Mis amigos Chapter 15
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Chapter 15

QUINCE

Hay un poema de Mary Oliver, «Día de verano», que cierra con estos versos:

Cuéntame, ¿qué planes tienes

para tu preciada y salvaje vida?

Ted oyó al artista murmurarlos sin parar para sus adentros en el funeral de ese verano.

Tenían catorce años entonces. Era la primera vez que Ted perdía a un ser querido; cuando te haces mayor te das cuenta de que los catorce son, en realidad, una edad bastante tardía, que no haber perdido a nadie en todos los años precedentes es un golpe de pura suerte.

Ted se acuerda de cuánto lloró después, sentado en el banco de la iglesia, desconsolada y violentamente, hasta que le empezó a escocer la garganta y a doler el pecho.

Fue entonces cuando supo que el duelo es físico, un abuso de los vivos.

Veinticinco años después está sentado en un tren con un recipiente que contiene las cenizas del artista y, en una caja más grande, en el suelo, hay un cuadro con un precio absurdo; junto a él está una perfecta desconocida, una adolescente que es un incordio total.

En cuanto a las malas ideas, la cosa es que Ted había crecido con Joar, un chico que en una ocasión intentó secarse los calcetines mojados en una tostadora y que, otra vez que el helado estaba demasiado congelado para sacarlo del cartón, pensó en calentar la cuchara en el microondas.

En resumen, Ted había conocido unas cuantas ideas malas, pero ninguna tanto como esta.

Tiene ganas de gritarle a las cenizas que no está preparado para este tipo de responsabilidad.

Quiere recordarle al artista aquella vez que no se compró unas botas de ante porque requerían demasiados cuidados.

Ni siquiera puedo cuidar unos zapatos y me dejas a cargo de una persona, piensa furioso.

Está enfadado consigo mismo, con el artista y, sobre todo, con la muerte por tener tan buen gusto, que siempre se lleva primero a los mejores.

Hace tan solo unas semanas, Ted estaba en el apartamento grande y precioso del artista.

Desayunaban en el balcón contemplando el cambio de estación; la primavera era lenta pero inexorable, el invierno le cedía el paso centímetro a centímetro.

En la cara opuesta de las bromitas estúpidas y la risa alegre del artista, la enfermedad ganaba terreno de la misma forma.

El temblor de las manos provocaba que se le derramara el té, pero al artista le daba igual.

Ted lo envidiaba terriblemente, ojalá fuera él capaz de encarar la muerte con la misma actitud despreocupada.

—¿Cuánto crees que cuesta?—preguntó el artista, como si hablaran de algo tan nimio como un saco de patatas.

Habían visto el artículo en el periódico donde decía que iba a subastarse su primer cuadro. Al principio, Ted creyó que bromeaba.

—¿Hablas en serio? ¡Te costaría todo lo que tienes!—exclamó.

—Bien. Se supone que los artistas mueren pobres—replicó el artista sonriendo.

—Deja de decir eso.

—¿Que voy a morir pobre?

—Sabes perfectamente lo que quiero decir.

El artista sacudía los hombros alegremente.

—He intentado darte el dinero a ti y no lo has querido.

—No puedo hacerme responsable de tanto dinero.

—Muyy bien. En ese caso, voy a comprar lo único que quiero—añadió riendo, pero empezó a toser de tal manera que Ted se incorporó para ayudarle.

—¿Estás bien? ¿Llamo al doctor?

—No, no, deja de preocuparte por si me muero cada vez que toso.

—No me preocupa que te mueras, sino que estés muerto. Me preocupa seguir vivo sin ti—contestó, dolido, Ted.

La sonrisa del artista había sido como la luz del sol que se cuela entre unas tupidas cortinas.

—Cuéntame, Ted, ¿qué planes tienes para tu preciada y salvaje vida?

—Para.

—Paaaraaaa—se burló con cariño el artista.

—¿Podrías comportarte como un adulto? ¿Aunque sea una vez?

—¡Ni hablar! ¡Bajo ningún concepto podemos ser adultos, Ted! ¡Eso mata! Todos los adultos mueren tarde o temprano, ¿no te has fijado?

—Estate quieto, deja que limpie el té...

—Dime, Ted, por favor. ¿Qué planes tienes?—El artista estaba ronco de toser—. Llevas dos años escondido en mi apartamento. Has hecho novillos de la vida.

—¡He estado cuidando de ti!

—Lo sé. Y te quiero por eso. Pero cuando yo no esté tienes que vivir.

Ted no sabía qué responder. Después de desayunar, el artista tuvo angustia y su amigo permaneció sentado a su lado mientras vomitaba, sujetando el frágil cuerpo y acariciando los escasos cabellos que le quedaban.

—No intentes hablar...—rogó Ted en vano cuando el cabezota de su amigo trató de decir algo.

—No me digas lo que tengo que hacer, ¡que me estoy muriendo!—dijo sonriendo el artista con tono cansado y la mejilla apoyada en la fría porcelana.

Ted suspiró.

—¿Sabes qué? ¡En realidad estará bien tener un poco de paz y silencio!

Las carcajadas del artista rebotaron en todas las paredes del apartamento.

No hay muchas personas que sean bendecidos con tantas risas y risotadas en sus últimas semanas, con la sensación de que le están robando más momentos a la muerte de los que esta les está robando a ellos.

Los desayunos en el balcón cada mañana, las palomitas y las películas antiguas cada noche, su mejor humano cogiéndole la mano...

¿Quién tiene todo eso? Casi nadie. Esa es la razón por la que decidió volver a comprar su primer cuadro, costara lo que costase.

La gente siempre decía que él era extraordinario, pero no era diferente de los demás, al final de su vida solo deseaba lo mismo que deseamos casi todos: recuperar los veranos de nuestra niñez.

—Quiero que seas feliz cuando no esté—le susurró a Ted una noche, justo antes de quedarse dormido.

Era mucho pedir, claro. Tener corazón es una carga pesada, demasiado para algunos. Aun así, Ted prometió intentarlo.

—¿Joar? Joar, ¿eres tú?—murmuraba el artista esperanzado al despertar.

—No, soy Ted. Joar no está—susurraba Ted desde su sillón mientras trataba de asimilar la decepción en la mirada de su amigo.

Es demasiado pesada, demasiado para algunos de nosotros, pero la llevamos de todas formas.

Los dos juntos habían ido pasando los días en ese gran apartamento, entre desayunos y películas antiguas y palmas que aprietan las yemas de los dedos.

Y risas y más risas. Chistes tontos, pamplinas entre almas gemelas; todo lo demás son huecos insignificantes de una vida.

A veces el artista lograba convencer a Ted de que no fuera adulto, en una ocasión lanzó globos de agua dentro del apartamento y Ted se enfureció tanto que hasta cogió uno y se lo tiró.

Por desgracia, el artista lo esquivó y el globo salió volando por el balcón, que estaba abierto, y cayó en la calle.

Oyeron el estallido de agua y gritos iracundos en alguna lengua extranjera.

Los tres días siguientes al incidente, desayunaron dentro del apartamento.

Al menos una vez cada mañana el artista se reía con tantas ganas que el huevo que se estaba comiendo salía disparado y se estrellaba en el papel pintado de la pared, y cuando ambos hombres se miraban a los ojos, a Ted le parecía que era verano.

Muy pocas personas sabían que el artista estaba enfermo, solo Ted y el doctor conocían la gravedad de su estado.

«La muerte es pública, pero morirse es privado, el último acto privado que tenemos», dijo una vez el artista, sin atisbo de miedo ni amargura en la voz.

Había sido una vida larga. Preciada y salvaje.

Había pintado aquel cuadro de sus amigos en el embarcadero el verano en que cumplieron los quince, cuando el artista y Ted se conocían desde hacía dos años.

Ese otoño, después de los funerales, se fueron cada uno por su lado, aunque ninguno perdió al otro jamás.

Todo lo que Joar había soñado para el artista sucedió: unas personas influyentes lo descubrieron, entró en una escuela de arte prestigiosa y se mudó a una gran ciudad, lejos del pueblo.

Allí, se pasaba las noches tumbado en el suelo de una habitación pequeña, aterrorizado, llorándole por teléfono a Ted.

Nadie más entendía el dolor de ellos dos.

El mundo era tan abrumador, áspero y violento, los chicos eran demasiado sensibles para tener corazón.

A veces el artista se sentaba acurrucado junto a su ventana a mirar la vida pasar en la calle a sus pies y le susurraba al teléfono.

—¿Cómo se las apañan los demás, Ted?

—A lo mejor aprendemos un día—respondía su amigo, tratando de sonar esperanzador.

A lo mejor lo conseguían, durante un tiempo, hasta que se les diera mejor fingir.

Cuando el artista cumplió los dieciocho, sus profesores dijeron de él que era un prodigio; cuando cumplió los veinte, dijeron que su fama sería mundial; cuando llegó a los veintiocho, el artista pensaba que ojalá se hubieran equivocado.

¿Qué pasó en los años intermedios? Ahí fue cuando sucedió algo verdaderamente extraordinario: encontró su propia voz.

Fue Ted quien le sugirió que viajara y viera mundo al terminar los estudios.

Los padres del artista fallecieron y él volvió a casa para enterrarlos.

A Ted le aterrorizaba que, si no se iba cuanto antes, se quedara atrapado allí para siempre.

—Tienes que ver cosas más importantes.

—Acompáñame—le pidió el artista, a sabiendas de que Ted le diría que no.