Chapter 10
DIEZ
No es la mejor primera impresión del mundo, la verdad sea dicha.
El espray cruza el aire hasta encontrar resistencia, momento en el que se oye un fuerte ruido, porque la resistencia resulta ser las gafas de Ted seguidas de su ojo.
El consiguiente sonido incluye un buen puñado de vocablos complejos, del tipo que usan las personas que son demasiado pijas para lanzar improperios ordinarios.
Louisa, que había oído pasos tras ella y, por tanto, había dado por sentado que alguien venía a asesinarla, la única asunción sensata, no está del todo segura de si debe disculparse o tirar algo más.
El hombre que tiene delante es bajo y delgado, como el artista, pero va elegantemente vestido con americana y pantalones con los que no parece haber dormido, lleva la cara afeitada, mientras que el artista era barbudo, y tiene ojos de adulto y serios, mientras que los del artista irradiaban curiosidad infantil.
El hombre recoge las gafas del suelo con una mano y se lleva la otra al ojo.
—¿Eres... Louisa?
Los ojos de la joven examinan rápidamente el callejón de lado a lado, como si quisiera asegurarse de tener por dónde huir si fuera necesario.
—¿Eres policía?—pregunta suspicaz.
—Si fuera policía ya te habría metido en la cárcel por agresión—contesta secamente Ted, con un acento gracioso.
—¿Agresión?—murmura Louisa—. Eres tú quien se me ha acercado por la espalda. Creía que eras un asesino, y ni siquiera he ido a darte a ti, he lanzado apuntando en general.
Ted inhala muy profundamente.
—Vale, siento que mi cara se interpusiera en el camino de uno de tus proyectiles—contesta con aspereza mientras vuelve a colocarse las gafas, que han quedado bastante torcidas.
—Acepto tus disculpas—rezonga Louisa, la mar de seria.
—Virgen Santa, ya veo por qué le caías bien...—se queja Ted de una manera que no suena a cumplido.
—¿A quién?
—A él—dice Ted, adoptando el tipo de seriedad propia de los adultos que se han pasado todo el día intentando no llorar, y señala las calaveras de la pared.
Louisa parpadea perpleja e intenta con todas sus fuerzas acordarse de respirar.
—¿Tú... lo conocías? ¿A C. Jat? Yo...—No consigue terminar la frase. Cuesta hablar cuando tienes los pulmones y el corazón hechos un montoncito en el suelo de tu interior, porque Ted ha sacado la postal que ella le dio al artista.
—Quería que te la devolviera. Y el espray que le dejaste. Pero te lo devuelvo solo si prometes no tirármelo—dice amargamente Ted.
Louisa coge la postal con dedos temblorosos, las cuerdas vocales siguen paralizadas de la impresión y solo consigue responder asintiendo con la cabeza. El semblante de Ted adopta entonces un aire un poco más amable, al menos a la altura del ojo que no ha recibido el impacto de un espray de pintura.
—Él quería que supieras que le encantó pintar contigo—dice en un tono más amigable—. Evidentemente, le dijiste que os volveríais a encontrar aquí, así que quería disculparse por no poder venir, pero me temo que ha...
La voz de Ted no es lo bastante fuerte para sostener la palabra «fallecido», así que Louisa lo ayuda.
—Lo sé. Me he enterado por las noticias—susurra.
Por un segundo se miran a los ojos, pero ninguno de los dos es capaz de mantener la mirada.
—Ha dejado una cosa para ti—murmura Ted con la mirada gacha.
Detrás de él hay una maleta y dos cajas, una grande y otra pequeña. Cuando Louisa ve la segunda, no puede evitar preguntar:—¿Son sus cenizas?
Ted la mira sorprendidísimo tras sus gafas torcidas.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi amiga Pez murió y no me dejaron quedarme con las cenizas, pero estaban en un recipiente como ese y había un tipo en la iglesia que me dejó cogerlo un rato.
Yo era su única humana. El cura fue amable, se aseguró de que la enterraran bajo un árbol, a ella le gustaban los árboles.
Un día voy a ser tan asquerosamente rica que le voy a comprar una lápida preciosa.
O bueno... que hable de ella. Es decir...
En ese momento, el cerebro de Louisa le hace saber que a lo mejor ya han salido suficientes palabras de su boca.
¿No te parece, Louisa? ¡Como si no fuera a él al que se le ocurren las puñeteras palabras!
Louisa se golpea la cabeza con el puño, un poco frustrada.
Ted, por su parte, no sabe qué decir, así que se queda callado, y eso a Louisa le da mucha envidia.
El cerebro de él parece mucho más disciplinado que la papilla anárquica que tiene ella en el cráneo.
Ted inspira profundamente y levanta la caja grande.
Louisa tarda una vida entera en darse cuenta de que se la está ofreciendo.
Lo hace con delicadeza, como si contuviera algo muy frágil, así que, como es natural, ella la agarra con tanta torpeza que acaba cayéndose de culo con el paquete en los brazos.
De un brinco, Ted evita que la caja acabe en el suelo; se le ve tan aterrado que está claro que, en realidad, no quiere separarse de ella.
Cuando por fin la suelta, parece que todo su pecho se esforzara en impedir que salga un comentario.
—Vendió todo lo que tenía para poder comprarlo.
Todo lo que ganó a lo largo de su carrera y, aun así, por poco no consigo hacerme con él en la subasta.
Le dije que era una estupidez, pero me contestó que se supone que los artistas mueren pobres.
Lo único que quiso al morir fue regalárselo a quien él quisiera. Y quiso que fueras... tú.
Louisa lo mira sin entender muy bien a qué se refiere. Observa la caja y, a continuación, al hombre delante de ella.
—¿Tú quién eres? ¿Su abogado o algo así?
La mirada de Ted se escabulle como un pez de plata al encender la luz del baño.
—No, no. Éramos amigos.
—Lo siento—se apresura a decir Louisa.
—No lo sientas—contesta Ted con desdén.
—SÍ que lo siento—insiste ella—. Si eras amigo suyo, lo siento. Porque el mundo entero ha perdido a un artista, pero tú has perdido a tu humano. Y siento que tuvieras que compartir eso con todos nosotros. Deberías poder hacer tu duelo en paz.
Ted se aproxima a la cuarentena, pero esas palabras le afectan como si tuviera catorce años, cosa que lo enfurece, porque hoy no puede permitirse tener catorce años, no puede permitirse sentirlo absolutamente todo otra vez.
Por eso, lo único que alcanza a decir es un escueto «gracias», tras lo cual da media vuelta, coge el pequeño recipiente que alberga las cenizas de su enorme e incomparable amigo y su maleta y se dispone a salir del callejón camino de la estación de tren que hay enfrente.
Ha completado su misión. Sin embargo, el cerebro de Louisa sugiere que grite algo más, por supuesto, y eso hace.
—¡Nunca he conocido a ningún adulto como él!
Sin volver la cabeza, Ted reconoce en voz baja:
—Yo tampoco.
Está a punto de alcanzar el final del callejón cuando oye los sollozos de Louisa retumbar en la iglesia y en el mundo entero. Entonces se da cuenta de que ha abierto la caja y descubierto el cuadro.