Chapter 19 #2
—¿Sois ricos o qué?—preguntó ella, porque había conocido niños ricos antes y, si estos tres lo eran, pensaba arrojarlos al mar.
—No. Nos devolvieron el depósito de las latas de cerveza del padre de Ted—informó Joar.
Entonces Ali se volvió hacia Ted y lo miró tan fijamente a los ojos que el chico se puso rojo como un tomate. Tenían las mejillas apoyadas en las mochilas, con el mundo en un ángulo de noventa grados y las caras tan juntas que Ted podía notar su aliento en las pestañas.
—Mi padre también bebe un montón de cerveza—dijo Ali.
Ted respondió como siempre, con tanta timidez que las primeras palabras desaparecieron en el agua.
—Mi padre ya no puede beber. Se va a morir. Pero la despensa aún está llena de cervezas, así que se las bebe mi hermano mayor.
Esa fue la primera vez que Ted se lo contaba en voz alta a alguien. Lo de la cerveza y lo de la muerte.
—Eso es triste, pero también bonito—dijo Ali.
Y Ted pensó entonces que tal vez fuera bonito de alguna manera que su hermano mayor se bebiera la cerveza del padre por la noche, solo en la cocina, y que Ted recuperara en secreto el depósito de las latas.
Muy lentamente, iban vaciando la despensa; un acto de duelo silencioso aunque compartido entre los dos hermanos.
—Gracias—susurró Ted, y Ali colocó los dedos tan cerca del brazo del chico como es posible acercarse a alguien sin tocarlo.
Ted aún puede notarla en su piel veinticinco años después. Está sentado en el tren y se echa a reír de repente, formando una alegre neblina en la ventana del tren.
—Recuerdo pensar que era una persona perfecta. Durante un tiempo. Pero luego la vi nadar y se me pasó. Nadaba como un pulpo con calambres.
Se ríe mientras habla de la primera vez que la vieron saltar al agua desde el embarcadero en ropa interior y Joar saltó tras ella porque pensó que se estaba ahogando. Ella se cabreó y fue la primera vez que se pelearon, aunque no la última, desde luego.
Ali se había estado mudando de un lugar a otro durante toda su niñez porque cada vez que su padre se quedaba sin trabajo se iban a una ciudad nueva, y su padre era capaz de conservar más tiempo una sandwichera que un empleo.
De manera que a ningún adulto le había dado tiempo de comprobar realmente lo que Ali podía hacer y lo que no a una edad determinada, así que tenía un montón de conocimientos ridículos y lagunas incomprensibles.
Podía imitar el sonido de un delfín, pero no se sabía las tablas de multiplicar.
Había aprendido a hablar un francés fluido viendo programas infantiles extranjeros en la televisión, pero no sabía atarse los cordones.
Se hacía sus propios nudos y había inventado su propia manera de nadar, y, de algún modo, funcionaban porque era una genia idiota.
Por eso se llevaba tan bien con Joar, porque él era un genio idiota.
Uno de sus primeros días juntos ella apareció con unos petardos que le había robado a su padre y le enseñó el goce de explotarlos dentro de los buzones.
Fue una suerte que él le hubiera enseñado a atarse correctamente los cordones para entonces, porque tuvieron que escapar corriendo de los cabreados propietarios de los buzones.
A Joar se le iluminaban los ojos cuando la miraba encender la mecha.
Los de ella hacían lo propio cuando se daban cuenta de que Joar, por muy duro que fingiera ser, les tenía un miedo ridículo a las explosiones.
Resultó que uno de los muchos talentos inesperados de Ali, además de imitar a un delfín, era poner la boca de una determinada manera para emitir el sonido de un petardo que arde.
Cuando llegaron al embarcadero, ella fingió que metía algo en la mochila de Joar y, al oír el sonido, el chico saltó al agua muerto de miedo.
Al salir, la persiguió como una mangosta a una serpiente y se pelearon de nuevo, y luego volvieron a ser mejores amigos.
Eran como dos máquinas pequeñas con motores desproporcionadamente grandes.
Incontrolables. Una vez se apartaron corriendo de un buzón a tanta velocidad que Joar se olvidó de lanzar el petardo dentro; huyó con él en la mano y hasta el último momento no se dio cuenta de lo que pasaba.
—¡lititidititiiota!—gritó Ali mientras ambos se alejaban de un salto de la explosión.
—¡Pensaba que lo llevabas TÚ!—bramó Joar.
—¿Qué te creías entonces que llevabas TÚ en la mano?—le espetó Ali.
—¡No lo sé!
—Es increíble que la evolución os diera penes a los chicos, porque no se os puede dejar a cargo de nada—masculló Ali.
Cuando llegaron al embarcadero compitieron a ver quién hacía la carrera más horrible.
Ali se tambaleaba como si le hubieran disparado un dardo tranquilizante en el culo, y a Joar le dolía la mandíbula de tanto reír, de un modo que ni siquiera sabía que podía reír antes de conocerla; una risa que lo englobaba todo y que su cuerpo parecía haber estado reservando para cuando conociera a un perfecto idiota.
Cada vez que Ali la oía, parecía que su cuerpo había estado guardando un par de ojos extra solo para él y que no los había estrenado hasta ese mismo día.
Y así es como sucedió de repente lo de enamorarse. Se metieron en mediados de otoño sin darse cuenta porque lo único que supieron los tres chicos sobre Ali durante aquellos primeros meses es que no quería irse a casa.
—¿Su casa era como la de Joar?—pregunta Louisa en el tren cuando Ted se queda en silencio.
—No, no, la suya era... diferente—dice con tristeza Ted. Entonces añade, como si el recuerdo acabara de asaltar su mente—: Odiaba los vestidos.
—¿Cómo?
—Odiaba los vestidos, pero le encantaba el coro—murmura Ted.
—¿El coro?—repite Louisa.
A Ted se le escapa una pequeña carcajada.
—Virgen Santa, qué mal cantaba...
—¿Puedes contar la historia como una persona normal?
Ted la mira sorprendido y se pone colorado.
—Perdona. Es que... estaba pensando en voz alta.
Así que le cuenta que cuando los cuatro se separaban en la intersección cada noche, siempre decían «¡hasta mañana!
». Cuando hacía tan mal tiempo que no podían ir al embarcadero, se sentaban en el sótano de Ted, que leía cómics mientras el artista dibujaba y Joar y Ali veían películas de superhéroes.
Joar siempre tenía controlada la hora porque tenía que llegar a casa a tiempo de cenar con su madre.
Tuvieron que pasar varios meses hasta que los chicos se dieron cuenta de que le pasaba lo mismo a Ali, solo que al revés.
A veces pasaban semanas sin que viniera a casa de Ted, a veces iba cinco noches seguidas, pero en las ocasiones en las que se quedaba hasta muy tarde era porque contaba las horas que tenían que pasar desde que los de su casa se emborrachaban hasta que se quedaban dormidos.
Los hijos de los adictos siempre saben qué hora es.
Esas noches era frecuente que el artista se sentara en el suelo a dibujar pájaros para ella.
Ali los envidiaba, no porque volaran hacia el sur en invierno, sino porque volvían a casa en primavera; porque estuvieran tan seguros de dónde estaba su hogar.
A veces, cuando miraba la hora, era como si contara los días hasta que su padre le dijera que se mudaban de nuevo; no había vivido en ningún lugar del planeta más de un año.
Ted a menudo se quedaba dormido con el sonido de la respiración de Ali y el artista en su habitación.
Nunca había dormido tan bien. Una noche, cuando el artista salía por la ventana, Ted murmuró en sueños: «Te quiero».
Fue sin querer, se le escapó, pero el artista respondió como si fuera lo más natural del mundo: «Yo también te quiero».
Cuando Ali se encaramó a la ventana, Ted murmuró otra vez: «Te quiero».
Ali se paró en seco, pasmada, y dudó una eternidad, porque nadie le había dicho eso antes.
Así que se inclinó hacia delante y susurró: «Yo... creo en ti».
El otoño dio paso al invierno y ya se acercaban las vacaciones de Navidad.
Los cuatro encontraron un lugar en el patio, detrás de un viejo cobertizo, donde podían fumar entre clase y clase.
Ali y Joar se metían el uno con el otro, y se peleaban casi a diario, riñendo un segundo y haciendo las paces un segundo después.
Cuando Joar quería provocarla, la llamaba «chica», cosa que ella odiaba, porque lo único que odiaba más que a las chicas era a los chicos.
Cuando ella quería provocar a Joar, en cambio, lo llamaba «maloliente».
Una mañana que Joar había robado una nueva loción de afeitado de la que estaba muy orgulloso, lo primero que Ali le preguntó fue: «¿Es normal que huela así?
¿A sudor?». Joar saltó como un resorte: «¡No huele a sudor!
». «Bueno, pues algo huele a sudor entonces», dijo Ali olfateando el aire.
«En ese caso ¡es mi sudor el que huele a sudor!
¡No el aftershave!», bramó Joar. Ali fingió sorpresa, eso se le daba muy bien: «Entonces, ¿qué es lo que huele a mierda?
¿Es el aftershave? ¿Has robado un aftershave de mierda?
». Y entonces empezaron a pelear, pero nunca tan fuerte como para hacerse daño.