Mis amigos Chapter 14 #3
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Chapter 14 #3

Al volver al instituto, Joar jugó al fútbol en todos los descansos y se tiró de cabeza en todas las entradas para generar las excusas que necesitaba para justificar las marcas negras y moradas que cubrían su cuerpo.

Después de ese día, el artista siempre escondió con mucha precaución su cuaderno de dibujo de los de sexto.

No lo hacía para protegerse a sí mismo, ni para protegerlos a ellos, desde luego, sino para proteger a Joar.

Porque su amigo era peligroso, pero el mundo lo era más. El mundo era imbatible.

¿Responsabilidad? Nadie se sentía más responsable.

Por eso, cuando caminaban a casa desde el embarcadero, aquel día de junio de hacía veinticinco años, el artista susurró lo único que se atrevía a desear:

—A lo mejor puedes venir conmigo. E irnos lejos de aquí.

—Puedo ir de visita—mintió Joar, seguro de que nunca ocurriría.

Sabía que su futuro sería la nada, tan vacío como las nubes.

Por eso se permitió hacer promesas—. No te preocupes por mí.

Serás famoso en todo el mundo y feliz, como los famosos de la tele.

Pintarás cosas que a todo el mundo le encantarán.

¿Y qué tendré yo? Lo mejor de todo: sabré que en parte fue gracias a mí.

Cuando ya atisbaban el contorno de sus casas en el horizonte, Joar clavó la mirada en la suya hasta que vio las flores que crecían en una pequeña lata que colgaba de la ventana de su habitación.

Su madre cultivaba plantas que cada día eran una pequeña revolución, una resistencia armada de ternura en un apartamento asediado por el odio y la violencia.

Joar empezó a caminar más despacio y en silencio, hasta que algo le tocó las yemas de los dedos.

Tardó varios segundos en darse cuenta de que el artista lo había cogido de la mano.

El artista tenía catorce años y no sabía nada sobre arte, pero un día sería adulto y lo aplaudirían en todo el mundo y se daría cuenta de que seguía sabiendo las cosas más simples solamente: el arte es un momento. El arte es ser razón de algo. El arte es lidiar con seguir vivo otra semana.

Fue Ted quien dijo «hasta mañana» en la intersección aquella noche.

Y, cuando los otros contestaron «¡hasta mañana!

», uno de ellos añadió un pedo como colofón a la despedida.

¡Virgen Santa, cómo se rieron! ¡Hasta que les crujió la columna como plástico de burbujas!

Un pedo es el mejor quiropráctico si sabes apreciarlo.

Esa noche Joar abrió todas las ventanas de la casa de su infancia y regó las plantas de los maceteros de hojalata de su madre, la lavanda y los geranios. Ella lo besó en la cabeza.

—Esto no es responsabilidad tuya.

Joar pasó el aspirador y tendió la colada junto a los radiadores.

—Joar, cariño, esto no es responsabilidad tuya—susurró la madre.

Entonces hablaron de cuál era el mejor invento del mundo, y ella dijo que los tapones de las botellas, cosa que enfureció a Joar, así que su madre sugirió que los abridores de botellas. Tardó unos minutos en darse cuenta de que le estaba chinchando.

—Soy tonta, pero no tan tonta—dijo ella riendo. Él quiso decirle que no tenía un pelo de tonta.

—Tienes la bragueta abierta—dijo en cambio.

Al mirar, la madre se dio cuenta de que bromeaba.

—¡Si estos pantalones no tienen cremallera!—exclamó, haciendo reír a Joar de tal manera que pensó que no había madre más afortunada en el planeta.

Había comprado pizza, cosa que hacía solamente cuando había algo que celebrar, aunque a veces también cuando necesitaba ayudar a su hijo a olvidar.

Se le daba bien eso. Bromeaba, él se reía, no tanto con los chistes, sino con lo mucho que se reía ella misma al contarlos.

Joar tenía que ayudarla a cortar la pizza porque le dolía tanto un brazo que no podía levantarlo.

A sus compañeros de trabajo les había dicho que se había resbalado en el césped mojado y todos habían reído ante sus muchas torpezas.

Joar intentaba reír también, pero cuando no lo conseguía se le enturbiaba la mirada, y entonces ella le susurraba: «Amor mío, no es responsabilidad tuya».

Como si existiera alguna cosa que no lo fuera, como si esa fuera la clase de hijo que tenía.

Joar soñaba con ser un superhéroe, pero ella era la que tenía los superpoderes.

El brazo estaba roto, el radiador contra el que el padre la había lanzado estaba doblado, la había empujado tan fuerte que había muescas en el metal.

—Está bien, mama. Vamos a comernos la pizza antes de que se enfríe—dijo Joar asintiendo mientras colocaba la ropa lavada sobre las muescas.

Ella lo abrazó con un solo brazo. Luego echaron un rato viendo la tele, a los felices famosos, y Joar hizo su trabajo: la hizo creer que se había olvidado, eso se le daba muy bien.

Cuando la madre se durmió, Joar esperó despierto en su cama, con las uñas llenas de tierra de las macetas.

Estaba pendiente de la llave en la cerradura, de que su padre llegara borracho.

En la ventana crecían la lavanda y los geranios, debajo de ellos Joar escondía su cuchillo.

¿El arte? Es contexto.

Un rato después, el padre de Joar estaría de pie junto a la puerta.

Unos días más tarde, su mejor amigo empezaría a pintar su cuadro de fama mundial.

Veinticinco años después puede que alguien lo contemplara desde muy cerca y viera que el artista había pintado una cosa en el embarcadero, junto a los adolescentes.

Eran flores.