Chapter 22
VEINTIDÓS
Un estornudo interrumpe la historia de Ted. Es suyo. Como es natural, el pánico se apodera de él en cuanto siente los primeros picores en la nariz, como les suele suceder a los hombres que rozan la cuarentena y están en público, porque los hombres de esa edad no pueden estornudar solo una vez.
—¿Qué te está pasando?—pregunta Louisa horrorizada después de que haya estornudado seis veces seguidas.
—No lo sé—responde estornudando, antes de lanzar otro estornudo.
—Nunca he oído a nadie estornudar más de tres veces seguidas—dice Louisa, impresionada.
—De joven no solía hacerlo más de dos veces—declara Ted, colorado como un tomate.
—¿Es posible que te empezara a pasar cuando te apuñalaron? A lo mejor eres alérgico al níquel o algo.
Es imposible dilucidar si está siendo sarcástica. La gente joven es lo peor, sin duda. Ted vuelve a estornudar.
—¡Salud!—dice el revisor de los tatuajes, porque, como es natural, el hombre tiene que pasar por allí justo en ese momento, dado que el universo también es lo peor.
Louisa se gira muy seria.
—Ted pilló un resfriado en la cárcel una noche, ¿sabes? ¡Se colaba un viento terrible por los barrotes!
El revisor sonríe con el gesto de incertidumbre que se apodera de ti cuando hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que la persona con quien hablas esté bromeando y otro cincuenta de que sea un psicópata. Cuando el hombre ha desaparecido en el siguiente vagón, Ted empieza a renegar.
—¡Deja de decir que he estado en la cárcel!
—Ya te he dicho que te hace parecer peligroso y atractivo—explica Louisa amablemente.
—Si quieres que piense que soy peligroso, a lo mejor deberías decirle que me apuñalaron, ¿no te parece?—sisea.
Louisa sacude la cabeza con mucha paciencia, como si le estuviera hablando a alguien que lleva el casco de la bicicleta puesto dentro de un supermercado.
—Que te apuñalaran no te hace parecer peligroso, solo hace que parezca peligroso ser amigo tuyo.
Ted vuelve a estornudar, pero falla y, en lugar de la cara interior del codo, rocía toda la parte trasera del asiento de delante.
—Ni se te ocurra decirlo—ruega, muerto de la vergiienza.
Demasiado tarde, Louisa hace como que su mano es un teléfono y le habla gesticulando muy teatralmente.
—¿Sí? ¿Hola? ¿Es la policía de los respaldos? Me gustaría informar de un incidente. Sí, exacto, el hombre que decía que no debo poner los PIES en el respaldo de...
—Aparta, tengo que salir a sonarme la nariz—gruñe Ted un tanto desesperado y tapándose la cara con el periódico.
Sale con dificultad de su asiento.
—Tú sabes que es así cómo atrapan siempre a los asesinos en serie, ¿no?
Dejan el ADN por todos lados. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez?
¿Que a las mujeres asesinas en serie nunca las pillan?
Estarás pensando: «Un momento, no hay muchas mujeres asesinas en serie, ¿verdad? ». ¡Que sepamos! ¡Porque nunca las...!
Otro estornudo de Ted antes de llegar al lavabo ahoga su voz; es más fuerte que los anteriores y todos los pasajeros se giran.
Cuando el hombre cierra la puerta del baño siente tal bochorno que casi no puede respirar y se suena la nariz con tanta fuerza que parece que el cerebro está tratando de escaparse por ella.
Se mira en el espejo sin querer, una mala idea en todas las ocasiones, el hombre que le devuelve la mirada en el reflejo lleva la chaqueta toda arrugada y tiene la cara tan roja como un sacerdote en un burdel.
Siente vergúenza, no solo por los estornudos, sino porque ha hablado demasiado.
No debería haberle contado esa historia a Louisa.
Oye la voz de su madre diciéndole de niño: «No cotorrees como una vieja, estás haciendo el ridículo».
Para la mamá de Ted siempre fue un asunto importante que ni él ni su hermano se comportaran como viejas.
Tenían que ser hombres. No podían llorar, ponerse histéricos ni parecer débiles.
Su madre tenía un concepto tan claro de la masculinidad de sus hijos que él no puede sino dar por hecho que se debía a que ella sabía lo que este mundo les hace a las chicas.
Cuando su marido enfermó de cáncer, a ella le tocó ser la madre y el padre, y sin duda lo hizo lo mejor que pudo; eso es lo peor de ser progenitor, que casi todo el mundo lo hace lo mejor que puede, pero casi todos fallan.
La mamá de Ted consideraba tarea suya endurecerlo, consideraba la suavidad un lujo, algo que solo pueden permitirse los príncipes y las princesas.
Sigue llevando el periódico en la mano, ni siquiera lo ha abierto aún, porque sabe que habrá algún artículo sobre el artista.
Lo ha comprado por costumbre, como compraba siempre los periódicos cuando hablaban de su amigo, a pesar de que el artista lo odiaba.
Ted estaba tan orgulloso que recortaba todas las críticas y los artículos en secreto.
En cambio, hoy no es capaz de leer una sola palabra, puesto que, ante la muerte, los hombres maduros son como niños, pensamos que, si cerramos los ojos, nos hacemos invisibles.
Imaginamos que, si no abrimos el periódico, nada terrible habrá sucedido aún.
Lo tira a la basura, echa una mirada al espejo; le devuelve la mirada un hombre ansioso y abrumado con la piel tan fofa como un queso a temperatura ambiente.
Nunca se ha gustado demasiado, pero hoy menos que nunca.
Se arrepiente de haber sido tan parlanchín con Louisa como se arrepiente alguien de lo que ha dicho estando ebrio, aunque, en este caso, era el dolor lo que le había nublado el juicio.
No debería haberse llevado a la joven con él.
Lo aterroriza la responsabilidad porque sabe que es un fracaso de hombre.
Todas las personas a quienes ama mueren.
Se le pasa por la cabeza abandonar a Louisa, no costaría nada, solo tendría que salir a hurtadillas del baño y escaparse por el andén.
Ella estará bien sola, sin duda. Seguro que mejor que con él, que no trae más que mala suerte, a la vista está.
Por desgracia, no tiene la oportunidad ni de intentarlo, porque, al abrir la puerta del lavabo, golpea con ella en la cabeza a Louisa, que está justo al otro lado.
—¡Au!—exclama como corresponde a quien carece de una comprensión elemental del funcionamiento de una puerta.
—¿Qué haces aquí de pie?—pregunta sensatamente Ted.
—¡Te estaba esperando!—replica la joven sin atisbo de sensatez.
Ted mira el interior del lavabo y luego a Louisa. Frunce el ceño.
—¿Adónde te creías que me iba a ir? ¿Pensabas que iba a escaparme por el inodoro tirando de la cadena?
—(¿De qué hablas?
Él se da cuenta en ese mismo momento de que a ella ni se le ha pasado por la cabeza que pueda abandonarla y no puede evitar sentirse ligeramente insultado por que no haya considerado la posibilidad.
—¿Por qué no se mueve el tren?—pregunta como lo haría alguien que quiere recuperar autoridad.
—Problemas técnicos—Louisa responde con la seguridad de alguien a quien le ha dado tiempo de hacer un examen de ingeniería mientras Ted se sonaba la nariz.
—¿Eso qué quiere decir?
—¿Tengo cara de maquinista?
Ted frunce el ceño, descontento, pero ella cree que es otro estornudo en ciernes y se aparta de una zancada.
—¿Quién ha dicho que hay problemas técnicos?—refunfuña.
—El revisor. Ha dicho que podemos salir a estirar las piernas si queremos. Le he dicho que tienes unas piernas tan cortas que las llevas estiradas cuando estás sentado. Pero a lo mejor te apetece tomar el aire un poco, ¿no? A la gente mayor le suele gustar mucho tomar el aire.
Ted mira por la ventana. Hay un hombre con un perro negro caminando por el andén.
—Voy a esperar un poco. Ve tú—sugiere con firmeza.
Louisa mira al perro, luego a Ted. Inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Les tienes miedo a los perros?
—No. Sencillamente prefiero ir donde no estén ellos.
—A ver, ¿cuántas fobias tienes, Ted?
—i¡Las justas!
Louisa sonríe, pero no lo juzga, lo comprende, la fobia de ella es hacia las personas. Ted tiene miedo de tocarlas, pero Louisa tiene miedo de que la toquen, así que ambos esperan hasta que perros y personas han desaparecido.
—Pez y yo queríamos mascotas, pero no puedes tenerlas en las casas de acogida. Aunque una vez tuvimos un pez. Vivía en un cuenco enorme, debajo de nuestra cama—relata Louisa emocionada.
Ted intenta refrenar su interés, pero fracasa.
—O sea que... ¿Pez tenía un pez?
—SÍ.
—¿Cómo se llamaba?
—Buster.
—Buen nombre para un pez—admite Ted a regañadientes.
—¿A que sí? ¡Se me ocurrió a mí!—sonríe con aire triunfal.
El perro desaparece. Louisa mira afuera con una actitud más teatral de lo que Ted estima necesario, luego le hace una señal con la mano como si fueran agentes secretos y baja sigilosa al andén moviéndose como si esquivara rayos láser.
—Niñata—refunfuña él.
—Viejo amargado—replica sonriendo ella.
El andén está repleto de pasajeros que deambulan sin rumbo para estirar las piernas.
Ted mira a su alrededor como si aún tratara de dar con un plan para escapar, por si pese a todo decide dejar a la cría y marcharse.
Hay una carretera al otro lado de la vía, también una parada de autobús, pero no tiene techado y está empezando a anochecer y a hacer frío.
¿Quién sabe cuánto tiempo tiene que esperar ahí un desgraciado hasta que llegue un autobús?
Imagina lo mucho que hubiera reído el artista, porque una de las últimas cosas que le había dicho Ted fue lo bien que estaría tener un poco de paz y tranquilidad.
—¿Vas a estornudar otra vez?—pregunta Louisa.
—¡No!
—Tienes una cara muy rara.
Ted no responde. Camina en paralelo al tren con las manos entrecruzadas en la espalda, como un saltador de esquí, y Louisa va dando brincos a su lado como una persona a la que no le ha dolido el cuello en la vida.
—¿Te duele? ¿El sitio donde te dieron la puñalada?—pregunta mirando la pierna que cojea.
—No.
—Yo me rompí el brazo una vez, me dolió muchísimo. Pero podías dibujar en la escayola. ¿Te escayolaron cuando te dieron la puñalada?
—No.
—Ay, pobrecito.