Mis amigos Chapter 13
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Chapter 13

TRECE

—No puedo hacerme responsable...—murmura Ted en la estación, veinticinco años después.

Lleva la maleta en una mano temblorosa y las cenizas de su mejor amigo en la otra. Cuando se aleja de ella, Louisa se da cuenta por primera vez de que cojea.

—Vale—dice en voz baja.

—¿Vale?—repite Ted sorprendido, restregándose los ojos tras las torcidas gafas, muy avergonzado por las lágrimas.

—Sí, vale. Ya no te molesto más—asegura Louisa antes de dar media vuelta.

—Vale...—Ted asiente confundido porque lo más extraño que puede sucederle a un hombre de mediana edad que está enfrascado en una discusión es ganar de pronto.

Louisa le lanza una última mirada.

—No te hagas daño.

Ted intenta con todas sus fuerzas que no se le note que, en ese momento, está oyendo al artista en ella; vaya si lo intenta. Se repone, como hacen los adultos serios, y le responde secamente.

Siento... haber levantado la voz.

Estira el cuello, trata de elevarse hasta ponerse a la altura de la joven, como si eso le hiciera parecer más adulto.

A Louisa, Ted le recuerda a una pequeña jirafa, y eso le hace pensar en ángeles.

Puede parecer una conexión de lo más inverosímil, pero ella no cree en los ángeles, en cambio Pez estaba obsesionada con ellos.

Cuando se conocieron, Louisa nunca dibujaba personas, solo animales, sobre todo jirafas porque tenían el cuerpo tal y como se sentía ella: alto y muy ancho, pero donde no tocaba.

Pez siempre decía que, si moría, regresaría a su lado convertida en ángel, pero con forma de jirafa para que la pudiera reconocer, cosa que hacía a Louisa reír como una histérica.

Una jirafa en medio de la ciudad: ni siendo un ángel lograba Pez ser discreta. Una idiota por toda la eternidad.

Louisa sonríe triste para sus adentros mientras recoge la caja que contiene el cuadro. Se vuelve en dirección al lado opuesto del andén, donde un grupo de hombres jóvenes de negro fuman cigarrillos liados de cualquier manera y beben de botellas envueltas en bolsas de papel.

—No te preocupes. Vete. Voy a pedirle a esos chicos tan majos si me pueden ayudar a vender el cuadro. Parecen bastante fiables...—dice de pronto.

Ted resopla con tanto ímpetu que no te gustaría tenerlo al lado si estuvieras construyendo un castillo de naipes.

—Pero ¡no! ¿Qué haces? No vayas...

Da dos pasos hacia ella, que se vuelve con un gesto muy teatral.

—Perdone, ¿no tenía usted mucha prisa por coger su tren?

Ted empieza a hiperventilar en un intento de mantener la frustración a raya.

—¿Estás loca? No puedes acercarte a un grupo de desconocidos con un cuadro tan valioso.

—¿Por qué no? ¿Crees que podrían secuestrarme?

A Ted no se le ocurre una respuesta inteligente ante tal comentario, así que, siguiendo su intuición, dice lo único que a cualquier hombre de mediana edad se le ocurriría decirle a una adolescente irritante:

—¿Tú no deberías estar en el instituto o algo así?

Louisa arruga la nariz.

—Es Pascua.

—Vale, vale, pero eres una niña. ¿Seguro que no hay nadie que te esté echando en falta?

—Tengo dieciocho años. Nadie me está echando en falta.

—¡Solo trato de ayudarte!—insiste Ted, que deja en el suelo la maleta y la caja de cenizas para darse un masaje en las sienes. Louisa asiente rápidamente con la cabeza.

—Muyy bien, ayúdame entonces. Has dicho que te ibas a casa y que hay una persona allí que me puede ayudar a vender el cuadro. Llévame contigo, podemos vender el cuadro y luego yo me vuelvo cuando pase la Pascua. Nadie se va a dar cuenta de que me he ido.

Ted levanta los brazos en un gesto de resignación tal que, sin querer, se da en la nuca, cosa que denota gran talento: el de ser tan torpe que eres tu causa más probable de muerte.

—¿Y qué hay de la casa de acogida? La has mencionado antes, ¿no? Puedes ir allí, ¿verdad?—Hace otro intento.

La mirada de Louisa se ensombrece.

—Ayúdame a vender el cuadro y desapareceré de tu vida, te lo prometo. Haré lo que quieras, pero no pienso volver a esa mierda de sitio.

Ted se restriega los párpados y deja escapar un pensamiento:

—Cuando hayas vendido el cuadro podrás comprar la casa entera.

Louisa responde tan rápido que sus palabras suenan a bofetada:

—La compraría para quemarla.

Ted no puede evitar pensar en Joar sentado en el embarcadero con el mechero en la mano.

—Pero debes de tener alguna especie de trabajador social a quien poder llamar, ¿no? ¿O cómo funciona eso?

Ted se esfuerza, pero Louisa se limita a encogerse de hombros.

—No creo que estén trabajando ahora mismo.

—¿Por qué no?

—¡Porque es Pascua!

—Es Pascua—repite con frustración Ted, que ahora se restriega todo el rostro.

—¿Eres lentito o algo así? No es que tenga nada de malo, solo pregunto—aclara Louisa, muy considerada.

Por desgracia, a Ted no se le ocurre ningún insulto inteligente con que contestar, porque una voz tras ellos inquiere de pronto:

—¡Eh! ¡Vosotros dos!, ¿tenéis billete?

Ted se da media vuelta y se encuentra con un hombre cabreado con corbata fina y una chapa con un nombre en el pecho que se recoloca como si fuera la estrella de un sheriff en una peli antigua del Oeste.

—¿Billete?—dice Ted confuso.

—He visto a la chica pasar el torno contigo. ¿Tiene billete?—gruñe el sheriff, que se lleva los pulgares al cinto como si estuviera a punto de desenfundar un revólver imaginario.

—¡Puede quedarse con esto como pago!—exclama de inmediato Louisa, ofreciendo al sheriff la caja que contiene el cuadro—. ¡Debe de costar unos...!

—¡NO!—protesta Ted.

Louisa se gira hacia él con cara de sorpresa fingida a la perfección.

—¿Sigues aquí? Creía que tenías que coger el tren.

Ted aprieta los puños con tal fuerza dentro de los bolsillos y grita con tal fuerza dentro de su cabeza que es probable que todos sus órganos internos hayan envejecido diez años como mínimo.

El sheriff no parece saber muy bien cómo interpretar eso, por lo que decide hacerse cargo de la situación agarrando a Louisa de la muñeca.

—¡A ver! ¿Tienes o no tienes billete?

Louisa chilla tan fuerte que la mitad de las personas del andén se giran. Consigue liberarse como si el tipo abrasara, y al hacerlo se le sube la manga y Ted le ve el brazo, tan cubierto de moratones y cicatrices que hasta el aire debe de dolerle con el roce.

—¡No me toques!—vocifera Louisa retrocediendo y buscando el destornillador en la mochila.

Ted reconoce la mirada en sus ojos, ve al artista en ella y le pesa tan hondamente que es un prodigio que no deje la impronta de sus huellas clavadas en el cemento del andén.

Lo único que quiere Ted ahora mismo es que lo dejen solo, pero el problema de no querer decepcionar nunca a tus amigos es que cuando ellos están en el cielo ven todo lo que haces, los muy cabrones.

Así que, cuando el sheriff se acerca más a Louisa, Ted se interpone entre ellos, muy a regañadientes, con las manos levantadas y los ojos cerrados a cal y canto.

—Vale, vale, vale. Ya pago yo su billete.

El sheriff lo mira sorprendido y no sabe cómo reaccionar cuando Ted se encorva como si esperara recibir un golpe.

—Ah, vale, muy bien...—balbucea el sheriff, ligeramente decepcionado, como si hubiera estado esperado la oportunidad de demostrar su autoridad en público.

—¿Vale?—pregunta Louisa con entusiasmo.

—¡Vale!—repite Ted, nada entusiasmado, y busca su cartera.

Una vez pagado el billete, el sheriff se aleja arrastrando los pies y Ted resopla tan fuerte que podría derribar castillos de naipes a un kilómetro de distancia.

Coge la maleta y el recipiente con las cenizas y se dirige cojeando al tren, pero esta vez Louisa no lo sigue. Ted se da la vuelta en la puerta.

—¿Vienes o no?—refunfuña.

Louisa lo mira con escepticismo.

—¿Entonces puedo ir contigo? ¿Así, sin más?

—¡Es lo que querías!

Louisa pone los ojos en blanco.

—¡Ah! ¿O sea que ahora se supone que tengo que confiar en ti? ¿Así, de repente? ¿Y si me asesinas?

—No te voy a asesinar.

—Eso es exactamente lo que diría un asesino. Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Ted.

—Louisa.

—Lo sé.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale, ahora ya nos conocemos. Ya puedes dejar de decir cosas raras.—Louisa sacude la cabeza irritada.

—Porque soy yo el que dice cosas raras—musita Ted.

Louisa sube la caja al tren antes de abordar el compartimento y mirar a su alrededor.

—¡Vaya! ¡Qué asientos más blanditos! Pez debería haberme enseñado a colarme en trenes en lugar de en coches—suelta Louisa como un exabrupto.

Ted se pone colorado y evita hacer contacto visual con el resto de pasajeros.

—¿Sabías que las mujeres tienen más probabilidades de morir asesinadas por un conocido, Ted? O sea que, si alguien va a asesinarme en este momento, lo más seguro es que seas tú—comenta Louisa tras reflexionar unos instantes.

Ted cierra los ojos y cuenta hasta diez al menos diez veces; a continuación, busca dos asientos desocupados.

Lo sigue Louisa, cuyo avance lo sucede un ay tras otro proveniente de los desconocidos a quienes golpea con su mochila en la cabeza al pasar.

Ted intenta colocar su maleta en el compartimento superior, pero está demasiado alto, por lo que Louisa le pregunta si necesita ayuda.

Obtiene un no rotundo por respuesta, al fin y al cabo, Ted es un señor adulto.

Se golpea tres veces con la maleta en la cabeza antes de darse por vencido y apretujarse en el asiento junto a la ventana con la maleta y el recipiente con las cenizas.

—¿Estás seguro de que no quieres poner tu maleta arriba?—Louisa pregunta con afán de ayudar, pues ella alcanza la repisa sin necesidad de estirarse.

—¡Estoy bien!—espeta Ted, que tiene la maleta sobre los muslos.

—Desde luego, se te ve la mar de cómodo.

Louisa obtiene un gruñido ofendido como respuesta, así que levanta su mochila para dejarla en la repisa y coloca la caja con el cuadro en el suelo, junto a sus pies. Están sentados uno al lado del otro y, en defensa de Louisa, hay que decir que pasan como mínimo veinte segundos hasta que se aburre.

—¿Te gustan los acertijos, Ted? ¿Tú sabes cómo hacer bajar a un hombre con un solo brazo de un árbol?

Ted cierra los ojos y pone cara de que no le importaría ser él quien se cayera de un árbol ahora mismo. Qué viaje más largo le espera, piensa.

Y el cielo se ríe. Ríe a mandíbula batiente.

Ted saca un pequeño rollo de cinta de la maleta y arregla las gafas torcidas.

Louisa suelta acertijos y chistes sin parar hasta que el tren empieza a moverse, momento en que hace algo verdaderamente inesperado: quedarse callada.

Desde el asiento observa maravillada su ciudad pasar a través de la ventana; es la primera vez que la deja.

Parpadea y respira repetida y profundamente y, justo en el momento en que llegan al final del andén, lo ve por el rabillo del ojo.

Sucede tan rápido que al principio piensa que se lo está imaginando, pero no, está ahí, tranquilamente sentado en un banco, mirándola con cara de condescendencia.

Debe de haberse dado un baño desde que lo vio en el callejón porque le brilla el pelo, aunque la arrogancia no se quita restregándola con una esponja.

Sus miradas se cruzan un instante y nadie creería a Louisa si lo contara, pero juraría que levanta la pata derecha para saludarla.

Clásico sentido del humor de Pez, volver transformada en gato.