Chapter 18
DIECIOCHO
Todo el mundo debería poder tener catorce años durante mucho más de un año.
Podríamos saltarnos muchas otras edades; los treinta y nueve, por ejemplo, es una edad de la que Ted prescindiría tan contento.
Las ganas imperiosas de orinar le sobrevienen ahora con más frecuencia de la que él está preparado para soportar, y su cuerpo ha empezado a despertarlo por la noche.
Sospecha que se está vengando, molesto porque su dueño lo siga manteniendo vivo.
En una ocasión, el artista leyó un artículo que sugería que la gente pronto podría vivir hasta los ciento quince años, cosa que a Ted le pareció insoportable porque, al ritmo que iba, para entonces no haría nada más que mear sin parar.
El tren se mueve, traquetea y chirría, como si odiara ser un tren.
Sus movimientos no son de gran ayuda para alguien que necesita hacer pis, así que Ted se da por vencido y decide ir al lavabo.
No es una decisión que tome a la ligera; cuando se pone recto y se apretuja contra el asiento para pasar junto a Louisa, las diversas partes de su esqueleto suenan a pisar cubitos de hielo.
El lavabo es muy estrecho y el asiento es pequeño de un modo en el que no te fijas cuando eres joven.
Ted limpia todas las superficies antes de sentarse, y al hacerlo se golpea la cabeza cuatro veces en diferentes partes del mobiliario.
Al terminar, cierra con cuidado la tapa antes de tirar de la cadena.
Entonces oye la risa del artista en su cabeza, porque siempre le ha hecho mucha gracia su fobia a los gérmenes.
Él se negaba a creer que, si tiras de la cadena con la tapa levantada, todos los gérmenes salen desperdigados en todas direcciones, y eso a Ted lo sacaba de quicio.
Otra cosa que le cabreó mucho fue cuando, tras llevar dos semanas conviviendo con el artista, se dispuso a lavar las sábanas y su amigo exclamó: «¿¡Cómo que lavarlas!
?». Él llevaba años usando las mismas. Cuando se dio cuenta de que Ted ponía cara de estar a punto de vomitar solo de pensarlo, le prometió lavarlas al día siguiente, pero Ted rechazó la idea amablemente: «No hace falta. Voy a quemar las sábanas esta noche».
El cerebro es bien peculiar, hay que ver las cosas que se le quedan clavadas.
Ted sale del lavabo y se dirige de nuevo a su asiento. Louisa se pone de pie para permitir que vuelva a pasar apretujándose contra ella hasta ocupar de nuevo su lugar junto a la ventana. Él pretende fingir que se queda dormido, pero, iluso de él, ni siquiera le da tiempo a cerrar los ojos.
—¿Sueles celebrar la Pascua?—pregunta Louisa.
—No.
Ella asiente con la cabeza con actitud comprensiva.
—¿No te gusta Jesús? A algunas personas a las que no les gusta Jesús tampoco les gusta la Pascua. Pero ¿sabes a quién es muy probable que no le gustara la Pascua? A Jesús.
—No tengo nada en contra de la Pascua. Ni de Jesús.
Louisa considera un momento la respuesta.
—¿No te gustan los huevos? A algunas personas no les gustan los huevos.
A ver, no es que a mí me encanten los huevos, pero pintamos alguno que otro en el colegio cuando era pequeña y eso me gustaba.
Una vez le pregunté a la maestra si podía pintar mis huevos como si fueran ninjas y, cuando me dijo que sí, yo pinté mis huevos de blanco. No pilló el chiste.
Ted no responde, cosa que Louisa interpreta como una señal de que está muy interesado en saber más.
—A Pez no le gustaba comer huevo porque pensaba que comerse el feto de un pollo era una asquerosidad.
Pero ¿sabes qué sí se comía? ¡Al pollo! Y luego decía que la rara era yo porque de pequeña pensaba que Papá Noel y Jesús eran la misma persona.
No entendía nada cuando oí hablar por primera vez de la crucifixión.
—Muy bien—asiente bruscamente Ted con la esperanza de que eso baste para zanjar la conversación, cosa que no sucede, por supuesto.
—¿Por qué cojeas?
—No cojeo—responde, una sutil señal de que no quiere hablar del tema.
—¡Vaya que no! ¡Me he dado cuenta antes, cuando corrías por el andén!—contesta Louisa, incapaz de reconocer una señal sutil aunque la tenga delante de las narices.
—Me vi en un incidente hace unos años—dice con resignación.
—¿Qué significa eso?
—Tuve un accidente.
—Hola, señor don Rodeos, ¿has probado alguna vez a decir exactamente lo que estás pensando? ¿Qué pasó?
Ted se masajea los párpados.
—Me caí.
Louisa espera a ver si prosigue, pero, como no sucede nada, murmura:
—¡Qué gran historia! ¡Me tiene enganchada!
Ted se muerde los labios; primero el de arriba y luego el de abajo.
—Es una larga...
—¡Ah, no! ¡Una larga historia no! Con todo lo que tienes que hacer ahora mismo—se burla Louisa recorriendo con la mirada todo el vagón de tren en un gesto teatral.
Ted mira fijamente con actitud acusatoria el recipiente de las cenizas, como si ellas tuvieran la culpa. Está agotado. Tiene el corazón roto. No sabe qué le ha entrado, pero empieza a decir la verdad sin darse cuenta.
—Me apuñalaron.
A Louisa se le ponen los ojos del tamaño de la esfera del reloj de un ricachón.
—¿Estás de coña?
En ese momento, Ted levanta la mirada y hace algo la mar de extraño: un chiste.
—Si estuviera de coña, te habría preguntado cómo se hace bajar a un hombre con un solo brazo de un árbol.
A Louisa le pilla tan desprevenida que al principio se queda callada, pero, cuando empieza a reír, rocía de saliva la chaqueta de Ted, que a su vez intenta, presa del pánico, limpiarla con la manga, y eso hace que Louisa ría aún más fuerte.
—¡Para! Así solo consigues extenderla. La estás empeorando.
—¿No sabes reír como una persona normal?—Ted pregunta sin dar señales de estar disfrutando con la situación.
Louisa pone los ojos en blanco.
—¿Siempre te quejas tanto? ¿Fue por eso por lo que te apuñalaron?
—¡No!—se apresura a decir.
Louisa se encoge de hombros en señal de disculpa.
—Vale. Entonces, ¿qué pasó?
Ted sigue restregándose la chaqueta. Se arrepiente de cada una de las palabras que salen de su boca.
—Fue... un alumno del instituto donde trabajaba. Intentaba apuñalar a otro alumno y yo intervine.
—Poco inteligente.
Louisa trata de sonar graciosa, pero tiene que reconocer que está un poquito impresionada.
—Muy poco, la verdad—coincide Ted cerrando los ojos.
Quizá sea hasta cierto punto irónico que, más de veinticinco años después de que Joar escondiera el cuchillo en el macetero, otro adolescente apuñalara a Ted.
Él ya era frágil antes del incidente, pero, después de aquello, le parecía que hasta el viento tenía cuchillas afiladas. Sigue teniendo pesadillas con puñales.
—¿Estuviste a punto de morir?
—No—miente Ted.
Louisa se le queda mirando con cara de escéptica.
—¿Te apuñalaron y no estuviste a punto de morir?
—Fue... Es una larga historia... Perdí mucha sangre—refunfuña Ted.
—Pero no moriste.
—Deberías ser detective, no se te escapa un detalle.
No parece que a Louisa le ofenda el sarcasmo de Ted, que no puede evitar pensar que debería molestarle aunque sea un poquito. Es típico de los adolescentes, para ser una generación que parece ofenderse por todo, tienen la piel bastante gruesa para los insultos.
—O sea que le salvaste la vida a aquel chico, ¿no?
—Eso es difícil de responder.
—¿Por qué?
—Porque es una pregunta hipotética.
A Louisa no parece preocuparle demasiado saber qué es una pregunta hipotética.
—¿Pasaste miedo?
—Tampoco puedo responder a eso.
—¿Porque es otra pregunta hipnótica de esas?
Ted deja por fin de restregarse la chaqueta, respira con una resignación que posiblemente sea difícil de comprender si no se te ha empezado a caer el pelo.
—No. Porque la pregunta presupone que dejé de tener miedo.
Louisa no dice nada de nada durante tres minutos. Posiblemente su mejor marca individual.
—¿Cuándo pasó?
—Hace poco más de dos años.
Louisa mira el recipiente con las cenizas.
—(¿Fue entonces cuando te fuiste a vivir con él?
Ted se limpia las gafas para justificar que parpadea unas mil veces seguidas. Entonces salen a borbotones de su boca más palabras de las que tiene previsto decir:
—Sí... Él llevaba varios años pidiéndome que me fuera a vivir con él, pero siempre le decía que tenía un buen trabajo y que no quería vivir en un mundo de Peter Pan como él.
Pero al salir del hospital no sabía qué hacer, me daba demasiado miedo volver al instituto...
Necesitaba a toda costa un mundo de Peter Pan en ese momento.
Por eso fui. Y, una vez allí, dormí toda la noche del tirón por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Le tiemblan los dedos cuando se vuelve a poner las gafas, la cinta ha empezado a despegarse y las lleva torcidas otra vez.
Cuando despertó después de la operación, el artista fue la primera persona a quien llamó, y no fue hasta mucho más tarde cuando su amigo le confesó que la noche antes se había emborrachado tanto que casi se ahoga en la bañera.
—¿Y qué pasó entonces?—pregunta Louisa tras esperar pacientemente durante nada menos que doce segundos.
—Me quedé con él unas pocas semanas que se volvieron meses, y luego se puso enfermo, así que...
Se muerde el labio superior, luego el inferior y, por último, la lengua.
—¿Entonces nunca volviste a tu hogar?
—Él era mi hogar—susurra Ted.
Louisa se queda callada una eternidad, puede que casi un minuto entero, antes de preguntar:
—(¿Eras la única persona que cuidaba de él?
—NO, no, tenía doctores en el hospital, enfermeras, un montón de...
Louisa sacude la cabeza.
—No, me refiero al único amigo. Yo... daba por hecho que si una persona es tan famosa como él debe de tener un montón de gente que lo cuide.
Ted se queda mirando por la ventana. Piensa en el precioso apartamento, amueblado por un famoso diseñador de interiores a un precio exorbitante. Se acuerda de la enorme mesa de comedor rodeada de dieciséis sillas, de las que solo una estaba ligeramente desgastada.
—La gente adoraba su arte. Lo amaban millones de personas. Pero hay una diferencia entre ser amado y recibir amor.