Mis amigos Chapter 17
31%

Chapter 17

DIECISIETE

Es extraño qué recordamos de la infancia, aunque puede que lo que olvidamos sea más extraño aún. Cuando piensas en los veranos de tu niñez, parece que siempre hiciera sol; no hace aire ni llueve en la nostalgia.

Al final de la vida del artista, cuando tenía treinta y nueve años y sabía que no iba a llegar a los cuarenta, susurraba a menudo el nombre de Joar nada más despertar.

Mientras dormía hablaba de pájaros y salsa de chile, de bicicletas robadas y carros de la compra bajando a todo trapo por cuestas empinadas; esas eran las cosas a las que se había aferrado su cerebro.

Sin embargo, algunas veces Ted veía a su amigo nadar en la cama, como si buscara a alguien en el mar, y, de vez en cuando, el artista gritaba en la oscuridad:

—¿Dónde está Ali? ¿Dónde está Ali?

Es gracioso cómo nos engaña la memoria. Ted tenía doce años cuando conoció a Joar y al artista; era casi un adolescente, pero apenas recuerda la vida anterior a ellos.

Durante más de un año no tuvieron a nadie más, pero, a pesar de ello, no es así cómo Ted recuerda esa época. En su mente, siempre fueron cuatro.

Hace veinticinco años, los tres amigos siempre exclamaban «¡AQUÍ!

» cuando emergían del agua. Atravesaban corriendo el embarcadero juntos y saltaban al agua cada uno en una dirección, se zambullían en la oscuridad.

Allí abajo estaban solos y aleteaban frenéticamente luchando contra la profundidad mientras sus cuerpos delgados se volvían pesados, como si unas garras invisibles tiraran de ellos desde el abismo.

Entonces, siempre de un modo igual de inexplicable, las garras los soltaban de pronto y ellos volaban hacia la superficie.

«¡AQUÍ!», gritaba el primero en cuanto abría los ojos hacia el sol y el aire le entraba en los pulmones.

«¡AQUÍ!», exclamaba el segundo. «¡AQUÍ! ¡AQUÍ!

¡AQUÍ! ¡AQUÍ!», vociferaban todos. Durante el invierno, cuando el sol aún no había despuntado en el momento en que emprendían el camino al instituto, hacían lo mismo al llegar a la intersección: «¡AQUÍ!

», anunciaban entre los edificios antes de poder verse en medio de la oscuridad. «¡AQUÍ! ¡AQUÍ! ¡AQUÍ! ¡AQUÍ!».

Cuatro voces. La de Joar, seguida de la del artista y Ted al final. Pero, la primera de todas era la de ella.

Aquel verano que cumplieron quince años, al día siguiente de que Joar permaneciera despierto con un cuchillo escondido en la tierra de debajo de las flores, pendiente del sonido de la llave de su padre en la cerradura de la entrada, sus amigos lo esperaron en la intersección hasta que el sol estaba bien alto.

No apareció. Su padre había pasado toda la noche fuera, más borracho de lo habitual e indefenso.

El muy cabrón no habría podido abrir la puerta del apartamento ni aunque la llave estuviera sin echar.

Joar lo esperaba en la cama y notaba el peso del cuchillo en la mano y el odio en el corazón, una hora detrás de otra.

La mañana siguiente, sus amigos lo esperaron sentados en el césped de la intersección tanto rato como les fue posible y luego emprendieron el camino hasta su casa.

Vieron la lata con las flores colgando por fuera de su habitación a lo lejos, la ventana estaba abierta, el viento jugueteaba con los geranios y la lavanda.

Los amigos se detuvieron en la calle y levantaron la vista hasta la ventana, incapaces de reunir el valor para llamarlo.

La amistad es especial cuando eres adolescente: notas en la piel cuando algo no va bien.

—Aquí—susurró de pronto la voz desde la puerta.

Sus amigos recorrieron con la mirada sorprendidos el camino desde la ventana hasta la entrada.

Allí estaba Joar, de pie y con los dedos manchados de tierra, ataviado con una camisa completamente arrugada.

La noche anterior, su padre se había emborrachado mucho más que de costumbre; tanto que ni siquiera volvió a casa, un compañero del puerto lo dejó dormir en su sofá.

Esa mañana, la madre de Joar había mirado en la habitación de este y lo había visto yacer despierto.

Al decirle que el padre no había vuelto la noche antes, no vio alivio en la mirada de su hijo, sino algo mucho más terrorífico: decepción.

Vio la oscuridad en sus ojos, los puños apretados y la ventana entreabierta.

No vio el cuchillo, no hizo falta, porque ser madre es especial también: notas en la piel cuando algo no va bien.

—A mamá se le ha metido en la cabeza que teníamos que trasplantar todas las macetas de la casa esta mañana. Me he tenido que quedar a ayudarla—explicó Joar a sus amigos a modo de justificación.

Ellos se daban perfecta cuenta de que ocultaba algo, pero cuesta dar con las palabras correctas cuando tienes catorce años, así que dijeron la única que tenían:

—Aquí.

—Aquí—respondió Joar sonriendo.

Cuando emprendieron el camino hacia el embarcadero ese día, Joar llevaba las correas de la mochila agarradas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, es ahí donde llevaba ahora escondido el cuchillo.

Se había dado cuenta de que no podía matar a su padre si su madre estaba en casa, ella era demasiado suspicaz, así que necesitaba un nuevo plan.

Ted caminaba descontento a su lado, notaba el dolor de su amigo, pero era incapaz de hacer nada al respecto, así que optó por lo más inesperado: ser gracioso.

Una ardilla se les cruzó por delante y se encaramó a un árbol.

—¡Alcachofa!—gritó Ted.

Si alguien hubiera oído cómo rieron sus amigos no se le pasaría por la cabeza el motivo, pero aquellas calles no recordaban haber oído jamás un estruendo más liberador.

Porque cuando Ted conoció a Joar y al artista, a los doce años, apenas se atrevía a hablar, siempre tenía miedo de decir la palabra equivocada.

Era un chico inmigrante que casi ni recordaba su país de origen, lo bastante pequeño al abandonarlo como para no hablar su antigua lengua con fluidez pero lo bastante mayor para que se le notara el acento al hablar la nueva.

Se había acostumbrado a que las risas burlonas de los demás niños siempre fueran dirigidas a él.

En cambio, Joar y el artista habían reído de un modo diferente, sin malicia, así que fue con ellos con quienes Ted se atrevió a balbucear por primera vez.

Nada podía darle más seguridad a un niño.

Un día les contó que su nueva lengua le había resultado tan difícil que no aprendió a leer hasta cumplir los diez; antes, todo era un galimatías de consonantes en su cabeza, y su hermano mayor lo había engañado y le había hecho creer que la palabra para «ardilla» era «alcachofa».

Así que, durante varios años, siempre que Ted veía un animalillo peludo correteando por el parque, pensaba: «Ahí va una alcachofa».

La primera vez que fue con su madre al supermercado después de aprender a leer, vio en una lata las palabras «corazones de alcachofa» y no se atrevió a abrir la boca, pero se fue a casa pensando que en este país vivía la gente más cruel del mundo.

Sus amigos se cayeron de culo de la risa cuando les contó la anécdota con doce años, y más reían ahora que habían cumplido catorce.

—Cuando era pequeño, convencí a mi madre de que las personas alérgicas al pelo de los animales no pueden comer kiwis—dijo riendo Joar. Cuando los otros ya no podían ni respirar de tanto reír, añadió—: ¡Lo sigue creyendo!

Las carcajadas continuaron hasta llegar a su casa, a la ventana abierta y al interior. Allí de pie encontraron a su madre, con las manos llenas de tierra y una sonrisa de oreja a oreja. Ser progenitor es algo realmente extraño; el dolor de los hijos es nuestro, pero también su alegría.

Aquel día, cuando los tres amigos iban de camino al mar y el embarcadero, resultó ser una de las mejores tardes de todo el verano.

Es posible que incluso la recuerden como una de las mejores de su vida.

Vendrían otros días, mucho más oscuros, pero este fue diferente a todos.

El artista agarraba con fuerza su mochila, que escondía todas las pastillas que había robado del armario del lavabo del padre de Ted.

Joar agarraba con más fuerza si cabe su propia mochila, que escondía el cuchillo.

Pero Ted sacó todas las galletas que llevaba en la suya y el artista obligó a Joar a comerse una también.

Eran las galletas más secas que habían probado nunca.

—Estas galletas están tan secas que parece que son ellas las que me comen a mí—dijo Joar con dificultad, porque tenía la boca pastosa como si se hubiera quedado sin saliva.

Se echaron a reír disparando perdigones de migajas como copos de nieve; es probable que en ese momento pareciera que todo podía salir bien.

Atravesaron calles, lejos de sus casas, cruzaron el gran aparcamiento donde estaba estacionado el coche del padre de Joar.

Antes de que terminara ese verano correrían en dirección contraria y verían un coche patrulla aparcado allí mismo.

Un día, los hombres que trabajaban en el puerto con el padre de Joar se quedarían observando la ventana de la habitación del chico desde la calle con la mirada vacía y el corazón muerto de vergiienza.

El apartamento olería a geranios y lavanda y habría un cuerpo en el suelo.

Pero no ese día, aún no, porque solo estamos en junio. El sol luce todavía sobre el mar, el embarcadero sigue oliendo a pedos y las alcachofas aún se persiguen unas a otras por los árboles.

Joar miró alrededor y luego se giró hacia Ted y el artista.

—¿Dónde está Ali?—preguntó.

Es extraño qué recordamos de nuestra infancia, es gracioso cómo de evidentes parecen las cosas en retrospectiva.

Como si siempre hubieran sido cuatro amigos y no tres.

O como si el cuadro de fama mundial se hubiera llamado El del mar desde el principio.

Porque es evidente que no fue así, no en un primer momento.

El cuadro debería haberse llamado Los chicos y ella.

—¡AQUÍ!—bramó una voz por detrás de los chicos aquel día de verano.

Y Ali apareció doblando la esquina a toda mecha.