Mis amigos Chapter 16
30%

Chapter 16

DIECISÉIS

Ted echa una cabezadita sin querer, de manera que, cuando despierta, se siente aturdido y no sabe cuánto rato lleva durmiendo.

¿Unos pocos segundos? ¿Minutos? ¿Qué hora es?

Es entonces cuando se da cuenta de lo agotado que está y parpadea con cara de estar grogui bajo la luz del techo del vagón.

Lo ha despertado un tamborileo. Mira de un lado a otro hasta que se da cuenta de qué lo produce: es Louisa, que aporrea los brazos del asiento con los dedos, infatigable como una avispa en un tarro de cristal,

—¿Cuándo vuelve a parar el tren? Necesito hacer pis—sisea.

Ted se queda mirándola, cree que bromea, pero nada más lejos de la realidad.

—Hay lavabos en el tren—dice con toda la amabilidad de que es capaz, pues no quiere hacerla sentir estúpida.

—¿En serio? ¡Yo creía que eso era solo en los trenes de las películas!

—dice en voz alta, sintiéndose cero estúpida, por lo visto, y Ted no puede evitar pensar que a lo mejor está bien sentirse un pelín idiota de vez en cuando.

Señala la puerta con el letrero de «Lavabos» y Louisa sale en tromba hacia ella como si alguien hubiera gritado «¡piruletas gratis! ».

Cuando se queda solo, Ted se maravilla del silencio con que puede levantarse una persona a los dieciocho años, sin un quejido ni un crujir de la columna.

Al hacerte mayor te das cuenta de la naturalidad con la que se mueve un adolescente, te das cuenta de lo lógico que es que la gente de la Edad de Piedra muriera a los veintisiete, porque a partir de esa edad el cuerpo hace todo lo que está en su mano para morirse.

Tú crees que vas a ser joven para siempre, pero, de pronto, llegas a una edad en la que no puedes dar por sentado levantarte de la silla, requiere planificación, y Ted ya la ha alcanzado.

Hace no mucho se le quedó el cuello rígido al estornudar.

—Te estás empezando a hacer viejo—le dijo sonriendo el artista.

—¡Mira quién habla! ¡El que se está muriendo!—replicó Ted, que se había sentido muy insultado.

Se sintió tan avergonzado al instante que se tapó la boca con las dos manos. ¡Vaya si tosió el artista con aquello de lo mucho que se reía!

Ted le da un codazo al recipiente de las cenizas.

—Entiendo lo que viste en ella. Sé a quién te recordó—dice con la voz quebrada.

El tren coge velocidad, el mundo pasa parpadeando afuera, primero las casas y las carreteras, luego las granjas y los campos. Poco después, los árboles y la oscuridad. Hay un largo camino hasta el mar, increíblemente largo.

La puerta del lavabo se abre y vuelve Louisa. Ted se seca las mejillas y trata de esconderse mirando por la ventana. Ella aterriza en el asiento de al lado como si fuera el foso de arena de la competición olímpica de salto de longitud.

—¿Por qué estás triste? ¿Has llorado?

—No—murmura Ted con irritación mientras se restriega con fuerza los ojos con la muñeca.

—¿Es por tu pelo?—pregunta Louisa con cara de profunda empatía.

Al principio Ted no entiende a qué se refiere, pero entonces ella se queda mirando unos segundos que parecen eternos la parte superior de su frente.

—Ah, no. ¡No! ¿Por qué lo dices?—balbucea Ted.

Louisa se encoge de hombros con gesto despreocupado.

—Por probar, nada más. Estás sentado mirando tu reflejo en la ventana, así que he pensado que a lo mejor era por el pelo.

—No estaba mirando mi reflejo.

Ted hace un esfuerzo titánico para que no se note que se está mirando la frente reflejada en la ventana mientras se mira la frente reflejada en la ventana y comprueba cuánto le han aumentado las entradas.

Piensa en lo que solía decir Joar: «Sabes que te has hecho viejo cuando tienes que usar jabón en la cabeza y champú en el culo».

Louisa lo interrumpe con bastante amabilidad y una pregunta mucho más importante:

—¿Dónde va a parar la caca?

—¿Perdona?

—La caca. La gente hace caca en el tren, ¿dónde va a parar?

Ted carraspea como lo hace el hombre más incómodo del mundo.

—Me... imagino que a algún depósito que hay bajo el tren.

—¿Y qué pasa entonces cuando se llena? ¿Vacían la caca en las vías o qué?

Ted pone cara de pasmado ante semejante ocurrencia.

—Pues no lo sé. A lo mejor.

Louisa se queda pensativa un buen rato.

—¿Qué pasa si hace mucho viento fuera?—pregunta muy seria—. Si vas caminando junto a las vías, ¿te comes un tornado de caca?

—No lo había pensado, la verdad—confiesa Ted.

—¿Cómo es posible que no lo hayas pensado alguna vez? Yo no puedo pensar en otra cosa ahora.

Ted resopla tan fuerte que es un milagro que no ondulen los campos de trigo al otro lado de la ventana.

—A lo mejor... ¿A lo mejor podemos estarnos un ratito en silencio?

Louisa se encoge de hombros.

—Vale, como quieras—masculla.

Saca un cuaderno de dibujo de su mochila, se acomoda en el asiento y coloca los pies en el respaldo del asiento de delante. Ted trata con todas sus fuerzas de no decirle que está prohibido hacer eso, pero al final todos los campos, desde el tren hasta el horizonte, se aplanan cuando rebufa.

—(¿Puedes quitar por favor los pies del asiento?

—¿Por qué?—pregunta Louisa desconcertada.

—Lo vas a ensuciar.

Louisa mira a Ted, luego al asiento y de nuevo a Ted.

—¿Y si me quito los zapatos?

—No se trata de eso.

—(¿De qué se trata entonces?

—¡De no sentarte poniendo los pies en el respaldo del asiento delantero!

—¿Por qué no?

—¡Porque solo los niños maleducados lo hacen!

—Vale, señor policía de los respaldos.

El tren frena, chirría y traquetea al entrar en una estación. Louisa se da cuenta de que Ted no deja de mirar la hora.

—¿Por qué miras el reloj todo el rato?

—Para comprobar si el tren va con retraso—responde más enfadado de lo que Louisa estima razonable.

—¿Tienes prisa?

—No.

—Entonces, ¿qué más te da si va con retraso?

—Me gusta que las cosas vayan a su hora.

Louisa lo mira como si estuviera loco, cosa que a Ted no le hace ninguna gracia.

Por su parte, contempla un momento ir al baño, pero se da cuenta de lo engorroso que sería ponerse de pie y decide que no vale la pena.

Louisa saca un cigarrillo de la mochila y se lo pone entre los labios mientras dibuja.

—¿Es que has perdido la cabeza? ¡No se puede fumar en el tren!—exclama Ted al instante.

—Oye, para querer un rato de silencio, haces mucho ruido.

—Sabes que aquí no puedes fumar, ¿verdad?—chista Ted.

—¡Ni siquiera lo he encendido! ¡Ni siquiera tengo mechero! ¡Ni siquiera fumo!—chista ella también.

—¿Por qué tienes cigarrillos entonces?

—¡No son míos! ¡Son de mi amiga Pez!

Se quedan mirando fijamente el uno al otro, el de treinta y nueve y la de dieciocho, con funerales en la mirada. Verte en otra persona no es fácil de manejar.

—Vale—murmura él.

—¡Vale!—murmura ella.

—No deberías fumar, eres demasiado joven—insiste Ted, que mira por la ventana y parece malhumorado.

—¿Por qué?—pregunta Louisa mirando su dibujo.

—Porque te matará.

—Si esperas hasta ser lo bastante mayor como para fumar acabarás muriendo aunque no fumes—replica Louisa, un argumento irritantemente difícil de refutar.

Con todo, Louisa baja al menos los pies del asiento y se quita el cigarro de la boca.

—Gracias—dice en voz baja Ted.

—¿Estás casado?—pregunta Louisa sin levantar la vista del dibujo.

—No.

—¿Tienes hijos?

—No.

—Qué desperdicio.

—¿Perdona?

—He dicho que qué desperdicio, con lo incordio que eres, podrías ser el padre incordio de alguien.

Ted suspira y cierra los ojos con la esperanza vana de que ella haga lo mismo. Sin embargo, Louisa se queda callada todo el tiempo de que es capaz, algo así como un minuto y medio.

—¿Qué clase de flores son?

Ted abre los ojos y arruga la nariz tan sorprendido que se le bajan las gafas.

—¿Qué flores?

Louisa sigue dibujando, deja que el pelo le caiga cubriéndole la cara, como si le avergonzara la pregunta.

—Las del cuadro. Las que están a tu lado en el embarcadero. ¿Qué flores son?

Es la primera vez que la ha oído dudar, como si le preocupara haberse equivocado y parecer estúpida. A Ted se le encorvan los hombros, es una carga oírte a ti mismo en los demás.

—Casi nadie ve las flores—reconoce con amabilidad.

—NO las había visto antes de ver el cuadro de verdad, no se ven en la postal, tienes que acercarte mucho—dice ella en voz baja.

Ted asiente, pensativo, luego se inclina hacia delante, saca el cuadro con cuidado de la caja y mira las diminutas marcas rosas y púrpuras junto a los adolescentes del embarcadero.

—Geranios y lavandas. Fue la mamá de Joar la que...—susurra.

Louisa olvida de pronto la vergiienza y vuelve a transformarse en una cría entusiasmada.

—¿Joar? ¿El que se tiró el pedo?—exclama.

El cerebro de Ted se opone con firmeza, como se supone que hacen los cerebros adultos, pero las comisuras de los labios no pueden evitar retorcerse.

—SÍ... sí. Los pedos de Joar eran fabulosos. Podía agujerearse los vaqueros. Tal vez por eso su madre tuviera tantas flores, ahora que lo pienso, puede que fuera la única manera de sobrevivir cuando tienes un hijo que es como un arma química.

Ambos ríen.

—Parece una buena madre.

Ted asiente, aunque se ha puesto triste y los músculos ya no son capaces de sostener su risa. No tiene la cara acostumbrada. Al hacerte mayor, la gravedad tira de las comisuras de los labios para abajo y el camino que hay que recorrer para sonreír se alarga.

—Sí, era muy buena cultivando cosas, todo olía bien a su alrededor. Lograba hacer que todo... sobreviviera.

Al acabar la frase, la boca se le ahoga en arrugas.

—Os debía de caer a todos genial para incluir las flores en el cuadro—declara Louisa.

Ted se limpia las torcidas gafas para darse la posibilidad de parpadear más lentamente.

—Sí, todo el mundo la quería. No podíamos comprender cómo podía oler tan bien la casa donde vivía con Joar, que pudiera haber algo tan encantador en un lugar donde vivía una persona tan malvada.

Porque el padre de Joar era... Era grande y fuerte, pero un hombre diminuto.

Solía pegarles palizas a Joar y a su madre como si no fueran seres humanos. Él...

Ted se queda otra vez callado, en primer lugar porque no sabe cómo describir a un hombre así, pero luego porque se da cuenta de que probablemente Louisa ya lo sabe todo sobre ellos.

—Entiendo—susurra ella.

—Lamento que lo entiendas.

Louisa sonríe al oírlo, lo cual es bastante extraño. Es joven y aún es fácil para ella, no le pasa factura a su cuerpo.

—Geranios y lavanda—repite como en una ensoñación desde detrás de su melena, y las palabras caen sobre el cuaderno de dibujo. Entonces dice algo bastante extraordinario—: Gracias.

—¿Por?

Louisa se encoge de hombros.

—Por contarme cosas. Y dejarme ir contigo.

Ted se queda callado tanto tiempo que Louisa casi le da un golpecito en la nariz para comprobar si todavía respira. Por fin, Ted parpadea.

—En realidad Joar era el más bajo de todos, pero en el cuadro parece el más alto—balbucea.

Louisa levanta la mirada y se aparta el pelo de los ojos.

—¿Más que tú incluso? ¿En serio? ¿Qué sois? ¿Hobbits?

—Yo...—Ted se siente un poco insultado.

—Quiero decir—se apresura a explicar Louisa—, los hobbits son personajes de El señor de los anillos, ¡son muy bajos!

—Gracias, sé qué son los hobbits.

Louisa pone los ojos en blanco.

—Bueno, usted perdone por la explicación. Eres muy mayor, ¿cómo se supone que voy a saber qué películas has visto?

Acto seguido, vuelve a desaparecer detrás de su pelo y se apresura a añadir:

—A lo mejor Joar era más grande en el cuadro porque lo veíais así. A mí Pez me parecía grande, aunque yo era mucho más alta. La gente cree que es malo que alguien te haga sentir pequeño, pero no es verdad.

Ted no responde, se limita a mirar el recipiente con las cenizas y concluye a regañadientes que el artista tenía razón. Louisa es de los nuestros.