Chapter 24
VEINTICUATRO
Se llamaba Christian. Tenía veinte años, un corazón tierno y una sonrisa amplia.
La única razón por la que había conseguido el empleo era que su madre conocía al director, y este solo había accedido a dárselo con la condición de que Christian prometiera llevar camisetas de manga larga que ocultaran todos sus tatuajes.
El primer día de trabajo, Christian tuvo que pintar de blanco la pared de detrás del gimnasio, una tarea imposible, por desgracia, debido a que el chico odiaba las paredes blancas.
El caso es que doblaba la esquina con los brazos llenos de pintura de colores cuando un alocado joven de catorce años que venía corriendo en dirección contraria se precipitó contra su pecho.
Chocaron como solo pasa en los dibujos, los botes de pintura quedaron suspendidos una eternidad en el aire hasta que el chico de catorce años se levantó del suelo con tanta pintura en la cara que ya no se le veían las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Al ponerse de pie, al bedel se le subieron las mangas dejando al descubierto los tatuajes de las calaveras.
El chico no había visto nada tan precioso en su vida. Se echaron a reír y fue como estar en la proa de un barco viendo la silueta de tu patria en el horizonte.
—Lo siento, vas lleno de pintura—dijo el bedel al ver las manchas de la camisa del chico.
—No te preocupes, ya estaba sucia—dijo tímidamente el joven mientras recogía del suelo su mochila, de la que cayó accidentalmente el cuaderno de dibujo.
El bedel sonrió, como una persona que saluda a través de la niebla.
—Ah, ¿dibujas?
El chico asintió aterrorizado.
—Acompáñame—añadió.
El chico dobló la esquina de detrás del gimnasio detrás del bedel, apretujándose entre la pared y una valla, hasta llegar a un lugar tan oculto que ni siquiera los fumadores del instituto habían dado con él.
El bedel hablaba tan rápido que los ojos se movían en todas direcciones y la mandíbula seguía moviéndose cuando terminaba de decir lo que estuviera diciendo, como si fuera un actor doblado.
—Mi madre me ha conseguido este trabajo. Le prometí que me comportaría, pero el director me ha pedido que pinte esta pared de blanco. ¿Qué clase de monstruo hace eso? ¿Hay algo peor que las paredes blancas?
—¡No!—respondió inmediatamente el chico.
Sonrió tímidamente, sobrecogido por el olor a pintura y el aliento de un desconocido, y se apoyó en la pared como si pudiera atravesarla y caer.
¿Blanca? La pared era de todo menos blanca.
El bedel había pintado ángeles, pájaros, mariposas y dragones.
Entonces le contó al chico que un día sería un artista de fama mundial y lo que su madre le había dicho de las alas, que todos los niños nacen con ellas.
—Si te sientes raro, que no encajas en ningún sitio, es porque aún tienes las alas. Te rozan por debajo de la piel.—El bedel sonrió. Dio unas palmaditas a uno de los dragones de la pared y añadió—: Voy a pintar encima, el director se va a poner hecho una furia si no...
—¡NO!—gritó el chico—. No lo hagas. Nunca he visto a nadie pintar así.
—¡Bah! Seguro que tú pintas mejor—dijo sonriendo el bedel.
—Soy malísimo—murmuró el chico, con cara de estar a punto de salir corriendo.
El bedel le dio un pincel, sin llegar a tocarlo.
—¿Sabes lo que dice mi madre siempre? Puedes ser lo que quieras en la vida, ¡cualquier cosa menos crítico! Ni de otras personas ni de ti mismo. Es muy fácil ser crítico, cualquier cobarde puede. Pero el arte no necesita críticos, bastantes enemigos tiene ya. El arte necesita amigos.
El chico no respondió, pero pintó un dragón.
—NO he visto... nunca nada igual—dijo asombrado el bedel al verlo.
El chico lo malinterpretó, claro.
—Lo siento, es infantil—susurró, y trató de pintar encima.
—¡No, no! ¡Ni te atrevas! ¡Eres fabuloso!
—No hace falta que mientas—el chico lo dijo tan molesto que el bedel se echó a reír.
—Picasso decía que había tardado cuatro años en pintar como Rafael, pero toda una vida en pintar como un niño.
—No sé quiénes son esos.
El bedel sonrió y dijo que no importaba.
Sacó unos espráis y señaló una zona blanca de la pared.
El chico la llenó de hombres desnudos con alas.
El bedel los observó y pensó en su madre, porque cuando veía una pintura preciosa solía decir que le había dado un vuelco el corazón y le había descolocado la blusa.
El arte genial es un pequeño descanso de la desesperación humana, le explicaba ella a su hijo, que tardó veinte años en comprender a qué se refería.
—Uno de los pintores favoritos de mi madre era un hombre llamado Ragnar Sandberg—anunció amablemente sin apartar la mirada de la pared—. Él dijo en una ocasión que el arte debería ser carente de propósito e irresistible. Tienes que pintar igual que cantan los pájaros.
Esa sensación le transmitía aquella pared, trató de decirle Christian. Luego el chico le pidió que volviera a pintar calaveras y, mientras lo hacía, el bedel citó a Georgia O'Keefe: «No se me pasa nunca por la cabeza que las calaveras tengan algo que ver con la muerte».
Se echó a reír y dijo que su madre se había enfadado mucho cuando se hizo los primeros tatuajes. Él le sugirió que se hiciera alguno ella también, a lo que le respondió enfadada, citando a Marina Abramovic: «Yo no tengo tatuajes, tengo cicatrices».
Se rascó los brazos.
—Es dura, mi madre, pero vaya si ama las cosas, joder. Las ama con todo el cuerpo. Solía llevarme a rastras a las galerías de arte cuando era pequeño. Lo odiaba, odiaba tener que hacer cola, no poder correr y jugar. Pero ahora mis mejores recuerdos son de esos sitios.
—¿Fue tu madre la que te enseñó a pintar así?—preguntó el chico con una envidia que solo puedes entender si has crecido en una casa llena de paredes blancas.
—No. Nadie puede enseñar a otra persona a pintar, lo único que aprendemos son reglas y limitaciones, lo que se supone que no debemos hacer. Fui a la escuela de arte, pero tuve suerte, me echaron antes de que pudieran enseñarme nada.
—¿Por qué te echaron?
—No les gustaba lo que tomaba para pintar.
—¿Y qué tomabas?
—Drogas.
Las sonrisas de ambos se vuelven más frágiles.
El bedel se arrepiente al instante de haber sido tan honesto y el chico, de no saber qué responder.
Seguía con la mochila puesta, así que cada vez que se movía las pastillas que había robado del armario del lavabo del padre de Ted hacían un ruido parecido al de unas piedras que caen por un acantilado.
Puede que el bedel las oyera, puede que simplemente viera algo en los ojos del chico o las marcas rojas de los antebrazos.
—No te hagas daño a ti mismo—susurró de pronto.
Fue un comentario tan bonito que, dentro de aquel chico que algún día alcanzaría la fama mundial, casi no cabían todas esas palabras, por lo que se vio obligado a crecer unos cuantos centímetros más.
Siguieron pintando en silencio, enamorándose del talento del otro como si cayeran por un agujero en la realidad.
Ambos sentían dolor, pero en ese momento la Tierra no los tenía prisioneros.
Para el bedel fue una bendición, para el chico que se haría famoso en todo el mundo fue un milagro.
Porque durante aquella primavera el chico había deseado morir.