Chapter 19
DIECINUEVE
—No habíamos conocido nunca a nadie como ella.
Así empieza Ted su relato, con la mirada clavada en el cristal de la ventana.
Es tan extraño, piensa, la manera en que elegimos contar una historia.
Casi nunca lo hacemos por el principio. Porque había cuatro mejores amigos en el embarcadero el verano aquel en que el artista pintó el cuadro.
Ali se unió la última a la pandilla, pero si piensas que eso la hace menos importante es que no entiendes absolutamente nada.
Es que no has estado nunca enganchado a otro humano.
Ted conoció a Joar y al artista cuando tenía doce años, Joar y el artista se conocían desde prácticamente siempre, pero ninguno de los tres podía recordar la niñez sin Ali.
Acababan de cumplir catorce ese otoño, cuando apareció como un vendaval en sus vidas, pero pensar que pudo existir un tiempo anterior a su risa bobalicona resulta imposible.
—Tenía una risa que sonaba a enjambre de insectos—le explica Ted a Louisa.
Y así era: como un zumbido que le subía de la barriga a los labios; la chica era puro caos, desde la despeinada melena hasta el corazón indómito. Ella era una segunda vida para los chicos.
—Cuando estaba de buen humor cantaba en francés, y eso era a la vez maravilloso e insoportable porque se le daba genial el francés pero cantaba fatal.
Joar decía que sonaba a la correa de un ventilador que hay que cambiar.
Quizá fuera cierto porque Joar no sabía nada sobre cantar pero muchísimo sobre correas de ventiladores... —rememora Ted.
De Louisa emerge también un enjambre de insectos.
—Obviamente, si cantaba bien o mal era irrelevante—continúa Ted—. Porque cuando estaba contenta, bailaba con tantas ganas que dejaba sus huellas marcadas en el embarcadero, y a una persona así le perdonas casi cualquier cosa.
Continúa diciendo que eso era una suerte, la verdad, porque a Ali había que perdonarla con frecuencia.
Era una chiflada de la que no te podías fiar un pelo.
Cuando tenía una idea, era como si alguien le hubiera prendido fuego a un tejón y lo hubiera soltado dentro de su cabeza.
Joar tenía un montón de ideas nefastas, cierto, pero era un aficionado.
Tras un par de meses con Ali, se convirtió en un idiota profesional.
O «iiiiidiiiiiota», como decía Joar, y Ali y él se reían tanto que Ted aún oía las carcajadas retumbando en su interior, dentro del tren, veinticinco años después.
—Los pájaros de ahí—dice Ted señalando el cuadro—los pintó por Ali, porque a ella le encantaban los pájaros. Y esa neblina roja en el cielo, ¿la ves?
—Mmmmmmm—asiente Louisa, con los ojos como platos y la nariz tan pegada al cuadro que casi lo atraviesa con ella.
—Recuerdo leer a un montón de críticos de arte de periódicos serios decir que eso era una genialidad, la manera en que había capturado la luz con esos rojos. Pero no era la luz ni ninguna genialidad, sino Ali, ni más ni menos.
—¿Cómo? ¿Capturó su luz?
—No, quiero decir que fue Ali. A ella le encantaba inventar juegos tontísimos, y ese verano que cumplimos catorce se le ocurrió uno: teníamos que ponernos salsa de chile en la boca y echar la cabeza hacia atrás, y luego tratar de hacernos reír.
Joar ganó y Ali roció la salsa de chile por todo el cuadro.
Louisa observa la pintura un buen rato. Parece que se esfuerza por no pasar el dedo por encima y probar el cielo.
—¿O sea que os pintó a vosotros tres y no a él?—pregunta Louisa mirando el recipiente de las cenizas.
—Así es—responde Ted casi acariciado el aire sobre la pintura—. Dijo que él era todo lo demás, lo que nos rodeaba. El agua y el aire.
—Él era la luz—susurra Louisa.
Ted coincide, una vez más, con el artista: Louisa es de los nuestros. Así que se lo explica:
—Las mejores y las peores ideas que tuvimos salían de Ali.
Hizo a Joar cometer un montón de estupideces.
Un día robaron juntos un coche. Otro día hizo a Joar tratar de secarse los calcetines en una tostadora y casi quema la casa de mi madre.
Pero también fue idea suya que el cuadro tratara de nosotros. Esa fue su mejor idea.
Se detiene. Piensa que es extraño cómo recordamos las cosas.
Lo que tratamos de recordar y lo que nos esforzamos por olvidar.
Mientras el tren avanza hacia el pueblo junto al mar de su infancia, le cuenta a Louisa la historia de sus amigos, aunque no toda.
Le dice hasta donde puede soportar, pero no todo cuanto sucedió en realidad.
Le cuenta los mejores recuerdos sobre Ali, que fue ella quien le dio al artista la idea para el cuadro.
Pero no menciona que también fue ella quien le dio el cuchillo a Joar.
—Acabábamos de cumplir catorce—dice en cambio.
Era el mes de septiembre, cuenta, acababa de empezar el curso cuando ella apareció doblando una esquina.
La hora del almuerzo estaba a punto de acabar y Ted, Joar y el artista estaban escondidos al final de uno de los pasillos porque el instituto estaba lleno de depredadores y todo era un compás de espera hasta una nueva persecución.
Por eso te volvías bueno en buscar escondrijos.
Oyeron un grito furibundo y un golpe seco, y entonces Ali apareció corriendo, como una luz cegadora, como un infarto.
No habían conocido nunca a nadie como ella, porque casi nadie tenía tanta suerte.
Tenía un ojo a la funerala y sangre en los nudillos, y la puerta que había cerrado de un portazo era la del despacho del director.
Sin querer, la joven entró en el campo de visión de Ted.
Lo primero que le gritó en toda la cara al chico fue: «¿¡SE PUEDE SABER QUÉ ESTÁS MIRANDO! ?».
¿Hubo vida antes de ella? Imposible. Ted y el artista se quedaron pasmados como si llevaran la boca llena de pegamento, por lo que obviamente tuvo que ser Joar quien reuniera el valor para abrir la suya.
—Eh, Ali. ¿Quién ha ganado?—preguntó alegremente, señalando los nudillos ensangrentados de la joven.
Los ojos de la chica se llenaron de pronto de un odio tal que Joar retrocedió unos pasos; un suceso que rozaba lo insólito, el artista no lo había visto jamás dar un paso atrás.
La chica solo le sacaba media cabeza, pero daba la sensación de que medía tres metros cuando se inclinó hacia delante y bramó:
—¿¡Qué me has llamado!?
Joar levantó los brazos, pasmado, afrentado y muerto de miedo, todo junto.
—Ali, como Muhammad Ali, el boxeador. Solo he preguntado con quién coño te has peleado, ¿qué mierda te pasa?
La chica se detuvo a media zancada. Inclinó la cabeza a un lado, como un pitbull sorprendido. Entonces se le descompuso la cara y emitió una sonora carcajada.
—Ali, me gusta. Ali... Ali... Aliiiii.
Probaba a decir el nombre mientras miraba uno por uno a los chicos, que rebotaban en sus pupilas.
Cómo iban a saber ellos que tenía catorce años y estaba sola en el mundo, siempre resulta incomprensible que puedan existir personas como ella.
No sabían que se había plantado en un tejado y había estado a punto de saltar unos meses antes.
No sabían nada de su oscuridad, de cuánto dolor albergaba, de que en el interior de su delgado cuerpo ardía un fuego salvaje.
No sabían que se acababa de mudar al pueblo y había decidido esa misma mañana morirse o encontrar una nueva vida.
Nuevos amigos, nuevas bromas, nuevo... todo.
Quizá hasta un nuevo nombre, si alguien se lo ofrecía.
¿Ali? Serviría. ¿Los chicos? Ellos no sabían nada de eso, simplemente fueron los más afortunados del mundo.
Ali se pasó los dedos por el ojo morado y murmuró:
—Me he peleado con un chico en clase de gimnasia porque dijo que lanzaba la pelota como una niña pequeña.
Joar le miró los nudillos y señaló:
—No peleas como una niña pequeña. ¿Lo ha notado o qué?
—Lo ha notado más rápido que una diarrea—dijo sonriendo Ali.
La risa de Joar resonó por todo el pasillo y, desde ese momento, se hicieron inseparables.
Veinticinco años después, Ted se queda callado en el tren.
Ese fue el otoño que acababan de cumplir los catorce, después de eso hubo un invierno y una primavera, y luego el verano en que cumplieron quince años.
El último verano de su niñez. Ali fue una verdadera segunda vida para Joar.
Solo se tuvieron el uno al otro durante poco más de un año.
¿Quién tiene tiempo de conocer de verdad a alguien en ese tiempo?
Si te haces esa pregunta es que no has estado en la situación, no te has enamorado tan locamente jamás, no te has enganchado al aliento de otra persona.
Si el amor entre Joar y Ali hubiera durado ochenta años no habría variado en nada, todo estaba allí desde el principio: la luz cegadora y los golpes secos y los infartos.
Ted mira a Louisa y sonríe débilmente.
—Has dicho que parecía que nos estábamos riendo en el cuadro, que alguien se había tirado un pedo. Has dicho que no podías comprender cómo alguien puede pintar la risa. Es porque la risa que pintó fue la de Ali.
—¿Y la salsa de chile?—sonríe Louisa.
—Y la salsa de chile—ríe Ted.
Iban a grupos diferentes en el instituto.
Joar y el artista a uno, Ted a otro y Ali a un tercero.
No se buscaban al terminar las clases; simplemente, sobrevolaban juntos por entre la multitud, como si fuera inevitable que se encontraran.
Nunca hablaron de que Ali los acompañara al embarcadero, ella lo hizo y punto.
Estuvieron allí tumbados, con las cabezas apoyadas en las mochilas, rodeados de mar por tres lados, el último día caluroso del año.
Al día siguiente, el otoño le arrebataría el mes de septiembre a las exhaustas manos del verano.
Ali fumaba los cigarrillos de los chicos.
—¿De dónde los habéis robado?—preguntó impresionada.
Joar, que, siendo francos, había robado de casi todo en su vida excepto cigarrillos, lanzó unos cuantos aros de humo del tamaño de dónuts.
—Los hemos comprado—respondió satisfecho.