Mis amigos Chapter 19 #3
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Chapter 19 #3

Normalmente, a Ali se le daba mejor enfadar a Joar, que usaba argumentos más débiles, pero un día de invierno Ali dijo que había presentado la solicitud para unirse al coro del instituto, que actuaría al final de trimestre.

Joar respondió que su canto sería como una «sierra mecánica en una orquesta sinfónica».

Ali le espetó que se callara, como siempre, pero Joar no era lo bastante observador.

No oyó que la voz de su amiga se había vuelto más frágil, así que, cuando anunció con mucho pesar que el director del coro había decidido que todos los chicos fueran con camisa blanca y todas las chicas con vestido, Joar se echó a reír a carcajadas.

No le dio tiempo de ver las lágrimas de Ali antes de cerrar los puños y, esta vez, cuando se pelearon, fue diferente, porque ella sí que intentó hacerle daño.

Le dio un codazo en la nariz y Joar cayó tambaleándose hacia atrás, sangrando.

Ella se quedó mirándolo de pie sin dejar de temblar:

—¡Eres BASURA, Joar! ¿Lo sabías? ¡Eres una puta BASURA cruel!

Tenía el cuello de la camisa empapado de lágrimas. Salió corriendo y no apareció por el embarcadero ni por casa de Ted en varios días.

La mañana del último día del trimestre los chicos la vieron de pie y sola al otro lado del patio.

Iba ataviada únicamente con un vestido fino y tiritaba bajo el frío invernal.

Los chicos nunca habían visto a nadie odiar tanto una prenda de vestir, como si el tejido tuviera clavos cosidos arañándole la piel.

Se lo estiraba una y otra vez, muerta de vergiienza, tratando de taparse las rodillas, y, de vez en cuando, miraba la puerta de la escuela como si planeara escapar, pero, al oír la llamada de un adulto, entró en el instituto junto al resto del coro.

Solo entonces se dieron cuenta los chicos de que una persona que odiaba tanto un vestido debía de amar con toda su alma cantar.

—Vamos—refunfuñó Joar.

Los chicos se deslizaron por la puerta como anguilas en aguas oscuras y se fueron corriendo a casa.

Era el comienzo de las vacaciones de Navidad, eran libres y nadie los vio desaparecer.

A diferencia de Ali, los chicos hacían todo lo que estaba en su mano para evitar llamar la atención en el instituto.

La atención era mortífera, era lo que hacía que acabaras siendo acosado y recibiendo una paliza.

Ni en sueños se les habría ocurrido subir a un escenario como ella.

Ali pasó toda la mañana practicando con el coro, sintiéndose la persona más solitaria del planeta.

Cuando llegó el momento de la actuación, el coro estaba colocado de pie detrás de un telón, oyendo al público tomar sus asientos.

Ali vomitó en una esquina. Justo cuando contemplaba la posibilidad de salir huyendo, se levantó el telón.

Demasiado tarde, ahí estaba ella, de pie bajo el foco, ataviada con su vestido fino, los nudillos blancos y las mejillas coloradas.

Aterrorizada e indefensa. Oyó al público empezar a reír.

Al principio no era más que un débil rumor, como cuando todo el mundo intenta no reírse y les sale el sonido por la nariz, pero el rumor no tardó en convertirse en un estruendo de carcajadas.

Ali tiraba y tiraba del vestido para cubrirse las rodillas, muerta de miedo por si se estaban riendo de ella.

Entonces oyó otra cosa: a sus compañeros del coro.

Ellos también reían histéricamente. Fue entonces cuando Ali miró la primera fila, donde estaban sentados sus amigos: Joar, Ted y el artista. Los tres llevaban vestido.

Habían ido corriendo a casa y los habían cogido del armario de la madre de Joar. Obviamente, los tres les quedaban grandes, puesto que ellos eran demasiado pequeños, y tendrían que aguantar bromas al respecto cada día durante todo el tiempo que les quedaba en el instituto.

Joar se metió en tantas peleas a propósito del vestido cuando llegó la primavera que el director podría haber colocado simplemente el pupitre del chico en su despacho.

Pero a él le daba igual. Cada puñetazo valía la pena si servía para que Ali se diera cuenta de que no estaba tan sola, al menos no todo el tiempo. ¿Quién tiene un amigo así? Casi nadie.

Ese día, camino de casa, Ali les contó por primera vez a los chicos que su madre había muerto.

¡Y cómo le cantaba y reía y la llamaba «corazón mío»!

Tenía opiniones muy firmes sobre los programas de la tele y le encantaba el queso.

Era una persona de los pies a la cabeza y, de pronto, desapareció.

Iba en su bicicleta cuando la golpeó un coche; salió de casa un día y no volvió; estaba viva y, un segundo más tarde, estaba muerta.

—A mi madre le encantaba que yo fuera al coro de pequeña. Le encantaba cantar, así que cuando canto es como si ella... Como si estuviera conmigo. Sé que es una tontería. Típico de una niña pequeña que piensa...

Joar, que estaba detrás de ella, la interrumpió furioso.

—¿Tienes que andar tan RÁPIDO, joder?

Porque, ciertamente, no es fácil andar rápido cuando llevas vestido si no estás acostumbrado.

Sobre todo si te queda demasiado grande, así que Joar no paraba de tropezar y Ted no paraba de sacarse la tela del trasero, mientras que al artista se le había soltado la tira del hombro.

Ali se giró y se quedó un buen rato mirando a sus chicos.

—Sois todos basura. Los tres. Lo sabéis, ¿verdad?

Ellos asintieron. Ella se secó los ojos con el revés de la mano.

—Te sienta bien ese color—le susurró el artista a Ted.

—Gracias—dijo Ted sonriendo.

—¡A ti también te sienta bien ese color!—le dijo Ali a Joar sonriendo.

—¿Quieres que te dé una patada en el culo o qué?—soltó Joar.

Y ella se echó a reír con tantas ganas que tropezó y se cayó encima de un arbusto.

Fueron caminando al embarcadero. Estaba cubierto de nieve y el sol ya se estaba poniendo, pero Joar hizo una pequeña fogata y se sentaron alrededor hasta que se hizo de noche.

Se cerraron todo lo que pudieron las chaquetas sobre los vestidos, tan apretujados los unos contra los otros que compartían la misma piel.

Entonces, Ted de pronto reunió el coraje suficiente para susurrarle a la noche.

—Os quiero.

El fuego crepitaba, las olas lamían la orilla y el viento se colaba por debajo de los vestidos.

—Creo en vosotros—susurró Ali.

—Os quiero y creo en vosotros—dijo sonriendo el artista.

—Basura—masculló Joar.

Se fueron felices a casa. Al día siguiente, en el puerto, le contaron al padre de Joar que su hijo había acudido a la asamblea de final de trimestre con vestido.

Los otros hombres reían y le hacían chistecitos al padre, quien, al volver a casa esa noche, le dio a Joar la mayor paliza de su vida.

Lo golpeó como si fuera polvo, como si no tuviera pulso.

Los primeros días de aquellas Navidades Joar los pasó tumbado en la cama del sótano de Ted.

Le dolía tanto el cuerpo que ni siquiera podía bajar al embarcadero. Entonces, Ali le dio el cuchillo.