Mis amigos Chapter 15 #2
29%

Chapter 15 #2

Ted quería una vida normal, despertarse en una cama normal, desde luego no deseaba experimentar el mundo.

Él solo quería ver la mirada de su amigo cuando regresara de experimentarlo, así que el artista se fue solo.

A los veintidós, recorrió un país tras otro, persiguiendo cuadros, devorando galerías y museos.

Hacía autostop, tomaba trenes lentos y cruzaba cordilleras en una vieja motocicleta desvencijada.

A los veinticuatro, trabajó de friegaplatos y limpiador, se enamoraba de desconocidos en pistas de baile palpitantes y bailaba a la luz de la luna en playas interminables.

Luego conoció a señoras mayores que le enseñaron a pintar retratos y a cobrar por ello; más tarde, a jóvenes con espráis que le enseñaron a pintar paredes de edificios y huir de la policía.

A los veintiséis, había hecho todo esto en todos los continentes, así que llamó a Ted y le dijo que iba camino de casa.

Las carcajadas de ambos retumbaban en el teléfono, pero las cosas no fueron como esperaba el artista.

Envió sus cuadros primero, a sus antiguos maestros de la escuela de arte, y los boquiabiertos profesores los mandaron a su vez a hombres y mujeres importantes.

Todo cambió. El artista había visto todo el arte del mundo y ahora estaba creando un arte que el mundo no había visto jamás: así se hizo famoso.

No volvió a casa después de aquello. Nunca se volvió a sentar a dibujar en el embarcadero.

La fama fue instantánea e inmisericorde, no apta, desde luego, para jóvenes sensibles; el artista había conquistado el mundo, pero ahora era el mundo el que se apoderaba de él.

A los veintiocho, volvió a viajar, aunque fue diferente esta vez; enormes coches negros lo llevaban hasta aeropuertos abarrotados.

Todas las personas que conocía le decían que lo adoraban, y casi nadie sobrevive a eso.

Lo fotografiaron para portadas de revistas y pasaba noches enteras tumbado en el suelo de suites de hotel carísimas, compartiendo por teléfono su pánico con Ted.

El artista era un observador, no soportaba que lo observaran, el mundo siempre confundía esas dos cosas.

A los treinta, tomaba pastillas a diario porque no tenía cerca a un ser querido que mirara en su mochila.

Durante un tiempo fue arrebatadoramente feliz e infeliz al mismo tiempo, era siempre una cosa o la otra, hasta que, al final, ambas se volvieron indistinguibles.

Aparecieron muchas personas en su vida que le decían lo que tenía que pintar y cómo debía vender su arte.

Al principio, trabajaban para el artista, pero no tardaba en ser él quien trabajaba para ellas.

Enseguida todos se decepcionaban porque pintaba demasiado despacio, cosas demasiado raras y en poca cantidad.

A los treinta y dos sufría ataques de pánico tan frecuentes que ya no recordaba cómo se sentía antes de ellos.

Compró un apartamento enorme y lo llenó de cosas preciosas, aunque dormía en un colchón en la entrada, enroscado como un gato.

Le estafaron media fortuna, regaló voluntariamente la otra media, buscó amor en los lugares equivocados y le rompieron el corazón de todas las formas posibles.

Dejó de salir, tenía la piel demasiado fina para la fama y los pulmones demasiado pequeños para estar en la cima del mundo.

Cuando algún desconocido lo reconocía por la calle, salía corriendo como un animal aterrorizado.

Al cumplir los treinta y cinco, un señor rico fue a verlo a su estudio y compró un cuadro que ni siquiera estaba terminado; una semana más tarde, había una cola de hombres ricos en la puerta que esperaban poder hacer lo mismo.

Se había hecho tan famoso que sus cuadros inacabados eran los que más valor tenían.

No volvió al estudio después de aquello, vivía en su apartamento como un naufragio, susurrándole a Ted al teléfono: «Todo el mundo quiere que pinte más cuadros, pero solo hasta que pueden comprar uno, entonces desean que no vuelva a pintar.

Ahora mi arte es solo una inversión, quien posee un pedazo de mí espera que muera, porque no hay nada que valga más en una subasta que una vida insatisfecha».

Tocó fondo a los treinta y siete. Una noche estaba tan borracho que casi se ahoga en la bañera, solo en su apartamento, rodeado de cosas bellas y silenciosas.

Fue entonces cuando Ted se fue a vivir con él, a pesar de que detestaba viajar y le aterrorizaban las grandes ciudades.

Tomó el tren, pues decía que volar era demasiado caro, aunque lo primero que le susurró el artista a la oreja cuando entró en el apartamento fue «cobarde».

—¿Tú sabes lo que dicen de los abejorros? ¿Que no deberían poder volar? ¡Bueno, pues las personas tampoco!—le espetó Ted.

El artista se echó a reír. También Ted. Hacía mucho tiempo que ninguno de los dos se reía.

Ted tenía planeado quedarse poco tiempo, aunque resultó ser el resto de la vida del artista.

Al principio ambos fingieron que lo hacían por el bien de Ted, que necesitaba unas vacaciones.

Pero, en realidad, era el artista el que necesitaba un hogar, y el hogar era Ted roncando en la oscuridad, como cuando eran críos en el sótano.

Desde ese día hasta el último, el artista no se sintió infeliz ni tampoco demasiado feliz, sino todos los estados intermedios: tranquilo, a salvo y contento.

Todo lo que puede desear una persona. Reían, bailaban, cocinaban, se leían poesía en voz alta el uno al otro.

Esto duró varios meses, un puñado de momentos, una eternidad.

Luego el artista enfermó y Ted se quedó.

De los veinticinco años que duró su amistad, solo vivieron juntos cuatro: dos en la adolescencia y dos al final.

Pero si no crees que las almas de los jóvenes puedan permanecer conectadas a pesar de las grandes distancias es que no sabes nada de ellos.

Hacia el final de su enfermedad el artista dormía mucho y Ted se sentaba junto a su cama y le leía. Las estanterías del artista estaban llenas de poetas, como las de cualquiera que busque entender cómo se las apaña el resto.

Ted le leyó a Bodil Malmsten: «No hay muerte, solo muchos muertos».

Luego leyó a Joan Didion, lo de su primer recuerdo tras volver a casa del hospital tras la muerte de su esposo: «Recuerdo poner su móvil a cargar en su escritorio».

Luego le volvió a leer a Bodil Malmsten: «La muerte es eso, que nunca más contestas».

Luego leyó a Maya Angelou, «Cuando los grandes árboles caen»:

Nuestra memoria, afilada de pronto,

examina,

rumia las palabras amables

nunca dichas,

los paseos prometidos

nunca dados.

Luego leyó a Bodil Malmsten, una y otra vez: «El corazón siempre está expuesto». Se quedó dormido en el sillón y, al despertar, el artista le agarraba los dedos con dulzura.

Justo antes de la Pascua, esa última primavera, el doctor que trataba al artista dijo que bajo ningún concepto debía viajar. Al día siguiente, su amigo lo ayudó a vender sus pertenencias y, juntos, viajaron hasta la subasta y Ted compró el cuadro. Detrás de la iglesia, el artista conoció a Louisa.

Ahora, Ted viaja en tren junto a un recipiente con cenizas, un cuadro famoso y una adolescente loca de atar. Una idea nefasta, desde luego. Peor que la de los calcetines en la tostadora.