Chapter 12 #2
Joar quizá se hubiera enfurecido con Ted si no le gustara tanto la risa del artista, pero ¡ay, cómo reía el artista! Y Ted y Joar no necesitaban tener nada más en común. Cuando reían los tres juntos, estaban en el lugar que les correspondía en el mundo.
Ted nunca se había sentido tan gracioso.
El artista también necesitaba la risa de los otros, tal vez más de lo que nadie podía comprender; aquella primavera había reído cada vez menos y apenas si había dibujado.
En cambio, ese día lo intentó, con todas sus fuerzas, porque odiaba decepcionar a Joar.
A veces, cuando se ponía nervioso, al artista le picaba el cuerpo y a veces le temblaba un hombro, una especie de espasmo que lo sacudía por debajo de la camiseta; solía darle tanta vergúenza que le hacía llorar.
Algo no iba bien en él, eso lo sabía. Su cerebro asimilaba la información en el orden incorrecto.
Nunca quería jugar con otros niños de pequeño, solo le apetecía sentarse en una esquina a dibujar y con frecuencia a sus padres les decían que su hijo no era normal.
Lamentablemente, ellos lo creyeron, y por esa razón se perdieron la increíble alegría de tener un hijo tan especial.
A menudo, los padres piensan que la seguridad en uno mismo es algo que un crío aprende y ya está, pero los niños pequeños son siempre invencibles por naturaleza, es la duda lo que se aprende.
Y ¡vaya si se la enseñaron bien al artista!
Porque el mundo lleva miles de años practicando cómo perforar los pulmones de los niños que son diferentes.
En preescolar los adultos tardaron mucho en darse cuenta de que al artista no le gustaba que lo tocaran, pero, como es natural, los demás niños se dieron cuenta enseguida, de manera que se le acercaban a hurtadillas y le pinchaban hasta hacerle gritar.
A veces el pánico le hacía ponerse a dar vueltas agitando los brazos y no había manera de calmarlo, y entonces llamaban a sus padres para hablar con los maestros esa misma tarde.
Ya con cinco años, el artista había aprendido a reconocer la vergilenza en la mirada de sus padres.
Los demás niños no tardaron en descubrir que le daban miedo los espacios cerrados, así que un día lo metieron a la fuerza en un arcón que había en el patio y se sentaron sobre la tapa.
Él se quedó hecho un ovillo dentro, llorando, tanto tiempo que pensó que iba a morir.
Afuera, los demás niños ni siquiera sujetaban ya la tapa, pero él no se atrevía a abrirla.
Entonces se oyó un alarido, y luego otro, y de pronto el sol cegó al artista.
Era Joar, que también tenía cinco años y había abierto la tapa del arcón mientras los otros niños acudían corriendo y llorando a buscar a los maestros porque les salía sangre de la nariz y el labio.
Ese fue el primer día de preescolar de Joar y el último de soledad para el niño del arcón.
Después de una cosa así, uno hace todo lo que está en su mano para no decepcionar a un amigo.
Tenían doce años cuando conocieron a Ted, cuando Joar lo atropelló con la bicicleta, porque el chico era bueno en muchas cosas, pero no en frenar.
Tal vez «conocieron» no es la palabra adecuada, nadie conocía a Joar porque a un desastre de la naturaleza no se le conoce, te golpea.
El artista y él se aburrían, y se le ocurrió la idea de tirarse en bici por la cuesta más empinada del pueblo, colarse por un agujero que había en la valla que rodeaba el antiguo puerto abandonado, dirigirse a todo trapo hasta el embarcadero y caer en el agua.
Aquel era su lugar secreto, olvidado del mundo, nadie más sabía que existía.
Sin embargo, ese día en particular, había un niño desconocido de pie al final del embarcadero.
—¡CUIDADOOOOOO!—gritó Joar, pero era demasiado tarde.
La bicicleta golpeó a Ted y ambos acabaron en el agua. Joar salió enseguida a la superficie, pero el otro niño no aparecía por ningún lado. El artista se quedó de pie en el embarcadero y durante casi un minuto entero pensó que acababan de matar a alguien.
—¡AHÍ!—gritó Joar de pronto, y el artista se lanzó al mar sin pensárselo dos veces. Sacaron a Ted, que expulsó tanta agua que podría haber ahogado a un caballo no muy grande. Miró al artista aterrorizado y este le devolvió una sonrisa y le habló por primera vez.
—Muy bueno ese cuidado.
Ted sonrió. Eso se tarda en hacer un mejor amigo. Toda una vida, un solo segundo. Pero de pronto los miró horrorizado.
—;¡Tu bicicleta!—se lamentó mirando a Joar y luego al agua, donde se había hundido, como si fuera culpa suya que hubiera desaparecido.
—No te preocupes, era una bici de usar y tirar—dijo Joar encogiéndose de hombros.
Ted tardó unos minutos en darse cuenta de que quería decir que la había robado. Joar le explicó lenta y pacientemente que uno nunca debería montar su propia bici en este puto pueblo, seguro que Ted lo comprendía. ¡Te la podrían robar!
Unos días más tarde, Joar y el artista acompañaron a Ted a casa después del instituto; era la primera vez que conocían a alguien que vivía en una casa no adosada.
Hay que decir que puede que fuera la casa más barata y desvencijada del pueblo, pero daba igual, porque Ted tenía una habitación para él solo en el sótano.
—¿Quién puñetas es este tío? ¿Un príncipe o algo así?—masculló Joar.
La habitación era fría y olía a humedad, pero para un crío de doce años tener una habitación propia es el sumun del lujo; una escalera que los separaba del mundo de los adultos era como un foso rodeando un castillo.
Joar dio una vuelta por la habitación mientras se inclinaba ante cada mueble y decía con solemnidad:
—Su Alteza el Armario, ¡encantado de conocerle! Su Alteza el Papel Pintado, ¡un placer!
Pensaba que era propio de la clase alta tener papel pintado y, mientras paseaba por la habitación, fingió haberse perdido de lo grande que era.
—¿¡Hola!?—exclamó junto a la biblioteca, porque eso también era propio de la clase alta, tener libros en lugar de botellas en las estanterías—. ¿¡Hola!? ¿Me oís? ¡Estoy en la biblioteca!
El artista se echó a reír a mandíbula batiente. El enamoramiento fue instantáneo, el corazón de Ted salió disparado hacia ellos como una planta en busca del sol.
Esa noche se fueron cada uno a su casa porque el artista no se atrevía a cenar con la familia de otra persona y Joar no quería dejar a su madre sola con su padre.
Por la noche el viejo salía y Joar se quedaba en casa; la madre y él veían en la tele programas de famosos que a ella le encantaban porque las celebridades siempre parecían felices.
En cambio, el artista volvió a casa de Ted esa noche, después de cenar, y, poco tiempo después, empezó a acudir casi a diario.
Siempre llamaba con delicadeza a la ventana del sótano, haciendo con los nudillos un ruido como el de las patas de una lagartija sobre el cristal.
Nunca tocaba al timbre de arriba y evitaba a los padres de Ted de la misma manera que evitaba a todos los adultos, porque sabía que los incomodaba.
Al artista le habían dicho toda su vida lo que sí era y lo que no: era raro, diferente del resto, y no lo bastante chico.
En cambio, en el sótano de Ted se sentaba en el suelo a dibujar todas las cosas que no se atrevía a pintar en ningún otro sitio; primero, superhéroes y monstruos terroríficos, porque a Ted le gustaban.
Luego, a medida que la noche avanzaba, dibujaba cuerpos.
Primero con ropa, luego sin ella. A veces, cuando estaba muy triste, pintaba alas de ángel en los hombres desnudos.