Chapter 20
VEINTE
Ted no le menciona a Louisa este último detalle. No dice nada del cuchillo.
Joar lo tuvo escondido en el fondo de su armario ese invierno y, al llegar la primavera, lo ocultó en la tierra de las macetas de hojalata, debajo de las flores que colgaban de la ventana de su dormitorio.
Al final, se lo guardó en la mochila. No lo tocó hasta el verano, cuando agosto asomaba por el horizonte y su padre estaba a punto de coger las vacaciones.
El chico esperaba que se le ocurriera otra cosa, que alguien llegara y los salvara a él y a su madre, como en los cómics de superhéroes de Ted.
Pero no apareció nadie, y de ninguna manera sobrevivirían a otro verano.
El tren se detiene un momento en una estación gris.
El viento hace danzar una bolsa de plástico en el andén.
En el cuadro a sus pies, los pájaros surcan el cielo, la salsa de chile brilla bajo la luz, los tres amigos del embarcadero se ríen de un pedo y el artista los envuelve a todos.
Con cada trazo. Ted contempla el vuelo errático de la bolsa de plástico a través de la ventana y se muerde el labio.
Nunca le ha contado a nadie la historia de su infancia, hay un límite para el tipo de emociones que puedes compartir con otras personas cuando ni siquiera estás cómodo compartiéndolas contigo.
A fin de cuentas, Ted pertenece a esa categoría de hombres que a duras penas soportan que el camarero les pregunte qué les parece la comida, ya que consideran la pregunta un tanto personal.
—¡Me cae bien Ali!—declara Louisa, sentada a su lado.
—Qué sorpresa.
—¿Por qué te sorprende?—pregunta la joven totalmente en serio.
Ted emite un suspiro propio de una persona de mediana edad, una clase bastante particular que requiere de un esfuerzo mayor que el suspiro adolescente.
—¿Es que tu generación no pilla la ironía?
—¿Y TU generación? ¿Entiende la ironía?—pregunta ella a su vez.
Ted no sabe dilucidar si está siendo irónica, así que presume que ha ganado ella.
—Tenéis muchas cosas en común. También las tienes con Joar. A los dos les hubieras caído bien.
—¡Gracias!
—No es del todo un cumplido, entre los dos no reunían más de cinco neuronas funcionales—aclara Ted, no sin cierta amargura, pero a las comisuras de sus labios se les da mal mentir y a Louisa le da tiempo de percibir una sonrisa.
—Gracias igualmente—responde sonriendo.
Louisa sigue dibujando tras su cortina de pelo y Ted mira el reloj un poco frustrado.
El tren lleva detenido tanto rato en esta estación que ahora van con retraso.
La bolsa de plástico prosigue su danza por el andén, como si se burlara de la ansiedad del hombre, como si tratara de decirle: «¡Mírame!
¡Mira qué poco me cuesta hacerme feliz a mí misma! ».
No cabe la menor duda de que Joar, Ali y el artista se habrían reído si estuvieran allí (del hecho de que su amigo sea tan neurótico como para tenerle envidia a una bolsa de plástico).
Ted va de nuevo al lavabo. Parece haber alcanzado la edad en la que tiene que ir aunque no haya bebido nada desde la última vez, como si su cuerpo se inventara sus propios líquidos; a lo mejor es que cuando te acercas a la cuarentena empiezas a licuarte internamente.
Louisa lo ve salir otra vez, pero, para su sorpresa, Ted gira en dirección contraria y desaparece en el siguiente vagón.
Durante un momento se apodera de ella el pánico, cree que se va a bajar del tren, ¿adónde va si no?
Cuando regresa poco después con un periódico y una Coca-Cola, se lo queda mirando como si el hombre acabara de sacar un conejo de una chistera.
—¿De dónde has sacado ESO?—exclama, pues no ve la chistera por ningún lado.
—Del vagón restaurante—responde él como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Yo creía que solo existían en las películas—alcanza a balbucear asombrada Louisa.
—No, existen... en los trenes.
—¡Vaya! ¡Pues sí que tendría que haber aprendido a colarme en trenes en lugar de en coches!
—No estaba seguro de si te gusta la Coca-Cola—dice dubitativo Ted, como si no hubiera conocido a un adolescente en su vida.
—¿Estás de broma?—Louisa le arrebata el refresco de la mano como haría un mapache feliz.
Pez y ella robaban de vez en cuando cocacolas de la tienda, pero solo cuando había algo que celebrar; por ejemplo, si un soberano imbécil acababa de marcharse de la casa de acogida.
O, ya puestos, cualquier tío. El refresco le hiela los dientes y a Louisa le entra la risa cuando se le congela el cerebro.
Ted se echa a reír también, sin emitir ningún sonido, simplemente, su compañera de viaje ve cómo se agita su pecho en el asiento de al lado.
—¿Has oído hablar de internet?—pregunta Louisa mirando el diario que Ted lleva en la mano.
—Me gustan los periódicos.
—¿Tú crees que se debe a tu increíble juventud? ¿Te cuesta también viajar en tren? ¿Echas de menos las calesas?
—Muyy graciosa.
—Se llama sarcasmo, ¿no tenían de eso los de tu generación?
Louisa sonríe y Ted está a punto de responder con un comentario inteligente, como que los periódicos son mejores porque no puedes enrollar internet y darle en la cara a alguien con él, pero no le da tiempo porque los interrumpe el revisor, que entra en el vagón para comprobar los billetes de los nuevos pasajeros. Louisa levanta la mirada.
—¡Deberías decirle algo!—sisea, un poco demasiado fuerte.
—¿Perdona?—responde Ted, que se siente insultado.
—¡Al revisor! ¡Deberías darle tu teléfono!
—De ninguna de las maneras.
Louisa asiente frenéticamente.
—SÍ, deberías conocer a un hombre que no sea un genio. ¿Quieres que hable yo con él?
—¡No! ¡Ni hablar! Y ¿qué quieres decir con eso? No sabes nada de él. A lo mejor es un genio—susurra Ted, que se ha puesto nervioso, como cuando ves a un mono con una bomba. Louisa responde con un bufido.
—Lleva tatuajes en las manos, dudo que sea un genio...
—No hay nada de malo en llevar tatuajes—gruñe Ted, que se arrepiente del comentario en cuanto sale de su boca.
—Ah, ¿con que te has fijado en sus tatuajes?
—¡No! Y no voy a darle mi número—masculla Ted.
—¿Por qué no? ¿Y si es el amor de tu vida?
—¡Paral!
—¿No es tu tipo? ¿Te preocupa no ser el suyo? ¿Que no le gusten los empollones?
—No he dicho... ¿Qué quieres decir? ¡Para! ¡En serio! ¡Para!
Louisa mira detenidamente al revisor y luego a Ted.
—Yo creo que te preocupa que sea el tipo de persona al que solo le gustan los hombres que son un poquito peligrosos y no ser lo bastante peligroso para él.
—No hagas ninguna tontería, por fa...—alcanza a decir Ted, pero es demasiado tarde, porque, en el momento en que el revisor pasa por su lado, Louisa levanta la lata de refresco.
—¡Hola! ¡Salud!
El revisor sonríe sorprendido.
—¡Hola! Salud.
—Estamos de celebración—dice Louisa asintiendo con la cabeza con aire triunfal.
—Ah, ¿sí?—se interesa esbozando una sonrisa.
—Estamos celebrando que Ted acaba de salir de la cárcel.
El revisor levanta las cejas de tal manera que bien podrían pasar a considerarse flequillo. Carraspea tanto rato que, una vez que termina, su voz es totalmente nueva.
—Vaaale. Felicidades, entonces.
Louisa asiente con jovialidad. Ted no hace nada porque, como es natural, se ha hundido en un río de lava que lo ha abrasado.
El revisor mira nervioso en todas direcciones, balbucea suplicante: «¿Algún nuevo pasajero?
» y sale del vagón apresuradamente. Ted no estaría más rojo ni aunque le faltara la piel de la cara.
—¿Se puede saber por qué has hecho eso?—sisea furioso.
—¡Ahora ya pareces peligroso!—aclara, solícita, Louisa.
—Gracias. Muchas gracias—dice con ironía Ted.
—De nada.
No hay nada de ironía en su tono y Ted intenta convencerse de que debería estar agradecido por que no haya dicho que la había secuestrado.
—Desde luego, les habrías encantado a Ali y Joar—gruñe dirigiéndose al cuadro.
—Gracias—dice con una sonrisa Louisa.
—Repito: no es un cumplido.
—Mantengo mi agradecimiento. ¿Puedo preguntarte una cosa?—pregunta enseguida la joven, que no espera la respuesta, pues cada una de las palabras que salen de su boca se precipitan rodando cuesta abajo—. ¿Habían violado a Ali?
Ted se gira y se queda mirándola fijamente, tan sorprendido que su asombro llega a desconcertar a la joven.
—¿Por qué... Por qué lo dices?—logra decir.
Louisa desaparece detrás de su melena y se encoge de hombros.
—Me lo preguntaba, nada más. Por el modo en que me has explicado la historia, había algo.
El hecho de que ella dijera «creo en ti» cuando le dijiste que la querías.
Cuando te han violado, creo que eso es lo máximo que puedes hacer.
Creer en alguien, o sea, creer de verdad. Confiar. Sobre todo si es un chico.
El tren sigue inmóvil, así que Ted tarda una eternidad en darse cuenta de que es él quien está temblando.
—¿A ti...?—susurra, pero Louisa niega rápidamente con la cabeza.
—No, pero le pasó a Pez, en la casa de acogida donde vivió antes de conocernos. Por eso siempre dormíamos con destornilladores en la mano.
La voz de Ted no es del todo firme cuando vuelve a hablar.