Chapter 14
CATORCE
El arte es contexto.
Porque, siendo honestos, el cuadro no es genial.
Raro hubiera sido que lo fuera, desde luego, teniendo en cuenta que el artista que se haría famoso con el nombre de C.
Jat solo tenía catorce años cuando lo pintó.
Es cosa de catorceañeros no ser geniales haciendo las cosas.
La única expectativa que no tienen que defraudar es la de ser imbéciles, vienen a este planeta para que sus mamás y papás sostengan la industria de los analgésicos para el dolor de cabeza.
Ser geniales no es para nada la función de los catorceañeros.
Así las cosas, el cuadro no tenía nada de especial.
Era el artista el que lo era. Un donnadie, un pobre de una localidad portuaria venida a menos, hijo de padres divorciados y miembro de una cuadrilla de amigos que un maestro describió en una ocasión como «jauría de animales salvajes».
A lo largo de su niñez, el artista había visto a los adultos destruir su entorno; unas veces con violencia y otras en silencio, unas veces con los puños apretados y siempre con botellas vacías.
Los niños tienen dos mundos, el que les han dado y el que sueñan, pero ni siquiera el artista tenía la suficiente imaginación para creer que se puede pintar el camino de salida de ese sitio.
Hace falta un idiota de remate para soñar con algo tan fabuloso.
Menos mal que el artista tenía uno de esos.
A Joar le decían con frecuencia que era tonto.
A él le daba lo mismo, pero el artista se enfurecía muchísimo.
No era tonto, sino ese tipo de persona que solo puede tener un pensamiento en la cabeza, razón por la que era tan bueno arreglando motores.
El artista, en cambio, pensaba en todo a la vez, razón por la que podía dibujar, pero siempre en el orden incorrecto.
Desde el borde del papel hacia el centro, y no al revés; el cielo primero, las personas al final.
Así pues, el cuadro de fama mundial ni siquiera era un cuadro al inicio, sino un dibujo, porque el artista no podía permitirse comprar pintura.
Y ni siquiera era un dibujo del mar cuando lo empezó, sino de nubes, porque las nubes no son nada y así se veía el artista a sí mismo.
En cuanto a todo lo demás, era lo que Joar veía en él.
Ya de adulto, al artista le dijeron que el arte genial tiene que encontrar su vía de salida del interior de una persona; para él, en cambio, era algo que tenía que encontrar su vía de entrada.
Porque, para él, el arte era amor. Duelo. Una historia.
Un contexto.
Si una persona sin techo hubiera intentado vender el cuadro de los niños del embarcadero en la calle, la pintura no habría tenido ningún valor.
Sin embargo, una vez colgada en la pared blanca de una preciosa galería, costaba una fortuna.
Cuando una masa crítica de ricachones quiere algo con la suficiente intensidad, el valor de ese algo se vuelve incalculable, porque el arte deja de experimentarse a través de los ojos y pasa a hacerlo por los oídos; no se paga por un cuadro, sino por su firma y su historia.
En el mundo de los ricos, no es el artista a quien hay que admirar, sino al propietario, porque solo es posible valorar algo que tiene precio.
Por eso los niños del cuadro son tan importantes como para poner vigilantes que los protejan, mientras que los niños del embarcadero del mundo real podrían morirse sin que a nadie le importaran lo más mínimo.
El cuadro que llevaba el nombre de El del mar no alcanzó la fama mundial porque fuera fantástico, no era preciado por ser obra de un genio, sino por todo lo que hizo el artista después.
El arte que creó, cuando se bautizó como «C.
Jat» y pintó cuadros que dejaban sin aliento a quien los contemplaba, pero también por su faceta conocida, la de un hombre tímido y traumatizado, y eso les encantaba a los compradores, cuanto más traumatizado, mejor.
«Sufre un poco más—deseaban—. ¡Desmorónate delante de nuestras narices! »
Cuando C. Jat dejó de salir, se convirtió en un misterio; cuando dejó de conceder entrevistas, lo acosaron.
Cuanto menos tenía para dar, más querían todos de él.
Un día lo llamaron «uno de los grandes artistas de su generación», y todo el mundo siempre quiere saber qué van a hacer a continuación los grandes artistas, aunque, en el caso de algunos, es justo al revés: se vuelven tan queridos que al final todo el mundo quiere saber qué crearon al principio.
Es así como El del mar alcanzó la fama mundial, porque con él empezó todo.
Por eso se compró y vendió muchas veces y por eso llegó a ser tan caro que recuperarlo le costó al artista todo el dinero que tenía.
¿Para obtener qué? Nada especial. La pincelada era la de un adolescente; la narrativa era la de un niño.
Aun así, muchas personas que lo habían visto una única vez no podían parar de hablar de él.
Porque la gente solo veía el mar al principio, todo ese azul, había que estarse quieto contemplándolo un buen rato para percibir a los tres críos del final del embarcadero.
Muchas personas no veían nada de nada hasta que venía alguien y señalaba las figuras, siempre con aire triunfal, como si mostrara la ruta a un tesoro oculto.
Por eso empezaron los diarios a llamar genio al artista, porque era como si aquel crío de catorce años hubiera planeado el misterio precisamente así: como si solamente una persona que amara el mar lo suficiente y entendiera el arte en profundidad fuera a contemplar el cuadro el tiempo requerido para ver a los jóvenes.
La verdad es que no había habido nada intencional en ello.
Joar había encontrado el concurso, pero el artista ni siquiera podía permitirse comprar pinturas.
Ni siquiera podía explicárselo a Joar porque este se enfadaba mucho cuando le decían palabras que no entendía y «acuarelas» es un concepto difícil de pillar.
Desde luego «pintura al óleo» era más complicado todavía y cuando Joar oyó el término exclamó: «¿Qué quieres decir con óleo? Joder, acabará todo pringado, ¿no?».
Así que nada de aquello fue en absoluto intencionado; sencillamente, el artista prometió intentarlo para hacer feliz a su mejor amigo.
No tenía en mente pintar el mar ni que nadie viera a tres jóvenes sentados al final del embarcadero.
Si alguien le hubiera preguntado qué era el arte, habría murmurado que a lo mejor una cosa para otros críos, para los ricos, los inteligentes, los que tenían talento.
Él no sabía absolutamente nada sobre arte; sus manos dibujaban por la misma razón por la que bailan algunos pies: porque no saben cómo parar.
Por eso estuvo a punto de no ocurrir el cuadro. Porque justo después del primer funeral de aquel año y justo antes del segundo sus dedos dejaron de dibujar del todo. Si Joar no le hubiera dado tanto la tabarra, probablemente no habría vuelto a hacerlo.
A decir verdad, sí que es un cuadro genial, aunque no de la manera que pensaban las personas que llamaban genio al artista.
Esa noche de junio de hace veinticinco años, cuando los adolescentes regresaban del embarcadero y se dirigían a sus casas, el artista caminaba más cerca de Joar de lo que nunca había estado de otra persona, y su amigo le dijo en voz baja.
—Siento no poder decirte que da igual.
—¿El qué?—preguntó el artista con desconsuelo, pues siempre se le partía el corazón por no ser capaz de ser todo lo que querían los demás.
Joar respiró profundamente y, a la luz de las farolas, las huellas de su padre resplandecieron en tonos azules y morados sobre su cuerpo.
—Sé que quieres que diga que el concurso no importa. Que no tienes que ganarlo. Pero no puedo. Tienes que ganar. Tienes que salir de este puto pueblo—dijo escuetamente.
El artista siguió andando con la mirada gacha.
—Siempre hablas de mí como si mereciera una vida mejor que la vuestra...—respondió con tristeza.
—¡No la mereces!—replicó rápidamente Joar.
Sorprendió de tal manera al artista que casi se echa a reír, pero Joar se limitó a sacudir la cabeza lentamente y añadir con una seriedad demoledora:
—No te mereces una vida mejor que la nuestra.
Es solo que tú no serás capaz de lidiar con una vida como la nuestra.
Con una vida normal. Eres demasiado blando.
Eso de quedarte aquí y trabajar en el puto puerto como nuestros padres.
Levantarte cada mañana y sentirte una mierda.
Estar cabreado todo el tiempo. Día sí y día también durante cincuenta años.
Eso es duro. Tienes que ser un tipo duro y tú no lo eres. Tú necesitas una vida diferente.
El artista caminó en silencio mucho rato antes de atreverse a preguntar.
—¿Y tú qué?
—Yo tendré una vida normal—respondió Joar, sonriendo vagamente—.
Trabajaré en el puerto. Me levantaré cada mañana y me sentiré una mierda, estaré cabreado todo el rato.
Pero de vez en cuando, algún puñetero domingo, iré a un museo y al fondo habrá un cuadro de un artista de fama mundial, y será tan bonito que me ayudará a lidiar con la vida una semana más.