Chapter 20 #2
—A Ali... A ella... le encantaba la lasaña de mi madre.
Ella, mi madre, trabajaba por las noches y solía prepararnos comida y dejarla en el congelador antes de irse.
A Ali le gustaba acompañarme a la cocina y mirarme mientras yo la calentaba en el microondas.
Solía abrir los armarios y mirar todas las conservas y los paquetes de espagueti, como si fueran mágicos, porque en su casa todos los armarios estaban vacíos, salvo los que estaban llenos de botellas.
Cuando le dabas a un interruptor de la pared en mi casa, se encendía la luz del techo, porque en mi casa todo funcionaba.
Mi madre era igual de pobre que todos los que vivían en mi calle, pero ella...
se encargaba de que todo estuviera bien.
Todo funcionaba. Eso Ali no lo había conocido.
Fue entonces cuando me di cuenta de que algo no iba bien.
Un día, mi hermano mayor llegó a casa y abrió la puerta de la calle cuando nosotros estábamos en la cocina y, de manera instintiva, Ali se fue directa al cajón de los cubiertos.
Esa fue la primera vez que vi a alguien que no era Joar hacer eso, buscar un arma.
Al final me lo explicó. Le costó mucho tiempo, todo lo que decía salía muy poco a poco, podía necesitar varias semanas para una historia.
Su padre no se ponía violento cuando estaba borracho, no era como el de Joar.
El de Ali solo quería divertirse. Se le daba bien bailar y beber vino, pero mejor aún no abrir las facturas.
No quería que Ali lo llamara «papá», quería que lo llamara «colega» porque no quería ser adulto.
Los adultos como él no entienden que han de serlo para que los niños puedan ser niños.
Así que en su casa había mucha diversión, y estaba siempre llena de desconocidos, siempre se estaba acabando una fiesta o empezando otra.
Había grupos de mujeres fumando en la cocina y hombres que iban tambaleándose de una habitación a otra, cantando.
Era un ambiente inseguro para Ali cuando tenía siete años, amenazante a los diez y peligroso cuando llegó la pubertad.
Una noche, ya a las tantas, estábamos solos y me...
Me habló... de uno de los amigotes de su padre, y del refresco que sabía raro, y de que se despertó desnuda con el hombre encima.
Me dijo que ni siquiera recordaba lo que había pasado, que vio los arañazos ensangrentados en las mejillas del hombre y al principio no comprendió que era ella quien se los había hecho.
Entonces... Ali explotó. Como un monstruo que se despierta para defenderse.
El hombre estaba borracho y lento, y según ella debieron de luchar tanto que empezó a sudar y, de repente, se quedó sin aliento.
Luchó y pataleó todo lo que pudo hasta que el hombre gritó y cayó a un lado.
Entonces Ali cogió una manta y saltó por la ventana, era un primer piso, se torció el tobillo al aterrizar, pero aun así corrió hasta el bosque y se escondió.
Estuvo fuera casi veinticuatro horas, su padre ni se dio cuenta.
Cuando volvió a casa, él se acababa de despertar, resacoso, y pensó que había estado en el colegio.
Ella nunca le contó nada. Una noche se subió a la azotea de su bloque y estuvo a punto de saltar.
La noche siguiente hizo lo mismo, pero se acercó un poco más al borde.
Y así cada noche, siempre un poco más cerca, hasta que un día, al volver al apartamento, vio cajas de mudanza por todas partes.
Su padre se había cansado de pronto de la ciudad en la que vivían, decía que ya no era divertida, que estaba llena de gente que quería que devolviera el dinero que le habían prestado.
Así que, al día siguiente, solo quedaron facturas en el apartamento, Ali y su padre se habían esfumado.
Así acabaron en nuestro pueblo. Así nos encontró.
Ted se queda en silencio. Recuerda tan nítidamente la cara de Ali, sentada en su cama del sótano mientras se lo contaba todo. Los lagrimones en los pómulos, pequeños y angulosos, y cómo mostraba las palmas de las manos, como si fuera un mago triste, cuando susurró: «Y, tacháááán, aquí estoy ahora».
Recuerda que le contó que siempre dormía con un cuchillo debajo de la almohada. Él era tan inocente que le preguntó si no era peligroso, si no se cortaba por la noche durmiendo. Ali sonrió y le dijo que era el comentario más lindo que había oído nunca.
—Puede que tengas razón—Ted le dice en voz baja a Louisa en el tren—. Dijo que creía en nosotros, nunca que nos quería, porque eso para ella era más que el amor.
Sigue sin mencionar el cuchillo.
—Pez y ella se habrían caído bien—dice Louisa tras su melena mientras dibuja las cucarachas más bellas del mundo en su cuaderno.
—Sí, es probable.
—¿Puedo preguntarte otra cosa?
—Sí—accede Ted como si, con alguien como Louisa, tuviera otra opción.
Ella señala con la cabeza la caja con el cuadro.
—¿Por qué dibujaba siempre calaveras junto a su firma?
—Las robó.
—¿Las calaveras? ¿A quién?
—A un bedel.
—¿Cómo?
Ted se recoloca las gafas.
—Solía decir que el arte es coincidencia. Un cuadro bonito es la suma total de una persona, lo que le ha sucedido, con sus bendiciones y maldiciones. Coincidencias.
—¿Por eso le robó las calaveras a un bedel? ¿Cuándo?—pregunta la joven, un poco frustrada, porque empieza a pensar que el señor que tiene al lado cuenta las historias como si estuviera leyendo galletas de la suerte.
—Aquella primavera, cuando teníamos catorce años, justo antes del verano en que Joar se enteró del concurso por el periódico—rememora Ted.
—¿Qué concurso? ¿Puedes empezar por el principio?—protesta Louisa frustrada.
Ted sonríe débilmente.
—Había un concurso para jóvenes artistas. Así es cómo Joar hizo que pintara el cuadro. Pero esa es otra historia, Joar había...
—¡Espera, espera! ¡No sé si quiero oírla!—exclama Louisa de pronto.
—¿Por qué no?—pregunta Ted sorprendido.
Louisa aparta la mirada como se escurre la mantequilla en una sartén caliente y acaricia las cucarachas de su cuaderno como si estuvieran dormidas.
—A Pez le encantaban los cuentos de hadas, he oído miles, y no estoy segura de si quiero escuchar cómo acaba este. Porque ocurrió de verdad. Y sé lo que te pasó a ti, ¡sé que sobreviviste! Y ahora... Ahora sé la otra parte también.
—¿Qué otra parte?
Louisa susurra apenada, como haría alguien que no ha tenido ocasión de acostumbrarse a los finales felices:
—Ahora que me imagino que todos los demás de quienes me hablas quizá hayan muerto.
Ted no había pensado en eso porque, para él, todo lo que sucede en la historia ya ha ocurrido; en cambio, para ella, todo sucede de golpe.
—¿Quieres que...?
—No, no. Cuéntamelo—interrumpe Louisa muy seria tras respirar hondo y cerrar con fuerza los ojos—. Ahora es tarde para volver atrás.