Mis amigos Chapter 12
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Chapter 12

DOCE

Hace veinticinco años, Ted y sus amigos se pasaban todo el día en la calle, durante cada momento de las vacaciones estivales, inseparables hasta que se ponía el sol.

Hay una manera particular de echar de menos a alguien, la de extrañar a tus mejores humanos cuando tienes catorce años, cuando los caminos se separan al llegar a la puerta de casa y notas el frío en la piel cuando dan media vuelta y se alejan.

—¡Hasta mañana!—se despide siempre alguno.

—¡Hasta mañana!—promete el resto antes de desaparecer en la oscuridad.

Por la noche, los adolescentes vivían realidades diferentes, pero al salir el sol volvían a encontrar su sitio en el mundo junto a los otros, en el cruce de caminos entre sus casas.

Cada mañana, Joar llegaba temprano y esperaba en la intersección, y cada mañana se encontraba a Ted sentado en el césped, esperándolo.

Joar no llegó a saber nunca por qué; nunca habían sido mejores amigos, solo tenían en común al artista.

Ted rara vez hablaba, mientras que Joar no callaba casi nunca.

Ted nunca se enfadaba y Joar estaba enojado todo el rato.

Joar salía de casa temprano cada mañana, a la misma hora que su madre se escabullía para ir a trabajar, antes de que despertara su padre, resacoso y amenazante.

En cuanto a Ted, podría haber seguido durmiendo todo el día si hubiera querido y nadie se habría dado cuenta.

—¿Por qué narices llegas siempre tan temprano?—le preguntó Joar una mañana de junio.

Ted se limitó a encogerse de hombros, un poco cohibido, con la mirada gacha.

Las vacaciones de verano no habían hecho más que empezar, Joar acababa de descubrir el concurso en el que podría participar el artista, el cuadro no estaba pintado aún.

Todo lo mejor estaba todavía por llegar. Todo lo peor también.

—Si yo viviera en tu casa dormiría hasta que diera la hora de comer—masculló Joar antes de tumbarse en el césped.

En su respiración se adivinaba que se había arrepentido de decirlo en cuanto las palabras salieron de su boca. La casa de Ted era silenciosa por una razón, y Joar lo sabía. El mundo tiene una inventiva enorme, se le ocurren muchas maneras de traumatizar a los niños.

—¿Has traído algo de comer?—preguntó Joar con un tono de voz más amable.

Ted asintió y sacó unas galletas de la mochila. Joar las cogió, pero no comió ninguna.

—Bien, estas le gustan—dijo en voz baja; entonces tosió, un poco incómodo, para deshacerse de la debilidad en su voz y poder cambiar de tema—. ¿Tú cuál crees que es el mejor invento del mundo?

Ted volvió a encogerse de hombros.

—¿Sabes lo que dijo mi madre cuando le pregunté?—dijo sonriendo de pronto Joar, porque nadie le hacía reír como su madre—. Los bolsillos. ¡Los bolsillos, dice! Menuda idiota, ¿no?

Ted sonrió porque nadie podría decir «iiidiiiiota» con tanto amor incondicional en las íes como su amigo, porque ningún adolescente podría proteger a su madre como lo hacía él.

La mujer era amable, aunque no siempre era lista, todo lo contrario que su hijo, que, por otro lado, no siempre era amable.

En cambio, en esta ocasión en particular, Ted estaba de acuerdo con la mujer.

En silencio, claro, pero lo estaba. Los bolsillos son un invento alucinante.

—¿¡Los bolsillos!?—repitió Joar con tono acusador, como si pudiera leerle la mente—.

¿No los aviones ni las medicinas ni el fuego ni nada de eso?

¿Estás de acuerdo con eso? Pues entonces sois los dos tontos de remate.

¿Tú sabes lo que dijo mi madre sobre el fuego?

Que eso no fue un invento, que lo descubrieron unos hombres de las cavernas.

O sea, ¿en serio? ¿Sabes qué le dije? Le dije que si el fuego fue un descubrimiento, los bolsillos también, porque los bolsillos son como la raja del culo de los pantalones, unos hombres de las cavernas se metieron la mano por entre las nalgas y dijeron: «¡Oye!

¡Aquí puedo guardar las llaves! ¡Deberíamos ponerle esto mismo a la ropa! ».

Ted se rio ante la ocurrencia, porque en eso Joar era bueno; podía pelear y jugar al fútbol, pero sobre todo era gracioso.

Sus mejores ideas surgían de su sentido del humor.

Lo único en lo que no era muy bueno era en estar solo porque no soportaba el silencio, era entonces cuando se le ocurrían las peores ideas.

Esa es la razón por la que Ted se aseguraba siempre de llegar a la intersección antes que él cada mañana.

Cuando el artista llegó por fin de su casa, Joar saludó con un «¡buenas tardes!

» a pesar de que seguía siendo tan temprano que no había ningún otro crío despierto en el pueblo.

Al menos ninguno que fuera feliz y estuviera a salvo, de los que no odiaban cada minuto que tenían que pasar en el instituto.

Esos no anhelaban las vacaciones de verano como Joar, no tenían ninguna prisa por lanzarse al mundo para no hacer absolutamente nada en todo el día.

—¿Has desayunado? ¡Cómete una galleta! ¡Son las que te gustan!—ordenó al artista. Y, sin pararse a tomar aire, añadió—: ¿Has empezado a pintar el cuadro del mar? Joder, ¡tienes que empezar a pintar si quieres ganar el puto concurso!

El artista tenía cara de no haber pegado ojo en toda la noche y se comía las galletas en trocitos tan pequeños que no podían considerarse ni migajas.

Permaneció callado; no sabía cómo explicarles que se había arrepentido de prometer que pintaría el mar.

Era evidente que no podía hacerlo. No era tan bueno.

Joar solo quería que lo acabara; el problema era que él creía que hay que empezar para poder terminar, pero no era así cómo funcionaba la cosa.

El arte no es cronológico. Todo lo que el artista dibujaba salía de un lugar de su mente donde solo podía entrar si no lo estaba buscando.

Que le pidieran que dibujara era como despertar de un sueño e intentar soñarlo otra vez.

La falta de seguridad en uno mismo es un virus devastador. No tiene cura.

Ted se sentó junto a ellos en silencio y pensó que ojalá fuera gracioso porque la risa cura todas las heridas; sin embargo, se quedó allí callado, vacío de chistes.

Joar tenía la mirada gacha y se esforzaba por no decir nada más, pero la expresión definitiva del amor es la queja, no damos la lata a otras personas como se la damos a los seres que amamos.

Todos los progenitores lo saben, y también los mejores amigos.

—Joder, ¿qué tiene de complicado empezar a pintar y punto?—Lo repitió al menos cinco veces de camino al mar, pero solo obtuvo silencio como respuesta.

Cuando llegaron al embarcadero siguió dándole la lata al artista para que se comiera todas las galletas antes de nadar, y el artista no rechistó, ya estaba acostumbrado.

Sin embargo, cuando Joar se desvistió y dejó al descubierto todos sus moratones, Ted pudo ver en los ojos del artista cómo se le partía el corazón, porque no se acostumbraba a verlos.

Joar era buenísimo jugando al fútbol, todo el mundo quería tenerlo en su equipo en el insti porque siempre se tiraba de cabeza a entrarle al contrario.

Había comprendido que de ese modo evitaba que la gente le preguntara de dónde habían salido todos aquellos moratones.

A veces, muchos años después, Ted se preguntaría si había sido esa la razón por la que el artista había necesitado tanto tiempo para hacer el cuadro de ellos junto al mar: no tenía todos los colores que necesitaba para pintar el cuerpo de Joar.

Muchos niños corren hacia la puerta cuando oyen a su padre llegar, pero ninguno tan rápido como Joar.

Se quedaba tumbado en la cama de noche y contaba las veces que el metal de la llave arañaba el metal de la cerradura antes de que su viejo acertara a introducirla.

Cuantos más arañazos, más había bebido el hombre; las noches más peligrosas eran cuando se daba por vencido y tocaba el timbre.

Entonces Joar salía corriendo hacia la puerta para que su madre no se llevara el primer golpe.

Su viejo les pegaba como si no fueran personas.

A veces su padre se arrepentía al día siguiente y prometía no volver a hacerlo, como suelen hacer los hombres como él.

Pero a veces ni siquiera se acordaba de lo que había pasado; se despertaba con sangre en los nudillos y se sentaba en la cocina sin saber siquiera a quién le había dado una buena tunda la noche antes.

El hecho de que Joar fuera capaz de amar a pesar de aquello era extraordinario. ¿Que fuera capaz de amar a una persona como amaba al artista? Un milagro.

Cumplían quince ese verano y es probable que cualquiera que acabara de conocer a Ted pensara que había tenido a sus humanos toda la vida, puesto que cada uno era una extensión de los otros, como el rabo para un perro.

No volvemos a cumplir esa edad nunca más, esa en la que todos los amigos son amigos de la infancia y comparamos los demás enamoramientos de nuestra vida con ellos.

Pero lo cierto es que Ted solo había tenido a Joar y al artista desde hacía unos pocos años, mientras que estos se habían tenido desde siempre el uno al otro.

Ted se avergonzaba muchísimo de la envidia que esto le provocaba.

Veinticinco años después, lo seguiría avergonzando.

Cuando salieron del agua aquel día de junio, Ted sacó con cuidado uno de los cuadernos de dibujo del artista de su mochila y escribió algo. Un momento después, tumbado bocarriba en el embarcadero con el esbelto cuerpo secándose al sol, Joar hizo una pregunta bastante predecible.

—¿Tú cuál crees que es el mejor invento del mundo?

El artista ojeó su cuaderno y leyó en voz alta.

—;¡Los bolsillos!

A Joar se le abrieron los ojos como platos. En un primer momento se puso histérico.

—¿Cómo coño has...?—Pero entonces miró a Ted y el cuaderno, luego al artista, y masculló—: ¡Idiotas! ¡Menuda panda de idiotas que estáis hechos!