Mis amigos Chapter 14 #2
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Chapter 14 #2

Aquello hizo muy feliz al artista durante un instante pasmosamente breve, ya que Joar apenas hablaba sobre su futuro.

Él siempre tenía prisa por vivir el presente, por amar el principio y el meollo de las vacaciones estivales, junio y julio, porque ese era el mejor momento del año.

Porque agosto implicaba que su viejo estaba de vacaciones y eso era lo peor.

Lo más peligroso que le puedes dar al diablo es tiempo libre, puesto que tenerlo conlleva celos más siniestros, paranoia más profunda y más botellas vacías.

Su madre no sobreviviría a otro agosto, de eso Joar estaba seguro, y sabía que su cuerpo no era aún lo bastante fuerte para protegerla.

Era el más bajo de todos, pero sus amigos siempre lo recordarían como el más grande y valiente.

Su padre era lo contrario, pesaba noventa kilos, pero era un hombre diminuto.

En una ocasión, un profe del instituto dijo que Joar era irresponsable, y eso al artista le pareció el mayor disparate que había oído nunca.

Claro que Joar no era capaz de estarse quieto ni de callar la boca en clase, pero era solo porque tenía prisa.

La mayoría de los niños no saben que tienen prisa, son afortunados.

Los profesores decían que Joar no escuchaba, pero lo que estaban diciendo en realidad era que no obedecía.

Decían que era violento, pero lo cierto era, sencillamente, que peleaba mejor que los demás.

Él no empezaba nunca las peleas, pero, una vez que las había ganado, no daba esa sensación.

Decían que era un peligro tenerlo en clase, pero, en realidad, era el artista el peligroso, porque era a él a quien siempre estaba protegiendo Joar.

El problema era que, una vez que el cerebro de Joar se quedaba atascado en un pensamiento, todas las neuronas giraban en bandada alrededor de este como hormigas que se agolpan en torno a un bollo y, por desgracia, no siempre eran las más listas las que llegaban primero.

Como resultado, se enfadaba por cosas extrañas.

Si su mejor amigo se quedaba enganchado en una puerta, era la puerta la que se llevaba una paliza, porque en el mundo de Joar no había objetos inanimados, todo tenía consciencia y lo que hacían era intencionado.

Se negaba a comer cilantro porque hay personas a las que les encanta y otras que piensan que sabe a jabón.

A él no le sabe a jabón, sencillamente se negaba a comer algo tan rematadamente injusto.

Una vez oyó por la tele a alguien hablar sobre «carne ecológica» y le preguntó al artista qué quería decir; su amigo sugirió que quizá significara que alimentaban mejor a los cerdos y les dejaban vivir al aire libre, y que tal vez así fueran más felices.

«O sea, ¿solo matan a los cerdos felices?

¿No es peor eso?», preguntó Joar irritado.

El artista no tenía respuesta para esa pregunta.

Era difícil rebatir la lógica de su amigo, por equivocado que estuviera.

En una ocasión, cuando estaban en cuarto curso, la profesora pidió a Joar que se quedara después de clase, así que el artista tuvo que salir solo al pasillo y unos niños de sexto se acercaron rápidamente y le quitaron de las manos el cuaderno de dibujo.

Al principio se rieron, pero cuando vieron los desnudos le gritaron que era un puto asqueroso.

No le dolió tanto como ellos pretendían, de manera que lo golpearon y metieron de cabeza en una taquilla, pero eso tampoco lo hirió lo suficiente, hasta que le rompieron el cuaderno.

El artista nunca había experimentado un dolor semejante y empezó a chillar.

Joar salió volando de la clase. Los mayores eran cinco, pero Joar era como una pandilla entera.

Ellos eran más grandes y fuertes, toda una suerte, porque, de lo contrario, puede que los hubiera matado.

Hizo falta un bedel y tres maestros para quitarles a Joar de encima.

Lo obligaron a esperar sentado en el despacho del director mientras llamaban a sus padres.

Por desgracia, era uno de esos días en los que su padre estaba demasiado borracho para ir al trabajo y fue él quien contestó el teléfono.

Camino de casa después de la bronca del director, Joar se detuvo en el pasillo, en el lugar donde había tenido lugar la pelea.

Se agachó para recoger la basura que había caído del cubo donde había metido a uno de los chicos mayores.

Los adultos del instituto pensaban que Joar era frío y duro, que no tenía sentimientos.

Todo lo contrario, ese era el problema, por el amor de Dios.

Era un chico que se preocupaba por los animales y el cilantro y que odiaba las peleas.

Solo luchaba por las personas a las que amaba.

Por eso el artista vivía con el temor constante de que un día Joar amara tanto a una persona como para acabar en la cárcel.

Cuando regresó a casa esa noche, su padre casi lo mata de una paliza y, si no fuera por la insoportable crueldad del acto, resultaría casi irónico darle una tunda a un niño por pegarse en el instituto.

Su viejo cayó sobre él como un tsunami, y ni siquiera lo hizo para darle una lección, sino porque, cuando había llamado el director, él había tenido que escucharlo y fingir que era un padre como Dios manda, un padre de verdad.

Le había recordado al cabrón lo que era en realidad: un cero a la izquierda.

Y ese es el motivo por el que le pegó el doble de fuerte.