Chapter 11
ONCE
En defensa de Louisa hay que decir que la tesitura en la que se encuentra no tiene nada de normal y que probablemente no haya un modo correcto o incorrecto de reaccionar, así que ella lo hace del que podría ser el único sensato: con mucho ruido.
—¡NO!—grita al principio. Tras un par de segundos de silencio, exclama—: ¡Y una mierda! ¡NO! ¡NO, NO, NO!
Otro silencio. Es evidente que su cerebro está buscando las palabras adecuadas para describir cómo se siente de verdad, hasta que se decanta por:
—¡Noooooooo!
Acto seguido, suelta el cuadro de fama mundial como si le quemara, pero lo vuelve a coger al segundo, aterrorizada por si se ensucia.
Lamentablemente, su cerebro no le ofrece ninguna idea útil sobre qué hacer a continuación, de manera que vuelve a meter a toda prisa el cuadro en la caja y echa a correr detrás de Ted, agarrando con todas sus fuerzas el paquete.
—¿¡ERES TONTO DEL CULO O QUÉ!? ¿¡POR QUÉ ME DAS ESTO A MÍ!? ¡LLÉVATELO!
Ted se gira y en su semblante se dibuja el gesto que tendría una persona tras librar una larga batalla contra un insecto por un vaso de ZUMO.
—No soy yo quien te lo está dando. Ha sido él.
—¿¡SABES CUÁNTO VALE ESTO!?
Si Ted no fuera una persona tan rematadamente adulta y seria, habría puesto los ojos en blanco; como lo es, se limita a musitar:
—Sé exactamente cuánto vale, puesto que soy la persona que lo ha adquirido en su nombre en la subasta.
—¿¡Y POR QUÉ ME LO DAS A MÍ ENTONCES!?
Ted la mira con compasión, pero, lamentablemente, la autocompasión no tarda en estrangular el sentimiento. La vida es larga, había dicho su amigo en el hospital, pero no había mencionado que casi cada momento duele cuando la vives en soledad.
—Él quería que lo tuvieras tú porque... Porque se ha pasado la vida entera esperando conocer a alguien que mirara una pared y viera exactamente lo mismo que él.
Louisa trata por todos los medios que no se le caiga la caja.
—Pero ¿cómo voy a...? ¿Qué se supone... ¡Y una mierda! ¡No! ¡NO!
Louisa trata de localizar su cerebro, que obviamente ha abandonado su cabeza dando un portazo.
—Véndelo—sugiere Ted con toda la amabilidad de la que es capaz.
—¿¡CÓMO LO VOY A VENDER!?
—Quédatelo entonces. Ponlo en tu casa, en una pared. Haz lo que quieras—dice resignado Ted.
—¡No tengo casa!
Ted traga saliva e intenta equilibrar la empatía y el cabreo.
—Muyy bien. Entonces vende el cuadro y compra una casa. Compra diez casas. Ahora eres rica, te lo aseguro.
Louisa abre los ojos como platos, presa del pánico.
—No, no... No puede... ¿Por qué? ¡Era tu amigo! ¡TÚ tienes que quedártelo!
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque te lo ha dado a ti.
Louisa se queda pensativa un buen rato, un rato tan largo que Ted piensa por un segundo que podría agarrar su maleta, marcharse y no volverla a ver, pero es evidente que tiene que borrar esa idea de la cabeza. De pronto, Louisa grita un eureka propio de una genia.
—¡Lo tengo! ¡Me lo puedes comprar tú!
Ted no puede evitar sonreír ante la idea.
—No puedo pagarlo, querida.
—¿Pero no eres rico?—exclama ella examinando el atuendo de Ted, como si todo aquel que lleve pantalones limpios tenga que ser económicamente independiente.
—Soy profesor de instituto—informa Ted.
El dato no le dice mucho a Louisa, ya que no está muy segura de cuánto gana un profesor de instituto.
—No puedo... No me lo des a mí... Es demasiado, solo soy una cría, ni siquiera tengo dónde vivir, me he escapado de mi casa de acogida, duermo en coches, no puedo...
Es como si ahora pesara mil toneladas en sus brazos, aunque Ted sabe que no pesa casi nada, así que es probable que se haga una idea razonable de cuáles son los sentimientos que están haciendo que a Louisa le tiemblen las rodillas.
Nada pesa más que el hecho de que otra persona crea en ti.
Podría habérselo dicho para consolarla, pero, por desgracia, el cerebro de Ted está abarrotado de remordimientos y pérdida.
Son sus celos los que asoman cuando responde.
—Entiendo que sea una gran responsabilidad, pero él te eligió a ti. Te eligió... a ti. Vende el cuadro para no tener que dormir dentro de un coche nunca más.
—¿Y a quién se lo vendo? ¡Todo el mundo va a pensar que lo he robado!—exclama Louisa desconsolada, y Ted se da cuenta entonces de que a la joven no le falta razón. Vacilante, traga saliva y se recoloca las torcidas gafas.
—Vale. Véndelo ahí dentro entonces, a la misma gente a la que se lo he comprado yo—sugiere señalando la iglesia con un gesto de convencimiento en el rostro que para nada concuerda con lo que siente de pronto.
Ted está un poco enfadado porque el artista no se lo ha pensado bien y siempre confía en que sea él quien tenga que considerar todos los detalles de las cosas.
—¡Está cerrado! ¡Estamos en Pascua! ¡Está todo cerrado!—replica Louisa en un tono que sugiere que cabe la posibilidad de que piense que Ted es idiota.
—¡Pues serás rica después de Pascua, entonces!—responde este en un tono que sugiere que cabe la posibilidad de que se esté empezando a sentir idiota.
—¿Y qué hago hasta entonces?
—¿Qué quieres decir?
Louisa se echa a llorar y los sollozos hacen temblar todo su cuerpo.
—Estoy sin casa y me acabas de dar un puñetero cuadro que vale una FORTUNA. ¡En esta ciudad no voy a llegar viva hasta después de Pascua con esto!
Ted duda un momento.
—¿Por qué lo dices?
—Por experiencia.
Ted tiene que reconocer que no tiene una buena respuesta para eso.
—¿Quizá puedas llamar a alguien para que te ayude? ¿A tu madre?
—Está muerta—dice Louisa como si tal cosa, sin atisbo de pena.
Confuso, Ted se rasca la cabeza, que ya no tiene un aspecto tan aseado.
—Lo siento, leí la postal y pensé...
—¿Has leído mi postal? ¡No tienes ningún permiso para leer el correo de otra persona!—espeta Louisa.
Ted la mira ojiplático.
—No era... correo. Era una postal. Es como... cuando lees sin querer el eslogan de una camiseta.
Louisa pone los ojos en blanco, un gesto que Ted encuentra de lo más inmaduro.
—¿Por qué no puedes llamar tú a alguien? ¿A alguna persona que pueda quedarse con el cuadro?—sugiere la joven.
—No conozco a nadie aquí. No soy de estos lares—aclara Ted, que piensa en el artista y en la medicación que decidió dejar de tomar al final, y en el viaje que Ted intentó convencerle de no hacer debido al avanzado estado de su enfermedad—.
Él tampoco vivía aquí. Vinimos porque es donde se vendía el cuadro.
Quería comprarlo sin que se enterara nadie.
Le preocupaba que alguien descubriera que era cierto que se estaba muriendo porque el precio subiría y no podría permitírselo.
Por eso me envió a la subasta sin decírselo a nadie.
Ahora me doy cuenta de que fue una estupidez.
No tengo ningún documento que demuestre que quería dártelo a ti.
Lo siento... De verdad. Pero tengo que irme.
Ted da media vuelta para emprender el camino de nuevo, tan abatido a causa de los demonios de la vida adulta que araña el suelo con los pies.
El duelo es una bacteria egoísta que requiere de toda nuestra atención.
Ted no quiere ser grosero con la joven, solo quiere estar solo; necesita silencio para poder oír la voz del artista en su cabeza de nuevo, sentir su aliento en la piel.
No deseas la felicidad cuando has perdido al amor de tu vida porque no puedes imaginarte siendo feliz de nuevo.
Solo deseas paz, tranquilidad, dormir a pierna suelta.
Solo sueñas con ser capaz de perdonar al tiempo por hacernos viejos.
Por no dejar que nos quedemos en un embarcadero con nuestros mejores amigos. Por dejar que acabe el verano.
—¿Adónde vas?—pregunta Louisa al verlo alejarse.
—A casa.
—¿A casa? ¿Al lugar del cuadro? ¿Sois de allí?
Levanta el cuadro del suelo haciendo que el marco le haga una rozadura a la caja.
—SÍ.
Ted responde sin molestarse en girarse, pues conoce al dedillo el embarcadero.
—¿Vas a enterrar sus cenizas allí?
—SÍ.
—¿Está lejos?
Ted se detiene y resopla con tanta fuerza y enfurruñamiento que a Louisa le llama la atención que no le salga humillo por las fosas, debe de tener unos senos nasales increíbles para su edad.
Ted, que se aproxima a la cuarentena, suspira.
Sí, se tarda varios días en tren.
—¿Y por qué no vas en avión?
—Me gustan los trenes—responde en un tono que no le pega nada a un forofo del ferrocarril.
—Te da miedo volar, ¿no?—adivina Louisa.
Ted exhala con tanta fuerza que hace ondear la tela de sus pantalones.
—¡Todo el mundo debería tenerle miedo a volar! ¿Has montado en avión?
—No, ni siquiera he montado en tren—responde Louisa con calma.
Le avergilenza un poco cuando ve que Ted se avergúenza al oírla, nada más lejos de su intención. Los viajes en tren sugieren que tienes algún lugar donde ir, o alguien que te espera, y esa no es la vida que ha tenido Louisa.
Ted se da la vuelta.
—Lo siento, de verdad—masculla sin mirarla a los ojos—. Espero que todo... te vaya bien.
—¿Puedo acompañarte entonces? ¿Dónde vas?
La pregunta le sale tan de sopetón que, a decir verdad, es probable que le haya sorprendido a ella tanto como a él.
Es, a todas luces, una pregunta increíblemente estúpida, pero ¿qué otra cosa puede hacer Louisa? Desde luego su cerebro no la está ayudando lo más mínimo.
—Por supuesto, ¡por supuesto que no!—exclama Ted, horrorizado.
Da media vuelta bruscamente y emprende otra vez el camino, maleta y cenizas de su amigo en ristre, tan deprisa que se tambalea y eso le abochorna, por lo que bascula más visiblemente aún hasta que sale del callejón y se mete en la vía por donde circulan los coches, que casi lo atropellan.
Uno toca el claxon y Ted, un hombre que odia llamar la atención, se pone tan colorado que es un milagro que no se le caiga la piel.
Se aleja dando tumbos, la estación está en la acera de enfrente y está a punto de entrar cuando el cerebro de Louisa la convence de que eche a correr tras él y grite tan fuerte que la oiga la calle entera.
—¿¡FUISTE TÚ QUIEN SE TIRÓ EL PEDO!?