Chapter 11 #2
Viandantes desconocidos miran asqueados a Ted, cuya tonalidad facial ha pasado al morado. Louisa no es la compañía ideal para una persona que odia llamar la atención. El hombre devuelve a los viandantes una sonrisa nerviosa a modo de disculpa y reprende a Louisa en voz baja.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Louisa ha recogido sus cosas, se ha colgado la mochila y se dirige con esfuerzo, jadeante y sudorosa, con la caja que contiene el cuadro en los brazos, hasta Ted.
—(¿Eres uno de ellos? ¿De los chicos?—exclama, señalando el cuadro con insistencia.
Por primera vez desde el hospital, Ted mira directamente al cuadro, por lo que es una especie de milagro que logre mantenerse en pie, sus zapatos son verdaderamente grandes para un joven de catorce años.
Hace frío pero tiene calor de pronto y, por unos segundos, le cuelgan las piernas de un embarcadero, es verano y no ha sucedido nada terrible aún.
Parpadea hasta volver a la realidad, mira a Louisa y piensa en lo que dijo de ella el artista: que era de los nuestros.
Ted suspira y, a regañadientes, se señala en el embarcadero.
—Soy este.
A Louisa se le nota en la voz que la invade una repentina sensación de gratitud.
—Siempre he pensado, cada vez que miraba la postal del cuadro, que daba la impresión de que os estabais riendo.
Menuda locura, ¿no? Pintar la RISA. Y siempre pensaba que parecía que uno de vosotros se acababa de tirar un pedo.
Es una tontería. Lo siento... Yo... ¡Lo siento!
No me funciona bien el coco. Siempre balbuceo cuando me pongo nerviosa...
A Ted se le ha acelerado la respiración, su pecho sube y baja, le tiemblan las mejillas; Louisa piensa que es como si no supiera llorar, que lo único que sabe sobre las lágrimas lo ha leído en un manual y no ha entendido para nada el mecanismo. Ted señala a uno de los chicos del cuadro.
—Este es Joar. Fue él quien se tiró el pedo—dice lentamente—. Le salían unos pedos fantásticos. Parecía que estaba hecho de huevo por dentro.
Louisa se echa a reír con tanto ímpetu que el eco rebota por toda la estación. Ted casi se echa a reír también. Desde luego es la vez que más cerca ha estado de hacerlo desde que el artista se quedó dormido a su lado por última vez.
—Lamento que viniera la policía y se llevara a tu amigo. Lamento que esa fuera una de las últimas cosas que vivió—acierta a decir Louisa, que intenta torpemente volver a meter el cuadro en la caja.
Ted sonríe apenado:
—No lo lamentes. Hacía años que no lo veía tan emocionado, se sentía joven y peligroso otra vez. Has de saber que era un idiota... Un idiota total.
—¿Cuánto hacía que lo conocías?
Ted cavila un momento y se recoloca las gafas.
—Lo conocía desde que éramos pequeños. Desde siempre.
Ese es el tipo de amistad que tuvieron, no existió un «antes». Louisa se inclina hacia el cuadro y dice, como si le hablara a la caja:
—Cuando era pequeña solía pensar en vosotros mientras me quedaba dormida. Pensaba que me dormiría y al despertar estaría ahí junto al mar, con vosotros. Y que me enseñaríais a nadar.
En ese momento una puerta se cierra de un portazo dentro de la cabeza de Louisa. Su cerebro ha vuelto y quiere decirle que parece una acosadora cuando dice esas cosas.
Lo cierto es que Ted logra su récord personal en poner cara de incomodidad. Se mira el reloj.
—Debería irme ya—farfulla nervioso antes de sacar el billete y pasar el torno de entrada.
—¿Puedo ir contigo entonces?—repite Louisa, insegura y atrevida a la vez, todo un logro, desde luego, y se cuela rauda tras él.
No es su mejor idea hasta la fecha. La suma de Ted, la maleta de Ted, Louisa, la mochila de Louisa y la caja no era exactamente lo que el ingeniero que diseñó el torno tenía en mente, así que se quedan atascados como dos pelotas de tenis en la boca de un golden retriever acaparador.
Ted tiene que pasar por encima de la maleta para liberarse, y luego es Louisa la que trepa para salir, tratando con esfuerzo de no tocarlo, cosa que no le sale muy bien que digamos.
—¡Déjame en paz!—refunfuña Ted, que cae de bruces cuando Louisa choca con él y le golpea en la nuca con la caja del cuadro.
Sus gafas acaban aún más torcidas. Ted se incorpora, agarra la maleta y el recipiente con las cenizas y echa a correr. Como si eso fuera a servirle de algo, teniendo en cuenta que las piernas de Louisa son mucho más largas. El hombre llega dando tumbos al final del andén antes de rendirse.
—¿¡POR QUÉ!?—grita Louisa a su espalda.
No está muy claro si se refiere a por qué corre o, en un sentido más general, a por qué es tan irritante. Ted no responde. Se limita a sentarse despatarrado sobre la maleta como un señor de mediana edad que ha sobrestimado su condición física.
—¿Por qué?—repite Louisa—. ¿Por qué me has dado el cuadro? Podías habértelo quedado. O haberlo vendido. ¿Por qué...?
Ted permanece inmóvil, furioso y agotado, con las manos en las rodillas.
—Porque me amaba y creía en mí y ese fue su último deseo—contesta jadeante.
Se queda callado de pronto porque tiene que morderse el labio inferior para impedir que le tiemble. Louisa ve el tren aproximarse al andén. Di algo inteligente, grita su cerebro.
—¿Hay en tu ciudad alguien que pueda ayudarme a vender el cuadro?—exclama, su voz apenas audible por el chirrido del tren al frenar.
Una idea bastante inteligente, hasta su cerebro lo reconoce, porque entonces Ted hace una cosa de la que se arrepentirá una barbaridad al segundo.
Sí, puede. Pero ella...
—¡Genial! Entonces voy contigo y me la presentas y así vendemos el cuadro y nos repartimos el dinero.—Asiente efusivamente con la cabeza, como si el trato estuviera cerrado.
—¡NI HABLAR!
—¿¡POR QUÉ NO!?
Ted levanta los brazos, visiblemente frustrado.
—Virgen Santa, no puedes ofrecerte a acompañar a un desconocido d...
—¿Por qué no? ¿Es que tienes pensado secuestrarme?—interrumpe Louisa.
—¿Qué? Pues claro que no voy a secu...
—A ver, no es por ser borde, pero eres bastante bajito. Yo creo que puedo contigo.
—¿Se puede saber de qué estás hablando?—pregunta Ted, que piensa que la conversación se ha ido por unos derroteros de lo más desagradables.
—De secuestros—aclara Louisa de un modo muy instructivo mientras se yergue, muy estirada, como si quisiera mostrar su tamaño y lo difícil que sería, por ejemplo, meterla en una caja o encerrarla en un sótano.
—No tengo ninguna intención de secuestrarte... Pero supongo que eso es exactamente lo que diría si estuviera pensando en hacerlo.
Louisa se queda pensativa un buen rato mirando a Ted.
—Pareces saber una barbaridad sobre secuestros—señala finalmente.
—¿Cómo?
—Solo digo que para no ser secuestrador, sabes una barbaridad sobre...
—Muyy bien, yo me voy ya—informa Ted, que se apresura hacia el tren que acaba de entrar en el andén.
—Tienes razón, podemos seguir hablando durante el viaje—asiente Louisa con entusiasmo.
—¡No!
—¿Por qué no?
—¡Porque eres una niña! No puedo llevarme a una niña a...
—¿Tienes algo en contra de secuestrar niños? ¿Es ahí donde trazas la línea roja?
—¡No! ¡Es decir, sí!
—Acabo de cumplir los dieciocho. Soy una adulta. Puedo ir adonde me dé la gana.
—Felicidades.
—Gracias. ¿Quiere eso decir que puedo ir contigo?
—No quiere decir eso en absoluto.
—Pero ¿¡POR QUÉ!?—grita Louisa, consiguiendo que Ted pierda los estribos y le grite también.
—¡PORQUE NO PUEDO HACERME RESPONSABLE TAMBIÉN DE TI!
En ese momento, Louisa lo ve llorar por primera vez.