Mis amigos Chapter 21 #2
43%

Chapter 21 #2

—Quería poder parar el tiempo. Para que mi madre no perdiera a mi padre, para que Joar no recibiera palizas de su padre, para... Para no quedarme nunca sin gente.

Veinticinco años después sigue deseando lo mismo: tener catorce años y que el mundo esté lleno de relojes estropeados. Parpadea rápidamente y se quita las gafas, que están húmedas. Siente cómo la vergiienza le sube por la espalda cuando se le nubla la vista. No debería haber dicho eso último.

—¿Estás bien?—pregunta con cautela Louisa.

—SÍ.

A Ted le tiembla la barbilla al decirlo.

Nadie te dice cuando eres joven que, cuando alcanzas la mediana edad, ya no puedes llorar y que resulte atractivo, la más mínima emoción consigue que parezca que acabas de atravesar una capa de hielo.

—No te está dando un ictus, ¿no? Tienes la cara bastante caótica.

Ted se pasa las manos por las mejillas y quiere decirle que el amor es caos.

—Lo siento, hacía mucho que no pensaba en esa época y me he puesto... nostálgico—murmura en cambio.

Ella parece preocuparse, como solemos hacer con las personas muy muy muy viejas, pero entonces sonríe.

—Me han gustado las citas de los superhéroes.

Ted trata de recuperar la compostura respirando por la nariz. Acto seguido, señala con la cabeza el recipiente con las cenizas y le devuelve una débil sonrisa a Louisa.

—Su favorita era la de Batman: «Llevo una máscara. Y esa máscara no es para ocultar quién soy, sino para crear lo que soy».

Al oírlo, la joven vuelve a cubrirse la cara con la melena.

—A Pez y a mí nos gustaba Batman. También era huérfano.

Ted mira el cuaderno de la chica.

—¿Son mariposas? ¿Eso que hay encima de las cucarachas?—pregunta sin pensar señalando el cuaderno.

Louisa lo aparta rápidamente, como si la mano del hombre fuera un zozobrante vaso de leche. Él aparta la mirada, avergonzado.

—Lo siento, no era mi intención...

—¡No están acabadas!—dice inclinando el cuaderno para impedir que lo vea.

Ted permanece en silencio, dándole vueltas a su torpeza durante un buen rato. Mira de nuevo el recipiente de cenizas.

—Lo siento. Me han recordado a las suyas. Antes de pintar calaveras solía dibujar mariposas. Le gustaba cualquier cosa que tuviera alas. Pájaros, dragones, ángeles...—dice en voz baja.

Ella oculta el cuaderno.

—Cuéntame más cosas. Pero no mires mientras dibujo.

Entonces, Ted mira por la ventana y le habla de la primavera.

Aún tenían catorce años. Joar todavía no había encontrado el concurso y el artista no había empezado el cuadro, pero, en muchos sentidos, la obra de arte ya estaba iniciada.

Un día, cuando la nieve acababa de empezar a derretirse, Ted se metió en líos.

En su clase había un chico que, por razones de lo más evidentes, tenía el mote de «bulldog».

Una tarde metió a Ted a la fuerza en una taquilla y lo dejó allí toda la hora de clase.

Cuando lo liberaron por fin medio instituto estaba presente y todos rieron porque era evidente que había estado llorando.

Cuando Joar se enteró, se le ensombrecieron tanto los ojos que parecían huecos, pero Ted le susurró desesperadamente que matar al chico no lo convertía en un héroe, sino en un arma.

—¿Quién dice eso?—preguntó furioso Joar.

—Superman—respondió Ted secándose las mejillas.

Joar no respetaba a muchas figuras de autoridad, pero ni siquiera él podía llevarle la contraria a Superman, de manera que, en lugar de pelearse, buscó muy calmado a Bulldog en el patio.

—He oído que vas presumiendo por ahí de haber metido a un tío en una taquilla. ¡Yo creo que mientes!

Bulldog inclinó la cabeza hacia un lado, como si la considerara demasiado pesada para su cerebro, antes de responder.

—¿Qué narices quieres decir con que miento? ¿Quieres que te lo demuestre?

Entonces llevó a Joar hasta una taquilla, pero este se limitó a sonreír.

—¿Me vas a meter a mí ahí? ¡Claro, soy la persona más baja de todo octavo! Ni soñando meterías ahí a alguien igual de alto que tú. ¿Estás mintiendo o qué?

Bulldog perdió la paciencia e introdujo la cabeza y una pierna en la taquilla para demostrar lo espaciosa que era.

Dos segundos después, quedó meridianamente claro que tal vez no había mentido, pero seguro que era un idiota.

Golpeaba la puerta desde dentro mientras Joar cerraba la taquilla con candado; el bedel tardó más de media hora en cortarlo.

Cuando Bulldog salió de nuevo al pasillo, una voz al fondo de la algarabía de carcajadas que profería la multitud de adolescentes congregados exclamó: «¡Mirad!

¡Se ha meado en los pantalones! ¡Bulldog no está adiestrado! ».

En el tren, Ted se vuelve a limpiar las gafas, por ambos lados, pese a que solo uno está húmedo.

—Pez era igual que Joar—dice de pronto Louisa, sentada a su lado.

—¿En qué sentido?

El lápiz de Louisa emite un quejido lastimero al rozar el papel, como las afiladas cuchillas de unos patines en el hielo. No dibuja, baila.

—Pez tampoco se consideraba una heroína. Siempre decía que yo era la protagonista en nuestra historia.

—A lo mejor tenía razón—la animó Ted.

La mandíbula de Louisa se mueve con tristeza de un lado a otro.

—No, ella no...—murmura, pero alguien abre en ese momento la puerta del vagón y sus palabras se pierden en el ruido.

—¿Cómo?—inquiere Ted.

—Nada, olvídalo—susurra rápidamente Louisa y vuelve a bajar la mirada, a su cuaderno, antes de cambiar de tema—. ¿Qué le pasó a Bulldog? ¿Se vengó?

—¿Qué te hace pensar eso?

—Los abusones siempre tienen mal corazón y buena memoria.

El tren sigue sin moverse. Ted mira el reloj; por primera vez en su vida desea que el tiempo se acelere, solo una persona que sigue teniendo a su gente quiere detenerlo. Responde lentamente, porque los recuerdos le llegan a trompicones, como el agua que sale de una cañería congelada.

—Le pedí a Joar que no volviera a protegerme. Se lo pedí de verdad. Sabía que Bulldog intentaría devolvérsela por lo de la taquilla. Si Joar iba a llevarse una paliza de su padre por proteger a alguien, le dije que no fuera por mí. ¿Sabes qué me contestó?

Ese día de primavera volvieron a casa del instituto caminando lentamente.

Ted iba al lado de Joar, algo bastante inusual, y este señaló con la cabeza al artista, que iba justo por delante de Ali, aunque ninguno de los dos caminaba en realidad, sino que trataban de ver quién podía correr de un modo más horrendo.

Ganó el artista, que declaró que estaba imitando a una alcachofa sobre hielo.

—¡Mira al tontaina feliz!—dijo Joar sonriendo—. Cuando está contento, el mundo entero es... bueno. Cuando dibuja, todo es... la leche, ¡todo es bueno! Por eso tengo que protegerte, Ted. Porque lo único que yo puedo hacer es pelear y cuando él sea mayor ya no me necesitará, pero te necesitará a ti.

Ted nunca había oído nada tan ridículo en su vida.

—¿Por qué me iba a necesitar a mí?

Joar se volvió hacia él.

—Porque la lealtad es un superpoder.

En un tren que permanece quieto, las gafas aún se mueven.

—¿Es una cita de otro superhéroe?

—En cierto modo, sí.

Louisa permanece en silencio un buen rato.

—Se le ocurrió a Joar, ¿a que sí?—pregunta por fin.

Ted asiente de nuevo.

—Entonces tienes razón. Cuenta como cita de superhéroe. ¿Qué le pasó a Bulldog?

—Bulldog y él se pelearon al día siguiente en el patio y los dos acabaron sangrando.

Bulldog empezó la pelea y Joar la terminó. El primero peleaba como un maniaco, pero el segundo era como una pandilla en una sola persona.

Cuando Joar llegó a casa su viejo rompió el radiador con él. El chico ni siquiera pudo jugar al fútbol la siguiente semana, cojeaba muchísimo, pero no se arrepentía ni un poquito.

Porque ese día en que encerró a Bulldog en la taquilla y el bedel tuvo que cortar el candado, se remangó las mangas para hacerlo, revelando sus tatuajes de calaveras.

Esa fue la primera vez que Joar las veía y no las olvidaría jamás.

Porque, sin el bedel, las cosas nunca habrían salido como salieron.

Cuando tienes catorce años, una sola persona puede ser como el viento bajo las alas de una mariposa.

—El arte es coincidencia. El amor es caos.

Louisa piensa que a Pez eso le habría gustado también.