Mis amigos Chapter 25
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Chapter 25

VEINTICINCO

Nadie es capaz de explicar por qué algunos chicos de catorce años desean morir.

La naturaleza no obtiene nada de los niños infelices y, sin embargo, pululan por todos los rincones sin palabras que describan su ansiedad.

¿Cómo le puedes explicar ese sentimiento a alguien que se ha sentido feliz y seguro toda su vida?

¿Le dirías que es como un monstruo que duerme agazapado en los pulmones, de manera que parece que te ahogas con cada respiración?

¿Que es una voz que grita en tu cabeza que eres un error descomunal?

«¡Olvídalo! ¡Nadie lo va a entender!», susurra la voz de nuestra cabeza. Y nos repite las mismas mentiras que todos los niños frágiles tienen que oír: «Hay algo que no va bien dentro de ti. Nadie siente lo que sientes tú. Las personas no pueden volar».

Ali, Joar y Ted también eran frágiles, pero el artista era como un barquito de papel que va derecho a unas cataratas.

A veces Joar se metía con él y le decía que solo tenía una expresión facial: la de encontrar un pelo en un pastel de crema.

Era un chiste desesperado por parte de Joar, que en realidad quería decirle: «No nos estás dando el suficiente oxígeno, nos estamos ahogando sin tu risa».

El artista intentaba de verdad ser feliz, pero había estado asustado toda su infancia.

—Lo ha heredado de su madre—decía a veces su padre cuando estaba borracho en la cocina, con sus compañeros del puerto, y pensaba que su hijo dormía.

Sus padres se divorciaron cuando él era pequeño, no llegó a saber si la depresión de su madre había empezado antes o después, si era causa o efecto.

A veces era casi como las demás madres, pero otras veces se pasaba la noche limpiando como una maniaca, susurrando a cosas que no existían.

El chico amaba a su madre, pero la había conocido siempre como si fuera la sombra de una persona.

El mundo está lleno de personas así, a las que les late el corazón y que tienen los ojos abiertos, pero que viven como si estuvieran encerradas en burbujas de cristal.

El chico nunca consideró que su madre fuera emocionalmente fría, sino, sencillamente, hermética, inalcanzable.

En el hogar de su infancia, había comida en la mesa y un techo sobre su cabeza, pero nada de contacto visual y muy pocas palabras.

Nada de «buenas noches, pequeño mío» ni «buenos días, cariño», nada de «pero ¡qué listo eres!

» ni «¡qué bien dibujas!». Lo único que ella le imploraba desesperada cuando a él le pegaban o se metían con él en la escuela era: «Intenta ser como los demás niños.

Trata de hacer lo que hacen los demás». Puede que así hubiera sobrevivido ella, sin sobresalir nunca de la multitud, yendo a trabajar y volviendo a casa, viendo la tele y metiéndose en la cama.

A veces se le olvidaban las cosas, a veces se perdía volviendo del supermercado, a veces hablaba a personas que nadie más veía.

Tenía demonios en la cabeza, eso aprenden a reconocerlo los niños a una edad muy temprana.

Un doctor le recetó una medicación fuerte y ella se tomaba las pastillas con alcohol, se pasaba casi todo el día durmiendo.

Pero si se despertaba cuando el artista entraba a hurtadillas tras una de las veladas en casa de Ted, a veces le preguntaba: «¿Te lo has pasado bien?

», porque había oído a otras madres preguntar eso.

El artista siempre contestaba que sí, y ella murmuraba: «Tú solo intenta ser como los demás.

Intenta ser normal». Luego se volvía a quedar dormida y su hijo la arropaba.

A veces desayunaban juntos, a menudo agua y alguna tostada sin mantequilla, porque su madre siempre tenía náuseas.

Como su hijo, respondía cuando le hablaban, pero, como ninguno de los dos empezaba las conversaciones, rara vez las mantenían.

Así fue pasando su infancia. Luego se fue a vivir con su padre.

En esa casa tampoco se hablaba mucho, salvo cuando se juntaban a beber los compañeros del trabajo, entonces el artista podía sentarse al otro lado de la pared de la cocina y oír la verdad.

«El chico no es normal—decía el padre cuando el alcohol ya le había puesto los ojos como canicas—.

Fue un accidente. Ella no quería ser madre».

Eso es lo más amable que recuerda oírle decir de él, porque al menos nunca decía que él no quisiera ser padre.

A la mañana siguiente el artista recogía las botellas de la cocina, primero en casa de su padre, luego en casa de su madre.

No le habría permitido a nadie decir que eran malos padres, comprendía que era prácticamente imposible ser bueno en eso; los niños son tan frágiles que, si tú también eres un poco delicado, la cosa está sentenciada desde el principio.

Uno de los dos como mínimo acabará deshecho.

Los demás niños le pegaban en la escuela cuando veían sus dibujos de hombres desnudos con alas.

Le decían cosas terribles, porque la crueldad de los niños es ilimitada en lo que a inventiva se refiere.

El chico deseaba a menudo ser lo que sus padres querían, un niño normal, como los demás, pero ¿cómo?

Él no era como nadie. Sus padres no lo veían inclinado sobre su cuaderno, dibujando a toda velocidad con el lápiz en el papel.

¡Qué gran tesoro se perdieron! Ellos no entendieron jamás lo especial que es ser anormal.

Con cada año que pasaba, el instituto se volvía más terrible.

Ahora tenía un tic en el hombro que se manifestaba cuando se ponía nervioso, de manera que empezó a llevar los suéteres más grandes que encontraba y siempre se cubría la cabeza con la capucha.

Dejó de comer, como si pudiera volverse invisible si adelgazaba lo suficiente.

Nunca supo lo evidente que era para sus amigos que se estaba haciendo añicos y cuánto les atormentaba no poder detenerlo.

De noche, cuando estaban solos en su habitación, Ali se desesperaba, Joar se enfurecía y Ted se arrodillaba junto a la cama y rezaba.

Otros niños se dirigen a Dios, pero Ted rezaba a los demonios, porque a lo mejor es Dios quien decide quién muere, pero son los demonios de las cabezas de los niños los que deciden quiénes tienen fuerzas para vivir.

Así que Ted rezaba en voz alta a la oscuridad y pedía misericordia a los demonios para que liberaran a su amigo.

Los demonios no escuchaban. Se reían.

El artista pasaba miedo en todas las clases porque, en cualquier momento, algún profesor podía obligarlo a hablar, pero era en las clases de arte en las que estaba más asustado.

Los adultos no comprenden que, para un niño que usa el dibujo para escapar de la realidad, tener que hacerlo cuando te lo ordenan es insoportable.

En octavo llegó un profesor nuevo, un hombrecillo odioso que siseaba que «¡el arte no consiste en dibujar!

». A partir de ese momento, la teoría y la práctica eran igual de importantes y se esperaba que todos los alumnos «entregaran un informe escrito» después de cada ejercicio.

Al terminar la primera clase, el profesor lanzó una mirada fulminante al trabajo del artista y masculló que el chico «no escucha las instrucciones».

El artista no se atrevió a responder ni a mirar al profesor a los ojos.

Algunos hombres consideran esa actitud una declaración de guerra.

Tenían que dibujar una flor, pero el artista no podía explicar por qué no podía hacerlo sin dibujar primero todo lo que la rodeaba y por lo tanto no había tenido tiempo de dibujar la flor aún.

El profesor se tomó su silencio como una provocación.

Joar estaba sentado a su lado e intentó proteger a su amigo del único modo que sabía: llamando la atención.

—¿Puedes TÚ dibujar una mierda de flor, lechuza?—le gritó al profesor.

Sucedió tan rápido que debió de ser fruto de la genialidad.

Joar podía identificar en menos de un segundo qué avergonzaba más a una persona de su aspecto y lanzaba el dardo acompañándolo de un comentario afilado.

Tal vez fueran los grandes ojos del profesor, la forma de su cabeza, o que tenía los labios o la nariz pequeños, nadie lo había pensado antes, pero solo hizo falta oír la palabra «lechuza» una vez para que todo el mundo lo viera.

El profesor dudó un momento, eso es todo lo que necesitaba Joar, como sangre en el mar.

—¡Venga, lechuza! Dibuja una flor para que veamos quién la hace mejor—gritó.

Diez segundos después, la clase entera gritaba: «¡DIBUJA! ¡DIBUJA! ¡DIBUJA!», y a Lechuza le cambiaba la cara de color, primero por la humillación, pero después por la rabia.

—No, no, te has pintado la cara de rojo como si fuera un tulipán, lechucita, pero se supone que tienes que pintar en el papel—añadió Joar sonriendo.

La clase entera se echó a reír a carcajadas y Lechuza perdió cualquier oportunidad de volver a hacerse con el control. Obviamente Joar sabía que el hombre al frente de la clase se vengaría, los profesores siempre lo hacen. El problema era que Joar no sabía a quién iría dirigida su venganza.

El acoso escolar sucede tan rápidamente que asusta.

Enseguida el instituto entero llamaba «lechuza» al profesor y empezó a ser tan común oír ulular en los pasillos cada vez que él pasaba, siempre seguido de estallidos de risa, que ya nadie recordaba quién había inventado el mote.

El profesor, en cambio, no lo olvidó. Entre alumnos más mayores se volvió un juego dejarle ratones muertos en el escritorio; puede parecer inofensivo, pero, si se prolonga durante el tiempo suficiente, puede acabar haciendo mella en un hombre.

Quizá Joar fuera difícil de herir, pero el artista era fácil y acabaría siendo el blanco de su venganza.