Chapter 18 #3
—Yo creo que la mujer de Servicios Sociales empinaba el codo. Como mi madre—dice Louisa encogiéndose de hombros.
—Lo siento—responde Ted con total honestidad.
El lápiz gira y gira entre los dedos de Louisa.
—No lo sientas. Mi madre bebió hasta matarse sin mí. Si hubiera estado con ella cuando lo hizo, a lo mejor no me habría encontrado nadie.
—¿Así que acabaste en el sistema de acogida?
—SÍ.
—¿Qué tal es?
—Estaba bien—contesta Louisa con el tono propio de alguien que tiene tantos moratones y cicatrices por todo el cuerpo que al final ya ni te molestas en pensar que quizá tenerlos no sea normal.
—Lo... siento—repite Ted.
Si le resultara más cómodo tocar a la gente, quizá le hubiera dado un abrazo. Si a ella le resultara más cómodo que la gente la tocara, quizá le hubiera gustado. Pero, siendo las cosas como son, se quedaron cada uno en su sitio, con diez centímetros de aire entre ellos.
Es posible que, en esta ocasión, transcurrieran hasta siete minutos.
Hay que reconocerle el mérito a Louisa. Pero en ese momento pasa el revisor, un hombre más o menos de la edad de Ted, aunque con más canas en la barba.
Ted lo observa y Louisa observa a Ted y sonríe.
Cuando él se da cuenta, se pone colorado.
—¿De qué clase de hombres te enamoras?
—¡Eso no es asunto tuyo!—exclama Ted tan bruscamente que los demás pasajeros del vagón se giran y el revisor mira por encima del hombro. Ted se pone tan rojo que se podrían cocinar gofres en las arrugas de su cara.
—Vale, vale, joder, usted perdone—dice sonriendo Louisa, que mira al revisor y declara con rotundidad—: No, si lo entiendo, es probable que no pudieras enamorarte de alguien como él. No es tu tipo.
Ted se ofende y la mira.
—Pues a lo mejor sí lo es. ¡Qué sabrás tú!—masculla.
Louisa sacude la cabeza pensativa.
—No, porque hay muchos hombres como él, si pudieras enamorarte de uno así ya lo habrías encontrado y no estarías solo.
Ted la mira de un modo no muy diferente a como se miraría a una araña en el bocata.
Entonces mira el recipiente de las cenizas, como si la persona que hay dentro acabara de decir algo sobre ropa de cama sin lavar.
Ted suspira tan hondamente que casi pela la pintura de las paredes del vagón, pero enseguida se seca los ojos y admite en voz baja:
—De los genios. Yo solo me enamoro de los genios.
A Louisa se le ilumina la cara.
—¡A Pez le pasaba lo mismo!
Ted asiente lentamente.
—Por eso te amaba a ti.
Las palabras salen con tal rapidez que al principio Louisa no pilla el significado.
—No, me refiero a que Pez se enamoraba de CHICOS que eran...
—Sé a qué te referías. Solo digo que te equivocas.
La frase establece un nuevo récord y se coloca en primera posición de los comentarios amables proferidos por un adulto sobre ella.
El revisor sale del vagón y Ted se esfuerza al máximo por no mirarlo mientras se aleja, pero no le sale del todo bien. Louisa se esfuerza al máximo por no hacer más preguntas, pero tampoco le sale del todo bien.
—¿Qué vas a poner en su lápida?—pregunta señalando con la cabeza el recipiente de las cenizas.
—No lo sé—miente Ted.
Louisa arruga la nariz.
—Era ssuperfamoso, ¡algo tendrá que poner! No sé, algo poético.
—También era superidiota, y sugirió cosas como: «Aquí yace un hombre que comió verdura y murió igualmente».
Louisa ríe.
—Tú no vas a poner eso—dice ligeramente decepcionada—. Es una pena que haya sobrevivido el más aburrido de los dos.
Ted hace todo lo posible por no sonreír.
—Te quiero y creo enti.
—¿Cómo?—pregunta Louisa, bastante sorprendida.
—Eso voy a poner en la lápida. Te quiero y creo en ti. Solíamos decírnoslo el uno al otro.
—Bonito.
A Louisa le pilla tan desprevenida que es lo único que logra decir.
—Gracias.
—¿Qué asignatura dabas?
—Historia.
—¿En serio?
—Sería raro mentir sobre eso.
—Cuéntame una entonces.
—¿Una qué?
—Una historia.
—¿Sobre qué?
Louisa se inclina hacia delante y saca con delicadeza el cuadro de la caja.
—¡Háblame de él! ¡Háblame del cuadro! Cuéntame cómo alcanzó la fama mundial, cuéntame...
¡No sé! He pensado tanto en vosotros que Pez decía que era un poquito psicópata.
Decía que no era normal fantasear tanto sobre tres chicos desconocidos en un embarcadero, porque a lo mejor erais asesinos o algo así.
—O secuestradores.
Ted se apretuja contra la ventana para proteger su chaqueta de las carcajadas de Louisa.
—O sea, que este eres tú, ¿no?—pregunta señalando el embarcadero—. ¿Y este Joar? ¿Y ese es... él?
Ted, apenado, niega con la cabeza.
—No, esa es Ali—corrige.
—¿Qué?
Ted suspira con tanta intensidad que en medio del suspiro hay otro suspiro.
—Si quieres oír la historia del cuadro, oírla de verdad, tendría que empezar por decirte que estás equivocada. Todo el mundo se equivoca cuando lo mira. No son tres chicos los que están sentados en el embarcadero.
Louisa se queda mirando el cuadro, luego mira a Ted y de nuevo al cuadro. Entonces Ted hace una cosa que no creía que iba a volver a hacer jamás: cuenta la historia completa, desde el mismísimo principio.