Mis amigos Chapter 25 #2
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Chapter 25 #2

Para el artista, dibujar era la libertad, así que Lechuza lo convirtió en una cárcel.

Se le ocurrieron mil reglas y diez mil maneras de fracasar.

Así de rápido reconquistó el hombre su autoridad.

El artista no debía ser creativo, sino obediente, desempeñar tareas precisas y demostrar resultados exactos.

Obviamente, no podía hacerlo. Si le decías que dibujara una casa, él dibujaba lo que sentía la casa.

Lechuza era inteligente, no hace falta serlo para ser cruel, pero ayuda.

Así que, en una clase, cuando el artista ya había ejecutado mal una tarea, el profesor le hizo ponerse de pie delante de todos.

Lechuza lo ocultó muy bien, se inclinó sobre el dibujo del muchacho y fingió estar impresionado, y eso despertó la curiosidad de los demás alumnos.

Pidieron que mostrara lo que había hecho el artista coreando su nombre y Lechuza le arrebató el dibujo con una sonrisa malévola y lo levantó fingiendo admiración.

La clase se quedó en completo silencio. Entonces alguien dijo riendo: «Parece que lo ha hecho un crío de tres años... ».

Todos se echaron a reír excepto Joar, que empezó a pegarles a los dos chicos que soltaban las carcajadas más sonoras. El artista se puso tan colorado que alguien gritó: «¡Trae el extintor!» y todos volvieron a reír. Así de fácil demostró el profesor que Joar se equivocaba: el chico es mediocre.

Es tan fácil destrozar un corazón. El artista no tardó en convertirse en la sombra de una persona.

Lechuza pudo haberlo dejado ahí y retirarse cuando ya había ganado, pero la sensación de poder debió de ser muy placentera.

Las clases no hicieron más que empeorar.

Las críticas del profesor se volvieron un tormento, prohibieron al artista cubrirse la cabeza con la capucha, no le dejaban utilizar sus propios lápices.

Lechuza se defendía diciendo que las normas eran las mismas para todos, que el chico no debía creerse especial.

Como si el artista se lo hubiera creído alguna vez.

Un día, Lechuza pidió a la clase que pintara una caja.

No era una tarea complicada, les dieron reglas, pero cuando la clase terminó, el papel del artista seguía en blanco y él se sentía tan mareado que casi tenía angustia.

De haber sido más avispado, el profesor se habría dado cuenta, porque el cabrón seguro que había amado algo, aunque fuera una sola vez en toda su vida.

Debería haber visto en los ojos del chico que no podía dibujar una caja sin sentir primero que él estaba dentro de ella.

Debería haberle pedido que dibujara el mundo de fuera de la caja, todo lo que había sentido la vez que lo sacaron del arcón de almacenaje en preescolar: la luz del sol y el oxígeno.

Debería haberle pedido que dibujara la risa de Joar y el sentimiento de tener un mejor amigo por primera vez.

En lugar de eso, Lechuza escogió ser cruel.

Se burló. No requiere mucha fuerza destrozar la seguridad de una persona en sí misma si sabes dónde pisar.

El artista hizo lo que hacía siempre, se subió la capucha, se levantó y salió pitando hacia la puerta.

Pero Lechuza se interpuso, cogió al chico del brazo y rugió: «¡NO TE VAS A NINGÚN SITIO! ».

El artista se liberó con un ímpetu tan sorprendente que el profesor perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza contra un pupitre.

Se podía interpretar como agresión fácilmente, ya que nadie vio que el chico estaba llorando.

Para el profesor hubiera sido muy fácil decirle después al director que lo habían atacado, asegurar que el artista formaba parte de «un grupo de hooligans como una manada de animales salvajes», sobre todo teniendo en cuenta que Joar había cogido una silla y golpeado con ella a media clase cuando salía detrás de su amigo.

Pero el profesor no le dijo nunca al director que Joar también tenía lágrimas en los ojos ni lo que le había dicho al salir: «¿Te crees que necesita tu puta ayuda?

¿Crees que le hace falta ayuda para odiarse? No eres una lechuza, eres un cerdo».

Otros dos profesores acudieron corriendo, Joar tuvo que pelear con uñas y dientes para salir, pero cuando llegó al patio el artista ya se había ido, como agua que se escurre por unas grietas en el suelo.

Estaba perdido, eso Joar lo sabía. Llevaba la mochila llena de pastillas y la cabeza llena de demonios, casi ningún niño sobrevive a eso.

El lugar más peligroso del planeta está en nuestro interior.

En cuanto al artista, solo recordaría que echó a correr.

Ni siquiera se daba cuenta de hacia dónde hasta que chocó con algo y cayó al suelo.

Ted había rezado por que los demonios tuvieran misericordia y se habían reído de él, pero quizá el Cielo había escuchado sus plegarias. Porque ese día le salieron las alas.

Joar, Ali y Ted se pasaron toda la tarde buscando a su amigo.

De pura casualidad lo vieron en el momento en que el bedel y él iban al almacén a por más pintura.

Los amigos apenas pudieron reconocer la cara del artista en ese momento, en ella se empezaba a dibujar una sonrisa.

Cuando él los llevó tímidamente detrás del gimnasio para enseñarles lo que había pintado en la pared, los tres se quedaron tan sobrecogidos que tuvieron que sentarse en el césped.

—Ahora lo sabes—dijo feliz Joar.

—¿El qué sé?—preguntó el artista.

Joar se acercó tanto a la pared que se manchó las pestañas de pintura.

—Ahora sabes que no quieres morir.