Chapter 22 #2
Siguen caminando en silencio. Al final, la curiosidad de Ted le gana al malhumor.
—¿Cómo te rompiste el brazo?
—Un tipo de la casa de acogida me tiró por la ventana.
Lo dice como si alguien le hubiera lanzado un lápiz.
—¿Cómo? ¿Qué pasó?—exclama pasmado Ted.
—Me tuve que mudar. Decían que debería haber pagado la ventana.
—¿La ventana por la que te tiraron? Eso es lo más ridículo que he...—protesta. Pero entonces ve que Louisa sonríe ligeramente.
—No, la otra. La ventana por la que lancé yo al tipo después.
Se le ha subido la manga y él ve la telaraña de cicatrices.
—Lo siento.
—No lo sientas. No me hizo tanto daño.
—NO, me refiero a que siento que hables de ello como si fuera normal. Siento que no tuvieras una infancia mejor. No es culpa tuya.
Ella se muerde los mofletes y se concentra en darle patadas a una piedrecita que tiene delante.
—¿Vas a volver a trabajar de profe cuando estés en casa?
La pregunta golpea a Ted como si se la hubiera lanzado con catapulta.
—No creo—responde con una vocecilla que, de pronto, se ha vuelto más frágil.
—Lástima.
—¿Por qué?
—Seguramente se te daba bien.
—¿En qué te basas?—masculla con un tono más desagradable del que pretendía.
—No era a ti a quien quería apuñalar el alumno ese. Te hirieron cuando tratabas de proteger a otra persona. Todos los profesores que conozco habrían salido corriendo.
Ted se agarra con fuerza las manos que lleva tras la espalda para que la joven no perciba que le tiemblan.
—¿Es que no es el deber de un profesor proteger a sus alumnos?—murmura, no porque lo crea, sino porque se lo oyó decir a un colega en una ocasión.
—Sí que lo es—responde ella calmadamente.
Hay gente sentada en todos los bancos junto a los que caminan, de manera que, cuando por fin llegan a uno que está vacío, Ted se sienta instintivamente. Tras sacar un pañuelo del bolsillo y limpiarlo, claro. Louisa toma asiento a su lado, sin pañuelo.
—O sea que, en lugar de quedarte sentado en el tren, ¿prefieres salir a... sentarte?
—Has sido tú la que quería salir.
—Usted perdone por pensar que a lo mejor te iría bien tomar el aire. Mira, toma, un periódico gratis.
Ted coge el diario boquiabierto.
—¿De dónde lo has sacado?
—Estaba en el banco.
Ted suelta el periódico como si tuviera dientes.
—¿Has cogido uno que estaba tirado en el banco?
—Oye, que eres tú al que le gustan los periódicos.
—¡No los que están en un banco! ¡A saber quién lo habrá tocado!
—Dice el señor mayor que le estornuda a la gente.
Ted se sonroja.
—He estornudado al asiento, no encima de nadie. Yo...
—La gente se sienta en ese asiento.
Ted inhala por la nariz y trata de dar con un comentario inteligente, pero se detiene cuando repara en el cuaderno sobre el regazo de Louisa. Lo lleva encima a todos lados. Igual que el artista. En lugar de decir algo inteligente, Ted dice algo sincero:
—Siento... Siento haber mirado tu cuaderno antes, cuando estabas dibujando, no ha estado bien por mi parte.
—No te preocupes—musita ella rápidamente, pero su voz es más débil ahora y agarra con más fuerza el cuaderno.
—Ha sido poco inteligente—añade, a sabiendas de que debería de haber estado más agudo.
Cuando eran adolescentes, el artista no quería enseñarle a nadie nada que no estuviera terminado. El arte es desnudez, tienes que decidir libremente cuándo te sientes cómodo con la obra y con quién. Louisa sopesa las palabras con la lengua mucho más tiempo del habitual antes de responder.
—Es solo que hasta que le enseño el dibujo a alguien es solo mío, ¿comprendes?
No es demasiado tarde para arreglarlo. No soy buena dibujante, soy lenta, la gente a la que se le da bien es buena...
siempre. Incluso sus peores dibujos son geniales.
Si vieras mis peores dibujos te darías cuenta de que soy un fraude.
Pero... antes de acabar el dibujo sigue habiendo tiempo, no es demasiado tarde.
Es el único momento en que... me gusto a mí misma.
Ted levanta la mirada al cielo, le tiemblan ligeramente las comisuras de los labios y los hoyuelos de las mejillas se le hacen más profundos y se le vuelven a rellenar una y otra vez.
—No sé nada de arte—confiesa.
—Yo tampoco—susurra ella.
—Pero no creo que lo más importante para un artista sea saber dibujar, sino tener algo que decir.
Le habla más al cielo que a ella.
—¡Acabas de decir que no sabes nada de arte!—señala Louisa amargamente.
En ese momento Ted establece un nuevo récord de amabilidad con ella.
—Creo que tú eres como el dibujo, que no estás preparada aún. Pero un día harás algo importante. Un día pintarás la postal de otra persona.
Louisa se limpia rápidamente la cara con el dorso de la mano y, ante el gesto horrorizado de Ted, se agacha y recoge el periódico del suelo.
Lo hojea, a pesar de todos los esfuerzos del viento que sopla en el andén por impedírselo.
Está a punto de decirle a Ted que, si a los viejos les gustan los periódicos, deben de odiar leer con todas sus fuerzas, pero entonces vuelve la página y ve al artista, y se queda sin aire.
«Fallecido», reza el titular. «Sin parientes conocidos», dice más abajo.
Junto a la fotografía del artista hay otra de la entrada de su casa, en una preciosa calle bordeada de árboles en la zona más cara de una gran ciudad.
Hay velitas y cientos de rosas en la acera; las han dejado los admiradores de su obra.
Louisa nota que Ted está mirando por encima de su hombro, pero se ignoran el uno al otro y se limitan a permanecer sentados compartiendo su dolor.
«SE RUEGA A LOS PASAJEROS QUE VUELVAN AL TREN. LA SALIDA TENDRÁ LUGAR DENTRO DE TRES MINUTOS. PASAJEROS AL TREN», exclama de pronto una voz.
Es el revisor, echando a perder el momento, como consigue hacer siempre la realidad.
—Vamos—dice suavemente Ted. Se pone de pie con esfuerzo.
Louisa mira la foto de las rosas en la entrada de la casa del artista antes de envolver con cuidado su cuaderno con el periódico.
—¿Es ahí donde viviste con él al final?
—SÍ,
—Parece bonita.
—Lo era.
—¿Te gustaría haberte podido quedar?
—No.
—¿Por qué no?
Caminan despacio junto al tren; él con las manos a la espalda y ella envolviéndose el cuerpo con los brazos. Ted le explica entonces qué se siente cuando se está de duelo.
—No podría vivir allí sin él. Me pasaría las noches despierto esperando a que volviera a casa.
Tendría que tirar todos los huevos, porque solo se los comía él, pero a mí se me olvidaría no comprarlos.
Se me olvidaría que él no existe, continuamente.
Me enfadaría porque la luz del baño está apagada, porque me cabreaba mucho con él por dejársela encendida.
Guardaría todos sus zapatos, las camisas, y me enfadaría con la primavera y odiaría las flores que brotan porque se impondrían haciendo desaparecer cualquier olor que quedara de él.
Pondría siempre la mesa para dos en el balcón.
Me tendría que comer todas las palomitas.
Nunca he sido capaz de escoger una película.
Ocupa la entrada del tren una lenta fila de pasajeros frustrados; el hombre y la adolescente permanecen de pie en la plataforma y esperan hasta entrar los últimos, ansiosos por si tocan o les toca algún desconocido entre la muchedumbre.
—¿Puedo preguntarte algo?—inquiere Louisa, que lleva agarrada la fotografía del artista del periódico.
—¿Acaso ha podido impedírtelo alguien alguna vez?—responde Ted, medio resoplando y medio sonriendo.
Louisa piensa que tiene razón, que Ted habría sido un buen padre.
—¿Erais... pareja?—pregunta dubitativa.
—No.
—¿Porque estaba enamorado de otra persona?
Ted asiente suavemente, la pérdida se acumula en su barbilla, pero no hay amargura.
—Éramos lo más parecido a una pareja que existe, tal vez. Puede que sea difícil de entender.
Louisa niega lentamente con la cabeza.
—No es difícil, para nada. Os queríais tanto que os daba miedo haceros daño sin querer.
La joven se acaricia el antebrazo, donde saluda el hombre encaramado al árbol.
Ella también ha conocido esa clase de amor.
Una vez que los demás pasajeros han subido, Louisa y Ted siguen al revisor hasta el vagón y se apretujan en sus asientos.
Cuando el tren empieza a moverse lentamente por las vías, Ted acerca la frente a la ventana.
Al hablar se le llena la cara de surcos que se transforman en arrugas.
—No podría vivir allí solo. Me moriría de frío en ese apartamento sin su mirada sobre mí.
Louisa se cierra más la chaqueta y susurra:
—Eso es lo que se siente exactamente.
En ese momento él está contento de no haberla abandonado.