Mis amigos Chapter 21
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Chapter 21

VEINTIUNO

Así que Ted se lo cuenta.

—A Joar siempre le decían que era la clase de chico que se buscaba los problemas, pero eso casi nunca era así. A menudo se metía en peleas, pero no porque las buscase, sino porque, si empezabas una pelea con Joar, el problema lo tenías tú...

Así inicia Ted su relato. A continuación, le cuenta que todos los abusones del instituto habían ido a por Joar en un momento u otro, y todos se arrepintieron con toda su alma después.

Cuenta que, cuando a Joar se le ensombrecía la mirada, a Ted le recordaba a uno de sus cómics, ese en el que un hombre acababa en la cárcel y los demás reclusos lo amenazaban.

Mala idea, porque no sabían lo peligroso que era el tipo hasta que este los miró fijamente y les dijo: «No lo habéis entendido.

No soy yo el que está aquí encerrado con VOSOTROS.

Sois vosotros los que estáis aquí encerrados CONMIGO».

Puede que lo único que les salvara la vida a los abusones ese año fueran las palizas monumentales que Joar recibía de su viejo cada vez que el director llamaba a su casa tras una pelea, y el hecho de que sus amigos no pudieran soportarlo.

Cada vez que el chico defendía a las personas que amaba, más golpes se llevaba; el amor acabaría con su vida un día.

Por eso sus amigos le rogaron que parara, y eso lo obligó a usar la imaginación.

—Si eso no hubiera ocurrido, el cuadro no habría sido lo que fue. El arte es coincidencia—dice Ted.

Louisa acaricia sus cucarachas repitiendo las palabras para sus adentros.

—El arte es coincidencia. Eso le habría gustado a Pez.

Y asiente con la cabeza para pedirle a Ted que prosiga, de manera que este le cuenta que esa primavera, justo antes del verano en que el artista pintó el cuadro, Joar descubrió que una pandilla de chicas más mayores estaba acosando a Ali.

Habían escrito en su taquilla que era fea y asquerosa, como si la odiaran por eso, aunque era justo lo contrario: no soportaban cómo sus novios la miraban.

Las chicas mayores hacían todo lo posible por llamar la atención de los chicos, pero Ali, que se esforzaba al máximo por evitarla, se la llevaba sin hacer nada.

Eso era lo que no le perdonaban, así que, un día, la más cruel y popular de la pandilla tuvo una idea muy sencilla: fingió ser amable e hizo que todos los estudiantes que hacían cola para el almuerzo se apartaran para dejar pasar a Ali con el único propósito de poder decir a su espalda: «Dejad pasar a la pobrecita, ¡no le dan de comer en casa!

Mirad qué ropa lleva, ¡el vertedero es el centro comercial de su familia!

». La cafetería entera rompió a reír y, cuando Ali salió corriendo, empezaron a lanzarle monedas.

Corno es natural, la sugerencia inicial de Joar fue ir y confeccionar una chaqueta nueva con la cara de la otra chica, pero Ali no se lo permitió.

Entonces su amigo hizo algo todavía mejor: cuando se volvió a encontrar a la chica en el pasillo, gritó alegremente: «¡Eh, colorada!

». Ella no entendía nada, pero al día siguiente Joar volvió a gritar: «¡Eh, colorada!

». Tras una semana, las amigas de la joven lo confrontaron: «¿Por qué la llamas “colorada”?

». Joar las miró sorprendido: «¿Es que no lo sabéis?

Porque se pone colorada enseguida. ¿No os habéis dado cuenta de lo roja que se pone por lo más mínimo? ».

Joar no era muy fan de las palabras difíciles, por lo que es probable que no hubiera oído hablar nunca de las profecías autocumplidas, pero nadie entendía el concepto mejor que él.

La chica no se había puesto colorada jamás antes de ese día, pero es imposible no sonrojarte cuando todos tus amigos te explican por qué te llaman «colorada».

No tardó en empezar a ponerse como un tomate en cuanto veía a Joar, y luego al llegar al instituto, así que enseguida todos sus amigos la llamaban «colorada» por la espalda.

Nunca más volvió a llamar «pobrecita» a Ali.

Una noche, poco tiempo después de aquello, Joar, Ali y el artista comían lasaña recalentada y leían cómics en el sótano de Ted.

Debatían qué superpoder les gustaría tener y daban respuestas muy predecibles.

Joar quería superfuerza para proteger a su mamá; Ali quería hablar con los muertos para comunicarse con la suya; el artista quería tener forma cambiante para ser como quería su madre: igual que los demás niños.

Ted permaneció en silencio con la esperanza de no tener que decir qué poder quería.

Tuvo suerte, porque Joar le pidió que «dijera algo inteligente», lo cual significaba que quería oír citas de superhéroes.

Así pues, con sus amigos sentados en el suelo, tan apretujados que entre cuerpo y cuerpo solo cabían sueños, Ted leyó en voz alta algunas de sus favoritas: «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad», de Spider Man; «La vida no nos da un propósito.

Somos nosotros quienes le damos un propósito a la vida», de Flash; «¿Qué dejarás que te domine?

¿El miedo o la curiosidad?», de Wonder Woman.

Se quedó pensativo un momento, rebuscando las palabras en su memoria, antes de citar a Iron Man: «Lo que hace a los héroes es el camino que escogen».

Los jóvenes permanecieron un buen rato tumbados en el suelo en completo silencio.

—¿Puedes decir esa... La que me gusta a mí?—pidió vacilante Joar.

No era habitual percibir su vulnerabilidad de esa manera. Ted le respondió gustosamente, porque sabía exactamente la cita a la que se refería su amigo, la de Bill Rayos Beta: «Hermanos, si no hay nada más que lo que hacemos en este mundo, hagamos el bien».

Joar cerró los ojos como si se esforzara por memorizarla.

No le temía a la muerte porque no esperaba tener una vida larga.

Sabía que existía la felicidad, pero no para él.

Creía en el Cielo, en que las personas buenas vivían para siempre, solo que él no era una de ellas.

Lo único que él quería era que su madre estuviera a salvo y que el artista tuviera una gran vida.

Más tarde, Ted trató de explicar qué era un antihéroe y Joar se enfadó mucho de pronto, porque «anti» significa «lo contrario», por el amor de Dios.

Eso quiere decir que «antihéroe» significa «villano».

Ted dijo que un antihéroe era una buena persona que a veces hacía cosas malas, pero Joar pensaba que era lo opuesto, y que un villano que hace cosas buenas sigue siendo un villano.

—Mi padre me enseñó a pescar. Me enseñó a reparar motores. Y en una ocasión hizo que mi madre se enamorara de él. Al principio no le pegaba. Pero el mal es el mal, no lo compensas con unas pocas buenas acciones. Joder, es que no es un puto partido de fútbol—gruñó.

Entonces Ted le dijo la cosa más amable que nadie le había dicho nunca:

—Tú no te pareces en nada a tu padre.

Joar sacudió la cabeza.

—Tú no sabes cómo es. Cuando le pego a alguien, no siento nada. Ni siquiera me arrepiento—susurró.

—Tú nunca empiezas las peleas ni pegas a nadie más débil que tú...—trató de explicar Ted, a sabiendas de que era mentira, porque casi todo el mundo era más débil que Joar.

—Tengo que irme—murmuró este rápidamente mirando la hora.

—¡Hasta mañana!—exclamó Ted mientras su amigo se adentraba en la noche, pero Joar no respondió.

Veinticinco años después, Ted se queda callado en el tren. Se da cuenta de que a lo mejor ha contado demasiado, más de lo que está preparado para compartir. Señala con la cabeza el recipiente de las cenizas.

—Joar intentaba salvar a todos sus seres queridos. Es como si supiera que tenía un reloj dentro que marcaba la cuenta atrás hasta su destrucción, así que se daba prisa por solucionarlo todo... por nosotros.

—¿Lo dices por su papá?—dice asintiendo, apesadumbrada, Louisa, aunque suena más a afirmación que a pregunta.

Ted asiente también y respira hondo.

—Sí, aunque él nunca lo llamaba «papá». Decía que era «su viejo». Necesitaba describirlo con unas palabras diferentes a las que usábamos nosotros para hablar de los nuestros.

A continuación, explica que las personas que nunca han visto la violencia de cerca, que no han vivido la tiranía, quizá se pregunten por qué no llamó a la policía para denunciarlo.

Como si no hubieran estado una decena de veces en su apartamento después de que los vecinos se quejaran por el ruido.

Pero nadie se atrevía a testificar contra ese hombre, la madre de Joar no se atrevía a abandonarlo y Joar no se atrevía a abandonar a su madre.

¿Qué iba a hacer la policía? ¿Encerrar al hombre de por vida?

Porque, si no era para siempre, Joar y su madre no tendrían mundo suficiente donde esconderse una vez quedara en libertad.

No se puede vencer a los tiranos, la única opción es destruirlos, y nadie acudía a ofrecer su ayuda.

—La vida no es como los cómics—dice Ted en el tren, casi como si se avergonzara.

—No—coincide Louisa, que mira su cuaderno y entiende de sobra lo que quiere decir.

Ted la mira, incapaz de contarle lo otro que había decidido Joar, aparte de hacer famoso al artista: en agosto, su viejo estaría de vacaciones y, antes de que llegara ese momento, el chico pensaba matarlo o morir en el intento, así que para entonces estaría en prisión o bajo tierra.

Esa es la razón por la que tenía tanta prisa ese verano, de ahí la obsesión con que el artista se hiciera famoso.

Sabía que se le estaba acabando el tiempo para protegerlo.

Sin embargo, Ted no tiene el coraje de contarle todo eso a Louisa, al menos no todavía, probablemente por el bien de su corazón más que por el de ella, así que le dice otra cosa.

—Al día siguiente, cuando fuimos al instituto, Ali se dio cuenta de que yo no había llegado a decir qué superpoder quería y me preguntó. Yo mentí y dije que quería ser superveloz.

—¿Por qué mentiste?

—Porque me daba miedo echarme a llorar si decía la verdad.

—¿Qué te hubiera gustado decir?