Chapter 12 #3
Ted se acostumbró a quedarse dormido con el sonido del lápiz contra el papel y la respiración de su amigo, y siempre despertaba en una habitación vacía con una brisa agradable que penetraba por la ventana abierta del sótano.
Entonces, Ted solía escabullirse hasta el cuarto de baño de sus padres, en la planta de arriba, y contaba las pastillas del armario.
El padre de Ted tenía cáncer, por eso la casa estaba tan silenciosa y el chico tenía permiso para vivir en el sótano, así nada perturbaba al enfermo.
El armario del cuarto de baño estaba lleno de analgésicos y el artista solo robaba unas pocas pastillas cada vez, así que Ted lo descubrió por pura casualidad.
El artista las guardaba en una caja, en la mochila, como si estuviera construyendo una bomba.
Ted no le dijo nada a nadie, pero unas semanas antes de aquellas vacaciones de verano, cuando estaban a punto de cumplir los quince, el artista dejó de dibujar, luego dejó de comer, y entonces Ted se lo contó a Joar, y por eso este decidió apuntarlo en el concurso y quería que Ted trajera galletas cada mañana.
Cuesta decir «te quiero» cuando tienes catorce años. Y es del todo imposible atreverse a susurrar: «No te hagas daño, porque me haces daño a mí también».
Los padres del artista estaban divorciados.
Su padre era un hombre amargado; nada violento, simplemente incapaz de transmitir cariño.
Sus expresiones de ternura parental se reducían a, como mucho, decirle a su hijo en voz baja: «Compórtate como una persona normal».
El artista no entendía a qué se refería, pero sí que siempre le salía mal.
Su padre trabajaba en el puerto, a veces sus compañeros venían a casa y se sentaban en la cocina.
A menudo se emborrachaban y siempre estaban enfadados, con sus jefes, con los políticos y con la economía.
Sin embargo, una noche, ya tarde, cuando ya se habían remojado el gaznate con unas cuantas cervezas, el padre farfulló: «A veces me pregunto qué hice mal.
Si es culpa mía que el chico sea como es».
Los otros hombres le dijeron que no era culpa suya.
Todos coincidían en que algo le pasaba al muchacho, de eso no había duda, sencillamente no estaban de acuerdo con a quién había que culpar.
Vivían en un apartamento pequeño con paredes finas y el artista estaba sentado al otro lado, convencido de que, si no existiera, todo sería mejor.
Ted odiaba los ruidos fuertes desde siempre. Solía sentir pavor cuando oía los cubiertos chocar con los platos o doblarse el poliespán o el cartón. Pero el sonido que más odiaba de todos era el ruido que hace el papel cuando alguien hace una bola con él.
Ese día de hace veinticinco años, cuando estaban en el embarcadero y Joar había ido a hacer pis, el artista se volvió hacia Ted y le susurró con los ojos llorosos:
—No puedo hacerlo, Ted. No puedo dibujar como Joar cree. Y ni siquiera quieren un dibujo en el concurso ese, quieren un cuadro. No tengo pintura, ni siquiera tengo pinceles... No sé cómo hacerlo. No puedo, sé que no puedo...
Tenía el espasmo en el hombro y los picores por todo el cuerpo; en ese momento, arrugó una hoja de papel y Ted nunca olvidó aquel sonido. El artista lanzó la bola al agua, el mar engulló el dibujo y Ted desearía durante los siguientes veinticinco años no haber permanecido allí sentado en silencio.
Cuando Joar volvió, el artista se puso en pie y se alejó mascullando que iba a orinar, aunque lo más probable es que no quisiera que lo vieran llorar.
Joar se dejó caer al lado de Ted y se quedó un buen rato sentado en silencio antes de decir, muy seriamente y con la mirada clavada en el horizonte:
—Tenemos que conseguir que pinte ese cuadro, Ted, lo comprendes, ¿verdad? Se va a morir si se queda en este puñetero pueblo. Pero si gana el concurso se hará famoso y rico y será feliz. Como los famosos de la tele, ¿comprendes? Tenemos que conseguirlo.
Joar jugueteaba con un mechero que había encontrado en el suelo, tenía los brazos cubiertos de moratones y cicatrices. Ted no dijo nada, se limitó a asentir, y Joar le respondió asintiendo también. Aquel fue su juramento.
Esa noche, en el camino de vuelta a casa, los adolescentes que acabarían convertidos en un cuadro caminaban uno junto al otro, aunque el artista iba más pegado a Joar.
Ted hizo todo lo posible por no estar celoso, pero fracasó estrepitosamente.
Cuando tienes catorce años, la amistad y el enamoramiento son el mismo sentimiento, luz que emerge de la misma estrella, por lo que tal vez habría que contar con una palabra mejor para nombrarlo.
Pero ¿cómo explicar que muero de frío si tú no me ves?
Cuando los adolescentes emprendieron cada uno su camino al llegar a la intersección entre sus casas, se despidieron con un «¡hasta mañana!» y, en respuesta, lanzaron a la noche sus respectivos «¡hasta mañana!».
Ted miró por encima del hombro, con frío en la piel.
Ninguno de los jóvenes podía explicar lo que estaba pasando, se limitaban a apoyarse los unos a los otros sin decir nada.
Joar había asumido la responsabilidad de lograr que el artista alcanzara la fama mundial; el artista, la de no decepcionarle.
En cuanto a Ted, él había asumido la responsabilidad de impedir que las personas que amaba murieran.
Es una carga terrible para una persona. Los hombros te crujen, el esqueleto te encoge y, al final, apenas puedes caminar.