Chapter 18 #2
Tras decirlo, Ted se revisa rápidamente, como si esta vez fuera su cerebro el que empieza a dar portazos y señalar que a lo mejor ya está bien de detalles personales, ¿no?
Louisa reconoce esa mirada.
—¿Y ahora puedes dormir la noche entera?—pregunta con curiosidad.
—No.
—Yo tampoco. No como cuando Pez estaba en la misma habitación. Me acostumbré a oír su respiración.
Ted mira el recipiente de las cenizas y luego a Louisa. Sonríe débilmente.
—Él solía roncar.
—¡Pez también! ¡Una barbaridad! ¡Sonaba como si alguien estuviera estrangulando a un dinosaurio!
Ted se echa a reír a carcajadas y eso le provoca escozor en la garganta, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo correctamente.
—¿Por qué no sigues viviendo en su apartamento?
—Lo vendimos. Vendimos todo lo que tenía para reunir el dinero con que comprar el cuadro. Esa es toda su herencia—dice Ted con dulzura.
—Debería habérselo dado a otra persona. Yo no sé nada de arte—dice con tono contundente.
Ted mira el cuaderno de la joven, ha estado dibujando cucarachas.
—¿Desde cuándo tienes la postal del cuadro?
—Desde siempre, prácticamente.
—¿En cuántas casas de acogida has vivido?
El rostro de Louisa vuelve a desaparecer detrás de su pelo.
—No sé. En muchas. No importa.
—¿Y no se te perdió la postal?
—¡Jamás!—exclama horrorizada, como si solo concebir tal cosa fuese un disparate.
Ted asiente lentamente.
—Entonces lo sabes todo sobre arte. Más que nadie que yo conozca.
Es una suerte que Louisa esté sentada porque se habría caído de culo si no.
—Debería haberle dado el cuadro a otra persona, a algún alumno de una escuela de arte elegante de esas, a alguien que sepa pintar...—murmura.
—No quiso dárselo a alguien que supiera pintar, quiso dártelo a ti.
Louisa tarda unos segundos en darse cuenta de que bromea. Entonces rompe a reír a carcajadas y una nueva ducha de saliva aterriza en la chaqueta de Ted, que se arrepiente de haber sido gracioso.
—Perdona—se disculpa sin parar de reír.
Ted toma aire con tanta intensidad que casi acaba en el asiento de detrás.
Solía decir que solo se sentía él mismo cuando pintaba.
Todo lo demás, la vida, la realidad, eran puro teatro.
Solo el arte era real. Y cuando te conoció...
Bueno, se vio a sí mismo. Hacía años que no lo veía dibujar calaveras, hasta que las vi en la pared del callejón.
Me dijo en el hospital que le encantaban tus cucarachas.
Dijo que no había visto a nadie pintar insectos con tanta belleza.
El hombre de treinta y nueve y la joven de dieciocho evitan mirarse a los ojos un buen rato después de eso. Ella acaricia el cuaderno de dibujo sobre su regazo.
—Había una señora, una de las idiotas ricas de la subasta, que gritó cuando me echaron que yo era una cucaracha. Pero las cucarachas son supervivientes. Esa mujer se morirá en su horrible casa veraniega, pero las cucarachas sobrevivirán.
Ted sonríe.
—Ahora eres uno de ellos, lo sabes, ¿verdad?
Louisa frunce el ceño.
—¿Uno de qué?
—Eres una idiota rica—sonríe Ted señalando el cuadro con la cabeza.
Louisa retuerce la cara y, de pronto, asiente, mucho más alegre.
—En ese caso, ¡ya no soy una sintecho! Porque cuando los ricos duermen al aire libre, no es indigencia, ¡es una acampada!
Le apetece decirle a Ted que le encanta su risa, pero no está muy segura de cómo hacerlo.
—Acampada—repite Ted con una carcajada.
Le gustaría decirle que el artista no le dio el cuadro porque fuera su herencia, sino porque se había dado cuenta de que ella era la herencia. Arte es lo que dejamos de nosotros mismos en otras personas. Pero no está muy seguro de cómo decirlo.
El tren avanza traqueteante y Louisa permanece en silencio puede que durante cuatro minutos y medio. Bueno, tal vez cuatro, seamos honestos.
—¿No quieres preguntarme nada?
—Ahora no, creo—responde Ted en dirección a la ventana.
—Un poco maleducado, ¿no? Yo te he preguntado un montón de cosas.
Un argumento prácticamente imposible de rebatir, por supuesto, de manera que Ted mira la hora, respira profundamente y pregunta:
—Vale. ¿Por qué se llamaba Pez tu amiga?
A Louisa se le ilumina la cara, como si acabara de descubrir que hay lavabos en los trenes.
—Porque tenía los ojos súper separados, así que algunos idiotas de la casa de acogida la llamaban «tiburón martillo», y ella lo odiaba porque los tiburones son depredadores y ella no quería serlo. Así que decidió que mejor sería un pez.
Ted trata de evitarlo por todos los medios, pero por desgracia no logra impedir que salga su siguiente comentario.
—Los tiburones son peces.
—No. Son mamíferos—corrige amablemente Louisa.
—No. Los delfines y las ballenas son mamíferos. Los tiburones son peces—corrige Ted, con bastante menos amabilidad.
—Te estás cargando la historia.
—Vaaaale.
—¡Vale!—Louisa prosigue alegremente—: Entonces ella quería ser un pez porque los peces son como los pájaros pero dentro del agua. Son libres. ¿Comprendes?
Ted asiente, un poco más amable que antes, pero no hace más preguntas, así que Louisa responde a la pregunta que ella cree que debería haber hecho él:
—¿Sabes cómo me llamaba Pez? ¡La Gigante! Porque todo el mundo me llamaba «monstruo» por ser la chica más grande de la casa y yo lo odiaba, pero cuando ella decía «gigante» sonaba poderoso.
El tren da unas sacudidas que hacen tambalear el recipiente de las cenizas. Ted se inclina para cogerlo y ya no es capaz de soltarlo. Su cerebro piensa sin duda que ya ha habido preguntas más que suficientes por un día y, pese a todo, sus labios se mueven vacilantes y al final emerge una:
—¿Qué les sucedió a tus padres?
Louisa levanta la mirada como si quisiera que se lo volviera a preguntar, de lo agradable que ha sido que a él le importe.
—Mi padre se fue antes de nacer yo. Ahora está muerto. Lo mataron en una pelea en un bar o algo así. No era una buena persona, así que a lo mejor fue una suerte que no quisiera ser mi padre.
—¿Y tu madre?
Louisa dibuja con más ímpetu en su cuaderno.
—Bueno, yo no creo que fuera mala persona. Recuerdo que solía cantar, o al menos creo que lo recuerdo. ¡Y teníamos tele! Así que no podía ser una mamá terrible, habría vendido la tele si lo fuera.
—¿Qué le pasó?—se oye preguntar Ted, puesto que es evidente que su cerebro se ha dado por vencido y ha abandonado cualquier esperanza de zanjar la conversación.
Louisa gira cada vez más rápido el lápiz entre los dedos.
—A los cinco años me dejó con unos vecinos y desapareció.
No era mala persona, creo, solo estaba...
rota, como si le faltaran algunos pedazos, ¿entiendes lo que quiero decir?
Los vecinos eran amables, pero no querían hijos.
Y entonces hubo un problema porque la policía pensó que me tenían secuestrada cuando la llamaron.
Y acabaron en la cárcel. ¡Aunque no fue por mi culpa!
Acabaron en la cárcel porque robaban cosas.
Pero tampoco eran malas personas, en mi opinión.
Yo creo que teníamos tele porque ellos la habían robado para nosotras.
—¿Cómo sabes todo esto?—pregunta Ted suavemente, como si no quisiera asustar a un pájaro.
—Me lo dijo una mujer de Servicios Sociales. Dijo que todo el mundo merece conocer de dónde viene.
—¿Qué edad tenías?
—Puede que siete.
Louisa sigue en su asiento del tren, pero, durante un segundo, Ted la ve sentada en el embarcadero.
—Eso es muy pronto para saber todo sobre uno—observa Ted.