!—exclama Ted, que rápidamente añade, desesperado—: ¡Está bromeando! De verdad. Diles que bromeas, Louisa.
Louisa se gira hacia él con un repentino ataque de bromitis que a él no le hace ninguna gracia.
—¿Bromeo? ¿Qué eres? ¿Un experto en humor, así de repente? ¡Cuéntanos un chiste, va!
—Yo... Eh, para...
Inesperadamente, el revisor intercede para rescatarlo.
—¡Yo me sé un chiste! Me lo contó ayer mi sobrino. ¿Queréis oírlo? Vale: no deberíais enfadaros con los vagos, ¡no han hecho nada!
Louisa ríe, la madre ríe, el bebé ríe. Ted sonríe.
—O sea... Los vagos... no hacen...—explica Louisa inmediatamente, muy considerada.
—Lo he pillado—dice Ted.
—No lo parece.
—;¡Lo he pillado!—insiste.
—Cuéntanos un chiste, entonces.
Ted se siente tan abrumado por las miradas de todos, sobre todo la del bebé, que hace lo que le piden. Carraspea y piensa un momento antes de hablar.
—Vale, vale. La policía para un coche en un control rutinario.
Dentro del vehículo hay un hombre y cuatro pingúinos.
El policía pregunta: «¿Por qué narices lleva pingitinos en el coche?
». Y el hombre responde: «No les gusta quedarse solos en casa».
El poli dice: «Pero no puede hacerles esto a los pingiiinos, como comprenderá.
Debe llevarlos a un zoo». El hombre lo mira sorprendido, pero promete hacerlo.
Al día siguiente, el policía está en el mismo lugar cuando el hombre vuelve a pasar con su coche.
Lo para y ve que los pingilinos siguen allí, aunque ahora llevan gafas de sol.
El policía, irritado, dice: «¿No le dije que llevara los pingilinos al zoo?
». El hombre asiente muy contento y responde: «Eso hice, y hoy me los llevo a la playa».
Ted se queda callado y vuelve a carraspear. Louisa, la madre y el bebé no se ríen. Sin embargo, el revisor se ríe tanto que se le cae la maquinita que usa para comprobar los billetes.
—¿En serio?—dice Louisa, lanzándole una mirada acusatoria.
—¡Es muy gracioso!—exclama el revisor.
La joven se vuelve hacia Ted y lo ve reírse de su propio chiste.
—Dios, sí que hacéis buena pareja vosotros dos—dice, aunque no es en absoluto un cumplido.
Ted se ruboriza y el revisor baja la mirada.
—¿Nuevos pasajeros?—musita en dirección al final del vagón y prosigue su camino.
La madre se inclina dubitativa hacia el otro lado del pasillo.
—Perdona, un poco atrevido por mi parte, pero ¿puedo pedirte un gran favor? ¿Te importaría tomarla en brazos mientras voy al baño?
La cara de Louisa pierde todo su color en un instante.
—¿Yo?
—Sí—dice la madre ofreciéndole al bebé.
—¿Me dejas cogerla?
—Si no es mucha molestia.
—No, no... No es molestia—intenta decir, pero se le quiebra la voz, que ahora es igual de fina que una pompa de jabón.
Se sienta con el bebé en los brazos, casi sin atreverse a respirar, como sucede cuando alguien te ha dicho lo más bonito que una persona puede decirle a otra: «Confío en ti.
Confío tanto en ti que te confío el principio de la vida».
Louisa mira a Ted con tal cara de orgullo que incluso él tiene que admitir que «para ser un bebé, es linda».
—¿Puedes contarme ahora el resto de la historia con el bedel? Pero ¡date prisa!—urge Louisa, con la frente junto a la sonrisa del bebé.
—¿A qué vienen las prisas?
—Porque suena a que es una historia que no va a terminar bien para todos y es más fácil lidiar con un final triste si tienes un bebé en brazos.