Chapter 23
VEINTITRÉS
Ahora que el tren vuelve a estar en marcha, Ted envidia a todas las personas que viven en los hogares que deja atrás, porque ellas ya están en casa.
Le molesta un poco la gente que dice que el mundo pasa veloz por delante de la ventanilla de un tren, porque es el tren el que avanza raudo mientras el mundo permanece inmóvil.
A Ted le molestan bastantes cosas, y eso siempre divertía al artista, que solía burlarse acusándolo de «odiar las aventuras», pero eso no es en absoluto cierto.
A Ted le encantan las aventuras, simplemente no quiere participar en ellas.
Él quiere ser uno de los que viven en las casas y leen las aventuras en un libro, como una persona normal.
Él quiere oír la respiración del artista mientras duerme en la otra punta de la habitación. Quiere estar en su hogar.
Se queda dormido durante un par de minutos, nada más.
—¿Quieres una?—dice Louisa cuando despierta, aunque quizá haya sido su voz la que lo ha despertado.
Ted abre los ojos y arrastra a regañadientes al cerebro de vuelta a la realidad.
Fuera es de noche, ya no se ven las casas, solo hay árboles.
Louisa aterriza en el asiento junto a él como si la ley de la gravedad la acabara de descubrir, con dos latas de Coca-Cola en la mano.
De pronto a Ted se le pasa por la cabeza que debe de haber estado en silencio mucho rato para que él haya podido quedarse dormido, lo cual es todo un cumplido hacia él, porque ella habla como una cotorra cuando está nerviosa. O sea que él ya no la pone nerviosa.
—¿Cómo... las has pagado?—pregunta Ted mirando las latas. No encuentra otra manera más diplomática de decirlo.
—¿Estás preguntando si las he robado?—responde Louisa, ofendida.
—No—miente.
—¡No soy una ladrona!—sisea.
—Vale—concede, un poco avergonzado.
—He cogido el dinero de tu bolsa cuando has ido al lavabo antes—prosigue, como si esperara una disculpa de Ted.
—O sea... que me has robado a mí.
—Entre amigos no es robar—exclama ella, como si la sugerencia le resultara de lo más chocante.
Ted no está muy seguro de cómo responder a eso, dado que también es un cumplido. Louisa le ofrece una de las latas, porque los amigos de verdad te ofrecen la mitad de lo que han comprado con tu dinero, pero Ted la rechaza. Bastante orina ya sin necesidad de beber.
—¿Estamos cerca?
—No. Estamos muy lejos.
—Cuéntame más, entonces.
—¿Más sobre qué?
—Sobre el bedel y las calaveras. Y el cuadro. Sobre... todo.
Ted cierra ligeramente los ojos y los vuelve a abrir. Piensa en su amigo y suspira.
—Era igual que tú. Él tampoco creía que supiera pintar.
Entonces le cuenta la historia completa del bedel y las calaveras, igual que se la contó en su día el artista a él.
No es una historia honesta del todo porque empieza con una mentira: que las personas no pueden volar.
A la mayoría nos toman el pelo, pero el artista tuvo suerte, porque aquella primavera, a los catorce años, conoció al bedel, a quien su mamá le había revelado la verdad cuando era pequeño: «Todos los niños nacen con alas.
Es solo que el mundo está lleno de personas que intentan arrancárselas.
Por desgracia, tarde o temprano lo consiguen con casi todos.
Solo unos pocos niños escapan. Pero esos niños, ¡se elevan hasta llegar al cielo! ».
El bedel había crecido sintiéndose perdido y diferente; lo habían rechazado en la escuela, nunca era normal como los demás niños.
Pero su madre siempre se lo recordaba: «Te sientes extraño porque sigues teniendo las alas, que te rozan por debajo de la piel.
Crees que estás solo, pero hay otros como tú, personas que se plantan delante de una pared blanca o un papel en blanco y solo ven cosas mágicas.
Un día, uno de ellos te reconocerá y te dirá: “¡Eres uno de los nuestros!”.
Y ya no te volverás a sentir solo. Te darás cuenta de que siempre has podido hablar una lengua secreta que no tiene límites, porque no tienes nacionalidad. El arte es tu patria».
Su madre siempre creyó que su hijo acabaría siendo artista, pero se equivocaba, lo que hizo fue cambiar el mundo. Porque un día se hizo bedel y le repitió sus palabras a un chico de catorce años que acabaría siendo C. Jat, y nada dentro de ese chico volvería a ser igual.
—Pero no empezó así, en realidad—dice de pronto Ted, corrigiendo su propio relato—. ¡En realidad todo empezó con un perro! Bueno, no, empezó con un pie roto. Espera, no, eso tampoco es verdad. El pie no estaba roto, es decir...
Inspira profundamente y se recompone ordenando los recuerdos como si los hubiera tenido colocados en el marco de una ventana por donde pasa la corriente.
—Empezó un día de la primavera en que teníamos catorce años.
Ali había encontrado una botella de friegasuelos en el armario de su padre en el vestíbulo, porque a un progenitor al que le gusta divertirse también le gustan las fiestas, y si las celebrabas muy a menudo, te toca fregar el suelo después de que alguien se haya divertido de más.
Ali apareció en el instituto con el jabón en la mochila, Joar cortó un agujero en una valla, usó el alambre para hacer un aro y se pasó la tarde haciendo pompas con Ali y los demás en un rincón vacío de las escaleras del instituto.
Resbalaban, se reían y se perseguían unos a otros por el pasillo, hasta que Ali patinó y chocó con un grupo de chicos y chicas mayores.
—¿Se puede saber qué haces, idiota?—le recriminaron irritados.
Apartaron a Ali como si fuera un montón de hojas. Cuando pasaron al lado de Joar, Ted y el artista, una de las chicas miró asqueada la ropa manchada de los tres amigos.
—Apestan a indigente—siseó a sus amigos cuando doblaban la esquina.
Joar se tomó fatal el comentario porque iba cubierto de jabón, por el amor de Dios, ¡nunca había llevado la ropa tan limpia!
—¿Has visto el pelo de esa chica? Lo llevaba perfecto. ¿Cómo consigue tener esa pinta? ¿Duerme de pie o qué? ¿Se cuelan unos duendecillos por su ventana cada mañana para coserle las prendas al cuerpo?—comentó Ali.
—Los duendes no vuelan, idiota—respondió Joar muy seguro de sí mismo.
Entonces Ali y él empezaron a discutir sobre si los duendes tenían alas.
Ali estaba convencida de que sí. Joar estaba seguro de que vivían en el bosque y tenían arcos y flechas.
Ali murmuró algo que probablemente incluía las palabras «burro tontolaba» y acabaron pelándose.
Como siempre. Los interrumpió un alarido, pero no era de ninguno de los dos, sino que venía de las escaleras.
La chica del pelo perfecto había resbalado y se había caído porque algún idiota había derramado jabón en los escalones.
Y así comenzó. Coincidencia.
Al día siguiente, la chica del pelo perfecto fue al instituto con muletas.
«Tengo el pie roto», les dijo muy seriamente a los profesores, porque se había dado cuenta enseguida de que le serviría de excusa para librarse de la clase de Educación Física.
Porque a la chica con el pelo perfecto no le gustaba esa clase ya que la obligaba a compartir vestuario con chicas que no eran perfectas y eso era contagioso.
De manera que la chica tuvo el pie roto durante dos días enteros, hasta que, lamentablemente, sufrió una pérdida repentina de memoria a causa de un perro muy mono que pasó por delante de la ventana de la cafetería.
La chica con el pelo perfecto salió corriendo a acariciarlo, pero se olvidó de coger las muletas.
En su defensa hay que decir que el perro era rematadamente mono.
Hasta Ted, cuya opinión sobre los perros era equivalente a la que tenía la chica sobre la clase de Educación Física, tuvo que reconocerlo.
Parecía un osito de peluche hecho de carne; que quizá no suene mono, pero lo era.
En cualquier caso, estamos en un instituto y si algo sabemos sobre los institutos es que unas muletas desatendidas en una habitación acaban, tarde o temprano, en un tejado, de lo cual se encargaron algunos de los compañeros de la chica con el pelo perfecto y el pie no tan roto.
Esa es la razón por la que un señor muy mayor que trabajaba de bedel del instituto tuvo que subirse a recuperar las muletas.
Era primavera, pero nadie se lo había dicho al invierno, así que las temperaturas seguían bajo cero por la noche y aún había hielo en el tejado.
El anciano bedel acabó en el hospital tras caer y romperse el pie de verdad.
Y de esta manera un joven que cambiaría el mundo consiguió un empleo de bedel sustituto.